No es precisamente un chavista. El norteamericano John Mearsheimer, de 78 años, enseña política internacional en la Universida de Chicago. Su enfoque realista lo llevó a decir que era peligroso que Putin sintiera a la OTAN expandiéndose en Ucrania. Analista del poder crudo, describió la operación en Venezuela y el papel de Delcy Rodríguez en una pieza interesantísima que se puede ver o, a continuación, leer.
Hola a todos. Lo que se desarrolló en Venezuela durante las 30 horas posteriores a la captura de Nicolás Maduro representó uno de los ejemplos más fascinantes de cómo la fuerza externa puede generar legitimidad interna, que hemos presenciado en la era moderna. Mientras el establishment político estadounidense celebraba lo que consideraban un golpe decisivo contra el régimen de Maduro, en realidad malinterpretaron profundamente las dinámicas estructurales que habían puesto en marcha.
El secuestro de un presidente en ejercicio no creó un vacío de poder que Estados Unidos pudiera llenar con facilidad. Por el contrario, desencadenó un proceso constitucional y político que transformó a Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de Maduro hasta entonces relegada al olvido, en la encarnación de la resistencia venezolana frente a la dominación extranjera.
Los acontecimientos comenzaron a desarrollarse a las pocas horas de la captura de Maduro. El Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, actuando con lo que solo puede describirse como una velocidad y una creatividad constitucional extraordinarias, convocó una sesión extraordinaria para abordar lo que denominaron la ausencia involuntaria del presidente.
Esto no fue un simple trámite burocrático. Fue la maquinaria institucional del Estado adaptándose para sobrevivir a una amenaza existencial.
La decisión del tribunal de otorgar a Rodríguez plenos poderes presidenciales bajo la doctrina de ausencia temporal representó mucho más que una formalidad legal. Fue el intento del Estado venezolano de preservar la continuidad constitucional frente a lo que, en esencia, constituía un acto de guerra por parte de Estados Unidos.
Desde una perspectiva realista, lo que ocurrió a continuación era completamente previsible. Cuando una gran potencia intenta decapitar a un gobierno mediante la fuerza militar, las instituciones restantes o colapsan o se adaptan. El Tribunal Supremo de Venezuela optó por la adaptación. Y esa elección creó algo que los planificadores estadounidenses no habían previsto: un punto focal de resistencia con legitimidad constitucional.
Rodríguez dejó de ser simplemente la adjunta de Maduro que asumía un papel provisional. Se convirtió en la presidenta constitucional de Venezuela, investida con plenos poderes por el máximo tribunal del país justo en el momento en que la nación se enfrentaba a una ocupación extranjera.
El discurso que Rodríguez pronunció desde el Palacio de Miraflores 18 horas después de la captura de Maduro demostró una comprensión sofisticada tanto de la dinámica política interna como del contexto internacional. Su declaración de que Venezuela nunca volvería a ser colonia de ningún país no fue una retórica vacía. Fue un llamamiento calculado a las corrientes más profundas del nacionalismo venezolano, corrientes que trascienden las divisiones políticas que habían fracturado al país durante años.
Su llamado a que el pueblo saliera a las calles y a que las milicias se movilizaran representó algo aún más significativo: la activación de una red de resistencia construida durante décadas, pero que nunca antes había sido puesta a prueba frente a una ocupación extranjera.
La estructura miliciana a la que Rodríguez apeló constituía una de las redes de defensa civil más extensas de América Latina. La cifra de cuatro millones y medio de milicianos organizados fue, con toda probabilidad, una exageración destinada a producir un efecto psicológico. Sin embargo, incluso si el número real se acercaba más a quinientos mil o un millón de participantes activos, seguía representando una formidable capacidad de guerra asimétrica.
Más importante aún, estas redes de milicias no eran simples unidades militares. Estaban profundamente integradas en el tejido social de las comunidades venezolanas, desde los barrios urbanos de Caracas hasta las llanuras rurales donde los ganaderos habían organizado sus propios grupos de defensa.
Lo que hizo especialmente significativa la emergencia de Rodríguez como símbolo de resistencia fue su capacidad para trascender las divisiones políticas tradicionales que habían paralizado a Venezuela durante años. El movimiento chavista y la oposición habían pasado décadas enfrentados de forma amarga, incapaces de encontrar puntos de acuerdo en prácticamente ningún asunto.
La intervención militar estadounidense generó lo que los politólogos denominan un efecto de “cerrar filas en torno a la bandera”, unificando a fuerzas previamente antagonistas en torno a una noción compartida de soberanía nacional.
Rodríguez se benefició de este cambio estructural no por su carisma personal ni por habilidades políticas excepcionales, sino porque representaba la legitimidad constitucional en el momento exacto en que esa legitimidad se volvió sinónimo de resistencia a la dominación extranjera.
La distribución geográfica de las redes de resistencia que se activaron en respuesta a su llamado reveló la profundidad de la organización desarrollada durante las décadas previas. En Petare, el extenso barrio que alberga a más de medio millón de personas en el este de Caracas, los consejos vecinales creados como parte del proyecto del Estado comunal se transformaron de la noche a la mañana en centros de coordinación de la resistencia civil.
