Romina y Natalia. Episodio XIII
No había tiempo. Había que recuperar las cosas. Había que recuperar a Romina también. Las tres se terminaron el tinto que quedaba y se fueron a dormir medio borrachinas y con el estómago cargado, abotargado. Las milas a la napolitana son para los más jóvenes, y, aquí, todos pasaban los cuarenta largamente. Incluido Gustavo, el médico taxista, que llegó cuando las tres ya estaban dormidas. Natalia muy dormida no estaba. Oyó la llave, lo oyó caminar, pero no bajó. A la mañana siguiente se lavó bien la cara, se puso ropa de entrecasa, bajó para saludarlo, pero su amor pluriempleado ya había partido a cumplir sus obligaciones. No se desanimó. En ese momento, lo más importante, era trazar un plan. Stella le había dejado a Ricardo un largo audio contándole todo.
Ricardo era un jovato pintón. Los setenta años le quedaban bárbaros. Andaba por la vida con traje de verano; camisa desabrochada bien planchada, sin corbata; pancita, la justa; el pelo que le quedaba a un costado era canoso y larguito. Calzaba zapatillas noche y día. Cuando se enteró de lo de Romina no se asombró. “Esta chica, siempre se mete en cosas raras”. No dudó y llamó a una vieja amiga.
–Euge, me tenés que ayudar.
La jueza María Eugenia Cangulari había sido un amor de juventud, anterior a Liliana, con algunos encuentros amatorios ocasionales, y, a esta altura, cada vez más esporádicos. Digamos que eran grandes amigos. Ricardo, a pesar de las bonitas excepciones al código de planeamiento urbano concedidas por el olvidado intendente anterior, solía tener problemas judiciales, querellas, amparos y medidas cautelares pedidos por los vecinos cada vez que demolía y construía sus torres. Eran casi una rutina. A veces, lo disfrutaba. Euge le arreglaba los entuertos legales. Con mucho esmero y celeridad, a cambio de buenas sumas en efectivo. Meterse en un templo evangelista no era su especialidad, pero a Ricardo no podía fallarle. Él le había dado la zona del zoológico, de Villa Urquiza, algunas calles de Caballito, y, seguramente, la que se venía ahora en Recoleta. Se sentía poderosa. Más de una vez se metió en las manifestaciones de los vecinos en su carácter de jueza y se puso a chamuyarlos con su pelo rubio superlacio y sus ojos celeste fulgurantes como luces led. Los dueños de la ciudad la habían ungido como Abanderada de la libertad urbana y hasta le habían dado un premio de honor por su fidelidad a las compañías desarrolladoras.
Pero, bueno, había que enfrentar desafíos nuevos y ella podía. Las religiones le daban un poco de asco, un asquito secreto, pero se lo bancaba.
Esa misma mañana envió a un fiscalito joven al Templo de la Sagrada Piedra Blanca de Cristo, y, antes del mediodía, ya estaba el allanamiento consumado.
II
Consumado el allanamiento y vueltos a casa el reloj, el espejo, el jarrón, los juguetes, el cuadro, la jueza Cangulari debía convocar a una audiencia urgente, muy urgente, porque ya se venía el fin de año y la feria de enero.
Claro que muchos fueron los movimientos emocionales que produjo la entrada y el allanamiento.
A Ricardo, ni bien entró, le dio un subidón hormonal de esos que le dan a él cada vez que ve una construcción noble y antigua. Se imaginó a sus arquitectos e ingenieros demoliendo la sólida casona en la que funcionaba la institución religiosa. “¿Qué habría sido esa casona antes de ser un templo? ¿Cómo se nos pasó? ¿Cómo no habíamos registrado antes ese lugar? ¿Cómo nos perdimos este predio? ¡El complejazo que podríamos levantar acá! Ni bien termine este entuerto, le entramos.”- Transcribo textual su pensamiento.
Stella, ni bien entró, supo, recordó, que aquello había sido un cine continuado, esos cines en dónde te quedabas a ver dos películas, el Noticiero argentino, ese del señor corriendo hacia adelante con una cámara de fotos en la mano.
Natalia, ni bien entró, se acordó de una película que la mamá (Stella) y el papá le contaban en Estocolmo. Era sobre un señor que vivía una vida muy rutinaria yendo siempre de la oficina a la casa y de la casa a la oficina. Hasta que conoce a una empleada nueva, se enamoran, y ahí vive una tregua, un corte en la vida monótona que llevaba. Después de ahondar en el recuerdo, Nati supo de qué película se trataba y recordó muy bien a Ana María Picchio y a Héctor Alterio, a Antonio Gasalla, a Walter Vidarte, a Luis Brandoni. Nati vio esa película de su adolescencia en un cine de reposición. ¡Qué divinos los actores! Les hizo un homenaje en secreto. A Marilina Ross, a Sergio Renán, a Luis Politti. Nati también vio La Patagonia rebelde en ese mismo cine. Es que el actor protagónico y el personaje de Pepe Soriano eran tan buenos que el recuerdo le venía con mucha fuerza. También recordó La historia oficial en la que el protagonista hacía de un colaboracionista de la dictadura que se había apropiado de una nena.
