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Diplomacia popular por Malvinas

Mientras en Washington el canciller Marco Rubio convocaba a 65 países, entre ellos la Argentina, a participar de una cruzada contra un supuesto peligro mundial de extrema izquierda como si fuera una doctrina de la seguridad nacional recargada, en Atlanta la Selección hizo diplomacia de la buena. El banderazo por Malvinas recorrió el mundo. Transgresión y sentido nacional.

La escena será inolvidable. Terminó el partido, la Argentina le ganó 2 a 1 a Inglaterra, los jugadores lloran, el país llora. Y momentos después, en silencio, Giovani Lo Celso extiende sobre el campo de juego, despacito, una bandera blanca. Acomoda las puntas. En letras negras, pintadas como se pudo, dice lo que escuchamos, leemos y decimos desde chiquitos: “Las Malvinas son argentinas”.

Los jugadores se colocan alrededor. Cada uno levanta una punta y muestran la bandera. Y entonces el Mundial más filmado de la historia, el que provocó millones y millones de reels en todas las redes sociales, desparrama la imagen por todo el planeta.

Diplomacia pública

Si un gobierno con sentido nacional hubiera querido impulsar discretamente la movida, eso se llamaría diplomacia pública. Existe en las cancillerías más importantes del mundo. Es una manera informal de desplegar objetivos permanentes. Normalmente la diplomacia pública aprovecha lo más conocido de un país en otro país. En la Argentina puede ser Borges. O Piazzolla. También el polo. El tango, por supuesto. Pero nada iguala al fútbol. A la selección. A Maradona antes y a Messi en los últimos años.

Eduardo Febbro, un gran periodista argentino ya fallecido, con base en París pero pasión por cubrir guerras en Europa y Medio Oriente, un día se salvó de que lo mataran durante una cobertura en Egipto porque le vieron el llavero de Boca con la imagen de Diego. La patota que tenía alrededor guardó las armas, dijo la palabra “Maradona” y siguió su camino.

El gobierno de Javier Milei no ejerce, en la causa Malvinas, ni diplomacia clásica de confrontación ni aliente con discreción la diplomacia pública. Nada. Cero. Peor todavía. Su Excelencia dijo que actitudes como el despliegue del trapo blanco con la consigna “son cosas que pasan en la cancha con los jugadores” y que no forman parte del conflicto diplomático. Y agregó Milei: “Lo de los jugadores es entendible. Gana la emoción”.

Una forma de torcer la realidad para que la bandera quedase como la travesura de un grupo de pibes revoltosos, sin cabeza.

El mapita

Y también el suyo fue un sincericidio: al quitarle valor diplomático a la acción en lugar de afirmar, por ejemplo, que “lo que hicieron los jugadores refleja la realidad del reclamo de soberanía efectiva, encarna la identidad de los argentinos y surge también de lo que marca la Constitución”, frase que razonablemente podría haber dicho, realza aún más la declaración histórica de su ministra de Seguridad. Alejandra Monteoliva pasará a la posteridad por criticar cualquier demostración pública en favor de la soberanía efectiva sobre las Malvinas como algo “político”, en su boca sería sinónimo de maligno, y justificar que entre las prohibiciones cayese lo que llamó “mapita”. Es decir, el mapa de la Argentina completa, o en todo caso de un territorio ocupado desde 1833.

Como corresponde, el gobierno del Reino Unido activó su alarma discursiva. Dijo que el partido lo ganó la Argentina, pero las islas seguirán siendo británicas. Lo habitual en estos casos.

Washington, en tanto, estuvo menos tajante que Monteoliva. El director ejecutivo del equipo formado por el gobierno estadounidense para el Mundial, Andrew Giuliani, dijo que en cuanto a expresiones como la exhibición de la bandera, “en Estados Unidos tienen la libertad de hacerlo”. Y aprovechó para comparar a Messi con Michael Jordan. No sea cosa de ir contra el deportista más popular del mundo en un Mundial organizado con centro en territorio estadounidense. ¿O fue una zanahoria amistosa hacia el país que en 2025, antes de las legislativas argentinas, Trump amenazó con el palo cuando dijo que “o votan a los candidatos de Milei, o morirán”?

Disfruten

Hay otra escena inolvidable de los minutos posteriores a los dos goles argentinos frente a Inglaterra, ya sobre el final del partido. El protagonista es Lisandro Licha Martínez, el otro jugador que se mostró más activo junto con Lo Celso. Cuando en la televisión le preguntaron por la bandera, hizo una sonrisa pícara y declaró: “No tengo nada que decir”. Para agregar velozmente: “Disfruten”. Se refería, claro, al pueblo argentino. Y la sonrisa fue todavía más amplia que la primera.

