Aquí los epígonos de Trump, que acompañan incondicionalmente al gigante estadounidense, aplican una política desindustrializadora donde la única pretensión pasa por “abrir” el mercado local a las importaciones de ese origen, para lo cual tienen que desplazar a China como sea. Milei y su coloso (sólo para él, claro) no apuestan siquiera a ser cola de león, sino apenas la del ratoncito que juega a las escondidas. Una sumisión inaudita.
En una nota publicada recientemente en The Economist, la longeva y prestigiosa publicación inglesa que se define como liberal pero no conservadora, Javier Milei y Federico Sturzenegger (el topo y su coloso) desgranan argumentos que se pretenden de validez universal para justificar sus políticas desmanteladoras de la estructura socioeconómica argentina.
Para quienes se interesen en dichos argumentos, el enlace es: https://www.infobae.com/economia/2026/01/15/javier-milei-y-federico-sturzenegger-en-the-economist-controlen-a-los-reguladores-no-a-las-grandes-empresas/
Que cada cual saque sus propias conclusiones al respecto. Puede agregar también el discurso de Milei en Davos, que analiza en esta edición Jorge Landaburu. De nuestra parte señalamos que esa pretensión de justificarse con una visión histórica explicativa de la evolución de la humanidad es bastante simplista, por no decir burda y torpe, Responde a una filosofía de pacotilla.
La historia humana es mucho más compleja de lo que dicen estos muchachos, guiados seguramente por la necesidad de presentar cierto respaldo para sus desaguisados desintegradores en marcha, una verdadera tragedia que tiene su explicación, sin duda muy compleja, y no resulta para nada inexorable.
No es ciencia, es ideología con disfraz de dogma, pretendiendo autoridad. La ciencia es todo lo contrario de la bajada de línea. La simplificación como coartada nada tiene que ver con un modo riguroso de hacer análisis de la realidad, que conecta procesos complejos y hasta contradictorios.
Las ciencias sociales, aplicadas a comprender fenómenos variados y con causas históricas, no se reducen a experimentos de laboratorio sino que indagan comportamientos y culturas muy diversos y donde sus conclusiones requieren ser revisadas a la luz de toda la información que permanente surge de datos, o nuevas evidencias, además de la confrontación sobre ese corpus que constituye un mosaico extremadamente rico de análisis, nunca del todo cerrado.
Decir en el aire, por ejemplo, que la prosperidad viene de la mano de la desregulación es una afirmación arbitraria que no queda en modo alguno demostrada aunque se la repita machaconamente. Más bien es el resultado de sucesivas combinaciones que no siempre registran avances netos, se amasan en el proceso y se acomodan a nuevas relaciones sociales que van constituyéndose.
Dominación colonial
En los inicios de la Revolución Industrial lo que hubo más bien fue caótico, aunque pujante. Cuando se establecieron regulaciones para ordenar el funcionamiento de los mercados el proceso se afianzó como un sistema. Y aun así, aparecieron ciclos recesivos que no se podían prever desde la mirada diaria de la dinámica de la economía y las finanzas. Recién cuando se afinaron los instrumentos de intervención se pudo atenuar sus consecuencias muchas veces catastróficas.
El despliegue de mercados de consumo, tanto locales como entre naciones se hizo bajo el formato de dominación colonial, donde la intervención estatal era el dato dominante, contra lo que creen los adoradores del laissez faire.
La ideología mercadista surge del pensamiento de los primeros teóricos del capitalismo que proponían superar las trabas impuestas por las condiciones de dominación feudal y su secuela de atomización pre-capitalista o, si se lo quiere, mercantilista, que tenía sentido abolir para desplegar la potencialidad de las nuevas técnicas de producción industrial.
Recitarlas hoy como una receta ahistórica, como una verdad en sí misma, permanente y de aplicación universal pone en evidencia su carácter abstracto y su utilidad como consigna ideológica para reforzar el proceso de acumulación actual, de por sí portentoso.
Allí está radicada la paradoja contemporánea de que habiendo alcanzado un estadio de civilización muy alto (no sólo en lo técnico) no pareciera tan necesario apuntalar los procesos de concentración que rigen la economía global sino más bien poner el centro de atención en mejorar la vida humana.
Dominar los mercados es una pretensión comprensible, pero aplastar la mejora social parece ridículo, puesto que al mismo tiempo se restringe con ello el acceso de más consumidores solventes.
