Celso Amorim, principal asesor internacional de Lula y uno de los arquitectos de la política exterior brasileña de las últimas décadas, analiza un escenario internacional que considera el peor para el diálogo desde que ocupa posiciones de responsabilidad pública. Frente al uso creciente de la fuerza, la crisis del multilateralismo y el regreso de las áreas de influencia, defiende para Brasil autonomía, capacidad de disuasión y una política de “no alineamiento activo”.
En esta entrevista con Maria Fernanda Sikorski y Hugo Fanton para Phenomenal World, Amorim habla de Irán, Venezuela, Cuba, Estados Unidos, China, los BRICS y América Latina. Reivindica la política exterior “altiva y activa” de los primeros gobiernos de Lula y sostiene que Brasil no puede caer en el “complejo de perro callejero”: “Somos parte del Sur Global” y la política exterior debe estar guiada, ante todo, por los intereses nacionales.
—Maria Sikorski: ¿Cómo interpreta los acontecimientos en Medio Oriente y la escalada de la presión ejercida por Estados Unidos e Israel sobre Irán? ¿Qué objetivos estratégicos buscan Washington y Tel Aviv? ¿Quién puede beneficiarse y cuáles pueden ser los impactos globales?
—Los ataques contra Irán, así como la respuesta iraní a la ofensiva de Estados Unidos e Israel, representan un agravamiento significativo de las tensiones regionales en un contexto internacional ya marcado por graves inestabilidades. La reducción del espacio para el diálogo y la creciente centralidad de la fuerza como instrumento político son lamentables. En un intervalo muy corto se pasó de señales de progreso en conversaciones indirectas a una operación militar de gran escala. Las consecuencias todavía son difíciles de medir, pero es poco plausible suponer que tendrá resultados rápidos o de bajo costo, considerando las dimensiones demográficas, históricas y políticas de Irán. Los daños probablemente no quedarán contenidos en un país o una región y no excluiría un escenario en el que varios conflictos puedan interconectarse.
—Hugo Fanton: ¿Cuál es el significado geopolítico y diplomático del asesinato del jefe de Estado de Irán, el ayatolá Ali Khamenei?
—El asesinato de un jefe de Estado o de gobierno constituye una violación grave del derecho internacional. Geopolíticamente, el desplazamiento del conflicto hacia la eliminación de liderazgos tiende a ampliar la inestabilidad. En el plano diplomático, compromete las posibilidades de interlocución porque destruye la confianza entre las partes.
—MS: Usted describió la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela como un acontecimiento “trágicamente surrealista” y alertó sobre el riesgo de un mundo cada vez menos regido por reglas y previsibilidad. Más de un mes después del secuestro del presidente Nicolás Maduro, las instituciones internacionales creadas en la posguerra todavía no presentaron una respuesta concreta o coordinada. ¿Estamos frente a un estado de excepción global en el que la fuerza sustituyó definitivamente a la diplomacia o todavía puede sobrevivir el viejo orden de posguerra?
—Este es el peor momento para el diálogo internacional desde que empecé a ocupar posiciones de mayor responsabilidad en la vida pública. No hablo del comienzo de mi carrera diplomática, cuando todavía no seguía estos procesos de cerca, sino del período en el que estuve directamente involucrado en la formulación de la política exterior. La situación que vivimos hoy ni siquiera conserva el rito de la hipocresía, en los términos de La Rochefoucauld, que decía que “la hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud”. Ni siquiera eso permanece. Se actúa simplemente porque se tiene fuerza para actuar. Considero injustificable lo que ocurrió. Es una violación del derecho internacional en su sentido más antiguo, el derecho de gentes. Los países siempre guerrearon entre sí, pero incluso en contextos de guerra no se actuaba de esta manera. Dentro de una lógica todavía reconocible de enfrentamiento entre Estados podía ocurrir, por ejemplo, la muerte de un monarca en combate. Pero lo que se hizo ahora es verdaderamente surrealista. No estoy defendiendo a Nicolás Maduro ni afirmando que tenga razón. La cuestión es otra. Las imágenes y la forma en que todo ocurrió recuerdan mucho más lo que se vio en el caso de Saddam Hussein que cualquier episodio reciente de las relaciones internacionales. La experiencia política enseña que es posible buscar brechas, promover cambios graduales e