¿Y ahora qué?

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Cinco historias para mirar la Copa desde otro lugar

El Mundial también se juega lejos de los grandes nombres, de las estadísticas y de los candidatos de siempre. En sus márgenes aparecen futbolistas desconocidos, selecciones inesperadas, gestos que se vuelven virales y derrotas que pueden transformarse en victorias morales.

Estas viñetas recorren cinco escenas del torneo: el capitán de Cabo Verde convertido en símbolo, la irrupción vikinga de Noruega, la revancha belga ante Estados Unidos, el ascenso inesperado de un neozelandés en las redes y la remontada argentina sostenida por el coraje de sus figuras.

Una abuelita que se hizo famosa

Sí, se llama Josimar José, pero todos lo conocen como “Vozinha”, un diminutivo que en castellano sería “abu”, “abuela”, porque de pequeño, cuando jugaba en el barrio, los mayores abusaban de él y corría llorando, después de los partidos, al regazo protector de su abuela.

Pero ahora es un gigante que levanta a sus compañeros caídos después de un partido para el infarto y les dice: “Lo dimos todo, debemos estar orgullosos”.

Su padre quería que se llamara Valdano, como el jugador argentino, pero las autoridades no se lo aceptaron. Por eso le puso Josimar, como el veloz brasileño.

Está en las postrimerías de su carrera. Con cuarenta años, no le queda mucho más césped profesional. De hecho, para sostenerse trabajó como electricista, mientras otros viajaban en aviones privados.

Pero ahora es uno de los ídolos del Mundial 2026, un hombre símbolo que pasó de tener unos pocos miles de seguidores a sumar decenas de millones.

Ya se habla de marcas famosas que lo quieren para sus campañas. Es lógico: ser Messi es imposible, pero tener el coraje de Vozinha es el sueño de muchos.

Porque Cabo Verde, que entró en el mapa mundial de la mayoría de los espectadores, demostró que, en el fútbol, a veces perder también es ganar. Por lo menos, ganar el enorme privilegio de mirar a los grandes con la cabeza en alto.

Los vikingos dicen skol con caipirinha

Levantar los cuernos y gritar “Skol” después de que el rey dijera “Por Odín” o “Por Thor” era mucho más que un “salud”. Era pronunciar un pacto, una promesa, un juramento por la próxima victoria.

Eso hicieron Haaland y sus guerreros, nada menos que contra la otrora poderosa selección de Brasil.

El capitán no es lo que se dice un obrero. Camina cansino por la cancha hasta que impone velocidad y salta a una altura impensable para su tamaño y su peso. Es un nueve de área como hacía mucho tiempo que no se veía en el fútbol mundial.

Pero el fútbol es más que gambetas, atajadas y goles. Es cultura.

Por eso, antes del partido, tiene que haber ceremonia, ese “Skol” simbólico. Los guerreros se convierten en remeros que imitan a sus antepasados, aquellos que navegaban por los mares sedientos de conquistas, esclavos y botines.

En la cancha está el ADN de quienes conquistaron Inglaterra y toda la costa francesa, de aquellos a quienes Europa no pudo vencer y con quienes debió negociar.

Y ahora se convirtieron en uno de los favoritos, sobre todo para quienes vieron a sus equipos quedarse en el camino, para levantar la Copa.

A los de la verdeamarela les faltó calle, les faltaron agallas, les faltó barro. Les faltó el brindis más hermoso de la humanidad, el judío, que dice: “A la vida”.

Las rojas no son lo que eran

Ver a los jugadores de Bélgica bailar imitando al insoportable Donald Trump no tiene precio.

Ganaron, golearon y vengaron al mundo del fútbol, que había observado atónito cómo desaparecía el castigo contra uno de los mejores jugadores de la selección estadounidense gracias a un llamado del presidente de los Estados Unidos.

Folarin Balogun había sido expulsado en el partido de su selección contra Bosnia y correspondía aplicarle la regla que imponía, por lo menos, un partido de suspensión.

Pero el hombre del pelo naranja metió las manos. Llamó al presidente de la FIFA, su amigo Gianni Infantino, y le pidió que el jugador fuera habilitado pese al reglamento.

Y lo habilitaron.

Jugó y perdió 4 a 1 contra unos belgas muy motivados por la injusticia.

Trump hizo trampa y ahora sólo le queda ir a llorar al río.

La ironía mayor es que Balogun, hijo de padres nigerianos, es estadounidense por nacimiento, exactamente aquello que Donald Trump quiso prohibir y que la Corte Suprema no aceptó.

Desde abajo vendrá el temblor

Tiempo de redes sociales, de búsqueda de “me gusta”, de seguidores.

Y de milagros, como el de Tim Payne, defensor de la selección de Nueva Zelanda.

Era un completo desconocido hasta que un influencer argentino, Valentín Scarsini, se fijó en él.

Lo convirtió en ejemplo de algo que todavía existe en el mundo: seres que quieren igualar las cosas.

Scarsini llegó a la conclusión de que había que apoyar a los más pequeños. ¿Y qué más pequeño que esa isla en la Polinesia?

De entre todos los jugadores eligió al defensor porque apenas tenía 4.700 seguidores en sus redes.

Entonces ocurrió lo increíble.

En una semana, el jugador pasó a tener 5.300.000 seguidores, más que toda la población de su país.

Payne conoció al argentino. Le regaló una camiseta y le agradeció con un abrazo.

Abajo, en los subterráneos del Mundial, hay historias en las que los goles son diferentes.

El coraje viste celeste y blanco

Llora como desahogo. Llora de alegría, alejando el enojo y la culpa.

Atrás quedó la impotencia de tantos minutos en los que los egipcios iban ganando. Atrás quedó el penal errado.

Ese grito, esas lágrimas y ese puño cerrado liberaban.

Remontar un 2 a 0 en doce minutos es épico. Lo sabemos bien quienes hemos jugado al fútbol.

Pero Argentina puso fuerza, calidad y, sobre todo, huevos. Agallas, diría mi siempre educada abuela.

Y quien más puso está al borde del retiro, pero corre como lo haría un debutante y llora.

Es humano, y ahí está su valor. Es humano, pero extraordinario.

No sólo porque toca la pelota como nadie, porque coloca el balón donde nadie lo coloca, sino porque es capaz de contagiar agallas a todos en momentos en que Argentina, y también el mundo, más las necesitan.

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