Natalia se quedó parada quieta entre los asientos del templo, mientras el cine argentino le invadía el pensamiento.
¿Y a Romina?
Romina sintió una desazón, como las que sentía a menudo. No podía creer ver el depósito exotérico totalmente desacralizado con la jueza rubia, el fiscalito, el pastor gritándoles que no, que no confiscaran los bienes de los fieles, que no precisaba prisión preventiva, que la pastora no tenía por qué ir a prisión, que ya llegarían los hermanos, que ya era la hora del ceremonial, que por favor, que pararan el procedimiento, que esto era un atropello, que él contaba con el amor incondicional de sus fieles…hasta que la jueza María Eugenia le guiñó un ojo y el contrariado pastor Ravioletti se calmó.
¿Y Romina?
Había que recuperarla. Las cosas se habían recuperado, pero había que recuperarla a ella. Se apartó del grupo y se fue a la esquina. Se sentó sola en la vereda y puso la cara entre las manos. Nati se acercó y la abrazó. Romi se puso a llorar. “Siempre hago cagadas. En la vida no pego una.” Se lamentó.
–Bueno, Romi, ahora empezamos una nueva etapa, las tres juntas en tu casa. Tengo una pituquita. Acá no nos ve nadie.
Fumaron y empezaron a acomodar las ideas. Después de charlar un ratito se pusieron a organizar la fiesta de año nuevo.
Y llegó el 31. El dúplex quedó maravilloso. Stella y Natalia habían acomodado sus cosas, llenaron la escalera de plantas colgantes, el cuadro de Picasso volvió a dar la bienvenida.
Ricardo encargó el catering y no hubo que transpirar cocinando. También se ocupó de proveer los mejores vinos y champanes. No faltó nadie. Brindaron trescientas veces. No, exagero, quiero decir que brindaron mucho. Y, como de política no se puede hablar, cada uno pidió un deseo para el 2026 con el pensamiento.
Natalia pidió conseguir un nuevo trabajo o emprender algo. Pero no sabía qué. Sí sabía que iría a la Unidad Básica, no a pedir viandas, sino a cocinar y repartirlas con los compañeros. También, a pesar de que ya era bastante mayor y a la universidad la estaban haciendo mierda, igual intentaría entrar a la carrera de Diseño de imagen y sonido.
La jueza Cangulari pidió poder comprarse una gran casa en Uruguay y tele trabajar desde allí. Venir a Buenos Aires en algunas ocasiones muy especiales, sólo para chamuyar a los vecinos y volverse inmediatamente al paisito.
Romina pidió gastarse los dólares en alguna isla del pacífico con su amiga y después hacer terapia…
Ricardo pidió que la demolición del templo y la torre a construir fueran bien rápidas, que los capitales le ingresaran bien rápido y que egresaran hacia las islas Marshall bien rápido. Ah, y soñó con los petit hoteles y con las casas bajas que quedan en la Recoleta.
Un personaje nuevo se unió al grupo. Bueno, no tan nuevo. Todos lo conocían y lo habían visto moverse tan resuelto y eficiente durante el procedimiento, munido solamente de una tablet pequeña y con unos modales pausados, delicado y femenino. Era el fiscalito. Se llamaba Juan Cruz. Pidió que todos sus procedimientos salieran tan bien como este y que su carrera judicial de ahora en más fuera limpia y seria. También pidió que esta reforma de esclavización laboral no saliera ni en pedo.
Apareció Gustavo, el médico pluriempleado, pero se fue después de las doce para llevar en el taxi a unos clientes a una fiesta en Pompeya.
Stella, como siempre, se acordó de Liliana, la mamá de Romina. La invocó junto con Ricardo y con todos y todos brindaron por ella.
Stella pensó que su deseo sería compartido por su querida amiga muerta. Y con muchos y muchas amigas vivas que ahora están recluidas, reconcentradas en sus trabajos o en sus problemas. Pidió que en este año entrante todos y todas pudieran expresar sus deseos y pensamientos a viva voz. Pidió que vuelva el debate, que vuelva la reflexión, que vuelva la política, que saquemos a la Argentina de este delirio malsano, que vuelvan las ideas de producción, desarrollo e igualdad.