Nixon y Reagan, vuelvan que los perdonamos

“Cada presidente republicano estuvo más a la derecha que el anterior. Reagan estaba más a la derecha que Nixon y Ford. Y ahora Trump está mucho más a la derecha que Reagan.” La frase no pertenece a un socialista como el senador Bernie Sanders. La dijo Max Boot, nada menos que autor del libro “Reagan: su vida y su leyenda”. 

Historiador militar y de trayectoria republicana, Max Boot es el último biógrafo del presidente ultraconservador de los ’80. Su comparación podría explicarse tomando sólo un dato: el mismo 20 de enero último, día de la asunción, la Casa Blanca publicó un documento titulado “Defendiendo a las mujeres del extremismo ideológico y restaurando la verdad biológica en el Gobierno Federal”.

La comunicación de la Casa Blanca sostiene que “los ideólogos que niegan la realidad biológica del sexo han utilizado cada vez más medios legales (…) y coercitivos para permitir que los hombres se autoidentifiquen como mujeres y accedan a (…) refugios para mujeres víctimas de violencia de género”.

Para la administración Trump, el género es solo “sexo”. Lo define la biología y no se construye socialmente. Por eso su política será “reconocer dos sexos inmutables que se referirán a la clasificación biológica del individuo como masculino y femenino”. 

Esta declaración de la Casa Blanca elimina el concepto de “identidad de género”, define “mujer”, define “hombre” y ya está. Insiste con la “ideología de género” como un mal instalado en la sociedad norteamericana que sustituye la categoría biológica del sexo por un concepto falso que da cuenta de “una identidad de género autoevaluada”. Esta identidad de género estaría completamente desconectada de la realidad biológica y del sexo. Por esto, cada repartición gubernamental recibió la orden de eliminar cualquier documento interno o externo que emita, mensajes que promuevan o inculquen la ideología de género. Al mismo tiempo, la orden es que los fondos federales no se utilicen para “promover la ideología de género”. En buen criollo, ni dólar que provenga del Gobierno federal que sea destinado a la protección y reconocimiento de los derechos de las mujeres y las diversidades.

El diablo está en los detalles

“Trump no ve ni ha visto en su primer mandato a las mujeres como seres autónomos que deciden libremente qué quieren hacer con sus vidas.” Macarena Sáez, titular de la división de Derechos de las Mujeres de Human Rights Watch sostiene que el primer gobierno de Donald Trump atacó los derechos de las mujeres: desde la obstaculización al acceso de métodos anticonceptivos hasta el nombramiento de jueces para la Corte Suprema que resultó ser el fin de la protección constitucional del derecho al aborto que en los Estados Unidos regía desde 1973 con el fallo Roe vs Wade. Según Sáez. “Existe un alto riesgo de que el derecho al aborto se limite todavía más. (…) Este gobierno podría usar el poder federal para restringir los abortos incluso en estados con leyes propias que protegen este derecho.” Cita por ejemplo a una posible política de la Food and Drug Admnistration (FDA, la ANMAT norteamericana) que con trabas burocráticas influiría en el acceso a píldoras abortivas o incluso anticonceptivas. Sostiene que no hay por qué dudar de estas intenciones tomando en cuenta el comunicado del día de la asunción de Trump y los antecedentes de su primer gobierno. Imagina no sin fundamentos que pueden esperar que este segundo gobierno de Trump avance también contra los derechos de las mujeres en sus lugares de trabajo. Durante la presidencia de Barack Obama se exigió a las empresas que proporcionaran información salarial sobre la brecha de género y raza. Trump fue contra eso. El impacto en los derechos de las mujeres pobres e indocumentadas, y en sus familias fue muy importante ya que generó en ellas mucho miedo a la hora de denunciar abusos. Las organizaciones feministas mantendrán una vigilancia activa. “El diablo está en los detalles”, dice. Por eso en esos detalles se centrarán específicamente y exigirán cuentas al gobierno de los Estados Unidos como hacen en cualquier país del mundo.

Los fallos de la Corte

En caso Roe vs Wade, un fallo histórico de la Corte Suprema de ese momento (1973) despenalizó el aborto durante cincuenta años en los Estados Unidos. En muchos estados se reactivaron automáticamente leyes que prohibían la interrupción voluntaria del embarazo en todas su formas y momentos. La presentación que hizo Jane Roe (un nombre ficticio para preservar su anonimato) tuvo como argumento que las leyes locales del estado de Texas infringían la Constitución porque afectaban el derecho de la mujer a la privacidad, que significaba en la situación presentada que una mujer embarazada podía decidir si seguir hasta el nacimiento o abortar. El caso se decidió con siete votos a favor y dos en contra. Estableció un sistema de trimestres. El primero, sin restricciones. En los siguientes tres meses, los estados podían imponer las restricciones que consideraran y en los últimos quedaba expresamente prohibido salvo que peligrara la salud de la madre.

