Romina y Natalia, episodio XVIII.
No se puede vivir sin trabajar, pensó Natalia después de varias semanas de estar “ocupándose de cosas” como mudarse, calmar a su amiga, rescatar las cosas del templo, acompañar y cancelar el delirio jirafal. En fin, el día a día la mantuvo ocupada, pero, igual, Natalia pensó que no podía vivir sin un laburo o laburito, alguna responsabilidad constante, creativa que tuviera algo de obligatorio y algo de placer. Stella, su mamá, se ocupaba de hacer carteras artesanales y entregarlas en algunos negocios. Claro que la demanda en este tiempo era muy poca y Stella tenía muy poco para hacer, así que se dedicaba a cocinar y preparar los abundantes almuerzos y cenas para los integrantes del grupo familiar que residía en el dúplex.
Romina no trabajaba, ya lo sabemos. Vivía esclava de sus deseos que eran múltiples. Miles de deseos no son ningún deseo y eso la lastimaba, la angustiaba. Pobre Romi. Después de pensar en esto, Nati se acordó de las historias de su abuela Isabel. Su abuela Isabel no trabajaba. Tenía suerte. No trabajaba. Solamente se dedicaba a criar a los cinco hijos paridos en la casa, alimentarlos, peinarlos, etc… Entre ellos, la tercera era Stella.
La abuela Isabel era re feliz. Sí, lo era. Tenían un negocio de panadería y confitería regenteado, atendido y supervisado por Simón, el abuelo de Nati, que además de comerciante, era un panadero total, él mismo se apersonaba a las cuatro de la mañana en el horno, él mismo transpiraba y repartía después las figazzas, los mignones, las flautitas, el pan francés y hasta se iba con el carro a entregar a las casas más camperas. La abuela Isabel, que, como ya conté, criaba a los chicos y hay otro detalle. Ella, a las seis de la tarde, ya tenía la vidriera entera decorada con la repostería. Había transeúntes que pasaban por la panadería a esa hora para ver a través de la vidriera sus manos depositando el rogel, las tortas de chocolate, los merengues, la torta de frutas de estación, la sfogliatella, el strudel, la torta de limón, (se llamaba así en esa época; estamos casi a finales de los cuarenta y la mercadería se vendía toda), las masas finas y las masitas secas. Un trabajo de organización, técnica, sabor. Había tres empleadas con ella, chicas del barrio que la ayudaban y que amaban el métier. Pero bueno, se decía que Isabel tenía la suerte de no tener que trabajar porque eso que hacía le encantaba. Stella y sus hermanos a esa hora la miraban, le alcanzaban algo, se dejaban hipnotizar por el chorro de crema saliendo de la manga repostera y leían Billiken.
Otro caso de amor al trabajo que Nati evocó fue el de su Tío Oscar. Era mecánico. A él sí se lo consideraba trabajador porque era hombre y usaba el imprescindible mameluco. La tía Olga se quejaba, decía que él trabajaba demasiado, que tomaba demasiados coches y camiones, que no paraba, que volvía tarde. Los domingos se hacía el asado familiar en su casa, pero el parrillero era siempre algún otro de la familia. Oscar en los fines de semana se dedicaba a restaurar alguna Buick del ’40, algún Di Tella del ’60, un Torino del ‘70. Oscar tenía un problema con el laburo. En esa época, años ochenta, no se decía “workoholic” ni trabajólico.
Nati pensó en más casos. Stephany, la hija de la empleada doméstica del tercero tenía dieciocho años. Estaba contentísima. Había conseguido un trabajo en un kiosko de Caballito y tenía una camita atrás del local para poder quedarse a dormir y no tener que gastar en boleto. Y tenía un día franco rotativo a la semana.
Pensó también en los miles de pibes que pedaleaban por la ciudad y conurbano. ¿Por qué “pibes”, si hay hombres de más de sesenta dale y dale con los pedales? Y mujeres también, muchas, pero ese es un detalle que no se tiene en cuenta. Nati imaginó a los riders iguales a Carlitos en Tiempos Modernos. Bajarse de la bicicleta y que las piernas siguieran subiendo y bajando hasta después de dormidos.
Se acordó de una chica. Se llamaba Saskia. Cuidaba viejitas de noche, dormía con ellas, sobre todo con Angélica, una vecina de enfrente. En Recoleta hay muchas viejitas que duermen con sus cuidadoras. Saskia, en realidad, era también conocida como “la Lore” y prestaba algunos servicios sexuales a la tarde. Sabía mucho de cosmética, de lápiz labiales, de máscaras de pestaña, de pestañas y uñas postizas también. Con Nati hablaba de eso, generalmente.
En Mendoza, una vez, Natalia se puso a conversar con una ex cajera de supermercado. Al principio había estado contenta con el empleo, muy contenta, aunque el sueldo no fuera bueno. Lo copado era que les habían dado pañales a ella y a las compañeras, así no tenían que levantarse para hacer pis. ¡Ah, qué felicidad poder estar sentada durante todo el turno! A los pocos meses las piernas le engordaron como nunca y le empezó a pasar que se hacía pis encima. A la salida del laburo, cuando se levantaba de la silla, flshshs, chorro. Una vez un flaco la invitó a comer una pizza y ella, sin querer, se mojó toda y el meo llegó al piso.
