Las transformaciones demográficas globales y su vínculo con el fútbol, la urbanización y la violencia. La población joven de África contrasta con el notable envejecimiento de Europa y otras regiones. Los riesgos de la urbanización acelerada y la desigualdad económica, factores que incrementan las tasas de criminalidad y los conflictos interpersonales. La violencia doméstica genera costos económicos y humanos mucho más altos que las guerras. La polarización política de género en las nuevas generaciones.
Hasta dentro de unas semanas, la pelota va a continuar rodando en el mundial de fútbol masculino que se desarrolla en Estados Unidos, México y Canadá. Si bien el fútbol es “la dinámica de lo impensado”, según definición del periodista deportivo Dante Panzeri (1921-1978), no aplica para la condición humana del enorme colectivo global de los aficionados al balompié y de los que se pasan la pelota para ganarse el pan con el sudor de la camiseta.
Una adecuada ilustración de lo uno y de lo otro es que Lionel Andrés Messi Cuccittini, capitán de la selección argentina de fútbol, está cerca de cantar los cuarenta y no esconde sus lágrimas.
A 12 minutos de terminar el tiempo reglamentario entre la Argentina y Egipto, un modelo probabilístico que corre por las redes le daba a Egipto –que iba 2 a 0 arriba en el marcador- un 98 por ciento de chances de ganar en ese momento del partido. Argentina tenía menos del 0,2 por ciento. Pero 14 minutos después la selección argentina ganaba 3 a 2, y así terminó el partido.
Que Cabo Verde y Egipto hayan quedado atrás como rivales de la Argentina, no quita que las tendencias de la demografía global, sugieran –en sus proyecciones- que irá en aumento el protagonismo africano en el mundial de fútbol masculino. Eso sucederá tanto por los equipos representantes de los países que conforman el continente, como por los jugadores de equipos de otras latitudes, descendientes de las víctimas de los colonos blancos. Tela para cortar respecto de la inmigración y la urbanización.
En la actualidad, más o menos el 60 por ciento (950 millones) de los africanos son menores de 25 años. En Europa, los menores de 25 años representan alrededor del el 25 por ciento (188 millones) de la población total del Viejo Continente, más viejo que nunca. En Sudamérica tiene menos de 25 años el 39 por ciento (171 millones) de la población total del Nuevo Continente. En América del Norte, entre los tres países organizadores del Mundial (Estados Unidos, México y Canadá) se estima en torno al 35 por ciento (218 millones de seres humanos) los menores de 25 años. En Asia el 45 por ciento (2.180 millones de personas) de la población es menor de 25 años. La particularidad de Asía es que el muy envejecido este asiático mella la población muy joven del sur de Asia y del Asia-Pacífico.
Las proyecciones demográficas de la ONU indican que en el planeta una de cada cuatro personas será africana para 2050. En 2025 fue de uno cada cinco. En tanto, mientras la proporción de jóvenes en gran parte del mundo está disminuyendo, en África sube. Y eso va hasta fin de siglo. El 46 por ciento de todos los jóvenes del mundo será africano para el 2100, según las proyecciones de la ONU. Para ese fin de siglo de humanidad envejecida, un tercio de la población de África (poco más de 1.300 millones) tendrá menos de 25 años
Se proyecta que la población total de jóvenes menores de 25 años en Europa alcance aproximadamente los 171,6 millones de personas para el año 2100, cerca del 29 por ciento de la población europea total para esa fecha. La población de Sudamérica con menos de 25 años para el año 2100, se estima que será del 26 por ciento (100 millones) de la población total del subcontinente. Para el año 2100, se proyecta que la población de Asia menor de 25 años alcance aproximadamente 1,27 mil millones de personas, lo que significa el 28 por ciento de la población total proyectada. En América del Norte, los menores de 25 años representarán aproximadamente entre el 22 y el 26 por ciento (123 millones de seres humanos) de la población total de la región.
Seres urbanos
También son para observar las tendencias en el hábitat de ese mundo envejecido en general y rejuvenecido únicamente en África. Las Naciones Unidas (ONU), entre los desafíos globales definidos como “las cuestiones que trascienden las fronteras nacionales y no pueden ser resueltas por un país que actúe por sí solo”, enlistan al de los “asentamientos urbanos”. Las proyecciones de la ONU marcan que para 2030, alrededor de 6 de cada 10 personas en todo el mundo residirán en áreas urbanas, una proporción que se espera que aumente a un 70 por ciento de la población mundial para 2050.
La ONU entiende que “a medida que la población mundial crece y la urbanización se acelera a un ritmo sin precedentes, las mismas estructuras que han sustentado el progreso están siendo puestas a prueba. Hoy en día, las ciudades y pueblos se encuentran en una encrucijada. Si bien prometen oportunidades e innovación, también son lugares de desigualdad, degradación ambiental y tensión infraestructural (…) Más del 30 por ciento de la población urbana de las regiones en desarrollo vive en asentamientos informales o barrios marginales, caracterizados por viviendas inadecuadas, falta de servicios básicos como agua potable y saneamiento, y tenencia insegura”.