Pero en tren de retrocesos, en 2022 la Corte Suprema de los Estados Unidos falló en el caso Dobbs vs Jackson Women’s Health Organization y revirtió Roe vs Wade por cinco votos contra cuatro. Este fallo le quita protección constitucional a la interrupción voluntaria del embarazo. Ahora, el derecho al aborto varía drásticamente de un estado a otro. Mississipi y Texas fueron los dos primero en los que automáticamente se prohibió.

En 2020, la Corte Suprema de los Estados Unidos contaba con una mayoría conservadora de seis a tres, después de la confirmación de Amy Coney Barret. Esta designación consolidó la tendencia iniciada por Trump cuando nombró a Neil Gorsuch y Brett Kavanaugh. La mayoría conservadora permitió bloquear iniciativas importantes. Fue esta Corte la que emitió el fallo contra el derecho al aborto en 2022, la que en 2023 limitó los derechos de la comunidad LGBTQ+ permitiendo a los comercios a negarse a servir a parejas del mismo sexo, y la que, también en 2023, prohibió la acción afirmativa en las admisiones universitarias. Esta política buscaba aumentar la representación de los grupos históricamente subrepresentados en las universidades con el objetivo de reparar injusticias sociales y promover un entorno educativo diverso.

La agenda igualitaria de Nixon

“En esta era de grandes desafíos y enorme potencial para toda la Nación tanto el sector privado como el gobierno, necesitan las capacidades y el poder intelectual de cada uno de los estadounidenses. La participación plena e igualitaria de las mujeres es crucial para la fortaleza de nuestro país.” Nixon dijo estas palabras un 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer, en los inicios de su presidencia. Creó un Grupo de Trabajo Presidencial sobre los Derechos y las Responsabilidades de las Mujeres. El informe hecho por este grupo de trabajo llamado “A matter of simple justice” (1970) debía buscar la promoción de la igualdad de oportunidades para las mujeres, el establecimiento de una Oficina de Derechos y Responsabilidades de las Mujeres que reportara directamente al Presidente, el avance de las mujeres en los puestos del Gobierno Federal y la aprobación de la Enmienda de Igualdad de Derechos (ERA, por sus siglas en inglés). Nixon había sostenido que defendería la Enmienda en su campaña electoral en 1968. Así lo hizo cuando llegó al poder en 1972. 

No solo apoyó la Enmienda de la Igualdad de Derechos cuando ya estaba en funciones. También en1972 Nixon emitió un comunicado oficial en el que el 26 de agosto se establecía como “Día de la Igualdad de la Mujer”, conmemorando el 52º aniversario de la ratificación de la Enmienda 19 que otorgaba a las mujeres el derecho de votar.

“Nixon fue un gran defensor de los derechos de las mujeres y ayudó a promover sus causas a lo largo de toda su carrera política.” Así introduce la página web de la Richard Nixon Presidential Library and Museum, la conmemoración que hace del Día Internacional de la Mujer en 2021.

Si se analizan las acciones de Nixon durante su presidencia, no parece engañosa esta afirmación. La Enmienda de Igualdad de Derechos, impulsada para darle rango constitucional justamente a la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, fue tema de su campaña electoral, pero se aprobó con su apoyo y durante su presidencia en 1972. Tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes la aprobación fue por una mayoría apabullante. El texto de la Enmienda dice que “la igualdad de derechos bajo la ley no podrá ser negada ni limitada por razón de sexo en los Estados Unidos ni en ningún estado.” Para que efectivamente agregara una reforma a la Constitución, la ERA debía ser ratificada por 38 estados. En los primeros años, las ratificaciones fueron numerosas. Pero cuando la campaña “Stop ERA” logró afianzarse a nivel nacional, se volvieron más lentas. De hecho, los tres últimos estados en ratificarla fueron Nevada (2017), Illinois (2018) y Virginia (2020).

“Stop ERA” fue fundada a comienzos de la década del 70, por un ama de casa de Illinois, convertida después en abogada, llamada Phyllips Schafly. Simpatizante de Nixon en un comienzo, pronto se desilusionó cuando vio que el movimiento feminista que apoyaba la ERA era bipartidista y que el Presidente era impulsor de la Enmienda. Schafly murió en 2016 a los 92 años, no sin privarse de brindar su apoyo público y ferviente a Donald Trump porque a su juicio “ninguna mujer podía ser presidente”.

