Romina y Natalia, episodio XVI. Romina Carla ya llevaba tres semanas utilizando su nueva identidad. Era la jirafa Carla Romina, y cuando alguien quería refutarla por su figura humana de baja estatura, ella ponía una carita triste, lastimosa como la que ponen ciertos periodistas oficialistas cuando se ven contrariados.
Natalia le alcanzaba una banqueta, un taburete de esos largos de barra de bar, para que ella pudiera ver desde lo alto. Para armar su figura se ponía unas orejitas jirafezcas; con un maquillaje cremoso se hacía las manchitas características del animal y luego se calzaba un traje de lycra prolijamente diseñado y cosido por Stella. La jirafa ya estaba realizada.
Pero llegó el día en el que Natalia se cansó de alcanzarle la banqueta. Además, como las jirafas habitan las sabanas y los bosques de África, su amiga la llevaba a los bosques de Palermo en las bochornosas horas del mediodía februario, cargando el mueble.
-No puedo más, Romina con tu jirafa.
-No digas “con tu jirafa”, que me hacés sentir ridícula. Yo soy una jirafa, me autopercibo así y quiero que me respetes.
-Yo te respeto, pero estoy podrida de la banqueta y de tu nueva identidad.
Una tarde, Nati fue al supermercado. En los portales del establecimiento, (los supermercados son casonas imponentes) había dos muchachos morochos y fornidos sentados en el piso pidiendo.
-¿No me compraría algo para comer, Doña?
Ahí estaba la solución. ¿Qué mejor para dos chicos desocupados que un empleo como el que Natalia les iba a ofrecer? Todo a cambio de casa y comida. No combinaron horarios. No hacía falta.
En el dúplex de Juncal, esa noche los pibes se comieron unos buenos bifes con huevos fritos para la cena, se dieron un buen baño, se pusieron ropa grande de las chicas, se hicieron dos camas en el cuarto de servicio y ahí nomás empezaron a trabajar. Alzaban, iban y venían con la jirafa Carla Romina bastante erguida y en equilibrio sobre la banqueta.
Claro que a los pocos días, Romi, perdón, la jirafa Carla, empezó a ponerse más caprichosa.
Quería roer las hojitas de eucaliptus colgadas del techo.
Quería conocer el origen de las ramas de los sauces llorones.
Quería ser la dueña de los jacarandaes.
Y quería reproducirse como jirafa.
Estar tan elevada la hacía sentir sexy. Y sus empleados no debían rehusarse. No podían. No había más remedio que satisfacerla. Lamerle el cuello de lycra, que era bastante menos largo de lo que su dueña creía, había también que lamerle las orejitas de felpa y la trompita. Carla Romina llegó a creer que un jirafito podría gestarse en su interior. Y los dos muchachos, dale que dale, a toda hora, a todo momento, subidos a la banqueta. Uno de ellos tenía acné.
Stella y Natalia empezaron a reflexionar. El panorama era muy extraño. Este siglo es muy extraño. Los animales ricos pueden comprar seres humanos. O será que compran recursos humanos…
Pasados uso meses, Romina recibió una citación a declaración indagatoria de un juez por una denuncia por corrupción de menores. Ricardo, su papá, agilizó los contactos, llegó a un arreglo gracias a su amiga, nuestra ya conocida jueza María Eugenia Cangulari, y pagó una coima en dólares.
Todavía estaban a tiempo. Los pibes abandonaron el trabajo y pudieron cobrar una suerte de indemnización en negro. La ley de reforma laboral no se había aprobado.