La sociedad actual ya está «derechizada». Los libertarios son beneficiarios de esa herencia. Ahora intentan perpetuarse y hacer rentable el imperativo político de la supervivencia del más fuerte. El envejecimiento y la disminución de la población no son perjudiciales para el desempeño socioeconómico y la inmigración debe ser bienvenida. Cuidar y no dañar a todos los habitantes es crucial para el desarrollo económico al fomentar la productividad laboral. Lo contrario a lo que hacen los libertarios a la violeta.
El gobierno libertario que encabeza el hermano de la Karina manifiesta constantemente -a través de sus principales pensadores- estar empeñado en una batalla cultural para derrotar la cultura “woke”, tal como se apoda en el argot político anglosajón la postura política que en criollo denominamos: “progresismo”.
“Woke” es el pretérito del verbo inglés “wake”: despertar. O sea el que se despertó o mejor: se despabiló acerca de que el mundo fue y será una porquería de injusticia social y eso puede enmendarse con más gasto público a favor de los pobres. Los desheredados, como siempre nos lo recuerda Vittorio De Sica desde su Milán lleno de milagros, suelen ir todos juntos.
Homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre), invocaba Thomas Hobbes para abogar por la necesidad ineludible de un férreo orden político para que la vida humana dejara de ser “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. Cuando Hobbes publicó su célebre ensayo Leviatán allá por 1668–donde están vertidas esas ideas-, el promedio de los seres humanos vivían hasta alrededor de los 30 años, con suerte y viento a favor. 20 años era una edad característica. 20 años no es nada.
Por esa época, el Estado recaudaba y significaba –según cálculos de distintos historiadores- no más de 3 o 4 por ciento del PIB. Y todo iba a parar a la incipiente consolidación de las fronteras nacionales o sea a las armas. La Paz de Westfalia se firmó en 1648. Se considera que en los acuerdos de paz que cobija esta voz, que dieron por finalizada a la Guerra de los Cien Años, se plasmaron por primera vez los principios de soberanía y autodeterminación de los Estados.
Actualmente el gasto público de los países del G7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y la Unión Europea como miembro de facto) va más allá del 50 por ciento del PIB y la esperanza de vida al nacer es más de 80 años por encima del promedio mundial de 73 años. Los 100 años no están tan lejos. En la periferia, el gasto público como porcentaje del PIB es bastante más bajo que en los países del G 7 y la esperanza de vida al nacer, también. La comparación entre pasado y presente, entre centro y periferia, exterioriza que a Hobbes alguna razón le asiste.
Los licántropos cárdenos deben contabilizar que al “woke” Hobbes salvando a las ballenas se le suma Sigmund Freud que en el ensayo “Civilización y sus descontentos” reflexionaba que los seres humanos: “no son criaturas amables, que quieren ser amadas, que a lo sumo pueden defenderse si son atacadas; son, por el contrario, criaturas entre cuyas dotes instintivas se debe contar con una parte poderosa de la agresividad. Como resultado, su prójimo es para ellos no sólo un ayudante potencial u objeto sexual, sino también alguien que los tienta a satisfacer su agresividad, a explotar su capacidad de trabajo sin compensación, utilizarlo sexualmente sin su consentimiento, apoderarse de sus bienes, humillarlo, causarle dolor, torturarlo y matarlo. Homo homini lupus. ¿Quién, frente a toda su experiencia de la vida y de la historia, tiene el coraje de cuestionar esta afirmación?”.
Los libertarios a la violeta no sólo no la cuestionan, sino que la aman y creen –objetivamente- que es el mejor criterio para organizar la vida en sociedad. ¿Será coraje o cretinismo lo que tienen? Dios dirá. Y también pueden acusar de zurdo merquero a Freud, dado que el austríaco entre los 20 y los 40 años no le solía deber nada a ENTel y le picaba fuerte la nariz.
De resultas, una vuelta a algo peor de lo peor de la Edad Media (que como toda etapa pasada de la humanidad tiene su lado interesante) es un objetivo ambicionado por el colectivo cárdeno para alcanzar el mejor de los mundos posibles. Uno idealizado –imposible en la realidad- con poco o nada de Estado, con poco o nada de impuestos, en el que la non sancta Inquisición cárdena cobre el 3 por ciento de mínima y los “negros de mierda”, por fin, vivan una vida solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta. Que se jodan por débiles y vulnerables. La vida es para el más fuerte. El nombre de la rosa no es Karina.
