La cruzada “antiterrorista” impulsada por Donald Trump y Marco Rubio recupera mecanismos conocidos: fabricar un enemigo, equiparar protesta con terrorismo y crear las condiciones para perseguir a las organizaciones populares y a las fuerzas políticas opositoras. El macartismo estadounidense, la policía política zarista y las actuales acusaciones contra dirigentes sociales bolivianos forman parte de una misma advertencia histórica. La represión consigue su objetivo cuando el miedo obliga a miles de personas a callarse.
Su nombre era Dalton Trumbo. Era guionista. Sus trabajos le dieron dos premios Oscar que recogió su pareja, pues él estaba en la lista negra y debía firmar con otro nombre.
Su película más famosa no fue Vacaciones en Roma ni El bravo, por las que mereció las estatuillas, sino Espartaco, basada en la novela de Howard Fast.
Trumbo y Fast fueron condenados a prisión por negarse a dar los nombres de otros izquierdistas que, durante la década de 1940, se reunían con ellos para hablar de cosas tan peligrosas como la “justicia social” o el apoyo a la España democrática. A Charles Chaplin le negaron la entrada a Estados Unidos por haber ayudado a reunir dinero para comprar comida y medicinas para los huérfanos de la Guerra Civil Española.
Trumbo fue uno de los Diez de Hollywood, un grupo de guionistas que, acusados de comunistas, no podían trabajar directamente con sus nombres en los estudios cinematográficos.
Después de once meses de prisión, Trumbo, que se había negado a delatar a sus compañeros, declaró: “No me arrepiento. Si mañana me vuelven a llamar, haré lo mismo. Porque el día que entregue a un amigo para salvarme yo, ese día ya estoy muerto por dentro”.
También agregó: “Me quitaron un año. Pero no me quitaron la pluma. Y mientras tenga pluma, voy a escribir. Aunque tenga que firmar con otro nombre”.
Después escribiría el guion sobre la rebelión de los esclavos.
Kirk Douglas, que representó al gladiador rebelde, exigió que en los créditos apareciera el verdadero nombre de Trumbo. Fue el primero de los perseguidos en ser reivindicado.
El tiempo en espiral
Casi podríamos decir que vivimos un tiempo repetido. Donald Trump y su núcleo duro buscan recrear la era de oscuridad que significó el macartismo, aquella cacería de brujas desarrollada bajo la acusación de que los perseguidos eran comunistas.
Entre los encarcelados estuvo también el padre de la novela negra estadounidense, Dashiell Hammett, y entre las personas perseguidas se encontraban las extraordinarias escritoras Dorothy Parker y Lillian Hellman.
El FBI también vigiló a Ernest Hemingway, acusado de “comunista” y de “borracho peligroso”. Aun así, “Papá” ganó el Premio Nobel. Precisamente porque no pudieron quitarle la pluma.
También estuvo preso Howard Fast, el hombre que rescató a Espartaco.
La reunión de los “antiterroristas”
En medio del Mundial, y tal como lo reflejó Y ahora qué, Marco Rubio presidió el cónclave de los “antiterroristas”, al que asistieron unos treinta cancilleres y representantes de países aliados de Trump.
Rubio habló del peligro del terrorismo de izquierda y mencionó a grupos como los Tupamaros, Montoneros, Sendero Luminoso, el Ejército de Liberación Nacional y las FARC.
Cualquiera que posea un mínimo de información sabe que ninguna de esas organizaciones se encuentra actualmente en actividad y que, por ejemplo, un antiguo tupamaro llegó a ser presidente de Uruguay.
Por más ignorante que sea el secretario de Estado de Estados Unidos, resulta elemental que conozca estos datos.
El enemigo no está constituido, entonces, por los fantasmas de las décadas de 1960 y 1970. Tampoco por Antifa y unas pocas bombas molotov.
Se trata de perseguir a los movimientos sociales que representan a las corrientes populares de signo nacional, al feminismo, a la izquierda y a los movimientos antiimperialistas.
Nada nuevo bajo el sol. Donde no existe un enemigo hay que crearlo. Esta vez son dos, aunque los trumpistas intenten mezclarlos en uno solo: narcotráfico y terrorismo. Ninguno de los dos goza de muy buena prensa.
El rótulo de “terrorismo” sirve para perseguir a los disidentes, encarcelarlos e incluso extraditarlos.
Crear un enemigo también es un negocio
En 1992, cuando el siglo XX comenzaba a despedirse, un oficial de la Policía antiterrorista boliviana al que llamaré “Jorge” me dijo: “El verdadero error que cometimos fue desarmar demasiado rápido los movimientos terroristas nacientes en los años noventa en Bolivia”.
Lo había contactado para mi libro sobre el Ejército Guerrillero Túpac Katari. Los whiskies le habían aflojado la lengua al jefe de agentes, que concluyó: “Hubiéramos vivido mucho más tiempo con plata y apoyo si dejábamos que esos locos se desarrollaran un poco más. Hay que pensar también en el negocio, jovencito”.
Este es uno de los motivos por los que los halcones estadounidenses están tan interesados en una nueva organización mundial destinada a luchar contra el “terrorismo”. Allí habrá financiamiento.
