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Holmberg y Darwin no son Milei

Las ideas, cuando no las ideologías, son útiles para velar los intereses en juego. Pero si desde la cúspide del poder se las presenta como baratijas intercambiables por nada en un mercado de pulgas, resultan las herramientas perfectas para la consumación de un fraude.

Si las ideas fueran erráticas y circularan con independencia de la intención de quienes las formulan o las difunden, no habría manera de responsabilizar a nadie cuando gravitan en el escenario histórico y provocan hechos o consecuencias notables. Sirven de ejemplo las ideas de Darwin resumidas por Eduardo Ladislao Holmberg en su novela ‘Dos partidos en lucha:fantasía científica’ (1875) –y a propósito, amerita recordar que hay una calle en la CABA lacónicamente nominada “Holmberg”.

Pero “Holmberg” no fue solamente un hombre de letras, el primer autor de ciencia ficción en Argentina. Fue también un gran naturalista, hijo del aficionado a la botánica Eduardo Wenceslao Holmberg y nieto del barón Eduardo Ladislao Holmberg, militar prusiano que tras la derrota de su país a manos de Francia combatió contra las fuerzas napoleónicas en España, donde conoció a San Martín y Carlos María de Alvear, entre otros revolucionarios.

Después el barón viajó a Londres, donde se vinculó con la Logia de los Caballeros Racionales, que como Logia Lautaro coordinaría las acciones para liberar a las colonias americanas de España. Y el 13 de marzo de 1812 ‘La Gazeta de Buenos Aires’, en su edición número 28, informó que proveniente de Inglaterra había arribado la fragata “George Canning” con San Martín, Zapiola, Chilavert, Alvear, Arellano y “el primer teniente de guardias valonas barón de Holmberg” a bordo.

Los recién venidos ofrecieron sus servicios al Primer Triunvirato, y entonces el barón fue destinado al Ejército del Norte bajo las órdenes de Manuel Belgrano. Su carrera fue intensa: estuvo a cargo del Cuerpo/Arma de Artillería del Ejército del Norte (1812), de la Compañía de Zapadores (1813-1814), del Regimiento N°10 de Infantería (1814) y del Regimiento N°1 de Caballería de Línea (1826-1828). También pudo reservarse tiempo y avidez intelectual como para hacer intercambios con botánicos destacados de la época y convertir su quinta de Palermo en un centro de aclimatación de plantas exóticas e introducción de especies de jardín inexistentes en el país.

El barón transmitió ese fervor a su nieto, el médico y naturalista Eduardo Ladislao Holmberg, quien continuaría el legado familiar en la misma zona (Palermo) hasta que en 1888 lo nombraron primer director del Jardín Zoológico de Buenos Aires, un cargo importantísimo en aquellos tiempos, no como ahora, que salvo el jardín botánico ya los espacios así brillan por su ausencia.

El talento y las ganas

En 1880 el joven Eduardo Ladislao Holmberg obtuvo el título de Doctor en Medicina con la tesis El Fosfeno (que quizás habilite la pregunta respecto de qué habrá visto con o sin alguna planta de uso recreativo), pero nunca ejerció la profesión. Desoyó la doxaque por aquellos años devaluaba a la historia natural, y paralelamente a sus estudios tomó notas sobre la fauna y la flora de la Patagonia, primero, y del Chaco, el altiplano andino y Cuyo, poco después, sentando las bases de lo que sería una fundamentada exploración de la diversidad biológica argentina.

También escribía libros, como el fundacional de la ciencia ficción en el ámbito hispanohablante, ‘Dos partidos en lucha: fantasía científica’, texto precursor donde convergen la literatura de ideas, la divulgación científica y la ficción utópica. Referido a la eventual disputa cultural, política y filosófica entre los Materialistas/Positivistas defensores del darwinismo y la razón secular, y los presuntos Espiritualistas/Deístas abanderados de la defensa de los valores metafísicos y la trascendencia, en sus páginas todo se discute, desde el rumbo que debe tomar la sociedad civil hasta la educación y el sentido del Estado moderno.

Pero lo que hizo Holmberg en esa novela, además de reflejar la tensión propia de la Generación del 80 en Argentina con la polarización entre el positivismo secular y la reticencia del pensamiento conservador tradicional, fue la divulgación temprana de la teoría de la evolución de Darwin en el ámbito rioplatense. Y fue profético, para bien o para mal, y se permitió dar cuenta de lo que constituiría un enorme (y malintencionado) malentendido. Demuestra esto último el diálogo del Capítulo V en el cual Grifritz (un sabio o iniciado de corte darwinista) revela sus verdaderas intenciones y principios a otro de los personajes. Dice: Sirvo una doctrina científica: el Darwinismo. Tarde o temprano llegará a ser una doctrina política, y necesito cierto misterio en mi conducta.”

