Romina y Natalia, Episodio XVII.
Culposa, muy culposa estaba Natalia sola en casa, que, ya sabemos, es la casa de Romina y en ella vive también su mamá, Stella y a veces Gustavo, el médico pluriempleado que va y viene. Culposa estaba porque debido a un turno con el dentista había decidido que no podía ir a la marcha contra la reforma de esclavización laboral como ella la llamaba. Un turno postergable. Bien hubiera podido pasarlo para otro día e ir a la Plaza del Congreso como sí hizo su mamá Stella. Es que Stella era otra generación. Sí, claro. Stella y sus amigas setentonas habían ido a correr entre los gases, a unirse con los jubilados; ellas habían conocido las penurias más violentas y sangrientas en su juventud y ahora no se iban a amilanar, había un gobierno de ultraderecha y no nos podemos quedar de brazos cruzados, así que Stella Maris, Martha, Liliana y Beatriz fueron juntas con zapatillas cómodas; Beatriz andaba mal de una cadera, pero igual, las cuatro fueron directo a la Plaza del Congreso. Quizá se unieran a alguna columna de La Cámpora o de algún partido de izquierda o agrupación, y siempre yendo por Callao, doblando por Perón y entrando por Montevideo para no comerse el foco de los gases. La gente de setenta pirulos son los que siempre van, los que más militan, y a ellos va este pequeño homenaje.
Pero Nati quedó sola. Romi estaría en el templo, el pluriempleado andaría por ahí y ella, vuelta del dentista a las siete, prendió el televisor. Ya estaban las imágenes en vivo de la marcha. Fue haciendo zapping por todos los canales de noticias. En La Nación Más y en TN te hablaban de lo malo y violento que es el pueblo cuando se manifiesta. En c5n te mostraban a esos manifestantes que siempre están y se destacan. Se sobredestacan por una destreza corporal que los comunes mortales no tenemos. Saltan alto como en una olimpíada, lanzan piedras con mucha más fuerza que los beisbolistas yanquis de las películas. Tienen mochilas. ¿Qué llevarán en esas mochilas? Tienen la cara tapada, toda tapada. ¿No les dará calor? Suelen estar en musculosa o en cuero y la cana nunca los agarra.
Había una imagen que se repetía y se repetía. Era de estos “manifestantes especiales” arrodillados o en cuclillas, cubiertos en el frente por un parapeto amarillento muy precario. Estaban solos en medio de la avenida Rivadavia, las vallas adelante, la escuadrilla de canas robocop bien de frente, a muchos metros, con sus camiones hidrantes y sus escudos y lanzagases.
Estaban solos, serían seis hombres, por momentos se juntaban casi diez. Toda la manifestación, digo, la gente, se había corrido hacia la plaza. Estos estaban solos en el asfalto escudándose con el parapeto prefabricado lanzando piedras a la policía, piedras que eran escombros que ellos mismos martillaban y rompían de los cordones de la vereda misma. Lanzaban y se agachaban. Los chorros de los camiones hidrantes apenas los rozaban por los costados. Y de paso los refrescaba un poco. En una de las imágenes aparecían haciendo una bomba molotov. Se veía bien claramente la botellita con la mecha; la fabricaban ahí mismo, con las cámaras enfocándolos desde arriba y desde los costados. Así se veían en los diferentes canales. La cana ni mu.
Hubo una imagen de estos “manifestantes especiales parapetados” que a Natalia la sacudió. Sí, fue un sacudón. Algo que recordó sin querer. Una sorpresa memorística, un mal recuerdo que irrumpió, un susto seco como un sopapo. Reconoció a uno. No sabía quién era ni cómo se llamaba, pero lo conocía. ¿De qué era? ¿De dónde era?