La bandera y ese “disfruten” fueron actos de transgresión pura. Y además, de picardía. De sentido nacional.

La imagen recorriendo el mundo no sólo plasmó un ejercicio de diplomacia pública. Fue una muestra notable de diplomacia popular. El futuro dirá si la acción será seguida por iniciativas por parte de la hoy maltrecha oposición o por organizaciones sociales y sindicales, pero nada le quita valor a lo que ya está hecho.

Los jugadores de la Selección ejercieron una desobediencia planificada, en velocidad de pique, al recibir la bandera de un grupo de hinchas y hacerla propia contra las normas de una institución que, como la FIFA, antes se mostró permeable a las órdenes de Donald Trump: que los jugadores de Irán no durmiesen en los Estados Unidos, que un árbitro somalí fuese rechazado en Migraciones, que se le suspendiese una tarjeta roja a un futbolista de la selección estadounidense porque sí. El detalle es que cada uno de esos hechos tiene un marco político global.

En el primer caso, los bombardeos sobre Irán, que recrudecieron durante la última semana.

En el segundo caso, el hecho frecuentemente ignorado de que en el Estado de Minnesota, laboratorio de las fuerzas de choque contra los inmigrantes ICE, los somalíes son una comunidad de más de 80 mil personas.

En el tercer caso, el de la tarjeta roja suspendida por Gianni Infantino por pedido de Trump, importa recordar el tipo de crítica del presidente estadounidense al árbitro que expulsó a Folarin Balogun en el partido de EE.UU. contra Bosnia. “Tiene muchísimo poder”, dijo entre el asombro del que no entiende nada de fútbol y el enojo del comandante en jefe de los ejércitos de la mayor superpotencia. Traducción: “¿Cómo un árbitro, aunque cumpla reglas, va a tener más poder que yo?”.

La cruzada de Rubio

Andrew Giuliani quedó como la cara amable y astuta de la Administración Trump. La otra cara, que pasó más inadvertida por las emociones del Mundial, fue la de Marco Rubio. El secretario de Estado reunió a 65 funcionarios de todo el mundo, entre ellos el canciller argentino Pablo Quirno, para involucrarlos en una cruzada que Washington presenta como dirigida contra una supuesta organización transnacional de extrema izquierda que estaría amenazando a Occidente.

Vale la pena recordar algunos puntos del discurso de Rubio porque marcan un énfasis global del que sin duda no estará exenta, con Milei o con un gobierno de signo opuesto, la Argentina:

*”Durante 25 años, el término contraterrorismo —al menos en Occidente— ha significado, ante todo, la lucha contra el extremismo islamista radical. Y hay una razón muy conmovedora para ello. El 11 de septiembre de 2001, 19 hombres asesinaron a 3.000 personas aquí en mi país. Luego, ese mismo enemigo atacó Europa, asesinando a casi 200 pasajeros en trenes de Madrid en 2004 y a otros 52 en autobuses”.

*”La amenaza no ha desaparecido, por supuesto. Seguirá existiendo, sobre todo mientras toleremos sistemas de inmigración que introducen estas amenazas directamente en nuestros países. Pero esta amenaza se ha reducido drásticamente. El mundo es muy diferente hoy gracias a ello”.

*”Sin embargo, durante demasiado tiempo, nuestra doctrina antiterrorista ha tenido un punto ciego: un punto ciego en lo que respecta a la violencia extremista de la izquierda política. Incluso hoy, la sola idea de que el terrorismo de extrema izquierda pueda ser una amenaza seria se considera una fantasía de la derecha, o peor aún, una peligrosa conspiración fascista. Muchos en la prensa, muchos en el ámbito académico y en nuestras universidades, y muchas de nuestras instituciones tradicionales la tratan de esta manera”.

*”Por eso, durante los disturbios de George Floyd —los llamados disturbios de George Floyd— en el verano de 2020, mientras criminales y extremistas incendiaban y saqueaban las grandes ciudades estadounidenses y casi paralizaban el país, los gobiernos municipales de todo el territorio se negaron rotundamente a procesar a quienes perpetraban estos actos de violencia y terror”. (Rubio se refiere a la reacción popular que generó el asesinato del detenido George Floyd por asfixia a manos del oficial de policía Derek Chauvin, el 25 de mayo de 2020. Fue en Minneapolis, capital de Minnesota)

*(En una invocación en segunda persona del singular, dirigida por Rubio a cada uno de los presentes) “Estás aquí porque tus líderes políticos están siendo atacados, apuñalados y baleados en tus calles, porque tus negocios han sido bombardeados, porque tus ferrocarriles han sido saboteados, porque tus policías han sido golpeados y quemados”.

