Episodio XXXVIII. A veces en Buenos Aires se corta la luz. En la oscuridad y en el silencio, sin televisores ni aparatos, con unas copas y una buena comida metabolizándose, la gente se pone más lúcida. Sobre todo a la noche.
Escuchemos una conversación de sobremesa trasnochada entre Stella, Giselle, Romina y Natalia.
-Chicas, no encendamos velas ni celulares ni linternas. Quedémonos así, conversando en lo oscuro.
-Dale, sí, Stella. Apoyo tu moción, jaja -rió Giselle-, pero para servir vino necesitamos un poco de luz.
-No, Gise, yo sirvo en la oscuridad y vas a ver que no se me cae ni una gota.
Stella sirvió cada una de las copas, y efectivamente nada se oyó caer ni romper.
-Igual, no me animo a agarrar una copa. La puedo tirar. No veo nada.
-No, Nati, chicas, acerquemos las manos despacito hasta rozar los cristales. Les cuento que nosotros, antes de exiliarnos, me acuerdo, hacíamos simulacros de oscuridad… En realidad, apagábamos todas las luces de la casa en la que estábamos para que pareciera vacía. Una vez tocaron el timbre. Eran las diez de la noche. Pudimos ver a unos tipos que salían de un Renault y venían directo a nuestro portón. Nos tiramos boca abajo. Casi ni respiramos. No hicimos el menor ruido. Éramos cuatro, Juan Carlos y yo y otra pareja. A mí se me habría oído el ruido de los latidos. Los tipos se fueron. Estuvimos después así quietos por más de tres horas. En realidad, nunca calculamos el tiempo. Parábamos en una casa en Moreno, en las afueras, casi en el campo. Los vecinos apenas se veían. Creímos que sería un lugar al que no llegaría jamás ningún milico. Un lugar fuera del radar de la seguridad de aquella época.
-Ahora, por suerte, está todo controlado -advirtió Romina- y, sin quebrar nada, tomó su copa y bebió.
-Es verdad -dijo Giselle-. Vivimos en una externalidad toda interna, como dice Macedonio en “El zapallo que se hizo cosmos”. Vivimos adentro de un zapallo.
-Bueno, pero si el zapallo es cósmico, entonces es infinito. Tenemos lugar de sobra para vivir, estar, viajar.
-Pero es un zapallo, Romi. Siempre es un zapallo -contestó Natalia, con altura filosófica-. Siempre estamos adentro de algo. No podemos salir. Y saben a qué me refiero. Ahora con esto de la IA y de internet se puede saber todo de nosotros. Nos pueden escuchar o ver. Ay, chicas, apaguemos del todo los teléfonos y así quedamos afuera de todo radar.
Todas se pusieron a rozar la mesa con las manos y apagaron los celulares. Se hicieron destellos de luz y los apagaron.
-Cuando fuimos a esa casa de Moreno, creíamos que íbamos a estar afuera de todo radar, pero igual vinieron. Nos salvamos por un pelo. Y miren que en esa época no había drones ni inteligencia artificial. Todo era geográfico, físico. ¡Ay, cómo extraño!
-Sí, Stella, yo también extraño. Ahora es más difícil zafar. Yo quisiera encontrar algún lugar solitario, algún punto ciego en el que nadie nos vea o pueda vernos.
-¡No, Gise, mejor que puedan vernos! Si nos pasa algo, nos pueden salvar.
-Es que no pasa nada, Romina. ¿No te gustaría estar en un campo, en un bosque, en algún lugar de La Pampa, tocando la guitarra y cantando con amigos alrededor de un fogón y bailar y vivir en una comunidad cultivando la tierra, siendo amigos, siendo amantes todos con todos y criando los hijos?
Nati se empezó a reír.
-¡Gise, vos sos una hippie muy cómica!
-Es que, sabés, Nati, lo que verdaderamente extraño de la prehistoria tecnológica es la posibilidad de anonimato. Ahora el planeta puede estar controlado en cada centímetro sin necesidad de pisarlo… Y pueden meterse en el conteo de votos, pueden secuestrar presidentes.
Natalia se encorvó. El plato vacío se veía apenas. Dijo con voz grave y Giselle le hizo eco:
-Está todo mal. Nosotros, la oposición, no nos organizamos. No sabemos a quién vamos a votar. Tengo amigos endeudados y sin trabajo. Yo me quedé sin trabajo, perdimos la casa y vivimos acá, en casa de Romi. Nos encanta vivir acá, pero nos tienen que mantener. La gente sufre, quiebran las empresas… por acá, por Barrio Norte pasan muchos aviones y helicópteros todo el día y de noche también.
-Están vendiendo todo el país. Están desalojando a los mapuches con ejércitos.
-¡Bueno, chicas, no se depriman! Vamos a rescatar todo. Podemos tomar vino en la oscuridad, podemos hacer muchas cosas en la oscuridad. Apaguemos los teléfonos y reunámonos más seguido con amigos. Vayamos el jueves a la marcha de los endeudados. Vayamos los miércoles con los jubilados, aunque sea de lejos. Vayamos a las esquinas de los barrios a protestar para reconocernos, vernos las caras. Vamos a rescatar este país, chicas.
-¡Stella, vos sos la mejor de nosotras! -gritó Giselle para aparentar un poco de optimismo.
-Sí, mamá, vos sos la mejor.
-Sí, Stella -refrendó Romina-. ¡Sos la mejor, sos la primera, sos la one!
-Ay, no, chicas, yo no soy la one de nada ni lo quiero ser. ¡Qué boludez!
Yo lo que soy es la más vieja.
La noche continuó…