¿Las ultraderechas tienen una fijación con ciertas partes sexuales del cuerpo? ¿Por eso se obsesionan con los mandriles? Mario Pecheny afirma que son las Humanidades, desvalorizadas por los extremistas, las que pueden dar respuestas sobre sexualidad, género y derechos. Doctor en Ciencia Política por la Universidad de París III, profesor titular de Sociología de la Salud en la UBA, investigador en el Instituto Gino Germani y miembro del Directorio del CONICET, Pecheny concedió una entrevista a Y ahora qué?
¿El Gobierno desfinancia la ciencia en prioridades propias como minería, energía y agro? ¿Hay desazón en los científicos? ¿Qué futuro tienen los jóvenes aspirantes desilusionados? ¿Los salarios sirven para llegar a fin de mes? ¿Quiénes son para Milei los salvajes del 12 de octubre de 1492? ¿Y qué efecto produce la belleza del streaming del fondo marino? Responde Mario Pecheny.
–El Papa Francisco dejó para siempre la idea de que “nadie se salva solo”. ¿Qué puede hacer cada científico o cada investigador?
–Desde el CONICET, y desde mi lugar en el Directorio, la idea es preservar espacios plurales de libertad. Eso es lo que entiendo que es el liberalismo. Es respetar los proyectos de vida de todas las personas y no imponer visiones que en el fondo no son otra cosa que un fascismo disfrazado de libertarianismo. Cuando se denigra a poblaciones enteras, se rebaja su condición y su dignidad, se inventa y todo es una hipocresía. Con dobles discursos que son incompatibles con una sociedad que justamente se propone defender los derechos a que cada cual busque su felicidad y sus proyectos de vida sin una visión impuesta desde el Estado.
–¿Qué reacciones se observan en las personas del sistema científico?
–La palabra que resume el estado de las investigadoras e investigadores de todas las generaciones es el desánimo. Es la desazón por esta ruptura de expectativas y de previsibilidad, si bien uno reconoce que lo que había antes también tenía problemas. Para dar un ejemplo: el CONICET no había hecho los concursos de pase a planta de sus trabajadores. Se hizo todavía más precaria la situación de muchísimos y muchísimas trabajadores y trabajadoras administrativas o de apoyo. Pero, en todo caso, esto que estamos viviendo ahora atenta con la posibilidad de trabajar de manera pacífica y armoniosa. Con el temor a los despidos, con el desmantelamiento de los equipos de trabajo y con la amenaza constante de atacar líneas de pensamiento.
–¿Cómo sensibilizar a la sociedad argentina que parece ajena al hundimiento del sistema de ciencia y técnica?
–Me atrevo a pensar que la sociedad no es necesariamente, en su mayoría, contraria a la investigación científica, ni al CONICET, ni a la Universidad pública. Usemos como caso más paradigmático, que no es directo, el del Hospital Garrahan ¿A quién se le ocurre en este país atacar a las trabajadoras y trabajadores que salvan la vida y preservan la salud de nuestras niñas y niños? Este Gobierno lo ha hecho y lo hace. Un Gobierno que deja sin apoyo a inundados e inundadas en Bahía Blanca. O que, con todo cinismo, saca un decreto para los incendios en la Patagonia, después de casi dos meses. E inventando de nuevo, de manera xenofóbica o conspirativa, razones para justificar estos incendios. Que no son otra cosa que producto de la desidia y desfinanciamiento por parte del Estado. Creo que la sociedad está sensible. Lo que merecería investigarse es por qué no se articula eso que la sociedad percibe, a la hora de tener que expresar políticamente esa sensibilidad.
–¿Si tuviera en este momento disponible una cadena nacional, qué les diría a los padres, madres, estudiantes, profesores, etc.?
–Que cualquier proyecto de desarrollo del país necesita de la ciencia y la técnica. En ningún país del mundo, nada que tenga que ver con el bienestar, con la calidad de vida, con la convivencia entre seres humanos, puede hacerse sin conocimiento, sin investigación sustentada también de manera pública desde el Estado. No hacer esto es hipotecar cualquier proyecto de desarrollo, aunque alguna de estas cosas puedan ir en contra de cierta manera de construir el sentido común que tenemos ahora, donde todo es rápido, todo utilidad, todo tiene que ser inmediato.
–¿Con qué experiencia ilustrar a la gente sobre la importancia estratégica de la ciencia?