La inspección de la tabla con las 10 ciudades con más población en 1950 y las 10 que se proyecta lo será en 2050. En la proyección sólo un conglomerado urbano de los países desarrollados (Tokio) seguirá encabezando el ranking. A su manera, esto refleja como el centro envejeció y la periferia lo sigue pero a distancia considerable.

Consecuencias de la precariedad
No es sólo que la localización y los límites físicos y económicos de la producción de acero, cemento y energía inciten a sospechar que los conglomerados urbanos más cuantiosos entre sus pares, localizados en la periferia aumentan en mucho su precariedad urbana. La poco o nada igualitaria distribución del ingreso entre el centro y la periferia y al interior de la periferia tampoco se proyecta que alteren sus tendencias de fondo.
En una investigación de corte académico de hace unos años hecha por Pablo Fajnzylber, Daniel Lederman y Norman Loayza, para hallar los determinantes de las tasas de criminalidad en Latinoamérica y el resto del mundo y publicada por el Banco Mundial, los autores comparan los datos tomados de la base de las Naciones Unidas y fijaron como variables independientes: el grado de urbanización, la educación promedio, el PBI per capita y el coeficiente de Gini. El coeficiente fue creado por el estadístico italiano Corrado Gini. Mide la desigualdad en la distribución de ingresos o riqueza entre los habitantes de un territorio. Varía entre 0 (igualdad perfecta, donde todos ganan lo mismo) y 1 (desigualdad perfecta, donde una sola persona concentra todos los ingresos). Usualmente los Ginis oscilan entre 0,30 y 0,60.
Los impactos observados por estos autores generados por las variaciones del coeficiente de Gini son considerables. Los efectos de la desigualdad en los ingresos sobre la criminalidad resultan significativos para homicidios y robos. A corto plazo –esto es menos de cinco años- en los datos de los 20 países, que a modo de muestra reunió el trío de investigadores, un aumento del 1 por ciento el coeficiente de Gini genera 3,6 por ciento de incremento en la tasa de homicidio, en tanto la tasa de robos se eleva 1,1 por ciento. Este efecto sobre la tasa del crimen es mucho más fuerte a largo plazo, si las condiciones que las generaron persisten.
La urbanización tiene su posible impacto alcista en las actividades criminales en tanto resulta el asentamiento del estropicio en la distribución del ingreso. Un aumento del 1 por ciento de la urbanización que se aúna con el deterioro del Gini aumenta la probabilidad de homicidios 4 por ciento y de robos también como en el caso de la distribución del ingreso, 1,1 por ciento.
Violencia
Como si León Giecco le cantara a una clase dirigente que pinta que piensa en nada: “La ciudad se pone grande y cada vez más peligrosa”. Y tanto, que hay estimaciones pertinentes a considerar en el reciente ensayo de la profesora de la Universidad de Konstanz, Anke Hoeffler en coautoría con el profesor de ciencias políticas de la Universidad de Stanford, James D. Fearon, titulado : Worse Than War: The Global Costs of Violence (“Peor que la guerra: Los costes globales de la violencia”).
Los autores comenzaron este trabajo en el marco del proyecto del Centro de Consenso de Copenhague “Priorizando el desarrollo: Un análisis de costo-beneficio de los Objetivos Mundiales de las Naciones Unidas”, bajo la dirección de Björn Lomborg, una dos décadas atrás. La contribución a este proyecto les despertó el interés por estimar los costos de la guerra, el homicidio y otras formas de violencia, y compararlos. Provenientes del campo de la investigación sobre guerras civiles, les “sorprendió descubrir que la violencia interpersonal es mucho, muchísimo más costosa que las guerras” subrayan.
No se propusieron trivializar las guerras ni sus impactos. Lejos de eso. Lo que si deja claro la investigación de Hoeffler y Fearon es que otras formas de violencia son enormemente subestimadas por la sociedad, porque se desarrollan en espacios privados y, por lo tanto, son menos visibles que los conflictos armados.
Marta Fraile en El País de Madrid (25/11/2025) tras referir que “la violencia de género continúa siendo la forma de violencia más extendida y frecuente a escala mundial” recurre al ensayo de Hoeffler y Fearon para advertir que “muestra que las agresiones ejercidas por parejas íntimas, en su inmensa mayoría de hombres hacia mujeres, ocurren con mayor frecuencia que los homicidios y que las muertes o lesiones graves derivadas de guerras y atentados terroristas. La violencia de género tiene consecuencias devastadoras no solo para las mujeres, sino para el bienestar y el desarrollo de las sociedades en su conjunto”.
