Pensamientos en un 9 de julio muy especial

Cuando el estado pretende concentrar exclusivamente el poder lo que hace es achicar el conjunto social. Su función es insustituible en dirigir la mejora comunitaria en todo su territorio abarcando cada grupo o sector social. La Nación precede y nutre al Estado con la riqueza y diversidad de sus componentes que constituyen la cultura que la identifica dentro del género humano. 

Para advertencia del lector se señala que esta nota se escribe en 9 de julio, día de la Independencia, bajo la influencia de múltiples saludos de felicidad compartida en el seno de una patria dividida por antagonismos insustanciales que no encuentra su rumbo.

Por lo pronto, como resulta a poco de meditar con algo de serenidad, debemos asumir que nos unen muchísimos más elementos y conductas que aquellos que nos separan

Desde el idioma al territorio (con toda su extensión y grandeza de paisajes y recursos); los modos de pensar y actuar para convivir, trabajar y distraernos; la riqueza y diversidad de nuestras formas de alimentación con particularidades regionales sabrosísimas (piénsese en las empanadas, tema de reciente discordia por su popularidad); de habitar o construir infraestructuras necesarias, en el inmenso abanico de las actividades humanas en las que muchas veces no reparamos y repetimos como hábitos, sean confortables o no, destacándose la amistad como característica de nuestra convivencia por la intensidad, lealtad y cercanía con que la ejercemos. 

En una geografía generosa, se asienta un pueblo con una cultura nacional bien definida en términos históricos con numerosos interrogantes sobre el porvenir, dadas sus debilidades actuales.

A finales del siglo XVIII, cuando se funda el Virreinato del Río de la Plata, ya está en ciernes la nación argentina y su cultura propia. 

Llevaba para entonces un siglo y medio por lo menos de gestación entre la instalación de los colonizadores españoles y su costosa y no pocas veces sangrienta adaptación y dominación sobre las poblaciones locales que no constituían una entidad única pues respondían al menos a tres vertientes etnográficas.

Ellas son la incaica con eje en la cordillera de los Andes, desde el Noroeste hasta Cuyo, la guaranítica desde el Nordeste hasta el Plata y la pampeano-patagónica tanto en sus particularidades tehuelches septentrionales y meridionales, como en los canoeros del sur más extremo, incluyendo la Isla de Tierra del Fuego, con notables variaciones culturales en el seno de cada una de ellas. 

En ese momento histórico comienza delinearse una nación de constitución diversa y potencialidades notables. La creación del Consulado, pocos años después del Virreinato, con Manuel Belgrano como su secretario, contribuyó a dar forma práctica con legislación y jurispruencia económica a esta nueva entidad política que tenía como eje el puerto de Buenos Aires, en rivalidad constante con las más antiguas regiones donde los asentamientos de poblados dispersos habían, sino prosperado, al menos sobrevivido de alguna forma como proveedores de mulas y alimentos para la extracción minera del Potosí. 

Un nuevo perfil productivo se gestaba mientras tanto hacia el sur, aprovechando la proliferación de vacunos y caballadas en las inmensas llanuras pampeanas donde la composición orgánica de sus suelos enriquecieron las deposiciones de las numerosas reses que se reproducían en un medio altamente favorable sin predadores amenazantes. 

La economía rioplatense se gestó sobre la matanza y desperdicio de esas manadas salvajes de las que se aprovechaba el cuero y poco más, hasta que se articuló como proveedora de charqui para alimentar esclavos en Brasil, Cuba y otras explotaciones de mano de obra esclava en plantaciones azucareras o, más tarde, del cacao, también a su vez materias primas de exportación. O sea: proveedores semi periféricos de economías coloniales más asentadas. 

La primera empresa productiva local, la vaquería, reunía todos los atributos de la organización capitalista, a despecho de su pobre tecnología de extracción, asimilable a una cacería. A saber: a) intervención de una autoridad regulatoria, el Cabildo, que concedía el oneroso derecho de vaquería y lo hacía a quien acreditase el capital necesario para el emprendimiento (no tuvimos aquí el cazador o trampero solitario que abastecía al acopiador); b) la existencia de un emprendedor, titular por concesión del derecho adjudicado, en condiciones de organizar la expedición y adelantar los gastos previos: carretas, cabalgaduras, herramientas y sal para curar los cueros, además de los jornales de lo que sería la tercera pata del negocio: c) trabajo libre asalariado, donde se conchaban los hábiles gauchos que harían el trabajo de matar y desollar los animales cuya carne se pudría sobre el terreno, mínimamente aprovechada para el consumo humano. 

El cuarto elemento es d) la producción para el mercado, que no es local sino internacional en una alta proporción, característica que diferencia a la vaquería de otras actividades productivas existentes en lo que es hoy el territorio nacional, más ligadas a la actividad artesanal con transacciones en pequeña escala dentro de una economía de subsistencia, con la aclaración ya hecha sobre la producción de medios de transporte (mulares, bueyes y equinos). 

Los cueros así obtenidos, complementados por el tasajo o charqui también mencionados, se vendían en ultramar, y allí es donde se ve con más claridad la progresiva articulación de los intereses de esa producción exportable con el expansivo Imperio Británico que se empeñó exitosamente en dominar los mares a sangre y fuego.

No obstante ese mecanismo originario (que como contrapartida fomentó el contrabando de todo tipo de mercaderías) permitió crear una sociedad local con intereses propios. Se fue forjando una cultura campestre y un orgullo local portuario que se expresa con éxito y capacidad militar para rechazar las invasiones inglesas de 1806 y 1807. 