*”Ustedes recuerdan las décadas de secuestros, atentados con bombas, asesinatos y ejecuciones, el terror violento de los Tupamaros, de los Montoneros, de las FARC, del ELN. Recuerdan la inhumana brutalidad de Sendero Luminoso”.

*”Recuerdan las masacres con ametralladoras de las Brigadas Rojas italianas, que mantuvieron cautivo al primer ministro, quien ocupó el cargo cinco veces, durante 55 días antes de someterlo a un supuesto ‘juicio popular’ revolucionario y ejecutarlo en 1978”.

*”Esta es una conferencia internacional porque nos enfrentamos a una amenaza internacional, a una amenaza transnacional. No se trata de células aisladas, sino de redes interconectadas. No reconocen nuestras fronteras y, de hecho, no creen en el Estado-nación. Se coordinan, se comunican, viajan, se entrenan y actúan juntos, compartiendo la misma infraestructura, los mismos enemigos y la misma misión”.

*”Podemos —y debemos— identificar y mapear esta amenaza y reconstruir nuestra estructura antiterrorista para derrotarla. Como ya lo hemos hecho juntos, ahora debemos volver a hacerlo. Mediante el intercambio de inteligencia e información, mediante una estrategia coordinada de aplicación de la ley, mediante la focalización y la interrupción de las finanzas, desmantelaremos estas redes ladrillo a ladrillo. Es hora de que los pueblos del mundo civilizado nos defendamos, nos unamos contra esta oscuridad que se cierne sobre nosotros y luchemos: luchemos por lo que nos pertenece”.

Una serie sobre Moro y un personaje inquietante

Para quienes quieran profundizar las circunstancias del secuestro y asesinato del presidente de la Democracia Cristiana Aldo Moro a manos de las Brigadas Rojas, en 1978, está disponible en Flow la serie “Exterior noche”. Es una ficción sobre bases reales. Allí aparece un personaje que encarna a Steve Pieczenik, un psiquiatra norteamericano enviado por el Departamento de Estado para asesorar al ministro del Interior Francesco Cossiga.

En la serie, Pieczenik es el abanderado de la intransigencia. Recomienda a Cossiga no negociar con terroristas. Como el asesinato torció la historia política italiana, quedó instalada para siempre la duda sobre si el especialista no participó de alguna manera en el secuestro. Consultado en entrevistas periodísticas posteriores, el psiquiatra no reconoció formalmente que Estados Unidos hubiera organizado el secuestro de Moro ni que Washington hubiera dado una orden de asesinarlo. Lo que sí reconoció —y es gravísimo— fue que, como enviado estadounidense y asesor del comité de crisis italiano, participó en una operación psicológica destinada a manipular a las Brigadas Rojas y empujarlas hacia el asesinato de Moro. Incluso en el documental francés «Los últimos días de Moro» admite haber participado en el Comité de Crisis de la decisión de emitir un comunicado falso atribuido a las BR. El texto decía que Moro había sido ejecutado y que su cuerpo estaba sumergido en el Lago della Duchessa. Fue una operación psicológica para ensayar el impacto de un eventual asesinato.

La frase más fuerte se publicó en el diario La Stampa el 9 de marzo de 2008, en una nota sobre el el libro-entrevista de Emmanuel Amara Abbiamo ucciso Aldo Moro, “Hemos asesinado a Aldo Moro”. Allí se atribuye a Pieczenik esta confesión: “tuvimos que instrumentalizar a las Brigadas Rojas para hacerlo matar”. También dijo que Moro debía ser “sacrificado” por la supervivencia del Estado italiano y que “la razón de Estado prevaleció totalmente sobre la vida del rehén”.

National Catholic Reporter publicó que, según Pieczenik, la política deliberada del comité de crisis fue empujar a las Brigadas Rojas a matar a Moro, en parte por temor a que revelara secretos de Estado y en parte para desacreditar a los comunistas italianos e impedir el ascenso de Enrico Berlinguer. La frase central atribuida a Pieczenik fue: “sacrificamos a Moro por la estabilidad de Italia”.

Cuando fue secuestrado, Moro acababa de acordar con el por entonces mayor partido comunista de Occidente el “Compromiso histórico”, que llevaría a la DC y al PCI a iniciar un gobierno de coalición. Un mal ejemplo para el mundo y para Europa, según declaraba Henry Kissinger, que por lo tanto debía ser interrumpido.

Parece que el blanco no fue (¿no es?) la extrema izquierda. Doctrina la Seguridad Nacional reloaded. Recargada.

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