Batallas hace tiempo ganadas por otros
Los libertarios a la violeta son unos vivos bárbaros. Quieren salir victoriosos de batallas que hace tiempo fueron ganadas por la reacción, y a raíz de esos resultados ellos llegaron a donde llegaron.
¿De qué imperio de la cultura “woke” están hablando en un mundo que desde hace años está oscilando entre derechizado y muy derechizado? ¿De una situación planetaria en la que hablar de aumentar el gasto público y financiarlo con impuestos o con impresión de dinero es condenado universalmente como si fuera el mismo infierno? Donde se afirma livianamente que el keynesianismo fracasó. Fracaso que no se ve en ningún lado, salvo en la articulación del discurso reaccionario.
De unas sociedades civiles que se conmueven poco o nada por el destino más probable de los inmigrantes africanos hacia Europa es el de terminar con agua salada del Mediterráneo en su pulmones. De que en el Big Beautiful Bill de Donald Trump la partida del ICE (Immigration and Customs Enforcement: Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) para ampliar su sistema carcelario para detener a 100.000 inmigrantes sea de 45 mil millones de dólares, a los que se agregan 30 mil millones de dólares para contratar alrededor de 10.000 agentes para alcanzar ese número de arrestos y deportaciones. De que en la Argentina tenga legitimidad social justificar el maltrato a los discapacitados argumentando falsariamente que reciben pensiones fraudulentas.
El ministro Toto Caputo dijo muy suelto de cuerpo que ellos controlan la cantidad de dinero y el mercado pone la tasa de interés. El comentario fue recibido sin críticas, como quién dice llueve cuando llueve. Es más, como una muestra de seriedad. La realidad es que es un disparate muy grande, porque ni él ni nadie puede controlar la cantidad de dinero (que se acomoda a la variación de los precios porque varían los costos) y porque el nivel de tasa de interés lo determina el Banco Central.
Tan grande como creer que el déficit fiscal causa inflación y que el superávit fiscal es cuestión de voluntad política. Es un mundo feliz donde la caída del gasto no hace caer el PIB, como en realidad sucede. Acusar a la muy-conservadora-poco-popular-clase dirigente argentina de padecer efluvios populistas es una humorada libertaria.
En este punto estamos como estábamos con Ptolomeo, creyendo que la Tierra es el centro del universo. Con esta falta total de ciencia, aceptada culturalmente como el último grito de la sabiduría, es cuestión de rezar y hacer política. El optimismo de la voluntad guiado por el pesimismo de la razón, no se le niega a nadie.
Las desgracias de la derechización irracional vienen golpeando desde hace años. A fines de mayo pasado Warren Buffett anunció que el 31 de diciembre de 2025, se retiraba como CEO del fondo de inversión valuado en más de un trillón de dólares Berkshire Hathaway. Buffett es un referente del capitalismo moderno. El legendario “Oráculo de Omaha”, el lugar donde nació y está radicado Berkshire Hathaway, tiene 95 años y detenta una de las grandes fortunas, entre las más grandes fortunas, de todo el planeta.
En una nota de opinión publicada a fines de 2006 en el New York Times, titulada “En la lucha de clases, adivina qué clase está ganando”, su autor: el economista y actor Ben Stein, relata que “Hace poco, tuve el placer de una larga reunión con uno de los hombres más inteligentes del planeta, Warren E. Buffett”.
Buffet se quejaba -señala Stein- de la injusticia de que pese a embolsar “inmensos ingresos por dividendos y ganancias de capital, pagaba una fracción mucho menor de sus ingresos que las secretarias, los empleados administrativos o cualquier otra persona en su oficina (…) Buffett no utiliza ningún tipo de planificación fiscal. Simplemente paga según lo exige el Código de Rentas Internas”. Buffet le preguntó retórico a Stein: “¿Cómo puede ser esto justo?” (…) refiriéndose a lo poco que paga en comparación con sus empleados: “¿Cómo puede ser esto correcto?”.
