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Quo vadis León XIV?

A partir de una mirada finalista, afincada en la idea de que la vida humana tiene un sentido trascendente, el autor juega con la idea de preguntarle al Papa Prevost sobre el sentido último de su visita pastoral a la Argentina en noviembre, señalando las obvias contradicciones con las políticas libertarias.

La pregunta quo vadis es uno de los interrogantes más elocuentes de la tradición cristiana occidental. Tiene múltiples aplicaciones a lo largo de la historia de la cultura.

Significa ¿a dónde vas? y en el Nuevo Testamente es la pregunta que le hace Pedro a Cristo cuando, huyendo de la persecución de Nerón, tiene una visión del señor cargando su cruz en la Via apia.

Interrogante al que Jesucristo responde: “voy a Roma, para ser otra vez crucificado”. Pedro entiende el reproche y regresa a la capital del Imperio para difundir la sana doctrina, lugar donde será apresado, martirizado y crucificado cabeza abajo.

Como esta es una publicación político-cultural y no un sermón de parroquia dominical, señalemos también, recurriendo a la Wiki, que en 1951 se filmó en los EEUU con ese título una exitosa película del género histórico, basada en la novela homónima de Henryk Sienkiewicz. Tal fue su impacto que abrió el camino para una lista muy atractiva de cintas famosas como Ben-Hur (1959), Espartaco (1960), Cleopatra (1963) y La caída del Imperio romano (1964) que los mayorcitos recordarán.

Dirigida por Mervyn LeRoy, Quo vadis estuvo protagonizada por Robert Taylor, Deborah Kerr, Leo Genn y Peter Ustinov. En ese filme además participaron, sin acreditación, quienes luego serían figuras importantes como Sergio Leone, como asistente de dirección de extras, entre ellos Sophia Loren, Bud Spencer y nada menos que Elizabeth Taylor. Pavada de elenco.

La peli fue candidata a ocho premios Óscar, pero no obtuvo ninguno, lo que no le impidió ser extraordinariamente atractiva para el gran público (mundial). Peter Ustinov fue candidato al premio de la Academia por su inolvidable interpretación de Nerón, injusticia reparada por los Globo de Oro. Y por último copiemos que resultó un éxito de taquilla tan grande que se le atribuyó haber rescatado a la MGM del riesgo de su bancarrota.

Pero como tampoco somos una publicación que emula El Amante, vamos a lo nuestro.

La gran pregunta

¿A qué viene León XIV a la Argentina? ¿A dónde va con su visita? Ciertamente, lo primero, es porque está cumpliendo aquello que Francisco no pudo hacer.

El papa Bergoglio, que tenía un pulso muy fino sobre el acontecer argentino (lo cual no le impidió protagonizar en su reinado un cambio de alcance planetario por su presencia en aquellos lugares donde se requiriera consuelo o se registrara sed de justicia), entendió que la llegada a su país de origen iba a ser motivo de discordia antes que de confraternidad.

Como arzobispo de Bueno Aires y cardenal primado conocía de primera mano las resistencias de grupos sociales acomodados a toda política que pusiese en primer lugar atender las situaciones sociales más graves. Resistencia que comparten –aún hoy y aunque parezca increíble– sectores que se dicen católicos, en franca minoría.

Eso le valió a Francisco ser apostillado como “el Papa peronista” (Ignacio Zuleta dixit en libro homónimo), lo cual se entiende por la especialísima, aunque no excluyente, atención con que atendía la “diócesis informal” que suponen los movimientos sociales de mayoría referenciada en el peronismo. Los curas villeros, lo quisieran o no, se afianzaron durante su gestión capitalina con irradiación al Gran Buenos Aires.

Todo ello como antecedente, que el Vaticano conoce (con el aporte de no pocos argentinos trasplantados por Francisco) y es lo que le toca y le pesa a León XIV al visitar un país que lo necesita a gritos.

No será esta vez el escalofriante mandato “queremos la paz” de junio del 82, que coreaban las multitudes callejeras reunidas para recibir a Juan Pablo II y deslegitimar la aventura oportunista de la cúpula militar invadiendo Malvinas que nos dejó 649 muertos y un enorme retroceso en el reclamo de devolución de las islas.

