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Fútbol, cultura, Nación y dos dioses del Olimpo

Las apostillas que siguen tratan de no repetir aquellos comentarios dichos al calor de cada partido sino más bien proponen reflexionar sobre el extraordinario fenómeno social y cultural que es el fútbol, para los argentinos y para otros pueblos. Eso ocurre mientras se amplían las audiencias y los negocios multimedia utilizan cada vez más los deportes para aumentar su facturación a caballo del proceso globalizador. 

Advertencia: el autor de estas líneas no es precisamente un atento seguidor del fútbol, sea local o de otros países, pero forma parte de esa amplia porción de la sociedad argentina que sigue los mundiales y llega apenas a conocer los nombres de casi todos los jugadores de la selección y no muchos más, lo que no le impide opinar (verbalmente y a los gritos) con total irresponsabilidad sobre jugadas y partidos. 

Dicho esto, lo primero y principal es registrar la fuerza de los sentimientos de unidad nacional que en estas circunstancias se expresan de múltiples formas en los gestos de apoyo a la Selección, con exhibición de banderas, canciones, bombos, vinchas y muchas otras ingeniosas manifestaciones de la creatividad popular.

Sería un error considerar que eso empieza y termina con el fútbol. Hay mucho más en esas expresiones que llegan a vincular, incluso, los éxitos con el reclamo por la devolución de las Malvinas, asunto que salió de su nicho de canción de vestuario para expresarse de diversas formas en tribunas y canchas, siendo la más notoria el cartel exhibido luego de la victoria sobre Inglaterra. 

Previamente este asunto le dio a la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva (a propósito de su bajada de línea sobre lo que está permitido y lo que no) la oportunidad poco sorprendente de deschavar de modo tácito pero inocultable su rechazo y desconfianza a las manifestaciones populares. 

No hacía más que expresar el punto de vista del titular del Poder Ejecutivo, Javier Milei, a quien este Seleccionado le incomoda de veras, más si cuando gana, como hizo Messi, le dedica la victoria a la gente que sufre, diciendo: «Estamos orgullosos y felices de poder regalarle esta alegría a la gente, sabemos que los mundiales para nosotros son especiales y nos olvidamos de todo lo mal que nos toca pasar. Que hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando». Tanto que mandó a su vocero a quejarse.

Pero la unidad nacional está muy lejos de ser un fenómeno homogéneo donde todos piensan y se expresan de igual modo. 

Al contrario, se caracteriza por ensamblar el conjunto de las acciones de una comunidad en una síntesis que incluye y supera en una dinámica positiva las contradicciones ideológicas que indudablemente existen, algunas de modo extremo, como las mencionadas en párrafos atrás. 

La Nación se identifica por una cultura que se forma en un proceso histórico con hechos materiales como la ocupación del territorio, la creación de un paisaje propio según las características regionales y el manejo del suelo, las actividades productivas y de relacionamiento social más amplio, las expresiones artísticas, los movimientos partidarios e intelectuales y la armadura institucional que va siendo creada por la interacción política entre ellos. 

Esa dinámica asimila, como en el pasado y en su devenir, la experiencia de otras culturas mediante el intercambio material y las migraciones humanas. Dicho esto, entre muchos otros componentes de un conjunto complejo y rico se expresa por las características propias que se manifiestan en el idioma (y su evolución), y sus obras artísticas como la música, la pintura, el teatro y la literatura, entre otras. Entre esa multiplicidad se encuentra -en lugar destacado y como expresión cultural- el fútbol, la gran pasión argentina. 

Más embajadores que los embajadores

Más que justificado está que nuestros jugadores sean incorporados por equipos extranjeros que los buscan por ser diferentes y por aportar aquello que no está en su naturaleza. 

La mundialización del fútbol como fenómeno de atención de las masas crecientes de espectadores tiende a ocultar las diferencias y mostrar las similitudes. Así es como hay jugadores de color muy destacados en la selección suiza, francesa o inglesa, entre otras, mientras están también los equipos que mantienen su perfil nacional como los laboriosos rivales de Argentina, Egipto y Cabo Verde. 

Hay allí una curiosa contradicción envuelta para regalo con moño y todo: aunque se pretende que los campeonatos mundiales se realicen entre pares, ampliando con el número de participantes la magnitud del negocio, la realidad indica que las identidades nacionales tienden -por un lado- a diluirse con el mercado de transacciones de los principales animadores de estos eventos que son los propios jugadores y -por otro- se realinean o reconstruyen cuando se trata de integrar las selecciones de sus respectivos países. Así tenemos, a modo de ejemplo, a Ronaldo dos Santos Aveiro visiblemente incómodo encabezando el equipo portugués.

El entrenador argentino vive en España y desde luego muchos de nuestros jugadores lo hacen en los países donde juegan, destacándose por sus habilidades y al mismo tiempo adaptándose a los estilos de cada club, que tienen diferencias entre ellos, a veces muy notables que luego también enriquecen al conjunto nacional.

Dejando al legítimamente adorado Lionel Messi aparte, los hinchas más dedicados saben perfectamente que Julián Alvarez y Giuliano Simeone juegan en el Atlético de Madrid, mientras Lautaro Martínez lo hace en el Inter de Milán y Alexis Mac Allister en el Liverpool, por citar sólo algunos muy notorios, donde se destacan por su excelencia y protagonismo. 