Al respecto cuenta Stein que “Aunque estaba de acuerdo con él, advertí que cada vez que alguien intentaba plantear el tema, se le acusaba de fomentar la lucha de clases (…) ‘Hay una lucha de clases, sí’, dijo Buffett, ‘pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y estamos ganando’”. Y cómo vienen ganando.
En un paper de 2008 de Perry Anderson, en donde reflexiona sobre la vigencia u ocaso de las ideas de izquierda, el pensador inglés fecha que “fue en los noventa, cuando la Unión Soviética ya había desaparecido y Reagan y Thatcher habían abandonado la escena, que el dominio neoliberal alcanzó su apogeo. Entonces, sin la oposición “amigo-enemigo” propia de la Guerra Fría, y sin ninguna necesidad para la derecha radical de estar en el poder, fueron gobiernos de centro-izquierda los que aplicaron imperturbablemente en el mundo capitalista las políticas neoliberales de sus predecesores, con un reblandecimiento de la retórica (…) llegaron al poder repudiando las duras doctrinas de acumulación e inequidad que reinaron en los ochenta. En la práctica, ellos las han preservado o extendido”.
“La concepción –comenta Anderson- de hegemonía gramsciana –poder de persuasión ideológica– enfatizó el consentimiento que funcionaba para garantizar la estabilidad y previsibilidad de un orden social. Pero no fue nunca su intención minimizar, ni mucho menos olvidar, su necesario respaldo en la represión armada (…) Hayek, después de todo, fue pionero en el concepto del bombardeo a países reacios a la voluntad angloamericana, exigiendo ataques aéreos relámpago sobre Irán en 1979 y sobre Argentina en 1982”.
Entiende Anderson que para Gramsci “’consentimiento más coerción’ era la fórmula plena de un orden hegemónico. El universo neoliberal de la década pasada ha reunido ampliamente ambos requisitos. Hoy no hay alternativa a esto, se trata de un sistema gobernante de ideas de alcance planetario. Estamos refiriéndonos a la ideología política más exitosa en la historia mundial”.
¿Mundo cooptado por el mood woke? Las papas fritas.
Descontrol de daños
Frente a este panorama, se puede deducir que lo que los libertarios quieren decir con ganar la batalla cultural es la simple canallada antidemocrática de perpetuarse en el poder. Son producto de una batalla cultural en la que la reacción viene imponiendo su hegemonía. Heredaron el viento.
Estos seguidores de Herbert Spencer sostienen –objetivamente- que la supervivencia del más fuerte implica que dañar a los más débiles. La aceleración de la tasa de crecimiento del producto bruto ¿realmente necesita semejante animalada inhumana?
Todos los modos de producción tienen un determinado potencial de desarrollo económico, lo que al mismo tiempo le da fundamento tanto a su validez como a sus límites históricos. En un mundo donde el sistema de producción capitalista es dominante y donde son los países capitalistas los que encabezan el desarrollo económico, esta función histórica es incomparablemente más marcada que en los sistemas que lo precedieron. Porque está directamente vinculado a los factores que condiciona la clase dominante.
Lo cierto es que se pueden avizorar los límites de tal o cual modo de producción, y sobre todo del modo de producción capitalista en el interior del cual se desarrollan ciertos países en determinadas circunstancias históricas. Lo que es directamente inapropiado es concebir el modo de producción como antónimo del desarrollo. Un capitalismo gestionado por keynesiano sensatos está en las antípodas de un capitalismo manejado con violácea perversidad.
No obstante su interacción, es el desarrollo económico el que determina en última instancia el desarrollo social. Se puede ensayar la explicación de la rémora en el desarrollo de tal o cual país, por caso la Argentina, por el bloqueo que produce su inserción en las relaciones capitalistas mundiales y eventualmente atribuir el retardo del desarrollo económico al retardo del desarrollo social. Pero el hecho de constatar el primer retardo en sus propios términos no lleva a deducir, lógicamente, la existencia del segundo.
