¿Y ahora qué?

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Stella recuerda

Romina y Natalia. Episodio XXI.

Recuerda a una amiga llamada Giselle. ¿De dónde la conocía?  Ese nombre tan francés se había puesto de moda entre las bebitas nacidas por los sesenta y un poco después. Giselle era otra generación distinta a la de Stella, sí. La última camada de los baby boommers. Giselle, decía  de ella misma que pertenecía a  la “generación tardía”, que ella en su infancia admiraba a la juventud con pantalones anchos, con pelo lago, las chicas con el pelo natural hasta la cintura, los hippies; sí, ella de nena quería ser hippie y hasta una tía jovencita le había regalado el simple de “love love me do” y también el “Sótano beat a todo color”, mientras ella iba a la primaria.

¿Por qué Stella recuerda ahora a esta chica? Había sido baby sitter y después, cuando ya se hizo adolescente, Stella quedó muy amiga de los padres, Graciela y Francisco. Y de Gise, que fue creciendo también.

Fue creciendo, fue adolescente en los años en los que hubo que dejar los pantalones anchos, el pelo largo, la poesía y la política. Stella recuerda una reunión de amigas en lo de  Graciela, la mamá. Tomaban el té después de una sesión domiciliaria de venta de cosmética en las que todas se habían comprado rímel, sombras y labiales de marcas internacionales. Giselle y  Stella también se habían comprado, y todas estaban contentas con sus cositas de maquillaje nuevo.  A la vendedora la fletaron y quedó el grupo de amigas. Graciela a la cabecera, pelo cortito, que le quedaba lindo, ya transitaba los cuarenta y la moda recatada del momento le calzaba justo; pollera midi y camisa perlada. Un broche dorado en el botón del cuello. El hipismo estaba borrado. Stella lo había advertido y se vestía de acuerdo a ese estilo. Era el año ’77. Stella  para esa gente no era Paulina Rodríguez. Era Stella. En esa reunión se sentía tranquila, como a salvo de lo peor. La pastillita siempre adentro del corpiño, pero ahí, nadie sabía. Stella tampoco sabía nada de muchos amigos de ella. Y de amigos de amigos y compañeros. De algunos sí sabía que habían caído. Y de otros, que estaban en el exilio. Ella sabía que se exiliaría en breve con Juan Carlos. Sí lo sabía. Pero Graciela y sus amigas nada sabían. Y la pequeña Giselle, que ya tenía los quince y estaba enorme, no sabía nada.

Las amigas de Graciela se sentaron a los costados de la mesa. Eran Marta, Lidia, Alicia y Flora. Stella se ubicó en la otra cabecera. Ella era como de la casa. Gise se sentó al lado. Las señoras, las amigas, conversaban. Qué ricas las masitas. Este rímel me dura todo el día. Sí, yo no estoy de acuerdo  con esta política de libre importación, pero, bueno, así yo puedo tener este mantel italiano, que, mirá qué lindo. Y las sartenes de teflón son una maravilla, no se te pega nada. Y este rouge es bárbaro, no debe manchar. Pudimos comprarnos un Toyota de Corea, cero kilómetro.

–Sí, pero están quebrando las industrias con esto,–dijo Marta.

–Claro,–intervino Graciela,–están quebrando y hay gente despedida. Muchos obreros sin trabajo.

Stella escuchaba y no intervenía. Servía el té de la tetera. No hablaba. 

Hasta que de pronto preguntó:

–¿De dónde es este té, Graciela?

–De Ceilán. Lo compré ayer.

–Ja, ja,–dijo Alicia,–té de Ceilán, como el monólogo de Discépolo.

–¿El viejo Discepolín, no?–intervino Giselle.

–¡Qué talentoso que era!–agregó Flora. –Yo me acuerdo de él como si fuera ayer. ¿Y vos, Gise, cómo lo conocés?

–Francisco y yo siempre le hablábamos de él. Sobre todo cuando era chica.

–Sí, y en casa nos cantábamos todos los tangos. Es que cuando era chica había más cultura. ¿Cuándo se murió?

–En el ’51, después de Evita.– Contestó Stella–. Yo me acuerdo.

–Pero vos eras muy chica, Stella.

–Pero me acuerdo.

Y se hizo un silencio. Bueno, se oían los sorbitos del té de Ceilán.

Lidia rompió el silencio.

–Chicas, a los guerrilleros los están matando a todos.

–Y, no se sabe. Hay muchos que no se sabe dónde están –dijo Alicia.

–Dicen que algunos están en Europa con otro nombre. A la hija de una conocida de mi primo Fernando, dicen que la encontraron en París. Que estaba embarazada y que tenía otro pelo, otra ropa, que no la reconocías.

Aquí Stella decidió no intervenir. No hablar. Sólo escuchar. Pero Marta cambió de tema.

–¿Y si vamos todos juntos, llevando maridos a México DF, a Acapulco y a Miami? Hay muchos pasajes por Aero México y por Pan Am haciendo transbordo.

–Sí, en el verano nuestro, porque ahí hace mucho calor.

–¿En México no hay muchos subversivos exiliados?-Preguntó Lidia.

–Y, sí. Contestó Marta. Se van. Se tienen que ir porque acá los militares los torturan y después los matan. Parece que son tremendas las torturas.

–Bueno, creo que no tanto.–Graciela dixit–Me contaron que las guerrillerasse hacen una operación en la cola, en la parte gordita de la cola, en una nalga, adentro. Se hacen una cirugía y se ponen adentro una moneda, y así la electricidad se absorbe y no sienten nada.

–¡¿En serio, mamá?!

Giselle se imaginó una de esas monedas de su infancia. La moneda de un peso, la grandota, la que de pronto, en los tiempos de Lanusse, en el ’71, pasó a valer cien pesos por la ley dieciochomilcientoochentaiocho. Pero no importa este dato histórico, la cosa es que se imaginó esa monedota grande y pesada adentro de la carne de la chica, en medio de la sangre, y las venitas. Estaría sin ropa. En una camilla. No quiso imaginar mucho. No podía imaginar más.

Stella se quedó callada. Bien callada. Ella sabía resistir. Y a Graciela la quería. Y a las demás también.

Las demás cambiaron de tema. Volvieron a hablar de las sartenes de teflón, de los vasos Durax, de la ropa de Taiwán, de miles de cosas, de los nuevos equipos de música, de marcas de remeras, de más viajes por hacer, de las nuevas marcas de autos. 

Stella recuerda, rememora. Ella estaba tensa porque ya en ese momento, en esa merienda cordial sabía que pronto tendría que encarar otro viaje, pero otro tipo de viaje, ella debía marcharse de urgencia de ese país de muertos y chucherías importadas.

Stella lo recuerda, entre otras cosas, ahora, que se prepara para la marcha de este martes 24, y lo recuerda porque convocó a Giselle, que anda por los sesenta años e irá con amigues. También irá Natalia y llevará a Romina, que mucho no entiende, pero siempre va.

Graciela, Marta, Lidia, Alicia y Flora también van. Con sus bastones y andadores van a ir, y si se cansan se meterán en el bar de Avenida de Mayo y Talcahuano. Van a la marcha para no olvidar, para reunir nuestra memoria en nombre de los treinta mil compañeros desaparecidos, y que no vuelva a pasar otra vez, aunque gobierne Drácula, que encima  ahora nos quiere meter en una guerra peligrosísima que no es nuestra, y  aunque quieran cambiar la historia. En Argentina aquello no va a volver a pasar. Nunca Más.

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