¿Y ahora qué?

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O hay planificación (nacional) o hay planificación (transnacional)

Es incongruente abominar de la planificación nacional y al mismo tiempo subordinarse a los planes de negocios de empresas que no tienen como objetivo la mejora social. La planificación, o sea la proyección hacia el futuro de necesarias tareas comunitarias, supone introducir alguna forma de autoconciencia en el desempeño de las sociedades humanas. Los ejemplos del territorio, el agua y la vivienda.

Desde la guerra fría posterior a la Segunda Guerra Mundial se han escrito contra la planificación millones de mensajes reducidores de cabezas, pero nunca como ahora de modo tan reiterativo y obtuso. 

Poco importa para esta acción disciplinadora que la acelerada evolución del capitalismo descubriera ya antes de aquella época, tanto en los EEUU como en Europa, que era preciso organizar la expansión de la producción en convergencia con la organización del territorio, aunque aún no despuntara todavía una cabal conciencia sobre la necesidad de administrar los ambientes naturales y urbanos de modo que las actividades en ellos desenvueltas no produjesen externalidades costosas para el conjunto de la sociedad. 

A partir de los cincuenta, cuando se instaló la competencia entre el Este socialista y el Oeste capitalista (luego de que Rusia detonara su primera bomba atómica en 1949), la cuestión se ideologizó y sobrevinieron los sistemáticos ataques a la planificación soviética y sus planes quinquenales. Ya entonces se los calificaba de nefastos, cuando en realidad permitieron convertir a la URSS en una gran potencia industrial, luego parcialmente desmantelada con la implosión del régimen comunista a partir de los 90, aunque sin mengua de su capacidad militar. 

Esa herencia es hoy recuperada por Vladimir Putin como base de su posicionamiento actual, limitando también a las oligarquías que se apropiaron impúdicamente de los despojos del régimen. 

La propaganda antiplan era paralela a la expansión de las firmas multinacionales que tenían su propia planificación de negocios y donde las instancias nacionales aparecían con frecuencia como obstáculos que era mejor quitar del medio para cumplir más fácilmente los propósitos de posicionamiento de esas empresas en el mercado mundial. 

Cierto es que, con frecuencia, la dinámica de las corporaciones multinacionales entra en conflicto hasta con sus propios países de origen y de allí viene la ideología desreguladora con que se machaca hoy como un axioma a aplicar como sea, por las buenas o por las malas.

Apuntemos con trazo grueso que es incongruente abominar de la planificación nacional y al mismo tiempo subordinarse a los planes de negocios de empresas que no tienen como objetivo la mejora social. (Ni tienen por qué tenerlo, podríamos agregar, porque esa es una función que deben cuidar los propios pueblos a través de sus legítimos representantes, imponiendo las regulaciones del caso). 

En resumen: la planificación nacional, tanto de la infraestructura como de las inversiones cualitativas que producen un salto en la calidad de vida de los pueblos (salud y educación), se opone a la planificación trasnacional que practican los grandes conglomerados de negocios para maximizar sus ganancias. 

En consecuencia, la planificación no debería discutirse.  

La vulgata libertaria, que se aleja cada vez más de las ideas liberales en las que dice inspirarse, no consiste en propuestas para el debate sino en consignas a obedecer sobre la base de una confusión general donde no se cuestiona la dirección de marcha de los negocios. Es basura para la manipulación colectiva. Que es preciso desenmascarar. 

Apuntemos para matizar que la planificación a gran escala no ha sido siempre la mejor y más afinada en otras partes del mundo, como es el caso del mar de Aral, en Uzbekistán, desecado en la era soviética por desvío de los ríos que lo alimentaban para regar grandes emprendimientos algodoneros, o el propio río Mississippi, en los EEUU, sobreintervenido por los ingenieros militares que llegaron a establecer su cauce por encima de los territorios que atravesaba en zonas de los diez estados que forman su cuenca, hoy en revisión cuidadosa con recreación de bajíos inundables. 

Si hay algo que requiere una experta visión de conjunto que incluya el interés social es la planificación territorial. Se da de patadas, por supuesto, con el libertarismo obtuso que repudia la intervención reguladora del estado. Y se apalanca en los errores cometidos para imponer una visión retrógrada de comunidades fragmentadas que ven de ese modo asfixiadas sus legítimas perspectivas de una existencia digna.

La organización del territorio es la base física sobre la que se asienta la necesaria planificación del desarrollo argentino, que abarca a su vez el conjunto de acciones que permiten crear un sistema económico nacional con su propio mercado como sustento de una fructífera inserción en la economía mundial. 

No tiene nada que ver con una economía “cerrada” como se la califica intencionalmente. Si se diseña una producción meramente exportadora de materias primas se renuncia al mismo tiempo a desenvolver actividades cada vez más complejas que enriquecen al cuerpo social difundiendo saberes e incorporando creciente mano de obra calificada y mejor remunerada. 

Durante la experiencia peronista entre 1946 y 1955 se diseñaron dos planes quinquenales como un progreso neto en esta toma de conciencia a la que nos venimos refiriendo, pero no cumplieron cabalmente su cometido porque la asignación de recursos en los sucesivos presupuestos nacionales no privilegió aquellos sectores (por caso, la siderurgia) que los planes habían determinado.

