¿Y ahora qué?

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Giselle el dos de abril

Natalia y Romina. Episodio XXIII. “Contanos sobre ese día, Giselle”, pidieron Natalia y Romina.

–Dale –pidió Stella–. ¿Ese día, exactamente, cómo fue? Nosotros estábamos en Estocolmo con Natalia muy chiquita. A Juan Carlos se le hinchó el pecho, se le fue la sensación de fracaso que venía cargando: “¡Por fin hacemos algo valiente! Los argentinos vamos a ser los que derrotemos definitivamente a la bestia anglosajona. Los vamos a hacer mierda”. En serio, así habló mi marido y le quedó el pecho henchido de honor para siempre. Quería volver, quería ser parte de lo que él llamaba “la gesta”. Pero sabíamos que si tocábamos Ezeiza, nos mataban, aunque parecía que la represión ya se había terminado, pero, igual, mejor seguir en el molde. Yo tenía un buen puesto en la Kulturhuset, enseñaba español y me encantaba. Además, ya hablaba bastante bien el sueco. Juanca nunca se adaptó y se fue a México, pero, bueno, otro día cuento más, me estoy yendo por las ramas. Queremos que vos nos cuentes, Gise, cómo viviste vos ese día.

–Tomémonos ese licorcito primero –dijo Giselle mientras se servía y servía otras copitas. Un licor para recordar y ponerse más locuaz. En la tarde otoñal se habían reunido a tomar mate con masitas y ver caer el sol detrás de los edificios.

–Ese día… Todo fue tan insólito. Estaba todo el mundo tan convencido que yo no podía decir lo que pensaba. Ni siquiera a los amigos. No podía decir que todo era demasiado ridículo. Hasta el día de hoy sigo sintiendo culpa por haber pensado así. Y también la siento ahora, porque sigo pensando así, aunque el reclamo sea legítimo y uno quiere a esas islas aunque no las hayamos visitado. Son dos perlas blancas con formas de manitos ahí suspendidas en la inmensidad azul. Qué argentinidad. Y perdonen que sea tan kitsch, pero es así. Y no están suspendidas. Hay una hilera de monte submarino que las une a nuestra Patagonia, sí. Y está la historia de la familia Vernet que fueron en el año 1828 a poblarlas. Sí, se trasladaron desde la residencia de San Isidro con todos los sirvientes, algunos parientes, el mobiliario y hasta se llevaron algunos animales. Ella, María Sáez Pérez de Vernet, embarazada de una nena que nació allá y se llamó Malvina, y su marido Luis Vernet, que tenía grandes proyectos comerciales, se mandaron. Ya después de la independencia, en el año 1811, las Provincias Unidas hablaban del dominio nuestro sobre las islas y en el año ‘20 partió un buque llamado Heroína y disparó cañonazos como se hacía en la época para espantar a unos barcos norteamericanos e ingleses que ya en esa época andaban robando en nuestro mar.

–¡Pero contá de vos!–ansiosa, Romina.– ¡Contá de ese día!

–Nosotras, ni habíamos nacido.–Nati, ansiosa también.

Giselle se mandó otro sorbo y siguió.