Pero la avaricia, incluyendo en ello el derivado de acumulación de poder, no pertenece al reino de la racionalidad. Se usa la cualidad de la inteligencia para controlar y dosificar, apropiándose de las tendencias expansivas que debieran servir para mejorar la vida de las personas.
No se trata sólo de satisfacer necesidades insatisfechas, sino de abrir el camino al despliegue de todas las potencialidades humanas.
Apostar al achique
La opción elegida por nuestros gobernantes actuales adhiere en forma explícita a la hegemonía norteamericana que, fronteras adentro de EEUU, pretende recuperar una conformación más equilibrada entre capital y trabajo reinstalando industrias que en los años anteriores se celebraba que se mundializaran.
El “modelo” de Trump entra en contradicción abiertamente con la gigantesca burbuja financiera que pretende dirigir el proceso global, para la cual la producción debe estar atomizada donde más convenga y los mercados repartidos en todas partes de acuerdo a estructuras sociales piramidales donde el acceso a mejores estándares de vida esté en sintonía con la capacidad de consumo de cada estamento, a cuentagotas. Se estimula así el consumo suntuario de los pobres, (telefonía, calzado, marcas de ropa, bebidas, etc.) pero el mismo tiempo no se establecen políticas de acceso a la vivienda, la educación y la cultura. Que la precariedad sea la norma, no vaya a ser que de pronto la gente tome conciencia y quiera votar a líderes con visión amplia e intenciones integradoras.
Pero aquí sus epígonos (que acompañan incondicionalmente al gigante estadounidense) aplican una política desindustrializadora donde la única pretensión pasa por “abrir” el mercado local a las importaciones de ese origen, para lo cual tienen que desplazar a China como sea.
Milei y su coloso (sólo para él, claro) no apuestan siquiera a ser cola de león, sino apenas la del ratoncito que juega a las escondidas. Una sumisión inaudita.
Ya hemos hablado muchas veces de la contradicción de un elenco gobernante que se presenta como pro mercado pero que aplica medidas para contraer la demanda esgrimiendo el argumento antiinflacionario, aunque los índices de incremento de precios nos sigan poniendo entre los más altos del mundo. Hay allí una “magia” que, para la gente común, se agota en la góndola del supermercado.
Como en la crisis del ‘30
Apostar a ser un país marginal subordinado a la primera potencia mundial es una forma de suicidio. No es la primera vez que ocurre en la Argentina: recordemos que, con la crisis del 30, la élite de país agroimportador entró en pánico y buscó subordinarse aún más a un imperio decadente como era ya entonces el británico.
¿Estamos ante un escenario similar y esta dependencia sumisa de EEUU correrá la suerte de aquel esquema que nos dejó fuera de la reconfiguración mundial de las posguerras mundiales?
Todo lo que está ocurriendo, sin vías de superación a la vista, se explica por los errores del pasado y la ausencia de una dirigencia que, con una amplia alianza de partidos, se fortaleciera en torno a un programa de desarrollo con prioridades claras tanto en términos de integración social como productiva.
Ello supone un crudo diagnóstico de los problemas actuales y sus raíces en una estructura geográfica y sociológica deshilachada como la nuestra.
La corrupción endémica agravada
La tendencia a apropiarse de lo ajeno, en particular lo de todos, es una característica presente en las diversas sociedades humanas, pero no resuelta (o tolerada) del mismo modo en todas partes. En China te fusilan y en Europa te sacan de la vista pública.
Sin embargo algo parece constatable, al menos en nuestro país: la corrupción aumenta en sintonía con la ausencia de un proyecto común que suponga una épica de construcción y solidaridad compartidas.
En esa materia, este gobierno viene mostrando sus tendencias rapaces con el argumento del vale todo y para cuyo titular, por ejemplo, los evasores “son héroes”.
Así aparecieron en las últimas semanas, ampliando la ya larga lista de delitos cometidos desde la función pública, los manoteos de funcionarios en posiciones claves como YPF y Nucleoeléctrica Argentina SA (NASA). Curiosamente, no se trata de coimas en grandes y complejos contratos que ambas empresas estatales tienen por la naturaleza de sus operaciones sino de jugosos contratos por tareas complementarias, necesarias pero menores en su cometido principal.
El CEO de YPF, Horacio Marín (que venía del grupo Techint, donde se desempeñó en Tecpetrol) aparece involucrado en licitaciones por alimentación del personal, algo logístico importante para una compañía que tiene numerosas dotaciones de trabajadores en el terreno. Recodemos que Cristóbal López arrancó como proveedor de servicios de limpieza y transportes de personal para YPF.