Pero, para Donald Trump, el resurgimiento de la Doctrina de Seguridad Nacional representa algo más importante que engordar a una burocracia. Como señalamos antes, se trata de conseguir la justificación necesaria para combatir las movilizaciones sociales contra su política y contra los gobiernos de ultraderecha aliados.
Bolivia es un conejillo de Indias pequeño y barato. En ese país se produjo el primer golpe de Estado justificado por un supuesto “fraude electoral”. Luego se repitió el experimento, por suerte sin éxito, en el Capitolio estadounidense y en Brasil, después de la victoria de Lula.
Como no se puede castigar a la gente por salir a la calle, porque eso constituye un ejercicio de la libertad de expresión, se utiliza una palabra mucho más ambigua: terrorismo. Además, el delito tiene una pena mayor.
La historia es larga. Pero, si hablamos de documentos, los archivos de la Ojrana rusa tal vez sean los más útiles.
La policía política zarista infiltró a 26 mil agentes entre los diferentes grupos revolucionarios. La misión de esos topos era delatar a sus compañeros para que fueran encarcelados, informar sobre los lugares donde funcionaban las imprentas que producían periódicos y panfletos subversivos y, aquí aparece lo más terrible, dividir a las organizaciones y alentar atentados terroristas.
Para provocar la división, la policía secreta encargó a su agente mejor pagado, Román Malinovski, que hiciera todo lo posible para impedir que bolcheviques y mencheviques volvieran a unirse.
Malinovski era un gran orador y obrero metalúrgico. Se afilió al partido en 1906 y llegó a ser presidente de la bancada bolchevique en la Duma en 1912, el mismo año en que Lenin lo apadrinó para que ingresara en el Comité Central.
Para promover atentados, el elegido fue Yevno Azef, nada menos que el líder de la Organización de Combate del Partido Social-Revolucionario. La Policía informaba a su infiltrado qué objetivo debía ser atacado y luego desataba una persecución sin piedad, no solo contra los partidarios del terror, sino contra todo el movimiento social.
Después de las bombas, el Gobierno decretaba el estado de sitio y podía detener sin orden judicial a quien quisiera y enviarlo a Siberia.
Todo se descubrió cuando, después de la Revolución de Octubre, los revolucionarios llegaron al poder y pudieron acceder a los archivos de la Ojrana.
El autor de ¿Qué hacer? no era un hombre al que se sorprendiera fácilmente y menos todavía uno dispuesto a escuchar argumentos que lo hicieran cambiar de opinión. Años antes de la insurrección ya había protestado contra las versiones que señalaban que Malinovski era un agente. Dijo que eran simples chismes.
Pero los archivos no dejaron dudas. Román Malinovski, que dentro del partido utilizaba el seudónimo de Ernest, trabajaba para la Ojrana, donde era conocido como Potnoi, es decir, Sastre. No era un agente cualquiera. Era el mejor pagado de todos.
Trotsky ya lo tenía en la mira. Lo hizo regresar y, para evitar la tentación de perdonarlo, lo llevó ante un tribunal revolucionario que lo colocó frente a un pelotón de fusilamiento.
Mientras tanto, antes de la toma del Palacio de Invierno, Azef recibía órdenes para realizar atentados que justificaran la persecución.
El miedo como objetivo
Actualmente, varios dirigentes de los bloqueos en Bolivia están presos y acusados precisamente de terrorismo. Trump elaboró la receta y sus seguidores bolivianos prepararon la comida.
Para hacerlo recurrieron a otro viejo guion. Durante el golpe de 2019, una marcha que gritaba “El Alto de pie, nunca de rodillas” fue convertida en un video donde la frase aparecía reemplazada por “ahora sí, guerra civil”.
En el conflicto actual también se difundieron imágenes de campesinos armados con viejos fusiles.
La clase media conservadora sufrió un temblor.
Trumbo lo explicó: “No ganan cuando meten a uno preso. Ganan cuando mil deciden callarse”. Y agregó: “La pregunta no es si eres culpable. La pregunta es si tienes miedo”.
Sin embargo, aquellos hombres y mujeres perseguidos produjeron obras de arte que pasaron a la posteridad. Lo consiguieron porque no callaron pese a la persecución.
Otro de los perseguidos por el macartismo fue Arthur Miller, que escribió en Las brujas de Salem: “Hay veneno en Salem. Somos lo que siempre fuimos y, sin embargo, de repente es pecado ser lo que somos”.
Eso es lo que construye la historia, que recuerda mucho más a Espartaco que al general romano que lo venció.
Como decía Trumbo, la represión solo funciona cuando la gente tiene miedo. Sin miedo, se cae.
Volvamos a Miller: “La histeria es como el fuego en el horno. Si no se alimenta, se apaga”.
Nuestros mayores no callaron. La policía secreta rusa no pudo detener la revolución. El capitalismo sobrevive precarizando las condiciones de vida de miles de millones de personas. Los perseguidos triunfaron, también en la cultura, y el miedo no es eterno.
No lo fue y nunca lo será.