Este comienzo de año nos encuentra dispersos, cuando no divididos, entre quienes debiéramos compartir una conciencia de lo real, tal cual es en toda su complejidad, sin dejarse confundir por los relatos que nos muestran como una sociedad problemática condenada a vegetar.
La perniciosa idea de que la Argentina no tiene solución carece de fundamento objetivo. Es el resultado del desaliento y el fracaso que nos viene rondando hace mucho tiempo, pero implica una renuncia al porvenir que es inexplicable si se analiza la potencialidad que tiene nuestra cultura y se realiza un somero inventario de recursos, tanto humanos como materiales.
El punto de partida debiera ser una mirada de conjunto, lo menos ingenua posible, sobre el estado de situación de nuestras condiciones de vida y de trabajo.
Al mismo tiempo, se requiere una revisión crítica de lo realizado en el último medio siglo, rescatando todo aquello que se construyó e identificando los retrocesos, para no volver a cometer los mismos errores.
La inexistencia de ese enfoque abarcador mantiene las condiciones de enfrentamiento y fragmentación que hoy están en la epidermis de todas las descripciones de problemas y desafíos para resolverlos.
Dicho en criollo, cortito y al pie: estamos todos en el mismo barco y por supuesto compartimos las dificultades, aun cuando existe un pequeño sector de la sociedad, del orden del 3%, que tiene ingresos superlativos y no padece privaciones. Aun ese pequeño segmento percibe riesgos y respalda en general (hay notables excepciones) políticas de concentración del ingreso y de contención de las demandas sociales en una gradación que va desde perfeccionar programas asistenciales a reprimir las protestas y legítimos reclamos.
En ese terreno de necesidades insatisfechas opera una gigantesca operación de manipulación sobre las víctimas y quienes sin serlo en forma directa temen y sienten la caída de su calidad de vida. Y en esa mecánica de administrar la confusión actúan agentes entrenados y equipos técnicos para definir un escenario de todos contra todos.
Si hay un triunfo del divisionismo este es anular la capacidad de acción conjunta. Cada cual va por sí y gana o pierde según le va en la vida. Esa es la esencia del individualismo, una teoría tan falaz como antigua, ahora reflotada contra la posibilidad bien concreta de mejorar la calidad de vida comunitaria. Una paradoja de nuestra época.
En efecto, las posibilidades de mejora social y cultural son tangibles mientras recrudece la operación concentradora. Estamos hablando a escala global, pero aplica perfectamente a la Argentina, país que tiene condiciones favorables para desplegar la producción de los más variados bienes y servicios que hoy se requieren al mismo tiempo que cuenta con una población capaz de protagonizar los cambios necesarios, nada de meros retoques o retrocesos inadmisibles.
Un inventario prometedor
Territorio, recursos humanos y naturales, una amplia cobertura educativa al conjunto poblacional, conciencia de la importancia de acciones sanitarias y una cultura del trabajo afianzada son factores de enorme potencialidad. Pero con graves problemas en su ejecución práctica, con décadas de desaciertos y daños mensurables sobre el cuerpo social. Contradicciones que hay que poner a la luz para introducir las correcciones necesarias.
Señalemos algunos de esos retrocesos, para inducir a un análisis más fino de los desafíos: desigual distribución demográfica (y caída de la natalidad en los sectores medios y altos), escolaridad cuestionada en su calidad al compás de baja remuneración de los docentes y dificultades conceptuales en la trasmisión de conocimientos junto con amplios dolores sociales con diverso índice de gravedad para, al menos, la mitad de la población.
La salud pública, entendida como bienestar psicofísico de la población, incluyendo las instituciones que deben velar para garantizarla, está hoy considerablemente desmantelada. Tras la pandemia y el reconocimiento a los trabajadores de la salud como héroes el poder gubernamental se desentendió de su suerte, favoreciendo la degradación de hospitales y centros de atención primaria.
Todo ello acontece en medio de una tendencia hacia el achicamiento de la actividad productiva, de donde salen los recursos para una correcta administración de las prioridades comunitarias.
Sin embargo, el retroceso no es uniforme, padecen mucho más los sectores vulnerables mientras opera un proceso de concentración acelerada donde pocos sectores concentran ganancias y otros tienen crecientes dificultades mayores.
La exposición del mercado local a la invasión de productos desde el exterior es criminal, puesto que se traduce en reducción de tareas para las empresas locales. Se hace en nombre de consumidores que, al perder sus trabajos, demandan menos alimentos, vestido, viviendas y servicios necesarios para una existencia digna.
Se quiebra así un círculo virtuoso que define una economía nacional. Al desalentar la producción cae el empleo y el consumo. Un estímulo deliberado al consumo tiene rápidamente un techo en la capacidad de producción instalada, que depende a su vez de materias primas e insumos importados.
Se aplica, vía el ajuste perpetuo, una concepción perimida de la administración de los asuntos que interesan al conjunto social.
Asombra entonces la carencia de opciones constructivas en la cabeza de la dirigencia existente, lo que implica una suerte de contradicción en una sociedad con técnicos y profesionales calificados que se destacan aquí y en otros lugares del mundo.
Es un enigma que todavía requiere una explicación completa y seguramente tenga que ver con las formas de funcionamiento y selección en el desempeño de la política como tarea profesional.
