Una economía exportadora con un mínimo mercado interno no alberga con calidad de vida y de trabajo al conjunto de su población. Un proyecto suicida, puesto que implica crear condiciones inéditas de violencia y pobreza. El autor indaga cuestiones que establece la actual configuración dispersa de la sociedad argentina, donde la confusión y los enfrentamientos inducidos impiden construcciones comunitarias fraternales.
Algunos intelectuales de las ciencias sociales consideran la categoría “pueblo” como poco precisa y por lo tanto confusa. Con ese pretexto, dejan de utilizarla para empeñarse en sesudos y complejos análisis que terminan no pocas veces en mayor confusión sobre la actual y profunda crisis argentina.
Pueblo es el conjunto social, con todas sus particularidades y contradicciones, un concepto que refiere al análisis global que no debe omitirse cuando tenemos, como ahora, una situación general muy crítica. Cuando no se observa el todo no puede entenderse al pueblo en su plena realidad y en su sentido de marcha.
Tenemos patas para arriba la mayor parte de indicadores sobre cultura, valores, oficios, lazos interpersonales e intergrupales, configuración demográfica regresiva y mal distribuida, desarticulación de la estructura económica, referencias históricas desorientadoras, retroceso educativo, consumos en caída y nutrición dañina, desocupación amplísima y al mismo tiempo encubierta por la ficción del autoempleo, y cientos de otros fenómenos y características de nuestra actual fragmentación.
¿Por qué es importante pensar en el todo, justo ahora que lo característico en la sociedad argentina es su fragmentación?
Una línea de respuesta posible es que, siendo tan grande el retroceso que estamos padeciendo, es necesario encontrar categorías constructivas muy amplias para no seguir encerrados en dialécticas negativas como venimos machacando, en particular sobre peronismo-antiperonismo.
Por eso insistimos, también, en que hay más elementos que nos unen que aquellos que nos dividen, aunque estos últimos sean los que se utilizan para manipular la confusión deliberada que operan los ingenieros del caos. No es una teoría conspirativa, funciona aquí y en otras partes del mundo, por repetición hasta la saturación.
Pongamos un ejemplo reciente. Con el cierre de la fabricante de neumáticos Fate la bajada de línea oficial vino por el lado de que eran empresarios que “cazaban en el zoológico” indicando de forma no demasiado tácita que, sometidos a la verdadera competencia, estos empresarios no tienen nada que hacer aquí. Participaron desde voceros habituales como Pablo Rossi a reconducidos como Carlos Ruckauf a quien se lo puede analizar como un subproducto del menemismo.
El conjunto de falsedades en que se apoya el aperturismo agresivo es muy amplio, desde ignorar el retraso cambiario que subsidia importaciones (factor local) a los auspicios y mecanismos con que se favorecen exportaciones desde los países o enclaves de comercialización mundial, desde donde se inunda el mundo con bienes baratos, cuando no directamente mediante dumping, vendiendo por debajo de los costos reales.
El pueblo, o sea la sociedad argentina en su conjunto, está sometido a un continuo bombardeo de mensajes que busca establecer los temas dominantes, no tanto para imponer un relato único sino sobre todo para dispersar los núcleos de comprensión que respaldarían una relación de fuerzas distinta con eje en el interés nacional y el beneficio de todos los grupos sociales.
La cuestión de Fate fue tratada con esos criterios confusionistas, como hacer eje en la agitación trotskista en el seno de la fábrica, y se fue ajustando a medida que aumentaba el impacto general por despedir 920 personas de un saque y de paso convertir a los empresarios fallidos en villanos.
Es obvio que cuando los cierres industriales se multiplican no están cayendo empresas ineficientes, sino que es un contexto adverso el que crea las condiciones para esta catástrofe.
Con la historia de Fate y su familia propietaria hay mucha tela para cortar y no es el motivo de esta nota. Tiene su momento de gloria cuando se animaron a fabricar microelectrónica en los 70 y también su giro hacia otro rumbo de negocios que afianzaron las nuevas generaciones. Un ejemplo cabal sobre cuando una burguesía actúa en un contexto que la convierte en nacional o cuando se articula con intereses que trasladan el fruto del trabajo local a otras plazas convertido en capital financiero, descapitalizando el país.
Nos referimos a la creación de Aluar, con aquellos mismos accionistas, compañía fabricante de aluminio que se instaló en Puerto Madryn en los primeros setenta con apoyo del gobierno militar de entonces.
