Guerra, déficit, inflación: la receta que está arrinconando al presidente Naranja y termina con la era del dinero barato. Hay momentos simbólicos, cuando un país pasa una raya en el suelo. Estados Unidos cruzó una, cuando se anunció el miércoles 19 de agosto que la deuda nacional había llegado a los cuarenta trillones de dólares. Esto es, cuarenta millones de millones de dólares, un número difícil de imaginar siquiera. Como es Washington que emite el billete verde y el mundo entero el que le compra sus bonos, por allá no distinguen entre deuda interna y deuda externa. Pero cuando se publicó el número hubo un momento de silencio, palpable en los medios.
Hace años, Italia tuvo un flor de problema cuando se anunció que su deuda equivalía a su PIB, la suma de todo lo que produce el país en un año. El PIB de Estados Unidos tiene un valor nominal de 32 trillones de dólares y uno ajustado por inflación de 24. Claramente, y por primera vez en la historia, la mayor economía del mundo tiene un problema italiano de exceso de deuda.
El Presidente Donald Trump no creó esta situación, que viene de años y años de gastar de más, pero él había prometido bajar el nivel de endeudamiento con una “revolución comercial” en la que el mundo le iba poco menos que pagar peaje para acceder a su mercado. No ocurrió, y se calcula que este año el Presidente Naranja va a tomar deuda por dos trillones de dólares, nada más que para pagar la guerra con Irán, la renovación de arsenales y, sobre todo, el costo del masivo recorte de impuestos que le regaló a los más ricos.
Pagar los intereses de semejante deuda ya es el segundo costo de operar los Estados Unidos. Sólo las jubilaciones y los servicios sociales cuestan más.
Cuando le soltó la correa a Elon Musk, Trump anunció que se iba a ahorrar un trillón por año, pero con suerte el primer año de ese circo cruel “ahorró” 200.000 millones. El costo de estos “ahorros” ya se está notando, por ejemplo en la salud pública, que este año vio miles de casos de enfermos por un parásito de la lechuga que nadie vio venir: el laboratorio especializado fue cerrado como parte de los recortes.
El secretario del Tesoro Scott Bessent asumió prometiendo que iba a bajar el déficit del seis al tres por ciento del PIB en cuatro años. Esta semana reconoció que no había caso, que no iba a ocurrir. Por el contrario, avisó que la tendencia es a un aumento.
Todo esto anuncia un fin a la era del dinero barato. El mismo miércoles, el bono de referencia en esos mercados, el Bono del Tesoro a treinta años, subió su tasa anual a 5,3 por ciento, el valor más alto desde 2007. Los bonos alemanes, canadienses, japoneses y alemanes siguieron la tendencia. Todo esto es indicativo porque estos papeles son la base del ahorro global, comprados por gobiernos, empresas y particulares como “plata segura”. Su rendimiento se refleja inmediatamente en el costo de los préstamos privados, que lo usan como piso. Pedirle plata a un banco o un fondo de inversión, sea para pagar una hipoteca, financiar una empresa o sacar del pozo a Argentina, todo va a salir más caro.
Fue muy reveladora la reacción del Naranja, que se puso el gorro de empresario y criticó la suba como “imposible de entender”, una inversión que él no haría. Trump hace rato que quiere bajar la tasa de interés que le marca su banco central, aunque la inflación sigue alta, y esto de los bonos le tira por el piso la idea. El hombre sabrá de negocios, seguramente, pero de economía no tanto, además de que sigue ignorando el hecho de que si un presidente dice algo, ese algo tiene consecuencias en el mundo real. Por ejemplo, dijo que estaba tan enojado con Omán por negociar con Irán, que no descartaba bombardearlo. El petróleo inmediatamente subió a más de noventa dólares.
El secretario Bessent salió el jueves a hacer control de daños, pero usó un viejo argumento conservador sobre el déficit. La derecha siempre hace lo mismo, cuando gobiernan los progres, o aunque sea los demócratas, gritan que el déficit está descontrolado por la demagogia social, pero cuando gobiernan ellos lo descontrolan por cortarle impuestos a los ricos. La diferencia, dicen, es que el crecimiento de la economía compensaría a futuro el déficit de hoy. Nunca sucedió, pero el argumento teóricamente cierra y Bessent lo repitió esta semana.
En fin.
La guerra
Lo que podría hacer Trump para calmar los mercados es terminar con tanta guerra. Pero no. Esta semana, además de las amenazas a Omán hubo una suerte de ultimátum a Irán de guerra total económica, un despiste. El Naranja es presidente de un país capaz de angustiarse si falta la marca favorita de mermelada en los estantes. Los ayatolas dominan un país que ya tiene el lomo duro de tanto palo y saben cómo hacer que obedezca. Es una trampa clásica, en la que los norteamericanos amenazan con “aumentar” la guerra con más bombas y misiles, y los iraníes la “achican”, con blancos cada vez más pequeños, más fáciles esconder. Donde EEUU pone en el mar un inmenso portaaviones con 5700 tripulantes, Irán pone camionetas con veinte tipos y misiles, escondidos en los montes.
