Un llamado a reencontrar sentido a palabras y acciones políticas constructivas que nos permitan forjar una convivencia solidaria en un marco internacional e histórico que sirva como contexto sin sacarnos del eje nacional, que es nuestra responsabilidad directa hacia el futuro.
Ya están bastante expuestos los extremos de la tragedia argentina, aunque persiste una insidiosa operación confusionista con la finalidad de manipular la opinión, fragmentar los focos de atención y con ello impedir acciones convergentes que permitan alumbrar otras políticas, que deseamos integradoras.
Las más avanzadas técnicas de la ingeniería caótica mundial se aplican en todas partes, y en la Argentina vienen haciendo estragos, aun cuando ya empiezan a registrarse aquí desgastes en los índices de respaldo al gobierno libertario (y del presidente en particular) según registra el seguimiento mensual de QMONITOR, de la consultora QSOCIAL.
Paralelamente, y esto no es menos importante, se desgasta en una proporción mayor que Milei la principal figura opositora, Axel Kicillof. No parece estar funcionando un sistema polarizado de vasos comunicantes automático (donde sube uno y baja el otro o viceversa) sino un proceso de dispersión con periodos de condensación en eventos como elecciones u otras circunstancias que aparecen de modo aleatorio, como podrían ser el impacto de los eventos bélicos en curso o alteraciones de otro tipo, por ejemplo, financieras o alteraciones de mercados.
Pero nuestra responsabilidad está anclada en la atención a la comunidad a la que pertenecemos, con el marco global, tanto fáctico como conceptual, siempre presente.
Para contribuir al cese del retroceso es preciso entender de qué hablamos. Asumir que la saturación comunicacional que nos arrolla con impactos e impulsos nos vuelve cada vez más instintivos, es decir, nuestras respuestas no pasan por procesos de elaboración racional, sino que son efectos más parecidos a los que registra cierta mecánica (acción/reacción) antes que a la reflexión abstracta, por definición más revisable.
Las sociedades se mueven en tembladerales conceptuales, pero al mismo tiempo fieramente regidas por relaciones de fuerza para nada estáticas que reproducen y disputan hegemonías concretas en medio de ideologías envolventes con diverso grado de coherencia, frecuentemente deshilachada y escasa.
Dichos desenfoques se sostienen minutos, horas, días o semanas de modo fugaz en medio de la confusión general para pasar, sin conexiones lógicas o argumentales, de una presunta verdad a otra, todas precarias y pronto reemplazadas.
Su debilidad pasa inadvertida porque en rigor reportan a hondos prejuicios inconfesables que rara vez quedan a la luz.
Polisemia y desgaste del sentido
Expresiones como “movimiento nacional”, “frente amplio”, “desarrollo”, “voluntad popular”, entre tantos otros conceptos decisivos hace setenta u ochenta años, ya no suelen expresar aspiraciones sociales profundas como lo hicieron en su momento.
Después de la segunda posguerra mundial se vivió una situación inédita. Ocurrió en la legítima busca de mejora comunitaria que se planteaba con la coexistencia pacífica y competencia política entre los grandes sistemas emergentes de aquella gigantesca confrontación que basculó la historia humana contemporánea,.
Los ideales de la Ilustración, sintetizados en la Revolución Francesa como libertad, igualdad, fraternidad, a su vez, ya habían padecido su deglución por la hegemonía del potente dispositivo de despliegue de las fuerzas productivas que desencadenó el tránsito del capitalismo imperialista mercantil al “moderno sistema mundial” que emerge de la revolución industrial a fines del siglo XVIII, afianzándose en el XIX y dominando el planeta en el XX.
Ahora parece encontrar nuevas fronteras al generar más contradicciones que avances sustanciales en el bienestar del género humano en un marco de superlativos avances tecnológicos y su acumulación concentrada como nunca en el pasado.
La igualdad y la libertad se subordinaron a la propiedad burguesa, (“frugal y laboriosa” al decir de Paul Samuelson), mientras la fraternidad fue relegada a ser la variable de ajuste del sistema, para atenuar las aristas más salvajes del exitoso dispositivo que, no obstante, incubaba todavía enormes inercias de desigualdad y dependencias neocoloniales.
La experiencia socialista
El ensayo de ingeniería social a gran escala que protagonizó la revolución soviética (desde 1917) disputó con la expansión del sistema capitalista en dos nítidos periodos: a) su instalación y supervivencia hasta su triunfo en la Segunda Guerra Mundial en 1945 y b) su expansión, burocratización y cese hasta 1991.
Fue un momento histórico que aún debe estudiarse más a fondo, puesto que su existencia misma incidió en la forma en que durante esa experiencia se desenvolvió el propio sistema capitalista alumbrando su momento social más avanzado: el estado del bienestar, incompleto, por cierto, y plagado de atrasos e hipocresías, pero también en progreso.
La implosión de la URSS en 1991 no agotó la inspiración de construcción de sociedades más avanzadas y diferentes, tanto en el seno del sistema dominante como en competencia política y económica con ella, como es el caso chino, tan evidente ahora por su dinámica productiva y expansión comercial.
El despliegue del gigante asiático no es con todo y a pesar de la enorme disciplina social con que se lleva a cabo, independiente de las variaciones en la relación de fuerzas mundiales. Al respecto, ver los ajustes al XV PLAN QUINQUENAL en: https://www.elmundo.es/economia/2026/03/05/69a8ebb3fc6c83020f8b45a6.html
Preguntarse sobre si China representa en su potente formato expansivo actual una alternativa al sistema capitalista (“senil” desde hace décadas, según Samir Amin) excede largamente las posibilidades de aportar aquí algo sólido al respecto, pero al menos apuntemos que es una indagación, y un debate, necesarios.