En ese contexto se construyó la central Futaleufú para suministrarle la electricidad barata necesaria para procesar materia prima importada y exportar la mayor parte de su producción, con escaso impacto en la cadena local de proveedores y aumento del empleo en esa zona patagónica donde existe un gran pasivo ambiental que aún no ha sido cuantificado correctamente.
Todo puede manipularse y distorsionarse. Y sobre esto es lo que hay que difundir conciencia en materia de defensa del interés nacional. Al respecto ver https://yahoraque.com.ar/politica/discutamos-burguesia-nacional-sin-zonceras/
Y ello ocurre cuando aumenta el capital instalado y se multiplican las oportunidades de empleo y las cadenas de valor locales. Esos son los indicadores que hay que tener en cuenta, no si “cazan en el zoológico” o tienen prebendas o subsidios inmerecidos que por supuesto existen.
Es curioso, digámoslo una vez más, que este gobierno libertario, sedicente promercado, actúe para condicionar, restringir y a la postre sofocar la producción y el consumo local. Una paradoja.
Lo hace a través de aplastar los ingresos populares, degradando tanto jubilaciones como sueldos públicos y no validando convenios de acuerdos salariales colectivos que aumenten las retribuciones al trabajo por encima del 1 % mensual, debajo de la inflación que ellos mismos dibujan manteniendo índices anticuados que miden hacia la baja.
En el mismo sentido establecen el atraso cambiario y tasas de interés incompatibles con actividades lícitas de producción y comercio, mientras amagan sobre presuntas bajas de la presión impositiva que no son sustanciales. En criollo: jarabe de pico.
Esto es lo que explica la caída de empresas que impresiona hasta al más dócil periodismo cuando se trata de grandes empleadores, siendo que los cesantes son muchísimos más en las pymes. Ocurre todos los días en forma anónima y se cuentan de a uno, tres, o pocos más trabajadores.
La principal política oficial es la manipulación de la opinión pública y su objetivo es ocultar el rediseño de la estructura económica y social argentina. Un proyecto suicida, puesto que implica crear condiciones inéditas de violencia y pobreza.
Una economía exportadora con un mínimo mercado interno no alberga con calidad de vida y de trabajo al conjunto de su población, estando ella además muy mal distribuida en el territorio con conurbanos abigarrados e inmensas zonas despobladas.
El sometimiento hacia las políticas del presidente norteamericano Donald Trump por parte de la actual administración argentina hace caso omiso de la contradicción que hay entre el proyecto reindustrializador estadounidense y el desmantelador que se aplica en estas playas.
Esa incoherencia al parecer no es relevante cuando sólo se hace seguidismo miope.
Así planteadas las cosas se trata claramente de una lucha política entre la consolidación nacional y el intento desintegrador en curso.
Mantener la confusión y el debate desperdigado en cuestiones no centrales es una necesidad, hasta ahora exitosa, de la política oficial. Su hegemonía no se nutre de datos sólidos y valores integradores sino de exactamente lo contrario, de banalidades y falsedades, como las que expresan a diario los principales voceros del gobierno, empezando por el titular del Poder Ejecutivo y continuadas por sus colaboradores más cercanos.
Esta confusión deliberada y operada muy eficazmente por los ingenieros del caos utiliza elementos muy simples para fragmentar a la opinión pública, como “modernización” o “libertad”, mucho más indefinida esta última, nunca concebida como un valor compartido sino como una conquista privada, individual.
En cualquier caso, la tarea consiste, por increíble que parezca, en volver a tener un lenguaje común, lo cual implica compartir valores y construir objetivos comunitarios. Terminar con el “sálvese quien pueda” que garantiza el fracaso colectivo.
Es decir, volver a pensar en términos de “pueblo”, de comunidad, de proyectos comunes. Por supuesto que ello implica una gran renovación dirigencial, dado que los responsables hasta ahora han quedado atrapados en términos de enfrentamientos estériles. La idea de volver al pasado anticipa un nuevo fracaso. Hay que construir el porvenir.
Para completar, provisoriamente, respondamos a la pregunta del título de esta nota diciendo que el pueblo está disperso, con baja conciencia de sí y necesidad de un proyecto convergente capaz de atraer a todas las víctimas en una dirección de sumatoria y fraternidad que establezca confianza mutua y genere la fuerza necesaria para alumbrar un porvenir más digno de ser vivido.