intentar influir sobre los acontecimientos, pero no se puede ignorar la realidad. Y la realidad hoy es ésta. La cuestión, por lo tanto, es cómo lidiar con ella, y ese es un desafío para el cual todavía no tenemos una respuesta plenamente definida. Ustedes mencionaron, con razón, la ausencia de una reacción más firme del sistema multilateral. Pero hay que recordar que el propio sistema multilateral fue moldeado al final de la Segunda Guerra Mundial alrededor de las grandes potencias vencedoras y continúa condicionado por esa estructura. Cada una actúa hasta el límite de sus propios intereses. Ninguna está dispuesta, por lo menos por ahora, a asumir el riesgo de una confrontación directa con la que todavía es, y probablemente seguirá siendo durante mucho tiempo, la mayor potencia militar del mundo. Eso vuelve particularmente peligroso el momento actual. Cuando hablábamos de multipolaridad imaginábamos un orden internacional más flexible, quizás lo que podríamos llamar una “multipolaridad abierta”. Pero lo que vemos ahora es una transformación del concepto de multipolaridad, que gradualmente comienza a confundirse con una lógica de áreas de influencia. Grandes potencias como Rusia y China condenaron verbalmente lo ocurrido con Venezuela, pero no hicieron nada concreto. Ni siquiera se presentó una resolución ante el Consejo de Seguridad que, aunque hubiera sido derrotada, habría permitido por lo menos explicitar las posiciones políticas. Vivimos en un mundo muy difícil. No hay forma de ocultarlo. Hace dos décadas decía que vivíamos en un mundo de oportunidades. Hoy vivimos en un mundo de dificultades. Esas dificultades se intensificaron significativamente ante la crudeza que pasó a marcar la política exterior norteamericana reciente, orientada explícitamente por la lógica del interés y sostenida por una filosofía implícita. No necesito citar lo que todos ya citaron, Tucídides y todo lo demás.
—HF: ¿Cómo puede o debe actuar Brasil, que históricamente defendió las soluciones pacíficas y apostó al multilateralismo, en un contexto como éste?
—No hay una respuesta simple. Brasil debe continuar trabajando por la multipolaridad. Por eso siempre reaccioné con cierta cautela frente al concepto de “hemisferio”. No por razones geográficas, que evidentemente existen, sino porque resulta curioso hablar de “hemisferio occidental” como categoría política cuando no existe un equivalente real de “hemisferio oriental”. No veo allí ningún determinismo. Brasil debe mantener buenas relaciones con Estados Unidos. Eso es evidente. Pero, al mismo tiempo, no puede dejar de cultivar relaciones sólidas con China, Rusia y otros países. Para poder ponderar posiciones es necesario preservar canales de diálogo con todos. Vivimos una realidad con aspectos profundamente negativos, pero también un momento en que las tensiones aparecen sin mediaciones. Es un mundo, por decirlo así, en carne viva. Quizás nunca hayamos experimentado una situación internacional tan desnuda. Esto aumenta los riesgos, pero también elimina las fantasías sobre el funcionamiento real de la política internacional. Es un mundo sin ilusiones. Esto tiene consecuencias directas para Brasil. Hoy, incluso sectores de la sociedad que tradicionalmente no se interesaban por cuestiones estratégicas o de defensa empezaron a reflexionar sobre ellas. El país necesita desarrollar una política de defensa seria, no para enfrentar a las grandes potencias. Nunca tendremos capacidad para confrontar militarmente con países como Estados Unidos, Rusia o China. Pero debemos disponer de una capacidad real de disuasión. Es fundamental que cualquier actor externo sepa que una eventual agresión implicaría costos y daños relevantes. Al mismo tiempo, Brasil debe continuar contribuyendo a la construcción de un orden internacional multipolar más equilibrado, capaz de permitir relaciones exteriores basadas en la autonomía y no en alineamientos ideológicos automáticos. Quizás ése sea el camino: combinar capacidad disuasoria con una actuación diplomática en favor de un sistema internacional más abierto y cooperativo. Ahora, si me preguntan si existen garantías de éxito, la respuesta honesta es no. No hay certezas. Estamos lidiando con un momento histórico profundamente incierto.
—MS: Usted es una de las principales voces en defensa de la cooperación regional en América Latina y en particular en América del Sur. ¿Cómo afecta la fragmentación regional al pensamiento estratégico brasileño?