¿Qué significan estos términos? Es justamente la respuesta a esta cuestión la que contiene la clave. En principio no hay que perder de vista que “desarrollo” es un atajo retórico para la expresión: desarrollo de las fuerzas productivas. En esta acepción, el desarrollo y el subdesarrollo se definen de una manera relativa (cuantitativa) por comparación del potencial técnico y tecnológico que corresponde al mundo en que vivimos.
Si el desarrollo, entonces, es el desarrollo de las fuerzas productivas y si se tiene en cuenta el hecho de que las fuerzas productivas, susceptibles de ser desarrolladas son, por una parte, la fuerza de trabajo y, por la otra, los medios materiales de producción (producidos por los seres humanos mismos), se concluye que lo que se desarrolla es, por un lado, la calidad de la fuerza de trabajo (grado de calificación) y, por el otro, la calidad y cantidad (en el sentido de mayor magnitud) de los instrumentos de producción.
El desarrollo económico permite a los seres humanos la contribución de las fuerzas de la naturaleza a su esfuerzo productivo, para un medio ambiente y unos recursos naturales dados, generando una producción efectiva mayor de bienes y servicios por unidad de trabajo.
La productividad del trabajo deviene así en la única magnitud pertinente del desarrollo. ¿Por qué únicamente del trabajo? Porque es el único factor limitado fisiológicamente. Para un número dado de seres humanos, los cuales tratan de asegurar su bienestar material, para un número dado de bocas para alimentar, una comunidad puede disponer de no importa qué cantidad de tierras o de equipos de producción, pero no puede tener a disposición más que una determinada cantidad de pares de brazos, por lo tanto de una cierta cantidad de fuerza de trabajo. Considerando que la proporción en que está comprendida como tal la población económica activa (PEA) viene así dada, la productividad del trabajo, en tanto significa la cantidad da valores de uso producidos por cada individuo de la PEA, genera directamente la medida de bienestar material y, por lo tanto, resulta un indicador inmediato del desarrollo.
Bajo estas circunstancias si la condición humana sugiere enviar a freír buñuelos a Herbert Spencer y sus devotos seguidores actuales, las coordenadas del impulso al desarrollo económico indican que si hay algo ineludible que hay que hacer es cuidar y no dañar a los habitantes del país en vista de que productividad del trabajo es la única gradación concerniente al desarrollo.
Viejos son los trapos
Los seres humanos amparan más y mejor a sus congéneres con capacidades diferentes con más desarrollo económico. En el mientras tanto, asumidas las responsabilidades de la hora que implica gastar más –no menos- en discapacidad, para lo cual recursos hay, en sociedades que están envejeciendo –como la nuestra- aumentar su cuidado también es parte del asunto referido al desarrollo económico.
En un muy reciente paper de los académicos Corey J. A. Bradshaw y Shana M. McDermott publicado por la Cornell University titulado “No hay evidencia de que el envejecimiento o el declive poblacional comprometan el desempeño socioeconómico de los países”, hay unas cuantas observaciones que ponen –al menos- las barbas en remojo de la sabiduría convencional. Y eso que son neoclásicos.
Bradshaw y McDermott expresan que “Nuestros resultados ofrecen una sólida base empírica para refutar la afirmación políticamente motivada de que las poblaciones en declive, de crecimiento lento y en proceso de envejecimiento comprometen de alguna manera el rendimiento económico nacional, la distribución del ingreso, la productividad, la estabilidad política, el bienestar o la salud de sus ciudadanos.
Para su estudio utilizaron los datos proporcionados por nueve índices diferentes de desempeño socioeconómico: riqueza nacional integral, igualdad de ingresos, gasto en investigación y desarrollo, solicitudes de patentes, capital humano, índice de percepción de la corrupción, libertad, Índice de Desarrollo Humano ajustado a la presión planetaria y esperanza de vida saludable al nacer.
Encontraron evidencia de que estas poblaciones declinantes y envejecidas generalmente presentan los indicadores de rendimiento socioeconómico más altos del mundo. Este resultado respalda la creciente evidencia de que las poblaciones más pequeñas son, de hecho, beneficiosas para la mayor parte de la sociedad, en marcado contraste con la retórica política sin fundamento sobre la “caída de la natalidad” y el consiguiente Armagedón económico.