De hecho, el actual elenco gobernante se caracteriza por no tener una formación específica y sus representantes exhiben notables déficits a la hora de exponer ideas y programas, más bien muestra improvisaciones argumentativas desopilantes que no se sostienen en ninguna lógica o cuerpo de ideas coherente conocidos.
La orientación política general es una repetición del enfoque que ve en el ajuste la única posibilidad de poner orden, pero fracasa en sus propios enunciados al aplastar el mercado y desalentar cualquier forma expansiva, salvo aquellas que implican retrotraer la producción a niveles primarios, extractivos, dejando los procesos complejos (industria) a la intemperie generado por un tipo de cambio bajo que subsidia la importación en detrimento de la producción local. Exactamente lo contrario de lo que intenta, no sin problemas, Donald Trump en los Estados Unidos.
El cerrojo sobre las empresas locales ha llevado al achicamiento y al cierre de establecimientos en una magnitud que no tiene precedentes, incluyendo en ellos a filiales locales de empresas trasnacionales que van abandonando el país. El impacto sobre el empleo es devastador.
Las inmensas potencialidades naturales que dispone la Argentina a lo largo de su territorio van siendo moldeadas dentro de un dispositivo con la mínima incorporación de valor.
El caso del gas, un recurso abundante, termina desembocando en puertos para la exportación de una materia prima que es la base para una de las industrias más complejas y diversificadas que existen, como es el caso de la petroquímica, a cuya ampliación al parecer hemos renunciado.
Otros recursos, como la energía que puede obtenerse del viento o el sol, están siendo incorporados a un ritmo acorde con el sistema de escasez que garantiza precios altos de la energía, es decir ganancias forzadas para los proveedores locales y servicios precarios para los consumidores que en otras condiciones no existirían.
La Patagonia es probablemente el mejor sitio del planeta para desplegar una importante fuente de generación eólica a precios competitivos porque cuenta con los mejores vientos constantes sobre tierra firme y ello abarata extraordinariamente la inversión para su aprovechamiento.
Sin embargo, más allá de los anuncios altisonantes al respecto, se la despliega muy morosamente sin alterar el modelo de oferta reticente y siempre al borde de la demanda sin sobrepasarla en nombre de una presunta racionalidad en el uso del recurso.
Si se expandiera vertiginosamente bajarían los precios por abundancia de la oferta y al mismo tiempo se achicarían los márgenes por unidad de quienes hoy la explotan evitando una revolución productiva en el sector, siendo la electricidad uno de los principales vectores actuales para la modernización industrial y el aumento de la calidad de vida urbana y rural.
Para hacerlo en escala masiva no bastaría posiblemente con las posibilidades financieras de empresarios locales y se requeriría un programa de grandes inversiones abierto a corporaciones trasnacionales con espaldas suficientes, pero sería el caso donde la inversión extranjera coincidiría con el interés nacional al radicar capitales y brindar trabajo a múltiples proveedores locales. En una negociación de ese tipo, por su talla, es perfectamente posible negociar la fabricación in situ de los componentes necesarios.
Pero no, es más conveniente seguir jugando a escala pequeña y ganancias fáciles en un contexto de precariedad permanente. Un capitalismo subdesarrollado atado con alambre.
Otro tanto con la gran minería. Tal como está planteada es mero extractivismo que deja pocas regalías y algo de empleo, pero no da para aplicar una concepción integral de puesta en valor de recursos e incorporación de criterios de cuidado ambiental en el diseño de los proyectos que son hoy ampliamente aceptados a escala mundial.
Lo penoso es que eso es perfectamente posible y, en cambio, jugar a ser la parte perdedora con la carnada de resolver los estrangulamientos del sector externo sólo garantiza pobreza futura.
Son ejemplos para abrir los ojos. El prerrequisito es tener una dirigencia lúcida que no apueste al achique sino al despliegue del potencial argentino.
Lo mismo ocurre con los recursos hídricos y la ampliación de las vías navegables (incluido el canal Magdalena), la recuperación de suelos degradados, la administración racional de los recursos pesqueros o las enormes posibilidades de forestación combinando las especies a implantar con planes plurianuales y despliegue de la producción agrícola y ganadera.
Seguir jugando a sobrevivir es suicida, porque no hay garantía a largo plazo por ese camino mientras empeora la situación social.
Dediquemos entonces unas líneas a señalar que dividir la sociedad y favorecer los enfrentamientos para mantener lo sustancial de las cosas como están es una visión retrógrada y profundamente contraria al interés nacional, que no es otro que la mejora de las condiciones de vida y cultura de la población.
El bien común no es un juego de suma cero, es un concepto dinámico que incluye tanto desenvolver nuevas actividades como ampliar la población y su acceso a mejoras materiales y de bienestar no sólo físico sino carácter espiritual. Algo que no entienden quienes miden el mundo con ojos mezquinos de cuentaporotos.
En esto nuestra dirigencia, la de ahora y la anterior, están en mora. Apostar al mutuo desgaste es garantizar la rutina del retroceso.
Atender los reclamos y proponer alternativas múltiples son parte de una misma política que tiene su eje en la integración del saber y de las luchas legítimas de quienes quieran habitar este suelo construyendo una patria generosa y compartida.