Además del petróleo, Trump le pegó a Cuba, Rusia, Irán y China, en el bolsillo y la estrategia.
Cuando los esquemas geopolíticos se sacuden, cuando hay sorpresas en el tablero internacional, la pregunta obligada es ¿por qué ahora? El secuestro de Nicolás Maduro y su mujer el sábado pasado deja a cualquiera lleno de preguntas: ¿por qué sacarlos del medio a ellos y no al resto del gobierno? ¿por qué una operación comando y no una de combate? Y nuevamente ¿por qué ahora? Ya se cumplieron más de 25 años de chavismo en el poder, las petroleras norteamericanas hace rato que perdieron la camisa en Venezuela, hace añares que ese país dejó de comprar productos de EE.UU. y el mismo Donald Trump no se obsesionó con Caracas en su primer gobierno.
Washington no quiere otro Afganistán u otro Irak, eso queda claro: son guerras eternas que no llevan a nada. Venezuela, por terreno, por población y por armamento, sería todavía más difícil y costoso en sangre y dineros. Trump está haciendo el experimento de ver si un gobierno bajo amenaza le obedece, se transforma en un minion disciplinado. Por algo no menciona nunca la democracia o la libertad de los venezolanos, ni alzó una ceja ante la ola de arrestos posterior al secuestro de Maduro. El chavismo sigue a cargo y lo que importa es que cumpla ciertas órdenes del Presidente Naranja, sobre todo en el tema petrolero.
Trump parece creer que ese negocio se va a hacer rapidito y sin problemas, pero su reunión del viernes con las grandes petroleras fue un baño de realidad. ConocoPhillips le recordó que todavía ni cobró los doce mil millones de dólares que le debe Venezuela por la nacionalización de sus instalaciones. Exxon Mobil repitió que Caracas le debe por lo menos veinte mil millones. Sólo Chevron, que sigue operando en Venezuela por un trato especial, escuchó ofertas. El costo de reanimar el cadáver petrolero venezolano es altísimo, cien mil millones para empezar, y este extraño arreglo político de Trump no inspira confianza.
¿Habrá subsidios?
Pero el petróleo es como la fase superior de esta operación, que ya rindió frutos en otros frentes. El primero es la humillación pública de Rusia, que se presentaba como protectora de Venezuela y no pudo hacer nada. Sus baterías misilísticas antiaéreas en Caracas fueron destruidas sin problema con drones, sus cazas avanzados ni despegaron, el petrolero que cambió a su bandera fue capturado. El Kremlin guardó silencio.
El segundo fruto es hundir a Cuba en una crisis que, esperan en Washington, sea terminal. Venezuela era el último aliado de La Habana y, junto a Rusia, le proveía petróleo. Cuba vive de apagón a apagón porque los venezolanos le mandaban 35.000 barriles por día, un tercio del mínimo necesario, y México bajó de 22.000 a 7.000 después de los aprietes discretos del canciller Marco Rubio en septiembre. Rusia, con suerte, aporta unos 9.000 cuando puede, con lo que el gobierno de Miguel Díaz-Canel a gatas llegaba a la mitad de lo que necesita para mantener las luces prendidas.
La gran pregunta es si Trump va a permitir que Venezuela siga exportando petróleo a Cuba. Es improbable, porque el combustible se envía como pago de los médicos cubanos –“tráfico humano”, según Trump- y de la seguridad personal del gobierno, que por algo hubo treinta cubanos muertos en el secuestro de Maduro. Es probable que el intercambio sea muy favorable a los cubanos, pero el vuelto es por solidaridad. Trump, claramente, se refiere a esta situación cuando dice públicamente que Cuba no le importa, que se va a caer solita.
El tercer fruto es acosar, una vez más, a los ayatolás, que acaban de perder un aliado y un cliente importante. Resulta que Irán hace rato se especializó en drones, que son tan buenos que ya son parte del paisaje en la guerra de Ucrania. Venezuela empezó comprando drones iraníes y terminó armando una fábrica para montarlos en suelo propio. Los norteamericanos observaban esto y no se preocuparon demasiado mientras fueran las series Mohajer 1 a 5, modelos chicos más de observación y control de comunicaciones que otra cosa. Pero el año pasado, Venezuela mostró en público su primer Mohajer 6, que es otra bestia.
La Empresa Aeronáutica Nacional de Venezuela hizo un contrato con Qods Aviation Industries de Irán para comprar varios millones de dólares del modelo 6, a ser armados y mantenidos por venezolanos, una negociación que arrancó en 2020. El modelo 6 es del tamaño de una avioneta, con diez metros de ala y casi seis de fuselaje, una hélice y tren de aterrizaje en triciclo. Pesa 600 kilos sin armamento y tiene una autonomía de vuelo de doce horas. Esto es, el Mohajer es capaz de llevar misiles o bombas, puede atacar la flota en el Caribe y, con viento a favor, llegar hasta Puerto Rico. Esta es una capacidad estratégica que Estados Unidos no perdona, y menos si se deriva de tecnología enemiga.
El cuarto fruto es, tal vez, el más jugoso: dejar a China en un brete de los bravos, con Estados Unidos controlando sus 105.000 millones de dólares en inversiones. Pekín viene invirtiendo fuerte en Venezuela desde 2008, cuando su petrolera estatal hizo un convenio con la venezolana, PDVSA, para explotar varios campos petrolíferos. Los chinos hasta reciclaron un puerto de cargas, que la crisis económica había dejado parado, como terminal de exportación. Es que Venezuela no sólo tiene más reservas comprobadas que ningún otro país, sino que además tiene petróleo pesado de alta calidad, una relativa rareza. China lo exporta directo a casa como pago de la abultada deuda soberana de Venezuela. El negocio hasta se extendió a los privados en agosto, cuando la compañía Concord Resources Corp comenzó a desarrollar un campo propio que, se estima, va a rendir 60.000 barriles por día para fines de este año. La inversión es de mil millones de dólares.
Los chinos también aportaron tecnología y desde 2004 vienen reconstruyendo y manteniendo la red de datos venezolana, con una inversión directa de por lo menos 250 millones de dólares. Huawei mantiene el 4G a nivel nacional y no hay cable o wi fi que no sea Made in China. Lo mismo ocurre con los dni venezolanos, creados por la firma china ZTE. Atrás de estos grandes contratos, garantizados por Pekín, llegaron cientos de otras compañías con negocios menores.
Los chinos no esperan que Estados Unidos los nacionalice o los expulse del país, lo que sería desmentir toda idea de seguridad jurídica. Pero nada impide que un gobierno controlado por Trump revise los contratos e imponga nuevas condiciones, especialmente si son competencia para las petroleras norteamericanas. Según un cable de Reuters, Caracas ya le pidió a las empresas chinas que reduzcan su producción. Las inversiones en telecomunicaciones son todavía más frágiles: Huawei quedó prohibida en Estados Unidos.