Un presidente pragmático

La presidencia de Ronald Reagan (1981-1989), otro de los presidentes comparados por su biógrafo, se recuerda hoy como una reacción violenta contra el movimiento de mujeres. Estereotipó los roles de género desde que era actor de Hollywood: alto, buen mozo, blanco, viril, clase media de la posguerra. Nancy Reagan, su segunda esposa, también era actriz. Reagan guardaba la esperanza de que al casarse ella dejara la actuación, como escribió en su primera autobiografía de 1965. Pero era un temor infundado. “Tenía arraigado en ella decir simplemente: ‘Si intentas que dos carreras funcionen, una de ellas tiene que sufrir’. Dijo: ‘Quizás algunas mujeres pueden lograrlo, pero yo no’”. Reagan retoma en su primera autobiografía el rol que Nancy tenía asignado en la pareja, definido por ella misma.

Estas mismas ideas las aplicó a su política respecto de las mujeres. Fue un presidente conservador que se rodeó de los protestantes evangélicos de la década del ’70. 

Pero el atraso no fue tan agudo porque sus iniciativas antifeministas fracasaron y su presidencia marcó un período de mucho progreso para muchas mujeres estadounidenses.

Cuando era candidato, prometió promover una enmienda constitucional que prohibiera el aborto en todo el país. Pero como gobernador de California en 1967, promulgó una ley que lo legalizó en el estado. Parece ser que Nancy tuvo un papel muy importante en esta política de derecho al aborto para las californianas. Luego dijo que lo hizo solo por su “inexperiencia”. Había aprendido para cuando fue presidente y se oponía firmemente al aborto. 

Se opuso firmemente a la Enmienda por la Igualdad de Derechos, pero su astucia le permitió decir que eso no debía ser interpretado como una posición contra la igualdad entre hombres y mujeres. Sus asesores de campaña estaban preocupados por el hecho de que estos discursos tuvieran un efecto negativo en la cantidad de votos femeninos. Porque las encuestas con las mujeres no le daban. Lo consideraban “frío y distante” y la mayoría de los estadounidenses estaba a favor de la Enmienda. En septiembre de 1980, seis semanas antes de las elecciones, designó a Marilyn Thayer como “asesora especial” y formó dentro de la campaña una Junta de Políticas para la Mujer. Todas las mujeres de esta junta eran republicanas moderadas, que apoyaban el derecho al aborto y la Enmienda de Igualdad de Derechos. Los grupos conservadores evangélicos se opusieron y terminó formando un comité con activistas antiaborto y anti-ERA. 

La Casa Blanca no apoyó tampoco la Ley de Equidad Económica para las Mujeres. Por esta falta de respaldo no logró ser aprobada. Pero los sondeos de opinión mostraban un rechazo femenino que crecía. Su popularidad era baja al principio, y luego se desplomó. Era entre un 15 y un 23 por ciento menos popular entre las mujeres que entre los hombres. La impopularidad de Reagan era mayor entre mujeres jóvenes de menos de 45 años, mujeres sin título universitario y mujeres solteras: es decir los grupos de mujeres que más habían sufrido el desfinanciamiento de los programas sociales en 1981. Sus asesores decidieron que debía tener una estrategia comunicacional exitosa para tranquilizar a las mujeres sin alejarlo de lo que él realmente pensaba. 

Fue en cierta medida un alivio para ellas que no considerara, como dicen varios de sus biógrafos, a los “temas sociales” como importantes. En ellos incluía el derecho al aborto. No eran importantes como lo eran la economía o la política exterior. Por eso no impulsó ninguna política antiabortista. 

Hubo que esperar a la Corte Suprema alineada con Trump para que el fallo de 1973, que le daba al derecho al aborto rango constitucional, fuera desestimado.

Paradójicamente la vida de las mujeres norteamericanas mejoró notablemente durante la era Reagan. Mantuvieron sus derechos reproductivos, ingresaron a universidades y profesiones en cifras récords, una llegó a ocupar un lugar en la Corte Suprema y millones de ellas se beneficiaron de la prosperidad que llegó después de 1982. Reagan y sus asesores fueron lo suficientemente realistas como para comprender que, en la Norteamérica contemporánea, poner trabas políticas al camino que habían iniciado las mujeres, era un suicidio político.

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