León XIV sabe que, con la mitad de la población argentina padeciendo en diverso grado dificultad para sobrevivir dignamente, tenemos un problemón. Y no de ahora, de eso no se le puede echar la culpa a Milei y su corte de los milagros.

La Argentina tuvo desde la segunda mitad del siglo XIX una inserción exitosa en el mercado mundial como proveedora de granos y carnes, atrayendo millones de inmigrantes y extendiendo su frontera agrícola, sin llegar a constituirse verdaderamente en una nación plena a pesar de la riqueza y variedad de su cultura.

El mundo cambió desde la primera guerra mundial y la Argentina no lo hizo en lo esencial de su estructura dependiente, teniendo siempre una posición periférica, sin perjuicio de deslumbrar a no pocos viajeros que veían en Buenos Aires una capital de calidad mundial.

Se fue modernizando de manera superficial y sobre todo de modo insuficiente. Con la crisis del 29, nuestra dirigencia no leyó claramente el cambio que se produjo a nivel mundial, que ponía en primer término la industrialización y creación, a escala nacional, de sociedades socialmente equilibradas en lo que se llamó, sin llegar a serlo cabalmente, el estado de bienestar.

Su industrialización epidérmica (en bienes de consumo, que iban bien con la mejora social), sin una base potente que la sostuviera generó una nueva y más compleja dependencia, esta vez del aprovisionamiento de bienes intermedios y materias primas industriales que no se producían aquí.

El caso paradigmático fueron los combustibles, cuyo consumo creció por la mecanización de actividades tradicionales e importación de vehículos a motor, hasta llegar a ser la principal cuenta en las importaciones obligadas. En 1955, año del derrocamiento de Perón, el país comprometía las dos terceras partes del valor de sus exportaciones en la compra de combustibles.

Esto fue advertido por el líder justicialista, quien intentó con la Standard Oil (la del lado oeste norteamericano, una de “las siete hermanas” que dominaban el mercado petrolero mundial), poner en marcha un contrato para explotar los yacimientos de hidrocarburos que durante lustros de prolija prospección por parte de YPF se habían determinado como disponibles en el territorio nacional.

La empresa estatal YPF, que exploraba y detectaba esos recursos no tenía capacidad financiera ni aptitud técnica para extraerlos. Por eso, Perón envía al Congreso para su tratamiento y aprobación el contrato con la California Argentina, nombre que adopta la empresa mundial para ese objetivo que buscaba, desde el interés nacional, reducir la dependencia externa de combustibles, en consumo expansivo.

Ese paso audaz y necesario implicaba dejar de lado la retórica nacionalista que insistía en reservar para YPF el monopolio de la producción local cuando ello evidentemente no era posible en las condiciones de ese momento.

Sin embargo, el contrato con la California no fue tratado en las sesiones legislativas, en un contexto cada vez más enrarecido por la conspiración golpista.

Como pasó antes con Yrigoyen, en el 30, y después con Frondizi, en el 62, el golpe del 55 contra Perón tuvo claramente “olor a petróleo”, es decir, allí estaban los intereses para mantener la importación de combustibles que configuraba un muy rentable negocio de las compañías proveedoras, entre las que eran hegemónicas la Shell (anglo-holandesa) y la estadounidense Esso, siendo esta la de Nueva Jersey, o sea del lado este, luego de la división de la Standard Oil impuesta por las leyes antimonopolio de 1911 en los EEUU, proceso que no impidió la centralización creciente de los negocios mundiales.

Si insistimos con este ejemplo es porque, analizándolo bien, resume la forma en que debe analizarse el interés nacional atendiendo al objetivo de incrementar y complementar la producción local, ofreciendo empleo de calidad y generando con ello mejores condiciones de vida y de cultura para su población.

Origen del atraso argentino

La población creció y la masa de bienes y servicios que requería esa expansión no era ofrecida masivamente por la reducida capacidad instalada local, debido a las insuficiencias de nuestra estructura productiva como país diseñado para exportar fundamentalmente bienes agrícolas. Había una demanda básica e insatisfecha que a su vez era causa estructural de inflación.

En el último cuarto de siglo pasado las cosas se complicaron mucho más.