La incidencia en la Argentina
Nuestro país, con una sociedad que tuvo mejores índices en su nivel de vida que los actuales, ha sido un campo de operaciones muy trajinado durante más de medio siglo.
Por un lado, dirigencias de calidades muy insuficientes y muchas otras razones e influencias perjudicando el resultado, como por ejemplo el hecho de constituir una plataforma de negocios turbios tanto en lo financiero (deuda) como en formato de inserción en los intercambios mundiales, cualitativamente desiguales y sujetos a sistemáticas pérdidas en el intercambio dada la estructura de nuestras relaciones económicas con el exterior.
Ocurrió sobre un potencial notable en materia de dotación de recursos y cualidades de otro tipo, incluso educativas y culturales, aunque éstas muy deterioradas en las últimas décadas donde, sin embargo, se pudieron establecer amplios planes educativos y principios humanos básicos institucionalizándose sus derechos concomitantes.
Así, nos asomamos apenas a lo que podemos ser y pese a ello no pudimos impedir que se ampliara la pobreza y la marginalidad. Por eso no es posible ningún regreso a un pasado mejor. Y no sólo porque tal cosa no está en la naturaleza de los procesos históricos por más voluntarismo que se ponga al respecto sino porque tampoco fueron situaciones ideales y perfectas sino avances muchas veces a medias, formales o, peor, temporales.
La buena noticia es que, si no hay dónde volver, al menos es posible trabajar en la dirección de marcha que sea más fecunda. Y los antecedentes cuentan como plataforma previa, con revisiones críticas aleccionadoras.
Hacia adelante, entonces, tenemos el porvenir, que no es un sendero brillante de alternativas fáciles, pero es un camino de opciones concretas que puede perfectamente recorrerse recuperando una dirección de marcha integradora de las capacidades que tiene en su seno el pueblo argentino.
Pero, (siempre el pero maldito), no ocurrirá espontáneamente o por gracia divina. Tenemos que construirlo nosotros nomás. Y algo clave: entre todos.
Aquí volvemos a la intención primigenia de esta nota: la necesidad de buscar formas de comunicación y trabajo político que permitan sumar voluntades hasta cambiar la relación de fuerzas por una más favorable a la convivencia solidaria, creación de empleos y ampliación constante en el circuito de generación de riqueza en ciclos cada vez más participativos y dinámicos.
Hay que desmontar la política del odio y la exclusión, tanto la que surge del privilegio como la que es indebidamente capturada mediante la burocratización y aprovechamiento inconfeso de recursos que deben llegar cabalmente a sus destinos (jubilaciones, discapacidad, por caso).
La línea de inspiración más sólida es la búsqueda de fraternidad entre los miembros de la comunidad. Una integración de esfuerzos y aspiraciones que vayan sumando aquellos sectores que el estancamiento de la producción y su subordinación a las finanzas fue dejando afuera. Terminar con la cultura del descarte, como reclamaba con toda lucidez y frecuentemente el Papa Francisco.
En diverso grado de padecimientos, al menos la mitad de la población argentina sufre privaciones graves y muy graves en nutrición, salud pública y vivienda, con marcados contrastes en el acceso a servicios como agua potable, electricidad o transporte. El daño en educación es una bomba silenciosa a mediano y largo plazo.
Es inadmisible la manipulación oficial, pero al mismo tiempo es tan real que no deja margen para atenuar el cuadro con distracciones y mentiras como las que recurre todo el tiempo el elenco gobernante y sus voceros manipuladores del caos de conciencia con que instalan este desastre que no inventaron ellos, pero que han manipulado maliciosa y descaradamente.
En alternativa a esto venimos insistiendo en recuperar y enriquecer los conceptos de pueblo, comunidad, fraternidad, solidaridad. Aquellos que nos unen, que conectan, que suman lo mejor de los seres humanos que nos rodean y constituyen nuestro prójimo real y concreto. Los compatriotas con los que convivimos y que muchas veces ni vemos, agobiados o cegados por la confusión y el divisionismo impuestos por los manipuladores contratados para eso.
La trampa del libertarismo es invocar una libertad abstracta, irreal para la mayor parte de la gente, cuando está clarísimo que ella requiere de condiciones sociales y materiales concretas para poder decidir, elegir, optar. No hay libertad en la miseria forzada por políticas empobrecedoras.
Y tampoco hay “libertad de mercados” cuando toda la gestión de la política económica apunta a restringir la capacidad de consumo, incluso los elementales. Esta contradicción es mortal para estos señores que hoy dicen gobernar, pues se declaran pro mercado y lo que hacen es sofocarlo por la vía de restringir la demanda sacrificando el consumo en el altar improcedente y sin destino de la lucha contra la inflación, a la que desde luego no entienden en su sustancia como carencia, o sea como demanda insatisfecha en el marco del estancamiento de nuestro subdesarrollo estructural.
Busquemos entonces las palabras necesarias para la construcción de la alternativa en el marco de la propia experiencia de los diversos sectores y clases sociales. Veamos por donde promover la actividad, los encadenamientos productivos, las mejoras en el hábitat y la sociabilidad con la participación creciente de quienes padecen sus carencias en forma directa.
Todo lo contrario del aislamiento de los tecnócratas que pretenden resolver estos desafíos llenando una planilla o dibujado un mapa en el aire, confundiendo las herramientas con la sustancia de un plan de desarrollo.
No sólo vale la pena intentarlo: se nos va la vida en ello.