–Con el streaming marino del CONICET, por ejemplo. Se mostró cómo hay un timing, una temporalidad de la investigación, que tiene un ritmo que es propio. Que hay cuestiones que tienen una belleza y un valor en sí mismos. Más allá de aquello que pueda resultar como utilidad de eso y de la locura que a veces es instaurada también desde el discurso público. Porque nos vuelven locos con sus discursos. El streaming tiene esa temporalidad y, entre comillas, no utilidad, que muestra el valor de algo que necesita tiempo, que necesita años para formar a quienes investigan eso. Para que pudieran explicarlo y mostrarle a la sociedad, se necesita que haya muchos sectores involucrados en el financiamiento. En ese sentido, creo que fue un efecto no esperado de un streaming de investigación marina.
–¿No fue como un resquicio que se aprovechó, una fisura en el dique anticiencia montado por los libertaristas?
–Creo que el discurso anticientífico, en este país, no es mayoritario. A pesar de lo que el Gobierno y sectores ligados a él, promueven. Como pasa con las vacunas. Hubo esa actividad anti vacunas en el anexo de la Cámara de Diputados. Fue algo sin sentido en un país que ha podido erradicar enfermedades gracias a las vacunas. Mal que mal, la Argentina todavía tiene una cultura de la educación pública, de la salud pública, del respeto a la medicina basada en evidencia. La evidencia como respaldo de las decisiones en relación con la salud.
–Aquel discurso anti vacunas frente al Covid-19 pareció un punto de partida de esta tendencia.
–Es muy peligroso lo que pasa con lo que, irresponsablemente, se difunde desde el Gobierno de Estados Unidos. Difunde efectos inventados negativos de lo que producen las vacunas. O el mensaje ambivalente del Ministerio de Salud hoy que dice “elegí vacunarte”. La vacuna funciona si hay una masa crítica de la población que se vacuna. No es un tema de decisión individual. Es un tema de la propia comunidad. Hay que apuntalar esos valores compartidos por la sociedad argentina de querer preservarse, de querer cuidarse, de querer cuidar a los hijos y a las hijas.
–El Gobierno fijó prioridades estratégicas en incentivar la energía, el petróleo, la minería, el agro. ¿Cómo piensa desarrollar estos sectores sin investigación, sin ciencia?
–Todo Gobierno tiene derecho a establecer prioridades. Que pueden ser discutibles o no. Los presupuestos no son ilimitados, los recursos no son ilimitados. Lo que creo es que, yendo a la ciencia y técnica, aún en las prioridades que este Gobierno ha establecido, no las financia. Ni las hace, ni las implementa seriamente.
–¿El desfinanciamiento investigativo, entonces, castiga a todos los sectores?
–El presupuesto es el más bajo y prácticamente nulo para la inversión en ciencia y técnica y en innovación. Muchos funcionarios son ignorantes. No tienen experiencia en investigación científica. Vienen de gobiernos municipales o de Legislaturas pero sin ningún tipo de trabajo en investigación o en educación superior. Eso se refleja en que las políticas son torpes, son improvisadas. La falta de de experiencia se puede compensar involucrando a los actores directos, a los ‘takeholders’, como se dice en inglés. Son todos aquellos que tienen algo para decir, para aportar desde su ‘expertise’. Pero esto tampoco lo han hecho. Las políticas científicas han sido puramente declamatorias o atribuyéndose éxitos de cuestiones generadas en épocas anteriores. Y todo más por efecto comunicacional que como política real en los hechos. Hasta ahora, no pasó nada, ni siquiera en las prioridades que el Gobierno dice defender. Lo único que han hecho es publicar algún tuit, una imagen, alguna inauguración en algún momento sobre Inteligencia Artificial. Un evento con bombos y platillos y después no pasó nada.
–¿Qué está sucediendo en el área de su conocimiento específico como Sociología de la Salud, sexualidad, género, etc?
–Trabajo en temas derechos y sexualidad. Uno podría decir que la sexualidad y la política son temas que no son prioritarios ¿A quién le puede interesar esto? Sin embargo, si uno mira los discursos políticos en la agenda pública, una y otra vez, todo el tiempo, tiene que ver con la sexualidad. Lo de los mandriles es una metáfora sexual. Toda la cuestión ligada al ataque a las mujeres, al feminismo, al papel del lenguaje. Pareciera que el tema de la sexualidad obsesiona. Preocuparse por esa obsesión ya es interesante. Porque las ultraderechas, y la ultraderecha del Gobierno, tienen una fijación con determinados tipos de sexualidad, con determinados órganos sexuales y partes del cuerpo. No lo digo de modo de chicana. Son temas de las relaciones entre las personas que este Gobierno, y en este momento de la historia y de la vida en común, se ponen en el centro.