Una matriz cultural hecha a trompadas

La lucha entre los intereses del puerto y las provincias interiores expresa mediante violencia y pactos sucesivos las dificultades para construir una entidad colectiva que resolviera con cierta armonía la expansión del conjunto. El periodo de las guerras civiles termina cuando se logra cierto equilibrio –nunca completo– entre esas fuerzas en pugna. 

Si hemos ido tan atrás en la búsqueda de las raíces de la unidad nacional, tanto en su cultura como en su forma política apenas evocada, es para destacar que los elementos constitutivos de la nación son previos, y desde luego interactuantes, con la creación y consolidación de un estado que en el caso argentino es federal para poder ser un país organizado puesto que fracasaron todos los intentos de unitarismo por parte de la élite ilustrada porteña.

Cuando las dirigencias del interior terminan imponiendo que la capital sea la propia Buenos Aires, arrebatándosela a la provincia del mismo nombre, termina de sellarse el pacto de convivencia que ha funcionado hasta hoy, aunque no sin problemas. Coincide con la generación del 80, que contribuye a expandir producciones locales en las provincias y se complementa con la ocupación real del territorio patagónico, dándole forma definitiva a la Nación Argentina, que hoy para los gobernantes actuales parece más un obstáculo que una potencialidad. 

La explicación última de esta deformación quizás sea la mutación mundial hacia las finanzas como preeminentes en las gestiones gubernamentales, lo que trae como consecuencia los gigantescos endeudamientos que enfrentan numerosos (y poderosos) países del planeta. Cuestión vital para la supervivencia de comunidades autónomas que administren sus recursos y apliquen políticas de integración social capaces de impedir desigualdades aberrantes.

Existe un reduccionismo muy peligroso por el achicamiento que implica: pensar al estado como un todo suficiente en sí mismo. Así lo expresaba Mussolini: “el estado es un absoluto, los individuos y los grupos son relativos” y en esa visión debían funcionar subordinados al mando del líder. 

El Estado expresa a la Nación, ambas con mayúsculas puesto que hablamos de nombres propios, referidos al caso argentino, pero esta última integra un conjunto complejo y diverso de grupos sociales, regiones geográficas, modos de vida, tradiciones, ideas y cultura que no pueden resumirse en una administración pública.

Cuando hay naciones sin estado, caso poco frecuente pero real, se asiste a un fracaso colectivo, una imposibilidad de administrar racional y equitativamente los intereses comunes. Pero cuando el estado asfixia o debilita partes del conjunto social también le quita potencialidad a esa diversidad que constituye una nación. 

En el caso argentino, la debilidad a la que se ha llevado a la nación se explica por las malas gestiones estatales, colonizadas por intereses parciales y constituidos los diversos estamentos (nacional, provinciales y municipales) en ámbitos de lucha por un magro poder que no hace lo que debiera (dirigir el conjunto hacia mejores condiciones de vida y cultura) y al mismo tiempo desalienta el hacer de los grupos y sectores que tienen capacidad para ampliar y mejorar las actividades productivas y creativas en general. Tal el dilema, que se traduce en la mitad de la población con dificultades para tener una subsistencia digna. 

El límite del asistencialismo está en los recursos que el estado pueda extraer del cuerpo social. Promover la creación de nueva riqueza (ampliar sectores productivos, incorporar tecnología como variable permanente, poner en valor territorios con poco uso o degradados por malas prácticas, entre otros ejemplos) es algo que requiere una visión de conjunto que sólo puede estar radicada en la cabeza del Estado. Si hay un sector con pretensión de hegemonía, sea el financiero, el industrial lobista o el agrario exitoso (o peor, el narco) el resultado es inevitablemente un rediseño autoritario y perjudicial para el conjunto

Por eso se vuelve prioridad teórica entender que la nación abarca a todos y no sólo a los privilegiados, fuese porque tienen una posición dominante o porque reciben rentas que no se corresponden con su aporte al bien común. La precariedad de las propuestas individualistas se advierte, justamente, en su ignorancia de que todos integramos la Nación y que cada miembro es valioso. Donde no haya, como denunciaba Francisco, “políticas del descarte” de los sectores más vulnerables, fuesen pobres, ancianos o niños. 

Cuando el estado se estanca, engorda o se burocratiza, dejando de cumplir sus funciones, comienza a convertirse en un peso muerto sobre el conjunto

No hay argentino que no haya experimentado padecimientos por esas deformaciones, pero la solución pasa por construir eficiencia técnica y alcanzar una condición espiritual insustituible: vocación de servicio

Algo que no se advierte cuando el ministro Sturzenegger anuncia la liquidación de Vialidad Nacional, un organismo que había dejado de prestar servicios transparentes hace mucho tiempo, pero sin apuntar a resolver el desafío de mantener y ampliar las rutas hoy degradadas, es decir sin razonar la solución sino sólo invocando el problema

Allí podemos ver la insolvencia de esta visión que se llama a sí misma libertaria pero que es empobrecedora por donde se la mire. Cuando el mundo entero avanza hacia formas de vida y organización cada vez más complejas y equitativas se piensa en términos de motosierra, es decir en hacer tabla rasa y sálvese quien pueda. Demasiado primitivo y criminal para ser tomado mínimamente en serio.
El Estado es Nacional cuando expresa y conduce el conjunto del pueblo hacia un estadio superior de convivencia. Es meramente central cuando captura una porción indebida del excedente para perpetuar situaciones de inequidad, o apenas federal cuando en lugar de orientar y liderar con eficiencia negociando con los niveles provinciales un porvenir beneficioso para todos se esteriliza en disputas por recursos coparticipables. En eso, lamentablemente, estamos hoy estancados.

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