—Hace mucho tiempo que no veo un momento tan poco favorable para América Latina en su conjunto y especialmente para América del Sur. Aun así, hay que continuar trabajando. No existe una imposibilidad previa de dialogar o cooperar con gobiernos que piensan de manera diferente. Tuvimos, por ejemplo, una relación de cooperación bastante sólida con el presidente colombiano Álvaro Uribe. Cuando se firmó el Tratado Constitutivo de UNASUR, el único jefe de Estado que no estuvo presente fue el de Uruguay, Tabaré Vázquez, que políticamente era próximo a nosotros. Uribe, en cambio, estuvo presente. Después surgieron divergencias respecto de la creación del Consejo de Defensa Suramericano porque Colombia tendía a mezclar los conceptos de defensa externa y seguridad interna, mientras nuestra visión era diferente. Pero era una divergencia solucionable y fue superada. El Consejo terminó siendo creado y ayudó incluso a reducir tensiones en momentos delicados, como las crisis entre Colombia y Ecuador y entre Colombia y Venezuela. En el marco más amplio de UNASUR también actuamos en situaciones de crisis interna, como en Bolivia, siempre a pedido de las propias autoridades locales, porque jamás intervendríamos sin invitación. No hay, por lo tanto, imposibilidad de dialogar con liderazgos que tengan visiones diferentes, siempre que exista disposición para conversar. Lo que resulta más difícil es sostener procesos de integración cuando las visiones del mundo divergen profundamente, no sólo en términos de política interna sino también respecto de alianzas internacionales y orientaciones estratégicas. Aun así, no debemos interrumpir el esfuerzo. Como se dice habitualmente, la política es el arte de lo posible, pero no se trata solamente de aceptar sus límites. Se trata también de ampliar el espacio de lo posible, acercándolo, tanto como se pueda, al ideal, aun sabiendo que ese ideal jamás será alcanzado plenamente.
—HF: ¿La integración latinoamericana o suramericana continúa siendo decisiva para la inserción internacional de Brasil, especialmente cuando vuelven a aparecer referencias a la Doctrina Monroe?
—Eso es algo que Brasil no puede aceptar. Tengo la percepción, aunque puedo estar equivocado, de que Estados Unidos trata a Brasil con cierto grado de cautela por su dimensión territorial y poblacional y por su potencial económico y energético. Tenemos que tener plena conciencia de ese lugar. Brasil no puede adoptar una política exterior marcada, como se decía en el pasado, por el “complejo de perro callejero”. Ése no es ni será el papel del país. Brasil debe procurar mantener buenas relaciones con sus vecinos. El Presidente lo demostró: disposición a dialogar independientemente de las afinidades ideológicas. Una cosa es la proximidad personal y otra la convivencia respetuosa entre Estados, basada en la cordialidad y el reconocimiento mutuo. La paciencia es una virtud indispensable en la política internacional y sólo liderazgos con visión estratégica, como el presidente Lula, comprenden la importancia de actuar de esa forma. Ahora, ustedes mencionaron Cuba y no quiero omitir ese punto. Lo que está ocurriendo allí es profundamente trágico. No se trata simplemente de presionar o sustituir un gobierno. Las sanciones impuestas no recaen solamente sobre un régimen sino sobre un pueblo. Brasil dispone hoy de pocos instrumentos concretos para ayudar porque el grado de interdependencia del sistema financiero internacional es tal que prácticamente cualquier transacción termina pasando por mecanismos sometidos a jurisdicción norteamericana y, por lo tanto, a sanciones. Pero esta cuestión necesita una reflexión internacional más amplia porque no se refiere solamente a Cuba. El precedente creado puede tener consecuencias graves para toda la región. Independientemente de las simpatías o diferencias políticas que se puedan tener, la trayectoria histórica de Cuba es propia. Hubo una revolución y los invasores fueron expulsados. Se pueden discutir, y muchos discuten, los errores y limitaciones del sistema político que se consolidó después. Pero no es matando de hambre a un pueblo mediante sanciones y aislamiento como se va a modificar la situación política.
—HF: ¿Sería posible construir algún mecanismo regional de apoyo de emergencia a Cuba?
—No sé decirlo. El propio México enfrenta desafíos significativos. Tenemos gran admiración por la presidenta Claudia Sheinbaum, pero cada país también debe ocuparse de sus propias prioridades internas. Recuerdo haberles dicho una vez a parlamentarios norteamericanos que, en cierto sentido, Estados Unidos ya perdió la guerra que inició contra Cuba hace más de sesenta años. El régimen no fue derribado. Ahora se trata de destruir al pueblo porque no hay alternativa allí. En el caso cubano hay una realidad histórica muy específica: las alternativas percibidas son la continuidad del sistema actual o el regreso a una situación anterior a la revolución. No voy a usar todas las palabras que ya escuché para describir la época de Batista, una mezcla de casino con cosas peores.
