El declive en las canchas refleja también el aislamiento de una federación capturada por feudos dinásticos e influencias de bastidores ajenas al mérito deportivo. La crisis de la selección brasileña no puede explicarse sólo por razones técnicas o tácticas: también expresa el agotamiento de una estructura dirigente que necesita una reforma profunda. En esta nota publicada en aterraeredonda.com.br, el autor propone una mirada crítica sobre la organización del fútbol brasileño, la identidad nacional y los desafíos que enfrenta Brasil para evitar nuevos fracasos en los mundiales.
El presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol, Samir Xaud, proviene de la Federación Roraimense de Fútbol. Fue elegido presidente de esa federación estadual en enero de 2025, cargo anteriormente ocupado por su padre, Zeca Xaud, antes de asumir el mando de la CBF.
La población de Roraima representa aproximadamente el 0,35 por ciento de la población total de Brasil. Roraima es el estado menos poblado del país, con cerca de 739 mil habitantes, mientras que Brasil tiene alrededor de 213 millones de personas. Su territorio representa aproximadamente el 2,6 por ciento del área total brasileña: unos 223.644 kilómetros cuadrados frente a los 8.515.767 kilómetros cuadrados del país.
Los equipos de fútbol de Roraima disputan actualmente apenas la Serie D, la cuarta división nacional del Campeonato Brasileño. Roraima no tiene representantes en las series A, B o C. Es decir: el estado que tiene apenas el 0,35 por ciento de la población brasileña, un territorio que representa sólo el 2,6 por ciento del país y equipos que juegan únicamente en la Serie D eligió al presidente de la CBF.
Algo anda mal, con todo respeto por el valeroso estado de Roraima. Hay gato encerrado. O, en lenguaje literario, recordando a William Shakespeare, hay algo podrido en el reino de Dinamarca.
Esa situación recuerda el caso del caballo Caramelo, aquel caballo encontrado en el techo de una casa durante las inundaciones que anegaron Rio Grande do Sul y la ciudad de Porto Alegre en mayo de 2024. En aquella época se decía: nadie sabe cómo llegó ahí y nadie sabe cómo bajarlo. Poco después, alguien difundió el chiste de que Caramelo recordaba al actual presidente de la Academia Brasileña de Letras. El chiste se aplica perfectamente al actual presidente de la CBF: nadie sabe cómo llegó ahí y nadie sabe cómo sacarlo.
Feudos, mafias y decadencia
La actual decadencia del fútbol brasileño puede explicarse por muchos factores. Seguramente hay argumentos técnicos y tácticos importantes para explicar el fiasco de la selección brasileña en la Copa del Mundo de 2026: no pasó de octavos, no llegó a cuartos de final. Pienso, sin embargo, que hay una cuestión preliminar importante: terminar con los feudos y las mafias que dominan el fútbol brasileño y modernizar la CBF introduciendo elementos de competencia y eficiencia, hoy ausentes. Que soplen vientos renovadores y modernizadores.
Después de todo, en la conducción de la CBF aparecen apellidos famosos ligados al poder, como Sarney y Zveiter. Pero no figura el nombre de quien la prensa señala como el verdadero mandamás de la CBF: el hijo del ministro del Supremo Tribunal Federal Gilmar Mendes.
Según difundió la prensa, Francisco Schertel Mendes “es el más nuevo y poderoso dirigente del fútbol brasileño. El cargo formal que ocupa desde enero en el ecosistema del fútbol parece discreto frente al poder que de hecho ejerce: vicepresidente de la Federación Mato-grossense de Fútbol. Pero fue con ese mandato que Francisco pasó a tener asiento en la asamblea de la CBF, derecho a voto e influencia. Hoy es el único brasileño miembro del comité disciplinario de la FIFA”, informó el portal UOL el 9 de julio de 2026. También consta que habría afirmado que fue él quien puso a Neymar en la selección brasileña.
Además de una reforma estructural y moral en la organización del fútbol brasileño, como condición preliminar para recuperar la calidad perdida de nuestra selección, hay un factor simbólico que no debe ignorarse.
Un himno que pocos entienden
Antes de empezar un partido, los jugadores cantan su himno nacional y se benefician de una motivación emocional porque entienden y sienten lo que cantan. La excepción son los jugadores brasileños.
La gran mayoría de la población brasileña no entiende el himno nacional. La letra está escrita en lenguaje indirecto, en sofisticado estilo parnasiano, común en el siglo XIX, aunque escrita a comienzos del siglo XX, y llena de metáforas. El lenguaje rebuscado y la inversión sintáctica, que separa el sujeto y el verbo de una misma frase, dificultan la comprensión. A eso se suma el empleo de palabras eruditas como “fúlgidos”, “lábaro”, “garrida” y otras.
