¿Y ahora qué?

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A sablazo limpio, Milei quiere jugar a ser San Martín

Milei decretó la reubicación del Sable Corvo del General San Martín, que estaba en el Museo Histórico Nacional, en Parque Lezama, en la sede principal y cuartel del Regimiento de Granaderos a Caballo “General San Martín”, que se encuentra en Palermo. El fundamento de la decisión es asegurar su adecuada guarda, conservación y custodia permanente. Pero no cayó bien, hubo reacciones de historiadores, renunció de manera indeclinable la directora del Museo Histórico Nacional, y una descendiente del prócer habló de Milei en términos que serían, si éste no los utilizara cotidianamente, irreproducibles.

La edición anterior de Y ahora qué? ofreció un reportaje a Gabriel Merino, investigador del Conicet y profesor de la Universidad Nacional de La Plata especializado en la transición del sistema mundial, la crisis de hegemonía y la dinámica multipolar. Fueron numerosos los puntos de vista destacables de su intervención, y al final de la charla dijo que se asiste a la disputa entre un viejo orden unipolar con hegemonía estadounidense y la emergencia de un mundo cada vez más multipolar. Y agregó: “Hay una frase del Papa Francisco en 2014 que a mí me quedó resonando mucho, cuando hablaba de una «tercera guerra mundial por pedacitos». Esa imagen es muy buena, porque captura la idea de un conflicto que no se presenta como «una» guerra clásica, total, declarada, sino como una dinámica que se despliega por fragmentos, en distintos escenarios y con distintas herramientas.”

En línea con lo anterior, Merino planteó que la existencia de un mundo multipolar e interdependiente cambió la naturaleza del conflicto, motivo por el cual en su caso prefiere referirse a una guerra “híbrida” y “fragmentada”, porque no se juega solo con fuerza militar convencional (se mezcla con formas no convencionales, como las presiones económicas, sanciones, disputa tecnológica, operaciones de información, movilización política, etcétera), y porque no tiene un único frente: se expresa en distintos planos y escenarios a la vez.

Un conflicto difuso, multisectorial, en expansión y reconfiguración constante (una tercera guerra mundial por pedacitos, híbrida y fragmentada) tal vez habilita que se establezca un paralelismo y se lo piense por analogía con la Batalla Cultural, tal como la describiera el filósofo italiano Antonio Gramsci. En efecto, para Gramsci la toma del poder político a nivel local requiere la conquista previa de la hegemonía ideológica que detenta y despliega la clase dominante, el cambio del sentido común y la cultura popular. En apretadísima síntesis, debe darse una auténtica “guerra de posiciones”, o sea, de enfrentamientos que no incurren en el ataque frontal sino en las luchas en todas las instituciones de la sociedad civil, desde el sistema educativo hasta los sindicatos y la prensa, para construir una contrahegemonía que prologue y acompañe la toma del poder.

Esta idea, surgida inicialmente en el campo progresista, fue apropiada por la ultraderecha autoritaria con declinante vocación democrática, incómoda con los estados nacionales y al servicio del curso implacable de la concentración económica. Para Milei el combate de la cultura woke, por ejemplo, es un capítulo esencial de la Batalla Cultural, a la que además considera una suerte de “cruzada” restauradora de un mundo al servicio de unos pocos, de los merecidamente privilegiados, de los “héroes” empresariales. Pero la puja es abarcativa y pone en juego la totalidad del sentido, incluso en el plano simbólico. Desde que pronunciara su discurso de asunción dando la espalda al Congreso hasta sus presentaciones como rockstar en actos partidarios decididamente  festivaleros, Milei se mostró cómodo en la vanguardia imaginaria de esa “batalla” y tensionando los límites de su investidura, aun a costa de la incursión en el ridículo, cuando no en lo grotesco.

Prueba de ello es lo que Milei, autoproclamado “granadero honorífico” desde mediados de 2025, ahora decidió hacer, con motivo de la celebración del 213º aniversario de la batalla de San Lorenzo, el bautismo de fuego del Regimiento creado por el General José de San Martín. Cuando tomó esa decisión, la economía ya estaba al borde del colapso, la inflación se había declarado en rebeldía una vez más y la nueva metodología para calcularla se postergó sine die, al punto que renunció el titular del INDEC, Marco Lavagna, y el Toto Caputo debió aclarar (tartamudeante y confuso, estilo Fidel Pintos, desbordante de anacolutos) que la implementación del cambio metodológico tendría lugar recién cuando se consolidara la estabilidad (el inefable Manuel Adorni atornilló mejor el sentido y aseguró que sería cuando hubiera inflación cero). También era imposible disimular que la actividad económica tendía a la parálisis, aunque se difundieran hasta el infinito como un telón encubridor los cruces con Paolo Rocca durante los cuales Milei, luciendo una sólida expertise en la invención de apodos y haciendo caso omiso de que se dirigía a uno de los mayores productores de caños sin costura del planeta, lo llamó “Don Chatarrín de los Tubitos Caros”.

En ese marco hacía falta inventar un episodio propio de la Batalla Cultural que resultara satisfactorio, además, para quien ha demostrado cierta vocación performática inclaudicable. Venía de un fin de semana desbordante de exaltación descontrolada en Mar del Plata, y curiosamente se filtró la visita a la ciudad de San Lorenzo, provincia de Santa Fe, para participar de la celebración del 213º aniversario del combate que fuera el bautismo de fuego del Regimiento de Granaderos. También se filtró que Milei habría encargado un nuevo traje de granadero y que esta vez, como pretendió hacerlo a mediados del año pasado, en una primera edición de este capítulo de la Batalla Cultural, llevaría el sable corvo del Padre de la Patria.