—HF: Durante los primeros gobiernos de Lula y el de Dilma usted describió la política exterior brasileña como “altiva y activa”. Más recientemente apareció el concepto de “no alineamiento activo”. ¿Existe un cambio conceptual?
—No creo que haya grandes cambios conceptuales. Quizás una formulación sea más precisa que la otra. La expresión “altiva y activa” no nació de una elaboración teórica profunda sino de una necesidad circunstancial. En 2003, cuando el presidente Lula anunciaba mi nombramiento, había otros ministros presentes y yo sabía que no podía hacer una exposición larga. Tenía cuatro o cinco minutos. Intenté sintetizar cuál sería la orientación de la política exterior del nuevo gobierno. La diferencia fundamental era que Brasil no se subordinaría a agendas definidas externamente. El ALCA es un ejemplo evidente. Al mismo tiempo adoptaríamos una posición más proactiva en la relación con otros países en desarrollo. De allí nació la idea de una política exterior altiva y activa: altiva en el sentido de preservar la autonomía de decisión y activa en el sentido de ampliar iniciativas y asociaciones internacionales. Durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso las instrucciones muchas veces apuntaban a actuar con cautela y evitar iniciativas que pudieran producir roces innecesarios con Estados Unidos o la Unión Europea. Con Lula seguiríamos, tanto como fuese posible, una política exterior definida por nosotros mismos. Ya durante el primer año y medio fortalecimos el Mercosur, avanzamos en el acuerdo Mercosur-Comunidad Andina, que después daría origen a UNASUR, ampliamos significativamente la presencia brasileña en África y realizamos la Cumbre América del Sur-Países Árabes. El concepto de “no alineamiento activo” reúne dos tradiciones: el antiguo no alineamiento automático y la diplomacia altiva y activa. No es una doctrina rígida. Muchas veces se afirma que Brasil es un país occidental, y bajo ciertos aspectos quizás lo sea. Pero Brasil también es un país del Sur. En última instancia nuestra orientación debe estar guiada por los intereses nacionales en cada circunstancia concreta. En algunas cuestiones votaremos junto con Estados Unidos. En otras podremos coincidir con China. Ésa es precisamente la lógica del no alineamiento activo.
—HF: En una coyuntura internacional tan conflictiva, ¿todavía existe espacio para ese no alineamiento activo?
—El tiempo lo dirá. Brasil continúa siguiendo ese camino. En 2024, en el contexto de la guerra en Ucrania, cuando nadie hablaba de diálogo, articulamos con China un documento conjunto proponiendo abrir un espacio internacional para el diálogo político y rechazando una escalada militar. A partir de ese entendimiento contribuimos a crear en las Naciones Unidas un Grupo de Amigos de la Paz. El contexto cambió con el regreso de Donald Trump, cuyo gobierno presta poca atención a ese tipo de esfuerzo multilateral. Pero el mundo está atravesando transformaciones profundas, posiblemente comparables sólo con las ocurridas después de las guerras mundiales. Por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, el sistema internacional comienza a sentir los efectos de una realidad en la cual Estados Unidos ya no ejerce la misma posición incontestable de potencia dominante. Sin atribuir ningún juicio de valor al término, se trata de un momento verdaderamente revolucionario, cuya dirección final todavía es incierta. En ese escenario Brasil procura mantener su línea de actuación. El fortalecimiento de los BRICS forma parte de esa estrategia.
—MS: ¿Cuál es el papel de los BRICS en este contexto?
—La existencia de los BRICS es extremadamente importante. Como cualquier mecanismo internacional, el grupo tiene imperfecciones. Siempre habrá debates sobre qué países deberían haber sido incluidos, cuáles no y sobre el ritmo de su ampliación. Pero considero que la decisión de ampliar los BRICS fue correcta en principio. Cuanto mayor es el número de miembros, mayor es la diversidad de intereses y más compleja resulta la toma de decisiones. En cierto sentido, ampliar la representatividad tiende a reducir la eficacia operacional inmediata. Aun así, el balance es positivo. El simple hecho de que el grupo exista, se reúna regularmente y mantenga canales permanentes de diálogo ya constituye un elemento de peso en el escenario internacional. Analistas y pensadores políticos de Estados Unidos, Europa y otras regiones reconocen que los BRICS se consolidaron como un polo relevante de coordinación.