Para el dueto “Esto se debe a que invertir en la salud, la capacitación y la educación de los trabajadores, especialmente de los trabajadores mayores y con más experiencia, aumenta el capital humano, lo que aumenta la productividad de la fuerza laboral”. Para Bradshaw y McDermott tampoco existe fundamento para una previsión de penuria de personas en edad laboral en los países que experimentan un bajo crecimiento o incluso un declive demográfico. Infieren Bradshaw y McDermott que “La escasez de mano de obra no surge por la falta de trabajadores idóneos, sino por políticas de inmigración inadecuadas que limitan o impiden la movilidad de personas capaces y en edad laboral desde otros lugares para satisfacer la demanda local. De hecho, ninguna de las proyecciones de población fiables existentes predice una disminución de la población mundial”. A buen entendedor, lo contrario a las políticas migratorias expulsivas de Trump, o la UE o Japón.
Esgrimiendo la tasa de dependencia bruta (índice demográfico que mide la proporción de personas en edad “no activa”: menores de 15 años y mayores de 64 años, con respecto a la población activa, la comprendida en los 15 y 64 años), Bradshaw y McDermott muestran “la relación positiva más sólida con la mayoría de los indicadores de rendimiento socioeconómico que examinamos, sino que además sigue siendo necesariamente conservadora”.
Es que la tasa de dependencia “no representa completamente el número de personas dependientes en relación con la población activa. Por ejemplo, la participación laboral de las personas ≥ 65 años ha aumentado en los países con una población envejecida, especialmente en aquellos con mayor número de años de educación. Las personas mayores de 65 años tampoco son necesariamente económicamente dependientes; de hecho, el voluntariado en la vejez es un componente importante del sector económico”.
No obstante, el cambio en las estructuras de edad inevitablemente presentará desafíos económicos y fiscales. Bradshaw y McDermott se encargan de subrayar que “Sin embargo, existen soluciones para estos desafíos, como una mayor inversión en educación para ampliar la fuerza laboral efectiva, retrasar la edad de jubilación para promover impuestos sobre los ingresos más altos y rediseñar la financiación de las jubilaciones”.
Incluso, los pocos análisis económicos sobre el tema que se atribuyen profundas implicaciones sociales y económicas son totalmente realistas al postular que la transición hacia sociedades más envejecidas en algunos países (por ejemplo, Japón) es manejable mediante reformas estructurales, avances tecnológicos y estabilización de la deuda, según Bradshaw y McDermott.
Si bien un análisis completo del debate sobre el decrecimiento queda fuera del alcance del paper que hicieron estos dos académicos, encuentran que los resultados a los que arribaron son claramente relevantes para esa temática.
En lo que hace al cambio climático y demografía pongamos en autos, por medio de un working paper publicado en junio pasado por el NBER (National Bureau of Economic Research, el Indec norteamericano) cuya autoría pertenece a los académicos: Mark Budolfson, Michael Geruso, Kevin J. Kuruc, Dean Spears, Sangita Vyas, titulado: “¿Es menos realmente más? Comparación de los impactos sobre el clima y la productividad de una población que va disminuyendo”.
El quinteto a partir del hecho que una población humana más pequeña -en igualdad de condiciones que una más grande-, emitiría menos carbón, investiga cuánto es ese efecto. Ponen a prueba “la opinión ampliamente compartida de que un beneficio importante del continuo declive global de la natalidad será la reducción de las temperaturas a largo plazo”
Para eso el quinteto contrasta un escenario de despoblación global (el futuro más probable) con un escenario contra fáctico en el que la población mundial continúa creciendo durante dos siglos más. Observa que “Aunque las dos trayectorias de población difieren en miles de millones de personas en 2200, observamos que las temperaturas implícitas diferirían en menos de una décima de grado centígrado que es una diferencia muy pequeña para afectar los objetivos climáticos”.
El tiempo influye en el resultado. La despoblación se producirá en el siglo XXI, pero no en décadas. Los cambios en la natalidad tardan generaciones en modificar significativamente el tamaño de la población, momento en el cual se proyecta que las emisiones per cápita habrán disminuido significativamente, incluso bajo supuestos políticos pesimistas. Así es que según concluyen estos investigadores: “Los seres humanos causan emisiones de gases de efecto invernadero, pero la despoblación humana, que comenzará en unas pocas décadas, no resolverá los desafíos climáticos actuales”.
