Hay fechas que no pasan: se reescriben. El 17 de octubre de 1945 es una de esas escenas que vuelven cada vez que el presente se queda sin palabras —o se las queda cortas— para explicar lo que está pasando. Alejandro Horowicz, ensayista y analista político, regresa a esa plaza con Plaza tomada (Editorial Marea), no para hacer liturgia del peronismo sino para tensar el mito: mirarlo como una invención popular que abrió un orden y, al mismo tiempo, como una pregunta incómoda sobre el país que quedó después.
En esta conversación con Y ahora qué?, Alejandro Horowicz corre el foco de las etiquetas fáciles —llamar “fascismo” a todo como comodín, dice, es una forma de no pensar— y propone una lectura de más largo aliento: Milei aparece entonces menos como “rareza” que como síntoma de una democracia que acumula frustraciones.
–¿Cómo ves este corrimiento recurrente hacia derechas más duras, en un clima donde pareciera que “no hay opciones”?
–La idea del “fascismo” —muy usada en estos tiempos— es una idea de pereza intelectual. El fascismo es un fenómeno circunscripto, fechado y preciso. Es la reacción plebeya contra la revolución rusa. Un movimiento anticomunista que logra la hegemonía absoluta en Europa y no solo en Europa. Me refiero al fascismo como perspectiva de organización política, más allá del tipo de sociedades en las que se desarrolla. La idea de que el fascismo es un movimiento determinado de fuerzas imperialistas es bastante trivial, porque nadie puede considerar que el franquismo no es una variante fascista, y considerar a España una potencia imperialista en 1936 —o en cualquier fecha como categoría marxista— es un dislate. Por lo tanto, estamos hablando de movimientos muy particulares cuya hegemonía concluye en 1945 en términos militares y, en términos ideológico-políticos, bastante más tarde. Esta es la primera cuestión. Una cosa es el fascismo y otra cosa son los movimientos conservadores y reaccionarios que surgen como resultado del derrumbe de la Unión Soviética y de un nuevo orden internacional donde los Estados Unidos —vencedores centrales del conflicto anterior— empiezan a tener una disputa estratégica con China que puede verificarse, entre otras cosas, en el precio del oro, para decirlo fácilmente. El oro se vuelve algo así como el último refugio y vemos que los bancos centrales son los principales compradores. Pasó el precio de 2.000 dólares a más de 4.000, holgadamente, sin que quede claro si este es el techo. Basta entender la política de Trump: la ruptura de los acuerdos existentes organizados desde la Segunda Guerra Mundial a partir de las Naciones Unidas, que organiza un orden donde los cinco grandes tienen capacidad de veto. Esto es: donde somos iguales, pero el club nuclear define el conjunto de lo que es legal internacionalmente. Y esta legalidad es la que entra en disputa.
–Si llamar “fascismo” a todo es un atajo, ¿cómo nombrás estas derechas contemporáneas, en Argentina y fuera de nuestro país?
–Como la crisis del welfare state y la lucha por una nueva situación de hegemonía global. El welfare state había garantizado —en su enfrentamiento con la Unión Soviética— determinadas condiciones que implicaban ser ciudadano. Ya no se trataba solamente del abstracto derecho de tener derechos, sino de derechos garantizados: vivienda, educación, salud, distracción, cultura. Y no se trataba simplemente de cuestiones generales enunciadas, sino de prácticas reales donde estos derechos se materializaban. La relocalización de empresas muy importantes en China y la pérdida del modelo productivo anterior… ya no estamos hablando de la fábrica fordista nacional, sino de una fábrica mundial. Y no cualquier fábrica mundial, sino la fábrica mundial basada en el capital tecnológico. Pues bien: en estas nuevas condiciones, el desfinanciamiento del gasto público —a partir de plantear que el soporte fundamental son los consumidores y no las empresas— construye una nueva asimetría donde el 1% de la población del planeta (unos 80 millones de individuos) son los dueños de la mitad de la renta de todo el planeta. Jamás hemos visto una asimetría tan descomunal y tan brutal. Al mismo tiempo, el crecimiento de la productividad social del trabajo se incrementó como nunca y la desigualdad es más grande que nunca. La desigualdad del imperio romano, comparada con esta de hoy, es una ironía.
–¿Dónde ubicás al gobierno de Javier Milei en ese mapa?
