Un estudio de Daniel Hernández para el Instituto Universitario CIAS y Fundar muestra que la desigualdad también alcanza la capacidad de imaginar el porvenir. Entre jóvenes de sectores altos, el futuro aparece como un recorrido planificable. En los barrios populares, como una apuesta frágil que puede quebrarse ante un imprevisto.
Publicado en mayo de 2026 dentro de la serie Monitor de Barrios Populares, Futuros desiguales. Jóvenes, creencias y expectativas en el Gran Buenos Aires fue escrito por Daniel Hernández, sociólogo de la UBA, doctor por IDAES-UNSAM y especialista en políticas públicas. Es una producción conjunta del Instituto Universitario CIAS y Fundar. Su pregunta es decisiva: ¿qué futuro pueden imaginar jóvenes que disponen de recursos, vínculos y márgenes de elección completamente diferentes?
La investigación se apoya en 50 entrevistas cualitativas a jóvenes de 16 a 24 años, divididas en dos grupos de 25. En el primero, la mitad vivía en barrios cerrados y la otra mitad en zonas de alto poder adquisitivo del conurbano norte o de la Ciudad de Buenos Aires. En el segundo, todos provenían de barrios populares del AMBA. El diseño no ofrece porcentajes representativos de toda la juventud. Compara cómo se construyen las narraciones de futuro. Además, los 25 casos populares fueron elegidos dentro de una base previa de 80 testimonios porque todavía sostenían alguna expectativa de ascenso. En aquella muestra mayor, el 40% conservaba esa narrativa con fuertes dudas, el 20% reducía sus aspiraciones al mínimo y otro 40% las había abandonado.
El resultado central es que la promesa argentina del progreso mediante el estudio y el trabajo sobrevive, pero ya no dispone de condiciones sociales equivalentes. Los jóvenes de mayores ingresos describen carreras, etapas, plazos, empleos posibles y alternativas. Saben que pueden equivocarse sin que un tropiezo destruya el proyecto. Los de barrios populares concentran sus relatos en salir de la situación actual, conseguir estabilidad y resolver urgencias. No les falta necesariamente ambición; les faltan soportes para transformar el deseo en itinerario. Para unos, el porvenir se expande. Para otros, cada decisión puede ser irreversible y el azar pesa casi tanto como el esfuerzo.
Las cifras internas vuelven visible esa distancia. En el grupo de altos ingresos, 22 de los 25 jóvenes ya cursaban estudios universitarios, mayormente en instituciones privadas, y los restantes seguían en la secundaria. Entre los jóvenes de barrios populares, sólo cuatro aspiraban a una carrera universitaria. Trece habían terminado el secundario, cinco lo cursaban y siete lo habían abandonado. Dieciocho de los 25 trabajaban, tres tenían hijos y la mitad había comenzado a trabajar antes de los 16 años. Sus empleos se concentraban en albañilería, limpieza, cuidados, servicios personales y trabajo comunitario. La formación y la obligación de generar ingresos ocurren al mismo tiempo y compiten por las mismas horas.
El tiempo también se distribuye de manera desigual. Los entrevistados de sectores altos imaginan recibirse alrededor de los 24 años, conseguir su primer empleo importante antes de los 25, independizarse antes de los 30 y formar una familia después. Pueden prolongar la dependencia económica porque ese respaldo protege la formación. Ester, de 17 años, resume esa ventaja: “todas las oportunidades del mundo”. En los barrios populares, la dependencia familiar empieza a considerarse insostenible entre los 15 y los 18 años. Estudiar supone encontrar un trabajo compatible con la cursada, aportar al hogar y superar las carencias de una educación previa que no siempre brindó las herramientas necesarias.
Hernández denomina “ecosistemas de crianza” a la trama de familias, escuelas, universidades, clubes, servicios y espacios de sociabilidad que permite construir expectativas. En los sectores altos son densos y coordinados: ingresos estables, escuelas privadas, tutores, actividades y capacidad para financiar cambios de carrera o períodos de búsqueda. En el grupo popular, 17 de los 25 jóvenes crecieron en hogares monoparentales. Nueve describieron entornos familiares problemáticos y cinco relataron violencia doméstica. Nueve hablaron de escuelas deterioradas. Once dijeron que evitaban circular por el barrio para no exponerse a conflictos y sólo cuatro practicaban fútbol en instituciones externas.
La desigualdad más profunda no consiste únicamente en cuánto posee cada familia, sino en cuántas personas e instituciones sostienen a cada joven cuando algo falla. Los relatos de los sectores altos están poblados por padres, profesores, amigos, universidades y clubes. En los barrios populares, el esfuerzo aparece como una empresa solitaria. Una frase reiterada fue “yo solo me tengo a mí mismo”. Hernández llama a esa percepción “individualismo empírico”. No nace necesariamente de una doctrina política, sino de crecer con apoyos frágiles, servicios deteriorados y escasas segundas oportunidades. De allí surgen la exaltación del mérito, el rechazo mayoritario a los planes sociales y la búsqueda de un empleo registrado y estable.
El estudio registra también una consecuencia política. La mayoría de los jóvenes populares entrevistados expresaba rechazo hacia gobiernos y dirigentes, asociados con el deterioro de la escuela, la inseguridad, la precariedad laboral y la falta de oportunidades. Un tercio había votado a Javier Milei en 2023, atraído por la posibilidad de probar algo nuevo ante un sistema que sentían ajeno. El dato no puede proyectarse estadísticamente sobre todos los barrios populares, pero aporta una explicación cualitativa: cuando las instituciones no son vividas como soportes, la promesa de resolver la vida por cuenta propia puede volverse políticamente convincente.
La conclusión de Futuros desiguales es una advertencia. Si la expectativa de progreso queda reservada a quienes poseen una red familiar e institucional robusta, la fractura deja de ser sólo económica y pasa a ordenar las aspiraciones. El informe plantea dos salidas: que la frustración se articule en un nuevo ciclo de conflicto y movilización, o que una parte de la juventud abandone los proyectos de largo plazo y quede capturada por economías y formas de vida centradas en el presente inmediato. La frase de Violeta, de 17 años, condensa el riesgo: “quedan pocos soñadores en el barrio”.
La lectura política que se desprende del trabajo es que no alcanza con pedir esfuerzo ni con igualar formalmente el acceso a la escuela. El estudio es un diagnóstico de los débiles soportes que permiten estudiar sin abandonar, explorar opciones, equivocarse y volver a empezar. Un entramado que incluye escuelas capaces de enseñar, apoyo a las familias cuidadoras, espacios seguros, puentes hacia la universidad y empleos formales. El futuro, sugiere Hernández, no es sólo una elaboración individual. También es una infraestructura social. Y, cuando depende del origen, el destino comienza a quedar escrito desde el nacimiento por el código postal.