—MS: ¿La búsqueda de mecanismos alternativos al dólar se convirtió en una cuestión de seguridad económica y política para los países del Sur Global?
—La cuestión de la desdolarización puede estar relacionada con los BRICS, pero no se limita al grupo. No soy economista, pero es un proceso que ya viene ocurriendo gradualmente. Una moneda internacional es esencialmente una cuestión de confianza. Cuando aparece la percepción de que esa moneda puede ser utilizada como instrumento político, sea para objetivos propios o para restringir transacciones entre terceros, los países naturalmente empiezan a buscar alternativas. Eso no significa que vayamos a ver de un día para el otro el fin de la centralidad del dólar. No creo en cambios abruptos de esa naturaleza. China está promoviendo el renminbi como moneda de reserva internacional. El euro también desempeñó parcialmente ese papel y volvió recientemente a ganar espacio. Muchos países aumentaron además sus reservas de oro. Por lo tanto, se trata de un fenómeno real, aunque gradual. Paradójicamente, la propia erosión de las reglas internacionales contribuye a ese movimiento. No se pueden debilitar selectivamente las normas del sistema internacional y al mismo tiempo esperar que la confianza en las instituciones, incluidas las monetarias, permanezca intacta. La estrategia de diversificación asociada a la multipolaridad no es solamente una formulación política abstracta. Es un elemento concreto de resiliencia económica y autonomía estratégica para Brasil.
—HF: ¿Qué opciones tienen las llamadas potencias medias ante una reorganización de la gobernanza internacional basada cada vez más en la fuerza?
—Potencias medias son aquellas que no tienen bomba atómica… Brasil estableció en su Constitución que toda actividad nuclear debe destinarse exclusivamente a fines pacíficos. La posesión de armas nucleares no forma parte, ni creo que deba formar parte, de nuestro proyecto nacional. Eso no significa renunciar a la capacidad de defensa. Brasil debe desarrollar medios de disuasión. La idea de un mundo unipolar ya no corresponde a la realidad. Incluso Estados Unidos lo sabe. Desde el punto de vista estructural caminamos hacia un orden más multipolar. El gran riesgo es que esa multipolaridad se confunda con una lógica de áreas de influencia. Eso es algo que Brasil no puede aceptar. Un país que tiene alrededor del 35 por ciento de su comercio con China y poco más del 12 por ciento con Estados Unidos no puede ser encuadrado dentro de una esfera exclusiva de influencia. Brasil no puede ser reducido a una identidad geopolítica única. Somos parte del Sur Global, aunque profundamente marcados por múltiples influencias culturales: europeas, africanas, indígenas, árabes y muchas otras. La política exterior brasileña debe reflejar esa pluralidad y preservar autonomía de juicio, evitando reproducir visiones importadas que no corresponden plenamente a nuestra realidad histórica y social.
—MS: Usted defendió elevar las inversiones en defensa hasta alrededor del dos por ciento del PBI. ¿Qué significaría eso para Brasil?
—Es una posición que ya defendía cuando fui ministro de Defensa. Ante la coyuntura internacional actual me parece natural que Brasil amplíe sus inversiones en defensa. Pero el aumento debe orientarse principalmente hacia inversión y mantenimiento de capacidades adquiridas, no simplemente hacia mayores gastos corrientes. El dos por ciento del PBI me parece un nivel equilibrado, suficiente para garantizar capacidad de disuasión. La lógica es esencialmente defensiva. El submarino de propulsión nuclear es un ejemplo. Su principal ventaja no es ofensiva sino disuasoria: puede permanecer largos períodos sumergido y sin ser detectado, dificultando cualquier intento de proyección militar sobre el territorio nacional o nuestras áreas marítimas estratégicas. El objetivo es evitar que Brasil se convierta en un país estructuralmente vulnerable. Esto adquiere todavía mayor importancia cuando consideramos nuestros recursos estratégicos. Hay datos que indican que Brasil posee la segunda mayor reserva mundial de tierras raras y minerales críticos. Ese patrimonio naturalmente despierta interés internacional. No se trata de teorías ni de imaginación geopolítica. Los recursos estratégicos siempre atrajeron atención externa a lo largo de la historia. Brasil necesita desarrollar una política nacional clara sobre minerales críticos y disponer de medios adecuados para proteger esos activos. Defensa nacional, desarrollo tecnológico y seguridad económica pasaron a ser dimensiones inseparables.