Años atrás, cuando era profesor de la PUC-Rio, hice una broma y les pedí a mis alumnos que pusieran en orden directo las dos primeras frases del himno nacional que escribí en el pizarrón: “Ouviram do Ipiranga as margens plácidas / De um povo heroico o brado retumbante”. La mitad de la clase se equivocó. Eso ocurrió en una universidad privada, con estudiantes provenientes, en su mayoría, de familias de altos ingresos.
Imaginen ahora si la mayoría de la población, con baja escolaridad, entiende la letra del himno nacional. Pienso que la gran mayoría ni siquiera sabe que Ipiranga es un río. Además, incluso en lenguaje directo, el uso de metáforas dificulta la comprensión de los pocos letrados. Después de todo, no es común que la margen plácida de un río escuche el grito retumbante de un pueblo heroico.
Una independencia sin épica popular
Una vez escribí un artículo sobre identidad nacional y leí los himnos nacionales de casi todos los países latinoamericanos. Todos están escritos en lenguaje directo y accesible, y casi todos hablan de morir por la patria. Pro Patria Mori. Sólo el himno nacional brasileño exalta la naturaleza en vez de la lucha por la independencia nacional, que aquí no tuvimos. Aunque, allá al final de nuestro himno, aprendemos que un hijo suyo no huye de la lucha ni teme la propia muerte, la verdad es que por la independencia nacional no luchó ni murió.
A diferencia de los países latinoamericanos y de los Estados Unidos, en Brasil no hubo una guerra por la independencia nacional, que vino de arriba hacia abajo: el hijo del rey de Portugal se convirtió en el primer emperador de Brasil. Nuestras guerras fueron revueltas regionales violentamente reprimidas.
En cuanto a la proclamación de la República, tampoco hubo participación popular. En la conocida frase del jurista y periodista republicano Aristides Lobo, “el pueblo asistió bestializado a la proclamación de la República”. Pero lo que Aristides Lobo no dijo es que, en la declaración de la Independencia, el pueblo ni siquiera asistió bestializado.
Así, los jugadores brasileños, al cantar el himno nacional antes de un partido en un campeonato internacional, no se benefician de un sentimiento de amor y pertenencia a su país, de un impulso emocional que pueda contribuir a su autoconfianza y repercutir favorablemente en su desempeño en la cancha. Cantan el himno, cuando lo cantan, de forma puramente burocrática, sin entender nada de lo que cantan.
El riesgo de otro fracaso
Claro que sólo eso no explica la decadencia del fútbol brasileño, ya que Brasil fue campeón cinco veces. Pero el fútbol cambió, desde el punto de vista técnico y financiero. Se convirtió en un gran negocio y otros países invirtieron en calidad y perfeccionamiento.
Por ejemplo, Cabo Verde, debutante en copas del mundo y ubicado apenas en el puesto 64 del ranking FIFA, empató con la campeona mundial, la Argentina, que venció 3 a 2 sólo después de la prórroga. Y Egipto, 24º del mundo, le ganaba a la Argentina 2 a 0 antes de sufrir una remontada y perder 3 a 2, después de que le anularan un gol considerado legítimo.
En fin, los factores técnicos y tácticos son fundamentales para explicar el declive de nuestro fútbol, pero las cuestiones preliminares aquí planteadas no pueden ser ignoradas.
Cuenta la leyenda que, en el pasado, un jugador de fútbol llamó al himno nacional “Ouvirudu”. Así había entendido las primeras palabras del himno: “Ouviram do Ipiranga”. También se dijo ya que mucha gente canta el himno como un karaoke desafinado.
Aclaro que apenas estoy constatando que el pueblo brasileño, en su mayoría, no entiende la letra del himno nacional. No estoy proponiendo modificaciones, entre otras cosas porque eso sería inocuo. Además, ciertamente sería llamado peligroso comunista y quizá preso otra vez como subversivo.
Así, caros compatriotas hinchas, sin una reforma profunda en la organización del fútbol brasileño nada cambiará y correremos el riesgo de marchar hacia un nuevo fracaso en la próxima Copa del Mundo.
Liszt Vieira es profesor de Sociología jubilado de la PUC-Rio. Fue diputado por el PT de Río de Janeiro y coordinador del Foro Global de la Conferencia Río 92. Es autor, entre otros libros, de A democracia reage.