–El gobierno de Milei se inscribe en la particularidad de la crisis argentina, que es una crisis donde el bloque de clase dominante tiene un producto bruto y medio fuera del país. Esto es: capital financiero desterritorializado en el sistema financiero internacional. Y el secreto del funcionamiento nacional es que el excedente está destinado a ser bombeado hacia el exterior sistemáticamente. En una estructura como ésa, el bloque dominante se comporta de un modo tal que el conjunto de los sometidos ve degradadas sus condiciones de existencia por el peso de una deuda en crecimiento y en expansión. En este momento, las deudas son ocho puntos del producto entre capital y servicios. Con este nivel de endeudamiento, esta incapacidad de invertir y por lo tanto de crecer, este peso tiende a incrementarse y, con él, la marginalidad.
–¿Milei juega para un plan de las clases dominantes o expresa otra cosa?
–Milei no tiene un rol en función de las clases dominantes: tiene un rol en función de la crisis general de la política argentina, que es incapaz de resolver ninguno de todos estos problemas. Más bien los agrava. Llega un momento en que la sociedad argentina tiene un balance compartido y es: “estos no sirven”. Pues bien: como estos no sirven, Milei los pone en precio a todos. Que alguien como Milei, a la velocidad que lo hace, se instale y pueda vencer no solo en una elección sino en dos, nos hace saber cuánto vale el resto. Nos hace saber hasta qué punto no se les cree absolutamente nada. No es que se rechaza un discurso: se rechaza a los emisores de ese discurso, digan lo que digan.
–En Plaza tomada, el 17 de octubre aparece como zona en disputa. ¿Qué buscaste expresar en esa compilación: desmontar el mito, complejizarlo, reactivarlo?
–En primer lugar, el 17 de octubre es un movimiento plebeyo de abajo hacia arriba que funda un nuevo orden político, que resulta de la crisis del orden político anterior. Así como el orden internacional anterior concluye con la victoria de la Unión Soviética y de los Estados Unidos y se organiza un nuevo orden. Pues bien: el peronismo es la expresión de ese nuevo equilibrio internacional como orden interno. Ese equilibrio internacional como orden interno ha concluido: ya no existe más. Ahora: para eso es conveniente entender qué fue el 17 de octubre de 1945. Por eso en Plaza tomada están las actas del Comité Central Confederal del 16 de octubre de 1945, donde parte de los protagonistas nos hacen saber qué piensan sobre lo que está pasando. Dirigentes obreros. Es bastante más interesante, inteligente y complejo. Cuando miramos el balance de este momento, vemos una enorme asimetría conceptual: de un lado se piensa y se actúa sobre nuevos problemas, y del otro se repite una receta que no era buena antes y que, en estas condiciones, es sencillamente horrible. Porque habla más del que está enunciando el problema que del problema en sí. Entonces: el 17 de octubre es lo que fue entonces, pero sigue siendo después. Un mito tiene diferentes significaciones para diferentes generaciones políticas. Para el sub-40 actual, ese mito es irrelevante. Y si algo prueba Milei es precisamente que el 17 de octubre del 45 pasó hace 80 años: Milei es la prueba palmaria de que no sigue sucediendo.
–A 80 años de aquel 17 de octubre, ¿qué lugar ocupa hoy esa escena en la circulación política y cultural? ¿Qué queda de la idea de organización social y política?
–El declive no es momentáneo: es un declive permanente que tiene medio siglo. En 1975, en el Rodrigazo, comenzó este declive. Cuando vemos la distribución de la renta per cápita de 1970 a valores actuales y lo comparamos con el índice de pobreza de 1970 con el actual, en ese momento había un 4% de pobres y un 3,2% de desocupados. En la Argentina, para ser pobre había que ser desocupado. Hoy tenés hombres y mujeres que ganan salarios de convenio en blanco, y son pobres. Toda la docencia es pobre, incluida la universitaria. Esto nos hace saber que estamos hablando de una sociedad con un orden político y una distribución del ingreso que nada tiene que ver con la sociedad con la que estamos haciendo la comparación. Para decirlo en términos brutales: en 1970 el gerente general de General Motors ganaba 30 veces más que un operario. En este momento gana 300 veces más. La diferencia es obscena.
–¿Cómo se traduce ese declive en la vida social: educación, salud, debate público?