En la tardía experiencia del 73, se intentó con el Plan Trienal, que no pasó de la formulación de metas sin encarnarse en la gestión concreta del gobierno. Se trata de antecedentes valiosos que dejan crudas lecciones sobre la necesidad de articular la planificación a la política concreta llevada a cabo por la administración del Estado. Si la gestión y el plan anda cada uno por su lado, el resultado es invariablemente malo.

Y cuando se trata de planificar sobre recursos compartidos entre varios países la cuestión se vuelve más compleja. El ejemplo del río Pilcomayo (1.600 km. de recorrido) viene a cuento. Se trata de una corriente fluvial que nace en Bolivia a más de 4.000 metros de altura como un rio caudaloso de montaña, que hoy padece alta contaminación por desechos mineros vertidos en su cauce mientras, agua abajo, cambia en un errático e inestable curso de llanura.  

Ocurre porque transporta enormes cantidades de sedimentos que por acumulación van redefiniendo su cauce que crea y seca, de modo sucesivo, diversos bañados en Paraguay y la Argentina, y donde la intervención humana no ha resuelto cabalmente la administración del recurso, clave para poblaciones locales y la puesta en valor productivo de sus zonas aledañas. 

El Pilcomayo es un típico ejemplo de insuficiencia en la planificación e intervención de infraestructuras con criterios sociales avanzados, en este caso necesariamente de orden multinacional.  

Mirada de conjunto

La Argentina requiere planificación hidráulica, no sólo para ordenar sustentablemente sus recursos fluviales aprovechándolos racionalmente sino porque con los 2/3 de su territorio árido o semiárido, y la abundancia de agua dulce en sus generosas cuencas, puede poner en valor de un modo superlativo el recurso tierra. 

Desde el Pilcomayo hasta el Gallegos en Santa Cruz, y los ríos de la Isla de Tierra del Fuego, hay entonces un gran desafío para realizar. 

El potencial energético, por ejemplo, del Río Santa Cruz con sus demoradas represas Néstor Kirchner (antes Cóndor Cliff) y Jorge Cepernic (La Barrancosa) son emprendimientos necesarios dentro de un plan energético nacional que no sólo atienda, como ocurre  ahora, la creciente demanda eléctrica sino que se promueva con radicaciones de numerosas actividades transformadoras que atraigan población e incrementen sustancialmente el componente industrial del PBI, tan rezagado hoy. 

Estas centrales, con muchas idas y vueltas en la negociación por el financiamiento chino, rendirán al máximo en la medida que también se articulen con un programa potente de inversiones en energía eólica, para la cual la Patagonia tiene las mejores condiciones mundiales sobre tierra firme. 

Hay ejemplos exitosos en el mundo de molinos que recargan embalses que vuelven a turbinar el agua las veces que sea necesario. 

Repitamos un concepto ya expresado muchas veces, pero muy lejos de hacerse hoy realidad: la oferta energética, y en particular la eléctrica (vector privilegiado de industrialización y calidad de vida urbana) debe adelantarse a la demanda y ello es imposible sin planificación. De otro modo, seguimos haciendo los buenos negocios que crea la escasez que no benefician a la población ni favorecen las inversiones en la industria, sólo premian con precios altos a los generadores actuales y mantienen una situación precaria e inestable, pero muy rendidora en términos de ganancias con bajo riesgo. 

La consigna nacional de la necesidad de obtener energía abundante y barata se resume así en que sea abundante, al revés de lo que ocurre ahora, cuando es escasa, inestable y cara. Y no hay más cortes este verano porque la industria está trabajando a la mitad o menos de su capacidad. 

Es el fenómeno inverso al deseado incremento del salario medio real, que sólo aumenta de modo sostenido cuando la actividad productiva se desenvuelve vigorosamente creando una tendencia al pleno empleo

Aquí se registra, desde hace décadas, la caída de puestos de labor junto con el nivel de las remuneraciones. Y, en consecuencia, el ejército de desocupados es cada vez más numeroso y la dolorosa degradación de la cultura laboral su consecuencia más indeseada. 

No es que a los desocupados no les guste trabajar, como dice una muletilla estúpida mil veces repetida, sino que desaparecen progresivamente las opciones de trabajo digno que permitan una vida decente para el trabajador y su familia. 

Otras dimensiones claves de la planificación

Nos hemos referido, a modo de ejemplo, a las cuestiones visibles del territorio, el agua, la electricidad y, brevemente, al empleo. 

La planificación abarca mucho más, por cierto, y no puede sólo referirse a incrementar la inversión en los sectores productivos con mayor impacto multiplicador, que es la condición necesaria, sino que a partir de allí debe oxigenar toda la vida social y cultural, teniendo como requisito, no sólo valorativo, la buena salud de la población y el impulso a la educación en todos los niveles a lo largo de la existencia humana.

Para cerrar estas pinceladas con un ejemplo muy actual dadas las dificultades habitacionales existentes, digamos que construir viviendas masivamente dinamiza centenares de industrias proveedoras y brinda trabajo a decenas de miles de compatriotas que aspiran a mejorar su situación. No se puede dejar de contemplar este desafío salvo que se tenga el corazón de piedra y la cabeza confundida.

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