–Entonces la cuestión sexual adquiere un matiz político claro para observar?
–Nos dan un material para trabajar ¿Qué inseguridades, qué incertidumbres, qué deseos están dando vuelta ahí, resueltos o irresueltos, que hacen que sean temas sobre los que se habla tanto? Y que provoquen tantas pasiones, y reacciones e incluso hagan de esto temas centrales para una batalla que denominan cultural. Nunca los temas que trabajo han sido tan atacados, pero nunca han estado tan en el centro de la agenda.
–¿Todo se ha vuelto demasiado oscuro?
–Un comentario menos pesimista, es que estamos en un país que tiene universidades públicas, que tiene una ciencia pública, que tiene grandes instituciones y personalidades y personas y trabajadoras y trabajadores comprometidos. que podrán sostener esto hasta que haya vientos mejores. Vientos más favorables. Lo único es que lo que se destruye es muy difícil reconstruir. Esto va a ser todavía más oneroso para las nuevas generaciones. Y todavía más complicado para los lugares donde la ciencia había comenzado a emerger en estos años. Como en las provincias, como en las disciplinas nuevas. Todo estaba embrionario. Y ahora están siendo destruidos de manera tan veloz que va a costar muchísimo reconstruir.
–El libertarismo suele desestimar y subestimar las ciencias sociales ¿Cómo remontar la situación desde sus disciplinas en esos campos?
–Las ciencias sociales y las humanidades suelen ser atacadas, entre otras cosas, por su presunta inutilidad. Si son objeto de ataque, al contrario, es por aquello que hacemos bien. Es decir, por mostrar procesos de desigualdad, procesos de injusticia, por hacer visibles procesos históricos, conflictividades sociales. Decir eso es lo que molesta. No lo que es inútil sino lo que permite promover una política más inclusiva más democrática, más respetuosa de los derechos.
–Usted denunció ante comisiones del Congreso una gravísima situación de desmantelamiento del sistema de ciencia y técnica hace seis meses y responsabilizó por entero al Gobierno ¿Todo empeoró o algo mejoró?
–En el Congreso intervine dos o tres veces. Dos veces en Diputados, ante la Comisión de Ciencias, y en el Senado, pidiendo respetuosamente a las senadoras y los senadores que no nos entreguen. Que incluyan a la Ciencia y la Tecnología en el Presupuesto y excluyan a las instituciones de ciencia y técnica de las destruibles por el Gobierno, que lo hace por decreto simple. Que incluyan el respeto de la Ley de Financiamiento de ciencia y técnica.
–¿La cámara alta tomó aunque sea algún aspecto del reclamo?
–Al Senado no le importó demasiado y entregó a la ciencia y a la técnica todo aquello que puede ser destruido. Lo mismo en Diputados. No hubo una defensa ni siquiera para algún aspecto del presupuesto de la Educación Superior ¿Qué pasó desde entonces? Planteé que estaba bajo ataque el conjunto de las instituciones del sistema científico. De hecho, en aquellos días había particularmente ataques al INTA y al INTI, de tecnología agropecuaria e industrial, respectivamente. Y también al resto de los organismos de ciencia y técnica.
–¿En qué estado quedaba el CONICET, el mayor centro de investigaciones del país?
–El CONICET es como un dientito que queda en una boca sin dientes, tratando de cumplir su función. Esa fue la imagen que utilicé. ¿Cómo es ahora la situación? Siguió ese proceso de vaciamiento. La única novedad positiva en el CONICET, que no es menor, es que se retomaron las altas de los ingresos que estaban desde la convocatoria de 2022.
–¿Se rehabilitaron ingresos al instituto?
–En número reducido. Pero que completó un número de 400, entre investigadores y profesionales de apoyo que pudieron tener sus altas en 2025. Pero de una convocatoria que estaba parada con resultados ya publicados, por lo menos, hace dos años.
–¿Qué es lo peor que le está pasando a la ciencia argentina?
–El principal rasgo que puedo señalar, desde que asumió este Gobierno, es que no se respetaron las reglas de juego, aun con sus dificultades, y los compromisos. Dejaron de cumplirse. Es decir, que no había posibilidad de prever el futuro con esta falta de respeto de las reglas y compromisos. Es el daño principal, quizás, que se hace a los jóvenes.