Los actos conmemorativos arrancaron el martes 3 de febrero a primera hora en la ciudad de San Lorenzo, allí donde tuvo lugar el único combate del General San Martín en territorio nacional. Hubo el izamiento de banderas argentinas en la Plaza San Martín, en el Pino Histórico (donde concluido el enfrentamiento San Martín dictó el parte de la victoria) y en el Pórtico del Campo de la Gloria, o sea, en el sitio donde se desarrolló el combate frente al Convento de San Carlos Borromeo. También se realizó, con ofrendas florales y el toque a silencio, el homenaje a los granaderos caídos durante el enfrentamiento, con un acto conmemorativo en el Cementerio Conventual.

Como en otras ocasiones el programa incluyó una segunda jornada para hoy, viernes 6 de febrero, con actividades para la comunidad, destacándose el desfile de la Fanfarria Alto Perú al atardecer y la ejecución de un repertorio de marchas militares y canciones populares en el Paseo del Pino. Y la programación incluyó, finalmente, la visita presidencial para el acto central de mañana 7 de febrero al atardecer, con la recreación de la carga de caballería de los granaderos y un desfile cívico militar. Además, está programada en el Convento San Carlos la ceremonia de cambio de guardia de los granaderos, uno de los momentos más significativos de la conmemoración.

Pero el famoso sable corvo del Padre de la Patria (al cual nunca utilizó en la Argentina, sino en sus campañas libertadoras desde Chile hasta el Alto Perú) fue de algún modo manipulado políticamente para diseñar en sí mismo un escenario propio de la Batalla Cultural. Con la firma de Milei y su ministro de Defensa, el general Carlos Presti, el Gobierno sancionó el Decreto 81/2026, que en su primer artículo dice: “Dispónese el traslado del Sable Corvo del Libertador General Don José de San Martín a la sede principal y cuartel del Regimiento de Granaderos a Caballo «General San Martín», sito en la Avenida Luis María Campos N° 554 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, con el fin de asegurar su adecuada guarda, conservación y custodia permanente”. Por el segundo artículo se estableció que dicho Regimiento asuma la responsabilidad de la preservación, seguridad e integridad del sable, conforme a las normas y protocolos que resulten aplicables.

Frente a los hechos consumados presentó su renuncia indeclinable la directora del Museo Histórico Nacional, licenciada María Inés Rodríguez Aguilar, quien había anticipado que a su entender las autoridades tenían una interpretación “muy original” del proceso de donación del sable histórico. Seguramente se refería a que la donación del arma (adquirida por San Martín en Gran Bretaña en 1812) había sido con cargo, esto es con la condición, también aceptada por el donatario  (la República Argentina), de que permaneciera en el Museo Histórico Nacional. Distinto fue el proceder del secretario de Cultura de la Nación, el sumiso Leonardo Cifelli, quien pese a las limitaciones establecidas al momento de la donación habilitó la salida del sable de un Museo dependiente de su área para dejarlo, luego del traslado en helicóptero a San Lorenzo, en manos de los Granaderos.

La cuestión levantó polvareda, como no podía ser de otro modo. Llegó el turno de que los historiadores tomaran la palabra y trazaran el itinerario del arma, en su momento legada por San Martín a Juan Manuel de Rosas en reconocimiento por la Batalla de la Vuelta de Obligado. Con el exilio de Rosas, el arma volvió a Inglaterra, donde por cláusula testamentaria pasó a Juan Nepumoceno Terrero. Al morir Terrero el sable quedó en manos de su hijo mayor Máximo, casado a su vez con Manuelita Rosas, quienes fueron en definitiva los donantes en 1896 a raíz de las gestiones del fundador y primer director del Museo Histórico Nacional, Adolfo Carranza. El sable fue enviado desde Southampton el 5 de febrero de 1897 en el vapor Danube, y arribó a Buenos Aires desde el puerto de La Plata en la corbeta La Argentina el 4 de marzo. Inmediatamente después fue depositado en el Museo Histórico Nacional.

Como es sabido, esta pieza histórica de valor incalculable fue robada (y recuperada) en 1963 y 1965, motivo por el cual durante la dictadura de Onganía se la trasladó al Regimiento de Granaderos, hasta que en el 2015 (Decreto 843) con la firma de Cristina Kirchner fue devuelta al Museo Histórico Nacional. Tal vez para los libertarios vernáculos, no muy sensibles al cultivo y respeto de la memoria institucional, habida cuenta de la firmante del Decreto 843 era necesaria una intervención reparadora urgente. Pero algunos descendientes de Juan Manuel de Rosas, por su parte, presentaron medidas cautelares para impedir el traslado, al tiempo que otros salieron a los medios y se expresaron en igual sentido, con expresiones que fueron desde el asombro hasta la indignación.

Finalmente corresponde señalar que en el ir y venir de opiniones hubo un posteo que sería, si el Presidente no utilizara palabras por el estilo, irreproducible. En efecto, Lucía Ezcurra posteó en la red social X, linkeando la nota de Clarín donde se dio cuenta de la iniciativa oficial respecto del traslado y la entrega al Regimiento de Granaderos con una especie de “teatralización”, lo siguiente: “San Martín le dió el sable a Rosas, de quien soy descendiente, y los herederos se lo dejaron al museo. El adolescente ególatra q tenemos por presidente, q odia a Rosas, no pudo usarlo xq el museo se lo negó, despidió al director, y ahora quiere quitar el sable. Gusano resentido.”

Eso también es Batalla Cultural.


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