La teoría del decrecimiento enfatiza que el bienestar y la sostenibilidad no requieren un producto interno bruto en constante aumento. Ahí Bradshaw y McDermott enhebran la correlación al sugerir que los resultados de su investigación apuntan a que un crecimiento poblacional más lento o incluso negativo no necesariamente produce las graves contracciones económicas que a menudo se temen.
Afirman Bradshaw y McDermott que “Si el capital per cápita y la productividad se mantienen fuertes, las recesiones vinculadas al declive demográfico deberían ser menos frecuentes o menos dañinas de lo previsto. Esta perspectiva desvía el enfoque de los objetivos demográficos hacia una cuestión más amplia: cómo las economías pueden adaptarse para que el cambio demográfico, ya sea hacia un crecimiento más lento o hacia un eventual declive, favorezca la prosperidad, la equidad y la calidad ambiental”.
El paper académico publicado a fines del año pasado en el sitio Biodemografía y Biología Social, “La demografía conduce a sociedades europeas más conservadoras” con la autoría de Martín Fieder y Susanne Huber, da cuenta de algunos escollos eventuales a enfrentar para el enfoque más amplio que reclaman Bradshaw y McDermott a efectos de que las economías pueden adaptarse al cambio demográfico,
Fieder y Huber se valen de los datos de la Encuesta de Salud, Envejecimiento y Jubilación en Europa (un total de 66.188 participantes de 15 países europeos) y de la Encuesta Europea de Género y Generación (un total de 121.248 participantes de 12 países). Con esos números investigan:
1) Sí las diferencias en las actitudes políticas y las actitudes hacia los valores familiares (es decir, las actitudes hacia las parejas homosexuales, las actitudes hacia la reproducción femenina) están asociadas con diferencias en el número promedio de hijos.
2) Si dicha asociación entre la natalidad y las actitudes afecta la proporción de población de estas actitudes en generaciones posteriores.
Los autores encuentran que en la mayoría de los países analizados, las personas de derecha (conservadores) tienen, en promedio, más hijos y nietos que las personas identificadas con ideas de izquierda. También contabilizaron que la proporción de individuos de derecha aumenta de generación en generación.
“Dado que las actitudes políticas son presumiblemente rasgos evolucionados que se transmiten social y genéticamente de una generación a la siguiente, estos hallazgos pueden sugerir que las diferencias demográficas pueden conducir a cambios en las actitudes políticas predominantes. Así pues, hasta cierto punto, la demografía puede explicar las tendencias políticas de largo plazo”, consignan Fieder y Huber.
El análisis de Bradshaw y McDermott concluye señalando que “un crecimiento poblacional más lento o negativo no es inherentemente perjudicial para el desempeño económico, la productividad, la distribución del ingreso ni el bienestar y la salud de los ciudadanos. En muchos casos, las poblaciones en declive o de crecimiento lento tienen, en promedio, economías más sólidas y ciudadanos más ricos, felices y saludables. Estos resultados sugieren que, en lugar de tratar el cambio demográfico como una amenaza, los responsables políticos y el público se beneficiarían al centrarse en cómo adaptar los sistemas económicos y sociales para prosperar bajo diferentes trayectorias poblacionales”.
No dañar y bajo cualquier circunstancia amparar a los seres humanos es un imperativo moral. No dañar y bajo cualquier circunstancia amparar a los seres humanos, también es un imperativo del desarrollo económico.
Y si la sociedad quiere consumir menos y rascarse el higo más, no tendrá más remedio que procurar también un aumento de la productividad del trabajo para producir lo esencial en tiempos de trabajo acotados. Aun así, todavía tendría siempre que crecer, si no es a través del PIB per cápita, al menos por el producto por unidad de trabajador activo. En cualquier fase, los problemas económicos son por su naturaleza cuantitativos.
Qué lejos que está todo esto del degradado país al que nos lleva a los golpes la temible armada cárdena león, gracias a las batallas culturales ganadas por sus antepasados gorilas.