–¿De qué modo lo sufren y lo sufrirán los jóvenes?
–A los que quieran Iniciar una carrera como Biología o Filosofía. Que quieran hacer una carrera de investigación en la Argentina. Es decir, esta idea de hacer el grado para después poder hacer el doctorado, con un apoyo de una beca a través del CONICET. Y después, también, la expectativa y la ilusión de hacer una carrera como investigadora o investigador, o como docente universitario. Lo que se rompió es esta posibilidad como un horizonte posible en la Argentina.
–¿Qué situación salarial se atraviesa en el marco de la motosierra?
–Se profundiza la crisis que hace posible el funcionamiento del sistema científico. Una de las principales dificultades o problema grave es la cuestión de los salarios y del monto de las becas. En ninguna categoría del sistema universitario y científico hoy se puede vivir o llegar a fin de mes con sus salarios. Se han deteriorado de tal manera que están produciendo la expulsión o el deseo de irse de todas las categorías. Sobre todo con los más jóvenes, que son quienes pueden buscar alternativas, ya sea en otro sector de trabajo o en otro país. Esto es lo más grave. Esta voluntad de irse a cualquier otro lugar de trabajo por las condiciones salariales, aun gustándole o teniendo pasión por hacer lo que uno hace.
–¿Hay un ensañamiento oficial con el sector humanístico y social?
–A lo salarial se suma la falta de fondos. El Gobierno dice querer atacar a las humanidades y a las sociales. Pero, como dice un colega de Ciencias Médicas, en los hechos están paralizando todo tipo de investigación. Sobre todas las experimentales al dejar de pagar los fondos comprometidos. Y volver inestable cualquier tipo de concurso, de respeto de los procedimientos, porque la Agencia bicicleteó durante dos años y no gastó un centavo en investigación.
–¿Aparte hay discriminación ideológica con los investigadores?
–A todo aquello se suma la persecución política e ideológica. Por ejemplo: hay algunos proyectos para redes federales de alto impacto que ya estaban en curso con el primer año ejecutado y se retrasó la ejecución del segundo año o un año largo. Cuando se empezó a ejecutar, por órdenes políticas, se decidió no financiar, acusando de manera mentirosa a los dos únicos proyectos de Ciencias Sociales. Uno era sobre Memoria, Verdad y Justicia, y el otro sobre el mercado de alquileres, acceso a la vivienda. Fue de manera mentirosa porque ni siquiera, en ningún lado, publicaron nada que diga por qué no se pagan. De hecho, decidieron no pagarlo. Esto es un modo también de boicot específico hacia las ciencias sociales y encima con la cobardía de ni siquiera hacerse cargo.
–Los funcionarios argumentan que todo es parte de lo que llaman ‘batalla cultural’.
–Una y otra vez se habla de su batalla cultural. Es una batalla que atenta contra las disciplinas o las temáticas vinculadas a los derechos que han sido conquistados en las últimas décadas. En nuestro país, y en el mundo, son los derechos de los trabajadores, los de las mujeres, los derechos LGBT, los derechos en relación con la salud, con los pueblos originarios, con las y los migrantes, con nuestra cultura, con nuestros principios éticos. Esta batalla cultural, encima, está hecha desde una ignorancia a todas luces manifiesta.
–¿Cómo pone de manifiesto el Gobierno su ignorancia?
–Por ejemplo, en el spot que sacaron el 12 de octubre, hablando de la llegada de la civilización a una tierra como si estuviera habitada por salvajes. Y así, cada una de sus expresiones de batalla cultural es una manera de disfrazar un pensamiento que es reaccionario. Que lo único que busca es concitar ciertos apoyos y hacer ciertos escándalos en relación con temas de pánico moral o pánico sexual.
–¿Cuál es la raíz, la génesis, de tanto ataque?
–Es de todo un poco. Es por convicción y otro poco es por imitar agendas ajenas. En un país que tiene matrimonio igualitario, es ponerse a atacar a los derechos de gays y lesbianas. En un país con ley de identidad de género, es empezar a inventar cuestiones relativas a ciertos escándalos trans que no son tales. Lo mismo con ciertas alertas de peligros de características xenofóbicas. Eso, por supuesto, atenta contra quienes nos dedicamos como investigadoras e investigadores a trabajar estos temas. Y como ciudadanas y ciudadanos a plantear una sociedad que sea democrática, plural y respetuosa de los derechos de todas y de todos.