El declive se ve en todos los órdenes. Desde el capital simbólico que maneja un chico de 18 años hoy, al capital simbólico que manejaba un chico de 18 años en 1980. Cuando mirás el estado de la salud pública en 1980 —bajo las condiciones de la dictadura burguesa terrorista— comparadas con las de hoy, eran la clínica suiza. Cuando mirás el consumo de libros per cápita, la capacidad de comprensión, la calidad del debate político, la calidad de los protagonistas políticos… Para no ir tan lejos: el Congreso de 1983 comparado con el de hoy es Harvard. No se podía imaginar una diputada como Lilia Lemoine, de ninguna corriente política. No era un problema ideológico. Por debajo de un cierto nivel, no se es ni de derecha ni de izquierda: se es bruto, simplemente.
–¿Es declive o reconfiguración? ¿Qué ves cuando mirás trayectorias dirigenciales y la idea de “casta”?
–Por supuesto: primero lo que ves es que son equipos intercambiables. Tomás algunas biografías y es facilísimo de entender. Cavallo fue subsecretario de Estado en el gobierno de Roberto Eduardo Viola, termina siendo presidente del Banco Central en el gobierno de Reynaldo Bignone, ministro de Economía en el gobierno de Carlos Saúl Menem, y vuelve a repetir frente a las condiciones del estallido del 2001. Es un hombre todoterreno. Miremos quién era el candidato que se opuso a Macri en 2015: Scioli. ¿Y qué es Scioli ahora? Funcionario del gobierno de Javier Milei. ¿Quién fue el que terció en el balotaje del 2015? Massa. ¿Y qué es Massa en 2015? El hombre que dice que hay que votar a Macri. ¿Quién es el que se enfrenta a Milei en 2023? Massa. Pues bien: si estos no son jugadores intercambiables, no se entiende gran cosa. Pongamos otro ejemplo transversal: Miguel Ángel Pichetto. Durante una larga década fue jefe del bloque de senadores justicialistas en el Senado. Es un gerente enormemente eficaz y trabaja muy bien sin ningún inconveniente, más allá de quién sea el CEO. Puede ser un gerente de Cristina Fernández o puede ser el candidato a vicepresidente de Mauricio Macri. Pues bien: Milei es la respuesta a esto. Cuando dice “la casta”, la sociedad dice: “esto es la casta”. Por supuesto, Milei es el garante de la casta y el que se queda con los resabios más impresentables.
–Con salarios que no alcanzan y rechazo a la “casta”, ¿por qué se vota a Milei? ¿Qué mezcla hay ahí: voto económico, cultural, ideológico, resignación?
–Cuando situamos el punto de declinación en 1975, estamos respondiendo implícitamente la pregunta. Cuando tenés 50 años de degradación continua, cuando entre 1975 y 1991 no tuviste ningún año con menos de 100% de inflación y dos hiperinflaciones en democracia, y te explicaron que con la democracia se come y se educa… ¡No! No se come, no se educa. El balance compartido que la sociedad argentina tiene sobre la democracia es Milei. Esto es porque la democracia es un método político, y un método se juzga por el resultado. Cincuenta años de horribles resultados arrojan una perspectiva, sobre todo cuando no hay ningún balance autocrítico de ninguna de las fuerzas responsables de estos resultados. Entonces va a jugar a que “de este lado” hay una propuesta cuando no la hay, porque la única propuesta que hay en curso son modelos de ajuste. Cuando miramos la crítica que hace esta oposición, es una crítica de formas. En el fondo, queda sumamente claro que creen que lo que hay que hacer es aquello que Milei hace y lo miran con cierta envidia porque lo puede hacer sin la “resistencia” que ellos tuvieron que “soportar”. Entonces, cuando tenés enfrente de Milei hombres y mujeres que no son demasiado mejores ni distintos… ¿por qué no Milei?
–Si el 17 de octubre fue la plebe organizada tomando el espacio público, hoy ¿quién ocupa la plaza y con qué densidad política?
–Cuando mirás las actas del Comité Central Confederal no solo ves dirigentes obreros sumamente inteligentes, cultos y formados. Digo hombres porque no había una sola mujer en el Comité Central Confederal de 1945. En esa cultura política argentina, la capacidad de entender lo que sucedía —cuando la medís con estos dirigentes—… No hablo de lo que son capaces de ejecutar, sino simplemente de lo que son capaces de discursear. De contarnos qué es lo que están viendo. Es como si hablaras de otro mundo. La diferencia de capital simbólico no es una diferencia cualquiera. Te habla del estado de la subjetividad colectiva comparada con la destrucción a la que ha sido sometida. Estamos hablando de gente mal alimentada y mal formada durante décadas. Las fotos de la playa Bristol de Mar del Plata de 1970 y las fotos de la playa Bristol de la temporada pasada… en un caso parecen gimnastas oníricos y en el otro caso, gente que, en fin…
–Es como ver hoy el tren que va a Mar del Plata: es la misma situación.