–Ese día…Yo cursaba de muy mala gana el ingreso a abogacía. De muy mala gana. El ambiente era conservador, ya saben, en el año ’82. En Buenos Aires se abrieron un par de bares nuevos como gran hito cultural. Los que queríamos hacer política nos reuníamos en comités y unidades básicas, pero con mucho sigilo. El ambiente en la facultad era depresivo. Los profesores hablaban mal del comunismo todo el tiempo, hablaban del “hombre masa”, del “populismo”, sí, del populismo, afirmaban que “el país no está maduro para gobernarse a sí mismo”. Yo tenía que escuchar esas gansadas en todas las clases. Y lo peor eran los alumnos, o sea, mis compañeros que asentían a todo lo que estos fachos decían. Yo, trataba de no hablar. Ese día llegué tarde a la clase. Entré. El profesor parecía predicar algo en vez de dar clase. Quería convencer a los chicos de algo que yo no entendía bien. O no podía creer. Vi que uno de los pibes levantó la mano y dijo: “Yo quiero ir de voluntario” y otro, “Yo voy de voluntario”. Chicos prolijitos, que iban de la clase a la casa y la mamá los esperaba con el almuerzo. Chicos sin onda. El profesor los arengaba. Las chicas, bien peinaditas y arregladitas, se babeaban un poquito. Tuve una sensación de irrealidad. ¿En dónde estoy? ¿Habían tomado las Malvinas e iríamos a la guerra contra la OTAN? ¿Iríamos en manos de los milicos ridículos que nos gobernaban? Todos creían que sería “contra el enemigo inglés”, pero no. Era ir contra England & USA, aliados del Atlántico Norte, cosa que los otarios de esa facultad no habían calibrado. Creían que le íbamos a ganar a la mayor potencia militar del mundo. Lo creían. Galtieri fue el más bizarro, el más peligroso de los milicos. Videla parecía una estatua raquítica, era medio robótico; Viola quiso dar una apertura a los partidos políticos, podía articular dos palabras juntas, pero era oscuro, tenía un fondo infame. Massera era el más horrendo. A Agosti se lo veía poco, pero era de la misma calaña. Bignone se hacía el sereno, pero sería un crápula, un sádico más como todos estos, que sólo sirvieron para reprimir, jamás para luchar o hacer algo bueno. ¡Ay, no quiero hablar de los milicos, me pone mal! Otro traguito, por favor…

Ese dos de abril fue así, insólito para mí y para mis amigos. Tres días atrás, me acuerdo, yo había ido al microcentro a hacerle una diligencia a mi papá y tuve que salir corriendo por Diagonal Norte. Había patrulleros enormes, había disparos. Se me salía el corazón por la boca. Yo corría, pero sentía que las piernas no me hacían caso, que yo corría en el aire con poco equilibrio, corría sin saber hacia dónde. Me metí en un zaguán y una señora me trajo para adentro del edificio. Era por Tribunales. Yo no sabía en dónde estaba. Era la represión a la convocatoria que Saúl Ubaldini y la CGT habían hecho para hacer un acto en Plaza de mayo. Esto fue el 30 de marzo. Disparos, gente que se caía al suelo, patrulleros enormes, coches Falcon. Un horror. Pero la vida era así, y yo, a los veinte años ya lo sabía.

Ese 30 de marzo del ’82 fue miércoles. El viernes siguiente, después de esa clase, me fui de la facultad y no volví más. Dejé la carrera.

Esa tarde nos convocamos unos amigos: Martín, Liliana, la negra Virginia, Silvia y Eduardo, Rafael, Rosana y yo. Fuimos a la plaza. Todo era exactamente lo contrario al 30. La gente estaba calmada como adormilada. No estaba eufórica como dicen, no. La gente tenía banderitas azules y blancas y la movía. Nosotros caminábamos, había espacio. El milico borracho, grosero, innombrable desde el balcón, en un momento, levantó los brazos como Perón. Los bajó enseguida. Nosotros nos pusimos a cantar: “Se va a acabar, se va a acabar…” Las caras de los manifestantes nos hicieron callar.

La guerra siguió y hay demasiado para contar. Muchos de los pibes de mi edad, nacidos en el ’62, fueron llamados. Y más los nacidos en el ’63 y en el ’64. La mayoría estaba terminando esa pesadilla horrible que era la colimba y tenían que volver a estar bajo la férula de esos milicos, que mal paridos….

Fueron muchos amigos y conocidos míos. La sangre de ellos quedó en el suelo de nuestras islas. Y en el mar. Por ellos las Malvinas son más nuestras y nuestro reclamo va a seguir. El mundo nos da la razón.

Las chicas hicieron un silencio. A Giselle se le cayeron lágrimas. A Stella También.

–Giselle, qué fuerte. ¡Haber vivido ese tiempo! Contanos todo, todo lo que te acordás, por favor. Te sirvo otro licorcito.

–Sí. Gracias, Nati. Siempre queda algo más para contar. Relajémonos, pidamos algo para cenar y pongamos la mesa. Brindemos por nuestros soldados, por haber tenido esos soldados. Ellos fueron de buena fe a defender lo nuestro.

–Brindemos por ellos –Natalia alzó la copa.

–Bueno, pero no tomemos whisky.

–Ay, Stella, qué golpe bajo.

–Perdón.

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