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Caputo contra la industria: no fue un desliz, es un programa

Las palabras de Luis Caputo contra quienes defienden la industria nacional no fueron un simple exabrupto. En ellas se condensa una concepción económica que desprecia la producción industrial y apuesta por una Argentina concentrada en la renta financiera y la extracción de recursos naturales. Mientras Estados Unidos, Europa, Corea del Sur y China consideran estratégica la capacidad industrial, el gobierno argentino marcha en sentido contrario. El problema no se limita a las palabras del ministro. También interpela a empresarios, sindicatos, dirigentes políticos, provincias y municipios frente a un proceso que amenaza empleos, salarios, capacidades productivas y soberanía.

No fue una frase desafortunada. Fue una confesión.

Cuando el ministro de Economía, Luis Caputo, llamó “tarados” y “boludos” a todos los que hablan de industria, no se le escapó un improperio. Mostró una vez más su verdadera cara. Porque en esa expresión, tan vulgar como primitiva, está condensada toda la lógica de un gobierno que no tiene proyecto, no tiene idea y no tiene respeto por nada que no sea la renta financiera inmediata, la extracción de recursos naturales o el trabajo a deslomo de nuestras y nuestros trabajadores.

Caputo dijo, con la soberbia del que cree que explicar es despreciar, que los argentinos pagamos las cosas dos, tres, cuatro, cinco y hasta diez veces más de lo que valían. Y su conclusión, la única que le cabe en la cabeza, es que la industria es un estorbo, un chupete del Estado, una rémora que hay que extirpar.

Nunca se le ocurrió pensar que quizás, solo quizás, una industria nacional necesita políticas activas, protección y reducción de costos vía escala, es decir, asalariados con poder adquisitivo, además de financiamiento para no ser devorada por la competencia global. Pero eso requeriría pensamiento. Y lo que sobra aquí es desprecio.

Lo más patético no es el insulto. Lo más patético es que este tipo cree que, en realidad, lo que está haciendo es mostrar el vacío absoluto de su credo económico: un fundamentalismo de manual, recalentado y servido con la prepotencia del que nunca tuvo que explicar cómo se hace un tornillo, cómo se arma una cadena de valor o cómo se sostiene un empleo industrial en un país periférico.

A contramano del mundo

Esta gente, este gobierno, va a contramano de todo lo que se hace y se piensa en el mundo que construye. Porque si hay algo que atraviesa el espectro ideológico completo, desde el trumpismo más nacionalista hasta la “sociata” Europa, Corea del Sur o el peligro rojo de China, es que la industria importa. Que el desarrollo no es un adorno. Que la capacidad productiva es la base de la autonomía, del empleo digno y del salario que no se licúa con cada devaluación.

Ninguno de ellos piensa que su futuro sea ser un simple proveedor de materias primas. Pero para el ministro Caputo esos ejemplos no existen. O existen, pero le resultan molestos, porque le arruinan el relato de que la única salida es ser el gran yacimiento de soja, litio y gas del mundo y que todo lo demás, fábricas, tecnología, trabajo calificado, es un gasto innecesario.

Una contradicción andante que en cualquier otro país sería motivo de escarnio, pero que aquí, en esta esquina del mundo, se viste de pensamiento original o de cancherismo de calle.

Un territorio para explotar

Detrás de este gobierno no hay nada positivo. No hay proyecto de país, no hay soberanía, no hay futuro. Solo hay una voluntad de reventar todo, de desarmar las pocas estructuras productivas que quedan, de liquidar el Estado como herramienta de protección y promoción de los saberes, valores y bienes colectivos.

El objetivo final es convertir este territorio en un simple yacimiento explotable y a su población en una masa humana amorfa, disponible, barata, precarizada, que sirva apenas para sostener el consumo de los que sí importan: los que operan en dólares, los que piensan en rentas o en sus negocios provenientes del endeudamiento serial.

Esa es la Argentina que viene si esta lógica se impone. No un país, sino un recurso. No ciudadanos, sino mano de obra desechable. Y todo eso, dicho por su ministro de Economía con la chabacanería de un insulto, como si fuera un hallazgo. Como si llamar “tarados” a los que piensan distinto fuera un argumento. Como si la vulgaridad reemplazara a la política.

No es modernización, es liquidación

Por eso, al igual que sucede con el Presidente, no es un exabrupto. Es un programa. Y por eso hay que llamarlo por su nombre: no es modernización, es liquidación. No es libertad, es desguace. No es pensamiento, es el balbuceo primitivo de un poder que solo sabe destruir y que ni siquiera tiene la decencia de disimularlo.

Pero esto, de esta gente, es lo esperable. El verdadero problema, lo que nos sigue atando a este proceso de degradación, es la respuesta de quienes se asumen como dirigentes de los castigados, de los objetivos a batir por estas políticas. En este caso, las empresas industriales.

Tienen que asumirlo. Su respuesta viene siendo, y es, pusilánime. No basta con cuestionar un término empleado por el “ministro”. Debe ser contestada en toda la línea la esencia de este gobierno.

La responsabilidad de quienes callan

Pero, siendo en este caso los primeros convocados al frente la autodenominada dirigencia empresarial, no son los únicos. Porque detrás de la palabra “industria” hay puestos de trabajo, salarios, manutención de familias, condición humana, salud, pago de impuestos locales, provinciales y nacionales, aportes jubilatorios, sindicales y de obras sociales, formación y saberes acumulados, ciudadanas y ciudadanos. Cultura

Es decir, esto también atañe a dirigencias sindicales, políticas, provinciales y municipales. El color y el sector es lo de menos. Que nadie piense que esto no le atañe porque se equivoca. Lo que cuenta es si tienen o no compromiso social y patriótico.

De lo contrario, y más allá de la suerte personal de todas ellas, que normalmente no termina siendo mala, profundizarán su grado de responsabilidad en esta hecatombe.

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