Ideas acosadas

Si bien Darwinen El origen de las especies (‘On the Origin of Species’,1859) planteó que los organismos vivos evolucionan mediante la selección natural, y que tienen mayor probabilidad de sobrevivir y reproducirse los individuos con variaciones heredables más ventajosas para un entorno determinado, aplicó la idea rigurosamente al campo de la biología. Luego saldría al cruce del gran malentendido que pretendía proyectar las tesis del origen de las especies a las sociedades humanas (Herbert Spencer, Sumner, Galton), y plantearía que lejos de prosperar por la competencia desalmada, las sociedades lo hacen por el desarrollo de la cooperación, la empatía y la moralidad.

Cuesta comprender ahora, con tanto libertario en el Gobierno y la usanza de plantear a los gritos algo y su contradictio in terminis en un brevísimo intervalo de tiempo, que las ideas son algo más que ocurrencias o picardías para salir del paso y joder al otro. En efecto, son dispositivos que no siempre devienen “ideológicos”, requieren cierto compromiso y circulan: un lustro después de la primera edición de ‘El origen de las especies’(1859) Darwin se apropió de la expresión “supervivencia del más apto (survival of the fittest) acuñada por el filósofo y sociólogo Herbert Spencer en 1864. Darwin la adoptó con serenidad y mansedumbre, por decirlo así, en el ámbito de la biología, al tiempo que Spencer la venía aplicando (y siguió haciéndolo) a la sociedad humana para defender un capitalismo voraz y desregulado (laissez-faire).

En apretadísima síntesis, al igual que los libertarios actuales, lo que sería llamado “darwinismo social” vino a plantear malintencionadamente que resulta verificable en la naturaleza un deber ser moral para la sociedad humana. Y si los fuertes sobreviven a costa de los débiles, la intervención estatal para ayudarlos y revertir el hecho terminaría “frenando al progreso humano”, sencillamente porque inhibiría el proceso natural de eliminación de las “imperfecciones” sociales.

Las ideas idas

Está claro que de la mera descripción del funcionamiento de la naturaleza no es deducible la justificación de la existencia, en el ámbito de los conglomerados humanos, de ganadores y perdedores (ya sean clases sociales, razas o naciones) merced a la competencia socioeconómica brutal y la eugenesia, llegado el caso. Pero Darwin fue quien también intentó enderezar esos planteos y en El origen del hombre (‘The Descent of Man’, 1871), aseguró que el sentido moral es la característica diferencial más elevada, la cúspide de la evolución del ser humano y lo que más distingue al hombre de los animales inferiores. También escribió que los conglomerados humanos con mayores niveles de cooperación (que no dejan morir a los desfavorecidos o desamparados presuntamente para mejorar la especie, y que perseveran en el cultivo de la simpatía por el prójimo) tendrán más ventajas respecto de los que posean niveles de cooperación relativamente menores.

Suena bien, pero en verdad para un libertario genuino demuestra que a la Batalla Cultural tan pregonada por Milei le sobran contendientes como Darwin (que por algo será que Marx lo leyó con tanto interés) y enemigos pasados y presentes de cualquier calaña. Y para mantener a punto el tono muscular y no abandonarse en la molicie hará falta un arsenal de ideas, como las necesarias para despejar sospechas sobre una maniobra con criptomonedas, por ejemplo, o las que intenten poner distancias entre un ex diputado y candidato en la provincia de Buenos Aires y sus trapisondas con narcos, o las que podrían servir a un ex Jefe de Gabinete de Ministros para velar el tropezón con una riqueza repentina y obscena, o las que bien podría pergeñar, ahora sumido en un calabozo analógico boliviano por mandar un juego de sicarios a matar a su novia embarazada, quien fuera uno de los jefes de campaña digital del Gobierno.

Abundan los asesores de alta gama que aconsejan forzar cualquier iniciativa, exprimirla y contradecir lo dicho, en tanto procedimiento apropiado para generar ideas. Y si en varias ocasiones el Presidente dijo que las Malvinas jamás serían nuevamente argentinas, ahora habrá que remontar como propio un carraspeo de Trump que podría interpretarse como el bosquejo de una idea de apoyo a la recuperación de las islas. Y dar un discurso trajeado, con voz serena y notable convencimiento, diciendo que se harán todas las gestiones para retomar el hilo de la cuestión por el camino diplomático, y endureciendo las penalidades para las empresas que exploten la plataforma continental argentina sin la debida autorización estatal.

La idea sirve para mantener en segundo plano los empleos perdidos, las empresas cerradas, los sueldos por el piso, la recesión y las quejas de quienes “no consiguen llegar a fin de mes” o están endeudados hasta el cuello. La idea sirve porque es diabólica, no como el presunto comunismo que el Presidente cree que acecha al país desde todos los rincones. Y es diabólica porque es extremadamente peligrosa: un Presidente fuera de sí, extravagante aunque se disfrace de serenidad, y dispuesto a permanecer en el poder como sea, puede hacer cualquier cosa. Máxime si todavía está pendiente la construcción de una oposición organizada con un candidato y una propuesta que pueda reemplazarlo.

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