A otra chica conocida le pasó al revés. Ya no era una chica. Tenía cuarenta y un años y unos caños azules le recorrían las pantorrillas hasta arriba. Había sido vendedora en distintas tiendas de ropa y de accesorios. Debía estar parada doce horas, no tenía derecho a la silla.
Las dos estaban orgullosas de sí mismas y repetían: “a mí nadie me regaló nada, todo me lo gané trabajando”. Jamás consiguieron casa propia.
Claro que también pensó en Gustavo, su amor pluriempleado. Bueno, ya no estaba tan enamorada, porque el pobre, de tanto hospital, consultas con tope de quince minutos, guardias, visitas médicas y manejo de taxi, se fue convirtiendo en un fantasma.
Y recordó más cosas. Una vez, en un viaje a Barcelona en tren, tuvo una conversación muy interesante con una señora gallega, nativa de Galicia, “de un pueblecito tan, tan pequeño que nadie le recuerda”. La mujer le contó un secreto. A veces uno cuenta intimidades a desconocidos. Era de noche. El tren iba por Lérida, perdón, por Lleida, y la señora se puso a contar su vida. De muy jovencita salió de su aldea natal a la gran Barcelona a colocarse en alguna casa. Sirvió desde su adolescencia hasta los cuarenta años. Tuvo un hijo en secreto al que envió a su pueblo al cuidado de sus abuelos. Siguió sirviendo hasta que un día la patrona le pidió un servicio especial Que el marido se le estaba poniendo mayor. Que ya era un señor de canas. Que por favor ella, que tan fiel y servicial había sido durante tantos años, le hiciera por favor unas felaciones .Sí, así se dice en España. Que fueran dos veces por semana. Qué asco. Qué asco le dio, claro. El asco es normal y cotidiano en un trabajo. Una tiene que superarlo, porque así es trabajar. Se atrevió. Se atrevió en plena España franquista, se atrevió, sí, se jugó, y pidió un dinerillo extra. La señora se lo dio. De esa manera pudo pagar la ortodoncia del niño, que ya era adolescente y se acomplejaba.
El pensamiento volvió a traerla a Buenos Aires y recordó los años de macrismo explícito. El 2017-2018. Los kioscos y negocios de la ciudad estaban atendidos por venezolanos. Sólo hombres y mujeres venezolanas muy cansadas trabajando veinticuatro horas o dieciséis, que es lo mismo. Duraron unos meses La mano de obra barata se agota, se va desmigajando como un pan adentro de un vaso de agua, se va desintegrando hasta dejar al incoloro líquido de un tono amarillento que te da asco beber.
No se puede vivir sin trabajar, volvió a pensar Nati. Ella con cuarenta y cinco, no sabía quién querría emplearla. Además, en esa casa se vivía de las ingentes sumas que mes a mes entregaba Ricardo, el papá de Romina, así que plata no necesitaba. Empezaría la carrera de cine que tanto quería hacer,– si es que en este año este desgobierno no le cerraba la facultad, –y trabajaría con los compañeros de la Unidad básica haciendo las viandas. Ella y Stella habían ido a buscar viandas muy seguido para ellas, para comer ellas. Ahora estaría del lado de la cocina. El laburo era muy lindo porque había un equipo de trabajo. Recibían el pollo ya trozado, lo horneaban,– hay cocinas en algunas unidades básicas–, después lo trozaban, lo picaban, le agregaban el adobado picantito y lo distribuían en bandejitas de plástico descartables. Luego, arriba, se ponía una capa de zanahoria bien calentita, un juguito de tomate y arriba los mostacholes. Se cubría cada bandejita con papel filming y se la entregaba a los comensales que esperaban en la vereda. Muchos vivían en la calle, muchos se la llevaban a sus casas.
Bueno, listo, –pensó Nati. Ese será mi trabajo este año. Iría a las seis de la tarde varias veces por semana a las básicas a colaborar. A las seis de la tarde empezaría. ¿Se parecía en algo esta ocupación a la de la abuela Isabel? Ella trabajaba con cremas, chocolates, masas finas… y gente esperando para comprar. Los tiempos han cambiado. Quizá tengamos que hacer algo para vuelvan a cambiar y vuelvan los días felices,– pensó Natalia. Que vuelvan los atardeceres felices con el pueblo sin esperar nada, sin esperar otro bondi u otro tren u otro subte hiperlleno para ir al otro trabajo; o sí, esperando en una barra de bar un chopp con maníes, o un vermut o un vinazo, o esperando en casa a que esté lista la comida y que empiece algún programa cómico, ¿Qué pasa que no hay programas cómicos en la tele? O esperar en la puerta del cine a la novia o el novio, o esperando que salga el asado, o sentados en una pizzería brindando y festejando; sí festejando después de la jornada laboral, distendiéndose después del esfuerzo, sí, algo hay que hacer para que vuelvan los días felices, y volverán. ¡Salud!