–Compares lo que compares, es descomunal la diferencia. No hay cancha donde esto no se note. Vuelvo a aquel 17 de octubre. Cuando mirás ese debate, hay un nivel de calidad de la educación pública… Cuando mirás el movimiento obrero, estaban todas las corrientes que tuvo: anarquismo, socialismo, comunismo, sindicalistas “puros”. Pero todos esos hombres eran capaces de entender lo que tenían enfrente. Los de hoy son capaces de entender qué negocio les conviene hacer mañana y qué entregar pasado mañana. No van más allá. Y si mirás las condiciones de existencia: no vivían en Puerto Madero. Podemos decir muchas cosas de Augusto Timoteo Vandor, pero su oficina estaba en Caseros y La Rioja, con mesas de café y un teléfono encima. Hoy hay sindicalistas ricos, edificios exuberantes y trabajadores subalimentados.
–En el libro aparecen “bordes impuros” que corren el relato clásico. ¿Qué obligan a revisar del peronismo y del Estado de bienestar que inauguró?
–Cuando mirás el estado de la cuestión, entendés por qué el peronismo fue del 45 al 55 el organizador del welfare state sudamericano. Es decir: el peronismo en la Argentina es la expresión de la situación de la Argentina. En 1946, Italia, Francia, Alemania, Gran Bretaña estaban destruidas, media Europa arrasada y el hambre estuvo presente hasta 1960. Con países deudores y Estados Unidos como principal acreedor del planeta. En ese mundo, Argentina tenía a su favor una deuda equivalente a 1.400 millones de dólares de ese momento, que es como decir dos productos brutos y medio de hoy. Esto te hace saber en qué nivel estabas y a qué nivel te caíste. Y esa caída se mide en todos los registros imaginables.
–¿Hay freno para este declive? ¿Qué tendría que pasar para que exista un límite?
–La idea de que existe algún piso espontáneo, natural, que es un límite, es una ingenuidad conceptual. El límite lo fija la lucha política. Si no se construye políticamente un límite, el límite no existe. Y la prueba es el avance de la pobreza. Cuando quieren contar que hay 12 millones de pobres menos y la caída del consumo de leche no se detiene… hay que ser muy ingenuo para creer en esas mediciones. Porque parece que sucede muy bien en el cuadernillo del INDEC, pero fuera del INDEC la situación es levemente distinta. Preguntale a los supermercadistas qué opinión tienen del cuadernillo del INDEC. Preguntale qué proyecto tienen de incremento de consumo para 2026. Cuando el señor Paolo Rocca explica que hace falta una política industrial, está diciendo que ¡no hay una política industrial! ¿Y por qué tendría que haberla, si “el mercado decide”? En el planteo de Milei no hay nada que el mercado no decida per se. Que esto sea un cuento japonés es otro problema, pero el enunciado es este. En verdad, el mercado no decide ni el precio del dólar, pero todo esto se le atribuye al mercado.
–¿En qué condiciones podría volver a aparecer una escena popular como la del 17 de octubre?
–Si algo nos enseña un texto como Plaza tomada, es que la estrategia política no es una invención de cinco tipos inteligentes: es una invención popular. Cinco tipos inteligentes leen adecuadamente esa invención popular. El 8 de octubre Perón es obligado a renunciar. El 9 da su discurso. El 12 ya está preso. El 13 de octubre, desde Martín García, le escribe a Evita una carta famosa donde le dice: “Negrita, nos vamos a casar; voy a escribir un libro y van a ver quién tiene razón”. El coronel Perón no tiene la menor idea de lo que está sucediendo: del movimiento que enarbola su nombre y construye el 17 de octubre. Lo que nos enseña ese 17 de octubre es que necesitamos reinventar la política argentina. Y que si la política argentina queda en manos de lo que hoy son los profesionales intercambiables, pues bien: es esto. Hay que aceptar que Milei es la política argentina. Y al que no le guste, tiene que plantear otra cosa.