Marin enfrenta una caída en la actividad de la empresa que trata de disfrazar con la venta de otros activos de la petrolera estatal a la que ha embarcado en maniobras muy raras. Para informarse en detalle, ver: https://centrocepa.com.ar/informes/738
A su vez al físico enterrador del CAREM, Demian Reidel, presidente de NASA y muy cercano a Milei, le ha estallado un asuntillo de sobreprecios en la licitación por la limpieza en las Centrales de Atucha que implica pagos extraordinarios ¿para la corona o para el patrimonio propio?
Aun admitiendo que no cualquiera puede hacer la limpieza de una central nuclear, el asunto, siendo marginal, huele muy mal. Para los interesados, una nota de LPO lo explica en este enlace: https://www.lapoliticaonline.com/politica/un-escandalo-de-sobreprecios-en-atucha-deja-a-reidel-en-la-cuerda-floja-4420/
Ante la corrupción no cabe otra actitud que la vigilancia y, cuando aparece, la aplicación de las penas que correspondan. Pero también ella es objeto de manipulación ideológica, porque cada opositor en esta política de vuelo bajo ve en su denuncia un arma eficaz aún antes de su tratamiento judicial, buscando condenas mediáticas.
Y funcionan, porque los adherentes a tal o cual posición están convencidos de la santidad de sus admirados y la pudrición de sus adversarios. Todo ocurre en el tiempo y las condenas a veces llegan y otras no. Y no faltan ahora quienes por adhesión crédula al modelo desintegrador todavía les cuesta admitir las trapisondas del elenco en ejercicio. Repiten en ciclo de creencias y desilusión.
Una contradicción libertaria, el RIGI
La idea simplista, y por lo tanto falsa, de que el mercado determina por sí mismo mejor que ningún burócrata qué es conveniente para cada momento en la vida económica de un país, tal como lo han expuesto Milei y Sturzenegger en su columna publicada en The Economist se choca con la existencia de favores estatales para tal o cual inversión.
El Régimen de Incentivos para las Grandes Inversiones (RIGI) parte de la idea contraria al libre mercado. Seguramente lo justifican en la maraña de regulaciones que desalientan la inversión básica en la Argentina, pero formalmente es una contradicción entre dichos y hechos.
Pero lo más interesante es el segmento donde se propician esas “grandes” inversiones. De los 11 proyectos que hasta ahora se promueven a través de este régimen no hay ninguno que se proponga algún emprendimiento industrial en sentido estricto. Salvo un parque solar en Mendoza, se trata en general de inversiones en el área minera o de transporte (infraestructura) para la exportación. Entre ellas se menciona específicamente el gas licuado como materia prima exportable, donde el agregado de valor (la licuefacción) se ha renunciado a realizarla en una planta en tierra a favor de hacerlo en buques en los que se lo almacena para su transporte.
Está claro entonces que el “modelo” mileista (no es de su autoría, viene de lejos y tiene otros expositores pertinaces difundiéndolo desde hace rato) es claramente primarizador, en correspondencia como la parte pobre de la sujeción política a los EEUU.
Agregar valor en territorio nacional, dando empleo y ampliando la oferta de bienes en el mercado interno es algo que no está en los planes oficiales. Tampoco en la cabeza de una gran parte de la dirigencia política y empresarial. Es un dato duro de la realidad y desde luego hay que asimilarlo para su superación, puesto que es garantía de agravamiento de las condiciones sociales que padece la mayoría del pueblo argentino, aunque vote este esperpento.
El modelo simplificado que invoca el libertarismo gobernante no sólo es incompleto, sino que establece condiciones para mayores retrocesos de los que ya se han padecido hasta ahora en el último medio siglo.
No venimos de un pasado feliz al que sea legítimo volver. En cinco décadas seguro que algunas cosas se hicieron, pero el conjunto se estancó y en los últimos lustros para la mayoría de los compatriotas la situación empeoró. Esto que está instalado ahora, y convalidado en las urnas por el momento, es una vuelta de tuerca más perversa que lo vivido anteriormente, excluyendo desde luego los agravios a los derechos humanos que se perpetraron durante las dictaduras militares, pero durante las cuales se aplicaron más tímidamente estas mismas políticas monetaristas recesivas con coartadas ideológicas liberales justificándolas.
Hay que empezar de nuevo, revisándolo todo, descartando aquello que nos paraliza y nos desune, y construyendo una epopeya de justicia social sobre bases expansivas como tenemos perfectamente la capacidad de hacer.