Los medios de comunicación normalmente se alimentan de noticias sobre guerras, terrorismo y conflictos armados, donde la muerte cotidianamente cobra la cuenta de la irracionalidad humana. Es totalmente lógica y congruente la mucha atención mediática y política que reciben. Hoeffler y Fearon analizaros los costos derivados de estas formas de violencia, las cifras son sorprendentes: alrededor del 12 por ciento del costo global proviene de la guerra y el terrorismo.
No obstante, una proporción mucho mayor de los costos se debe a la violencia interpersonal, en particular, la violencia doméstica contra mujeres y niños. Esta violencia genera un inmenso sufrimiento humano y daños masivos a las economías y sociedades de todo el mundo. Para los autores, está lejos de concitar la atención que merecería dado los costos y sufrimientos involucrados. La muerte cobra aquí la parte sustancial de su cuenta con la irracionalidad humana.
En cifras concretas: el costo global de la violencia se estima entre 23 y 34 billones de dólares estadounidenses al año. El costo estimado de la violencia interpersonal (incluida la violencia doméstica) oscila entre 20,3 y casi 30 billones de dólares estadounidenses. Para un Producto Bruto Mundial de 2025 de 114 billones de dólares, son cifras de las importantes entre las más importantes.
“Nuestra investigación demuestra inequívocamente que invertir en medidas para prevenir la violencia doméstica merece la pena, no solo por razones sociales, éticas y de derechos humanos, sino también desde una perspectiva económica”, expresa Anke Hoeffler.
Nuevos trapos
Las estadísticas demográficas mundiales y locales (Argentina) revelan que los hombres de 30 años tienen casi el doble de probabilidad de morir que las mujeres de su misma edad. Esta disparidad se debe principalmente a una mayor exposición a factores de riesgo, accidentes y causas externas. Las perspectivas del Gini y la tendencia a la urbanización en la periferia cargan esas tintas.
En la letter GZERO de unos días atrás -sobre la base de un cable de Reuter- comenta que el voto joven se está “dividiendo, y el género es el factor determinante. En países de todo el mundo, las mujeres jóvenes se inclinan cada vez más hacia la izquierda, mientras que los hombres jóvenes se decantan por partidos conservadores y nacionalistas”.
GZERO cita una encuesta realizada el año pasado por Ipsos y el Instituto Global para el Liderazgo Femenino del King’s College de Londres, que incluyó a casi 24.000 personas en 30 países, y en la que se “reveló que la Generación Z está más dividida en cuanto a los roles de género que cualquier generación anterior. Entre los hombres de la Generación Z, el 57 por ciento cree que los esfuerzos para promover la igualdad de las mujeres han llegado tan lejos que ahora se discrimina a los hombres, en comparación con solo el 36 por ciento de las mujeres de la misma generación”. Generación Z (en forma abreviada: Gen Z) se refiere a la cohorte demográfica nacida entre 1997 y 2012.
Menos mal que “aunque cambiemos de color las trincheras/ Y aunque cambiemos de lugar las banderas/ Siempre es como la primera vez /…/ Se ven dos pibes que aún siguen buscando/ Encontrarse por primera vez”.
Ayer y hoy
De acuerdo a la experiencia argentina reciente habría que afinar la puntería con lo afirmado por Hoeffler y Fearon acerca de la asimetría de la aparición en las noticias de la violencia política versus la violencia interpersonal.
Entre 2003 y 2015 cierta franja de los medios de comunicación le daba manija y manija a los episodios de la llamada “inseguridad”. Los había pero en tendencia declinante, como muestra a fuerza de ciencia y experiencia la observación sin prejuicios ni cortapisas ideológicas.
Hoy por hoy, la misma ciencia y experiencia indicarían, conforme los datos de empeoramiento en la distribución del ingreso y el avance de la urbanización precaria, que las tasas de robos y homicidios deberían estar en alza. Pero en la calle, ni en las redes se habla de ellos. Como si no existiera. En los medios de comunicación que agitaban la crisis de “inseguridad” casi no se pasa de la rutina estándar sobre violencia interpersonal.
Ahí estaría la enmienda que demandarían Hoeffler y Fearon. Cuando se trata de gobiernos que favorecen a las mayorías es cuestión de exacerbar un problema real y mostrar que se carece de solución por el sesgo demagógico de no ejercer la legítima defensa de la violencia estatal.
La solución de encarcelar la pobreza no pone en tela de juicio la distribución del ingreso o la falta de una política razonable e integradora de acceso a la vivienda.
Al gobierno actual no recibe cuestionamientos en materia de violencia interpersonal. Como si de golpe se hubiera esfumado, no existiera más. Las tendencias demográficas, de urbanización, de distribución del ingreso y las actitudes políticas de la juventud sugieren exactamente lo contrario.