El tipo tenía una musculosa negra con un dibujo blanco en el medio y unas bermudas negras también. Calzaba zapatillas blancas. Algo llevaba en las manos. Algo de tela. Tenía pelo negro corto, sin ningún corte de estos de moda, tenía una entrada en el costado, una entrada profunda, pero sin señales de calvicie, una entrada en la sien con forma de cuña y unos anteojos. Pertenecía al grupo de estos parapetados. Nati lo observó caminar hacia el parapeto. Había uno más joven agachado con un pañuelo rojo largo en la cabeza. Había otro con mochila también agachado. Agarraban escombros para lanzar. Natalia lo vio dar dos pasos, recoger unos cascotes y llevárselos caminando de frente a la cámara un poco en diagonal. Y lo reconoció. Era uno de los dos, de aquellos dos asaltantes que en octubre del año antepasado habían entrado a su departamento de Balvanera. Era el mismo. El mismo perfil. Los anteojos, el pelo negro con la entrada, la piel blanca, los brazos musculosos ahora al aire, pero aquella vez, cuando entró en su casa con el otro asaltante, estaba con camisa blanca. El otro era más viejo y tenía un saco, pelo canoso, un barbijo y el arma adentro en una cartuchera. Nati lo notó enseguida. Entraron los dos sin hacer ningún ruido. Ella estaba sola en casa, su mamá, por suerte, se había ido. Ella estaba sola en la cocina lavando unos tomates y estos dos entraron. Vio unas piernas largas primero. Pensó que era el fumigador. Pero no. Eran dos tipos. Uno fue hacia ella y le tapó la boca. Se la tapó fuerte pero la dejó respirar. Le dijo: “No grites, no grites, no somos abusadores”. El otro dijo: “tenemos el edificio tomado”. Ella pensó que le estaban mintiendo porque en ese edificio humilde no había ningún residente en ese momento. “Queremos joyas y plata, nada más”, dijo el de pelo negro con entrada, anteojos, piel blanca, la cara sin tapar. “nada más que eso, queremos plata y joyas. Ella quiso hablar, él le sacó la mano, ella les dijo que en esa casa no tenían plata, para nada, no ves que es una casa pobre, lo que tenemos es una deuda de expensa y otra de luz, acá no hay nada. No te vamos a hacer nada si nos decís dónde está la plata, dijo el otro, el canoso con barbijo, y el que la tenía agarrada le dio una piña en el hígado, un golpe que la dobló, aunque el tipo no la dejó doblarse. El canoso con barbijo le dijo: “Nosotros trabajamos. En serio, trabajamos. No rompemos nada ni violamos, danos la plata.” Natalia se negaba a llorar. Ni una lágrima le salió. Pensó lo que quizá fuera un pensamiento ingenuo, pensó en su mamá, en lo que aguantaron sus compañeros secuestrados en la dictadura y ella no iba a ser menos, por una piña, no, no iba a llorar.
–Acá no tenemos plata. Ya le dije… ¿De qué trabajan? –quiso ser ingenua e irónica.
El canoso sacó de adentro del saco el arma. Le apuntó. El de entrada y anteojos, el manifestante parapetado, la agarró del pelo por atrás y la fue llevando despacito, saliendo de la cocina, yendo al living. Ella veía el ojo de la pistola, no llegaba a ver la pistola entera, sí veía al canoso de barbijo apuntándola, ella veía el ojo del caño de la pistola y sintió que se le secaba la boca, sí, se le secó la boca y no podía hablar, sólo podía respirar caminando para atrás.
–Decinos dónde está la guita y la plata.
–No sé de qué hablan.
–Acá vive uno que tiene un Porsche 911 azul. Esta es la dirección que nos dieron. -Aclaró al fin el de pelo negro y el canoso subió el arma apuntando al techo.
–Nunca tuve un Porsche. Tengo un empleo del que vivimos mi mamá y yo.
–Nos dieron mal la dirección. –Dijo el canoso y bajó el arma apuntando al piso.
–Nosotros trabajamos, nena. –Aclaró el de entrada y anteojos, -trabajamos. Algo nos tenemos que llevar. Quedate quieta y no hagas nada. Quedate quieta.
El canoso volvió a apuntar, ya desde un metro de distancia. El manifestante especial se puso a deambular por la casa, agarró la laptop de Natalia, cara, no había terminado de pagarla, tenía sus trabajos ahí, sus escritos sobre cine, algunos intentos de novela, traducciones varias, fotos.
–¡Acá no hay nada, carajo! –Puteó el manifestante.
El canoso la volvió apuntar. –¿Guita no tenés?
–No, dije que no. Ahí está mi cartera.
–Vámonos, –dijo el manifestante, y se acomodó los anteojos. Nos vamos.
Y se empezaron a ir. Sin dejar de apuntarla abrieron la puerta y salieron por el ascensor.
Nati sola se empezó a aflojar. Su celular estaba. Sintió el dolor en la panza. Todo fue rapidísimo.
Nunca quiso averiguar. Ni siquiera hizo la denuncia. Tampoco pudo jamás ordenar bien los hechos. Dedujo que el Porsche 911 azul marino era el de Ricardo, el papá de Romina. Él lo había dejado una vez en la calle y le habían roto los vidrios y robado lo de adentro. Y vaya a saber por qué tendrían esta dirección.
Ahora, dos años después, a unos de los que trabajaba lo vio por tele con el parapeto y los escombros. Y, bueno, –pensó Nati– será un trabajador esclavizado como todos los demás. Sin derechos, sin indemnizaciones, sin descanso, sin asistencia médica. Como todos los demás. Como yo. Como en tiempos coloniales.