La internacionalización de la producción y el dominio financiero del proceso económico a escala mundial de algún modo escondió para los observadores menos atentos la necesidad de prestar atención a la dotación propia de bienes de capital como base del sistema productivo argentino.

En consecuencia, la importación de todo tipo de bienes, no ya de aquellos insumos intermedios sino de artículos terminados, puso contra las cuerdas al dispositivo productivo local.

Y a caballo de ese presunto “olvido” (cuando era algo deliberado) se desenvolvió una muy potente y dañina campaña ideológica de autodenigración que arrancó en los años 40 con la “industria flor de ceibo”, como de menor calidad, y culminó con la preferencia por todo lo importado sin ver lo que había detrás a escala planetaria, estableciendo así la política del ajuste perpetuo como la única alternativa.

Ignorancia e intereses se combinaron eficazmente para embrutecer al consumidor argentino, ausentes las dirigencias para reordenar el proceso con sentido nacional.

El ajuste perpetuo es la cara hacia adentro del endeudamiento continuo a escala mundial. Y todavía hay quienes, de modo harto irresponsable, sostienen que la Argentina tiene mayor capacidad de endeudamiento que su ratio actual deuda/PBI, al que describen en torno al 60%.

Los endeudadores seriales son al mismo tiempo los ajustadores perpetuos.

Ocurrió a lo largo del medio siglo que van entre 1976 y 2026, casi de modo continuo, pero con momentos especialmente destructivos como la gestión de Martínez de Hoz, entre 1976 y 1981; la del Plan Austral, entre 1985 y 1988; la de Cavallo con la Convertibilidad, entre 1991 y 1996; la de Prat Gay, Dujovne y Lacunza, entre 2015 y 2019; la de Alberto Fernández con Massa de ministro pero Gabriel Rubinstein al comando entre 2022 y 2023; culminando en la de Milei, que arranca a fines del 2023 y sigue hasta hoy, para castigo de los argentinos y su esfuerzo para trabajar, producir y llevar una vida digna.

Como resultado de tales despropósitos acumulados tenemos el cuadro actual, con enormes sectores de compatriotas que padecen indigencia, pobreza o limitaciones de diverso y nuevo tipo.

Esto es lo que tiene para ofrecer el neoliberalismo: una sociedad profundamente desigual donde la norma sea la confusión y disgregación.

Y este es, por consecuencia, el cuadro que encontrará León XIV en su visita a la Argentina, con divisiones artificiales muy encarnadas en las ideas autodefensivas (falsas antinomias) que cada grupo asume para sí.

Con su sola presencia, y teniendo a la justicia social como eje (como no puede ser de otro modo), el jefe de la Iglesia Católica aplicará muy probablemente con toda la diplomacia del mundo una clarísima recomendación de pensar y actuar en favor de los más vulnerables.

No es su función recomendar políticas económicas tales o cuales, pero está claro que la defensa de la persona humana estará en el centro de la solidaria visión del mundo que no tiene nada que ver con la pobre visión neoliberal que reduce la persona (el prójimo), el compatriota, a un individuo que está solo en el mundo rodeado de seres semejantes condenados a la ruin vida de los moluscos, ya que los mamíferos tienen formas de sociabilidad mejores.

Si bien la doctrina social de la Iglesia Católica se adapta según cada contexto histórico con recomendaciones específicas, hay principios fundamentales que no son negociables, como le gustaría a Milei, tales como la dignidad de la persona humana y la solidaridad, entre otros.

No sabemos si el individuo que preside el gobierno argentino va a mirar para otro lado, si va a refinar su posición como hizo el otro día en la cadena nacional invocando la soberanía sobre las islas Malvinas, pero subordinándola al éxito de su política (una contradicción irresoluble) o va a hacer algún desplante fuera de lugar. Esto último, siendo absurdo como posibilidad racional, no es descartable por las oscilaciones del humor del personaje.

En cualquier caso, la justicia social es un componente inescindible del Bien Común, algo completamente ajeno a la mezquina visión individualista. Va a ser divertido de ver y, sobre todo, muy positivo para quienes esperan legítimamente poder construir un mundo mejor para ellos mismos y sus hermanos en la condición humana.

Quo vadis, León XIV? Ya tenemos algunas presunciones.

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