En Medio Oriente ya lo entendieron y se están despegando del paraguas norteamericano, cada vez más errático. Pakistán, Turquía y Arabia Saudita firmaron un pacto de defensa mutua que todavía mantiene la alianza con EEUU pero les da una enorme autonomía. Pakistán tiene el mayor ejército de la región y es una potencia atómica. Turquía tiene una industria militar de standard OTAN, capaz de producir armamentos de primer nivel. Y Arabia Saudita tiene mucho, mucho dinero para financiar a sus socios.
Es notable que estos síntomas de decadencia imperial no sean generados por la competencia de otros poderes o por la regla clásica de que los imperios caen por sobre extenderse, por gastar más en defensa de lo que pueden aguantar. Estos síntomas los dispara un presidente bobo que expresa lo peor de su propio país, la mezcla de altanería e ignorancia que representa la base de MAGA.
Canadá
Mientras, otro síntoma de decadencia desorientada. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos reorientó el mundo a su conveniencia creando un planeta integrado a su imagen y semejanza, con libre comercio y mano libre para sus empresas en todos los continentes. Trump está destruyendo este sistema desde la semilla, que se llama Canadá.
Esta semana iban a empezar las sanciones económicas, con tarifas de importación masivas que iban a afectar, de arranque, veinte mil millones de dólares de ventas canadienses en EEUU, con miras de expansión. Esto es un tiro en el pie, porque buena parte de lo sancionado son insumos para la industria norteamericana, porque hace rato que Canadá es una provincia económica de Estados Unidos. Trump, parece, cree que la madera canadiense es un ventajeo de los de su norte y no un material barato para su propia industria.
El encargado de estas cosas, el Representante Comercial Jamieson Greer, reveló medio sin querer por qué tanta inquina con los mansos canadienses. Resulta que Ottawa ofendió a Washington tomando contramedidas por las tarifas de importación, y Greer dijo que “si un país toma medidas en contra nuestro, obviamente no lo vamos a tolerar”.
La amenaza es de un impuesto de importación del cincuenta por ciento. Algo ofrecieron los canadienses, que la cosa quedó para la semana que viene.
La Corte
Los Supremos le volvieron a dar un disgusto a Trump, justo donde más le duele. Como se recordará, el Naranja había perdido en 2023 un juicio en el que la escritora E. Jean Carroll lo había acusado por abuso sexual en el probador de una tienda. En una demanda civil, Carroll consiguió una indemnización de 83 millones de dólares.
El Presidente apeló ambos fallos a la Corte Suprema que tan bien llenó de derechistas. Pero el lunes, el tribunal comunicó que no iba a revisar el fallo penal, mala señal para la apelación del civil, que se espera sea considerado en septiembre.
En el super
La guerra aérea en Ucrania sigue dando lecciones de estrategia nueva. El dron permite ataques a larga distancia de creciente precisión y a bajo costo, con lo que los ucranianos comenzaron a explotar la vastedad de Rusia, bombardeando objetivos desparramados por ahí. Querían hacerle sentir la guerra a los civiles, y lo lograron entendiendo que nadie puede proteger perfectamente semejante territorio. Se concentraron en la industria petrolera, que financia al Estado, y en cosas como Wildberry, el Amazon ruso. En el camino, no tuvieron problemas si caían civiles, aunque siempre juran que no eran el objetivo.
Moscú también cambió su estrategia, usando masivas flotas de drones y misiles más chicos, y baratos, y aprovechó que Kiev no produce su gran arma de defensa antiaérea, el Sistema Patriot, carísimo y norteamericano. Lograron degradar el arsenal de esos misiles anti misil, y ahora la tienen más fácil.
Pero cambiaron las prioridades y, además de bombardear la red de energía enemiga antes del invierno, empezaron a vaciar supermercados. Fue simple, un producto de buenos mapas económicos en los que figuraban los centros de distribución regionales de la mayor cadena de supermercados ucraniana, la Silpo. Estos enormes almacenes comenzaron a volar en llamas en ataques selectivos, con lo que ya faltan enlatados, arroz, quinoa, harina y azúcar, por no hablar de vegetales frescos. El primer ataque fue el cinco de agosto, el último fue este jueves 20.
También hubo ataques contra los almacenes de los supermercados Rozetka, depósitos de la mayor compañía ucraniana de ventas online, una evidente devolución de cortesías, y contra un centro importante de distribución de correo. La asociación de libreros denunció que buena parte de su stock fue volado en ataques a depósitos.