Estos consejos controlaban rutas de acceso, redes de comunicación y líneas de suministro que resultarían esenciales para cualquier campaña de resistencia prolongada. En Maracaibo, los trabajadores petroleros que habían mantenido su organización a pesar de años de crisis económica comenzaron a coordinar posibles huelgas capaces de paralizar la principal fuente de ingresos del país.
En las zonas rurales alrededor de Valencia y Barquisimeto, las milicias campesinas originalmente organizadas para defenderse de paramilitares colombianos se encontraron frente a un tipo diferente de amenaza extranjera.
Desde una perspectiva realista estructural, la intervención estadounidense había generado exactamente el tipo de amenaza que históricamente produce las formas más intensas de resistencia nacionalista. Las amenazas externas a la soberanía tienen una notable capacidad para anular divisiones políticas internas.
Rodríguez comprendió esta dinámica de forma instintiva. Sus apelaciones a la legitimidad constitucional y a la soberanía nacional no fueron simples cálculos políticos, sino una lectura precisa de cómo reaccionan las poblaciones frente a la ocupación extranjera.
La asimetría de legitimidad que emergió durante esas primeras 30 horas creó una pesadilla estratégica para los planificadores estadounidenses. Rodríguez poseía todas las formas de legitimidad salvo la superioridad militar.
Tenía legitimidad constitucional a través de la decisión del Tribunal Supremo. Legitimidad legal mediante los procedimientos sucesorios establecidos. Legitimidad histórica como heredera de la tradición política bolivariana. Y, cada vez más, legitimidad popular como símbolo de resistencia frente a la dominación extranjera.
Estados Unidos, en cambio, solo contaba con la superioridad militar. Carecía de base constitucional, de justificación legal bajo el derecho internacional, de precedentes históricos exitosos y de apoyo popular entre los venezolanos.
Esta asimetría de legitimidad creó exactamente el tipo de entorno estratégico que históricamente ha favorecido a los movimientos de resistencia frente a las potencias ocupantes. La superioridad militar por sí sola nunca ha sido suficiente para establecer un control político sostenible.
La experiencia estadounidense en Irak, Afganistán y Vietnam había demostrado repetidamente que la ventaja tecnológica militar se vuelve irrelevante cuando la población ocupada considera ilegítima a la fuerza ocupante.
En Venezuela, Estados Unidos se enfrentaba a un entorno aún más complejo, ya que había creado su déficit de legitimidad a través de sus propias acciones.
Las implicaciones económicas de la resistencia simbolizada por Rodríguez añadían otra dimensión a la trampa estratégica en la que Estados Unidos se había metido. La infraestructura petrolera venezolana, que proporcionaba prácticamente todos los ingresos por exportaciones del país, era profundamente vulnerable al sabotaje por parte de trabajadores organizados con conocimiento íntimo del sistema.
Los sindicatos petroleros que comenzaron a organizarse en respuesta al llamado de Rodríguez poseían la capacidad técnica para paralizar la producción durante largos períodos sin causar daños irreparables a la infraestructura.
Esto creaba un escenario en el que Estados Unidos podía encontrarse gobernando un país cuya principal fuente de ingresos había sido eliminada por la resistencia a la ocupación estadounidense.
Las implicaciones regionales de la aparición de Rodríguez como símbolo de resistencia se extendieron mucho más allá de las fronteras venezolanas. Su apelación al sentimiento anticolonial resonó en toda América Latina, donde los recuerdos de la intervención estadounidense seguían vivos.
La condena del gobierno brasileño a la operación estadounidense como una línea inaceptable reflejaba una preocupación regional más amplia por el precedente que representaba la intervención en Venezuela.
Si Estados Unidos podía secuestrar al presidente de Venezuela con impunidad, ¿qué impedía acciones similares contra otros líderes latinoamericanos con políticas que Washington desaprobara?
China observó estos acontecimientos con gran atención. Pekín había invertido fuertemente en el sector petrolero venezolano y había concedido miles de millones de dólares en préstamos al gobierno de Maduro.
La intervención estadounidense amenazaba directamente esas inversiones. Pero, más importante aún, representaba exactamente el tipo de sobreextensión imperial que los estrategas chinos habían anticipado como rasgo del declive estadounidense.
Cada dólar que Estados Unidos gastara manteniendo el control sobre Venezuela era un dólar que no se invertía en contener la expansión china en el Pacífico.
La rapidez con la que Rodríguez se consolidó como líder creíble de la resistencia demostró el poder de la legitimidad institucional en situaciones de crisis.
En solo 30 horas, pasó de ser una figura política relativamente desconocida al punto focal del nacionalismo venezolano.
Esta transformación no fue el resultado de cualidades personales excepcionales, sino de ocupar la posición institucional adecuada en el momento histórico preciso.
La presidencia de Venezuela, incluso en su forma truncada, llevaba consigo la legitimidad acumulada del Estado venezolano. Cuando esa legitimidad fue amenazada por una intervención extranjera, se convirtió en un poderoso punto de unión para la resistencia.Rodríguez, de pie en el palacio presidencial y negándose a reconocer la autoridad estadounidense, se convirtió en el símbolo de una fuerza que ninguna tecnología militar puede derrotar: la determinación de un pueblo a resistir la dominación extranjera sobre su propia tierra.