No sin razón, se los considera embajadores argentos, quizás más eficaces que los burócratas de la diplomacia institucional. 

Pero la fuerza de la convocatoria nacional los atrae hasta formar un conjunto que utiliza orgulloso los colores nacionales (con el dato no menor de preferir usar la camiseta azul contra Inglaterra) y los recoloca en lo que verdaderamente son, al menos mientras dura la magia del Campeonato Mundial, como genuinos representantes culturales del país y de nuestras provincias y clubes de origen ensamblados en un equipo que resulta único, sólo definible como argentino. 

A Dios rogando… 

Añadamos una mención a otro fenómeno vinculado a los que venimos comentando como el vínculo entre la devoción deportiva y la religiosa.

Vivimos una época que se considera secularizada, pero es todo lo contrario. El lugar de las hegemonías de tal o cual credo, muchas veces imbricados en la construcción de los estados nacionales europeos que preferían tener iglesias propias para evitar injerencias externas, ha sido reemplazado, al compás de la libertad religiosa, con una proliferación de opciones que nunca están del todo desvinculadas a la vida política, se confiese o no.

Más allá de la broma tras la agónica victoria sobre Egipto, que puso la justa deportiva en el plano de las creencias sobrenaturales, desde allí todo ya es una cuestión de fe. Cierto es que en la adhesión a nuestro equipo hay también, desde siempre, un componente que mezcla las creencias religiosas y el misterio de la cábala así que los pretendidos análisis objetivos nunca llegan a lograrse del todo. 

Es como si la victoria que alcanzan empeñosos jugadores, cuyo amor propio supera sus eventuales limitaciones físicas, fuese en sí misma un milagro que aparece -o no- según la fuerza colectiva que realicen los seguidores anhelantes de buenas noticias entre tanto desconcierto y desasosiego de cara al futuro. 

El Martín Fierro, nuestro poema nacional denostado en ese carácter por Jorge Luis Borges que prefería al Facundo, empieza invocando las pretendidas fuerzas del cielo cuando dice: “Pido a los santos del cielo/ que ayuden mi pensamiento; /les pido en este momento /que voy a cantar mi historia, /me refresquen la memoria /y aclaren mi entendimiento.” 

Lo hace al emprender su épico relato en verso y con ello describir la primera semblanza del hombre argentino en la figura del gaucho, un perfil de hombre libre que se transformaba por entonces en peón rural y eventualmente en pequeño productor cuando la tierra ya había sido monopolizada con anterioridad y su destino era, entre otras labores y siempre como dependiente, el arreo de vaquitas ajenas (Athaualpa Yupanqui), manteniendo bajo su coleto penas “extraordinarias” pocas veces expresadas. 

Por si fuera poco, añade José Hernández: “Vengan santos milagrosos, /vengan todos en mi ayuda, /que la lengua se me añuda /y se me turba la vista; /pido a mi Dios que me asista /en una ocasión tan ruda.”

En el amasado histórico de la cultura nacional argentina está presente desde siempre el componente religioso, fuese en sus versiones anodinas a las que la ideología liberal quería reducir a una mera característica de la ignorancia, como en sus versiones profundamente enraizadas en las diversas regiones como las fuertes devociones marianas a la Virgen del Valle en Catamarca; de Itatí en Corrientes; de Luján, en la basílica y partido del mismo nombre, o las de Carmen de Cuyo, instituida por el general San Martín, la generala del Ejército de los Andes (la virgen del Carmen de Cuyo), y la Merced, otra generala, a quien Manuel Belgrano nombró y agradeció la victoria de la batalla de Tucumán, entre otras. 

Con la pérdida de fuerza de las religiones establecidas (donde debe reconocerse -entre ellas- las misiones anglicanas en las poblaciones indígenas del Norte argentino) las devociones se desagregan en creencias variadas y muchas veces cercanas a la mera superstición, formato que aparece a la hora de pedir auxilio celeste para que triunfe la selección nacional, sin perjuicio de que se recurra a las divertidas cábalas (cábula en lunfardo) y múltiples procedimientos para anular la mufa o neutralizar malos augurios para el desempeño de los jugadores. 

En cualquier caso, el triunfo eventual de la Argentina es algo que no se puede dejar al albur de los acontecimientos y es ya plenamente una cuestión de fe, como si el anhelo colectivo transportara mágicas energías para el éxito que traería (N. de la R.: esta nota se publicará antes de la final del domingo 19) lograr vencer a la Madre Patria, menos odiosa que la pérfida Albión y la no tan dulce Marianne con su gorro frigio alicaído.

Mientras sigan ausentes los sueños de un reverdecer más sustancial de la Argentina, bien podemos soñar con la victoria deportiva, más que merecida y suficiente con lo hecho hasta aquí. Contamos para ello con un aguerrido conjunto de luchadores catalogados como ‘les immortels’ por la señera revista L’equipe, comandados por un ser fuera de serie que, ahora sí y definitivamente sin debate al respecto, dialoga con plena salud de igual a igual con ‘el Diego’ en el Olimpo de los santos protectores que traen indispensables alegrías al pueblo.


Nota de la Redacción: para quienes quieran escuchar otro punto de vista, muy ilustrado aunque no se comparta todo, se recomienda el editorial de Jorge Fontevecchia del 16 de julio último, que puede verse en: https://youtu.be/h1jvEnHDoJ8?si=-N9CNg2zGCluHbBv

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