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Directores: Martín Granovsky y Rafael Prieto
Edición: 141
Y Ahora Qué en +Perfil /// Entrevistas

La caida de Milei en las redes

Fernanda Ruiz cuenta cómo cayó Milei en las redes. Cristian Módolo explica que la industria está peor que en 1895.

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Cristian Módolo: “La industria hoy está peor que en 1895 y 1935”

POR

Módolo define como “tragedia” la destrucción de empresas.

El economista Cristian Módolo sostiene que la Argentina atraviesa un proceso de desindustrialización que no se limita a las fábricas, sino que arrastra al comercio, los servicios y el empleo. Advierte que el modelo económico de Javier Milei privilegia las actividades vinculadas con los recursos naturales y la renta por sobre aquellas intensivas en trabajo. En esta conversación con Martín Granovsky para el programa Y ahora qué por +Perfil, que también puede verse aquí, recorre más de un siglo de historia industrial argentina.

Cristian Módolo, economista y profesor universitario, explica por qué la cantidad de establecimientos manufactureros por habitante alcanzó su máximo en los años sesenta, analiza las políticas que hicieron posible aquel desarrollo y plantea que todavía existen capacidades para reconstruir el entramado productivo. Su conclusión es que Vaca Muerta puede ser mucho más que gas para exportar: puede convertirse en insumo de una industria capaz de multiplicar varias veces el valor de los recursos naturales.

—Estuve haciendo una revisión de los discursos de Milei. No pronunció prácticamente nunca la palabra industria, salvo alguna vez para burlarse de quienes hablan de industria. Tampoco aparecen demasiado empresas, jubilados o industria en el léxico presidencial. ¿Eso refleja una determinada concepción económica?

—Sí. No habla de industria. Ni siquiera aparece como algo para criticar. Es la negación de la industria como valor o como proyecto. Y eso tiene un plano discursivo y otro que es el de la realidad. Habla eventualmente de empresas, pero nunca de industria y mucho menos si tenemos que precisar tipos de industria. No habla de metalúrgica. No ha ido a una metalúrgica. Eso refleja claramente de cuál es su idea del mundo.

—¿Y con qué proyecto económico coincide eso desde que Milei asumió?

—Nosotros fuimos desarrollando durante este tiempo un proceso que en la práctica se tradujo en desindustrialización o industricidio. Podemos precisar que el proceso comenzó antes. No es algo que haya aparecido exclusivamente con el modelo económico de Milei. Lo que sí ocurrió es que se profundizó en todos los aspectos. Cuando se habla de industricidio, en realidad lo que la sociedad está planteando es que existe un cierre generalizado de empresas de todo tipo. Hemos perdido alrededor del 2 por ciento de las grandes empresas argentinas, que ya de por sí es una tragedia. También hemos perdido pymes. Aproximadamente el 98 por ciento de los cierres que conocemos todos los meses corresponde a pequeñas y medianas empresas. Hay pymes comerciales, de servicios, agropecuarias y también industriales.

—¿Por qué ponés particularmente el foco en la industria?

—Porque la industria es el sector manufacturero, productivo y transformador. Desde el punto de vista económico es el que mejor multiplica dentro de la cadena de valor. Un trabajador industrial mueve aproximadamente 2,5 trabajadores de los sectores de servicios, comercio y actividades primarias. Al revés no funciona de la misma manera. No podés arrancar exclusivamente por los servicios. La industria articula con todas las actividades porque transforma, demanda recursos primarios, genera productos que después se comercializan y además demanda servicios. Es uno de los sectores con mayor impacto sobre el mercado laboral.

—Entonces, cuando desaparece un empleo industrial, el efecto no termina en ese trabajador.

—Exactamente. Cuando se pierde un empleo industrial sabemos que aproximadamente 2,5 trabajadores de otros sectores pueden sufrir consecuencias. Y estamos hablando de trabajadores, no de familias. Si llevás ese impacto a los hogares, la dimensión es superior. Dependiendo del sector social, podés estar hablando de hogares de tres, cuatro o cinco personas. Esa misma cantidad de población que se beneficia cuando funciona el motor industrial es la que resulta perjudicada cuando una parte de ese motor se apaga.

—¿Por eso los países desarrollados siguen protegiendo su industria?

—Sí. Es un sector fundamental en cualquier economía. Cuando uno mira a los países desarrollados observa que el sector manufacturero está entre los que más se procura proteger por sus propias características. Manufactura significa transformación. Es transformar un recurso natural en una materia prima o transformar esa materia prima en un producto que puede ser utilizado o convertirse en insumo de otro producto. Cuando hablamos de industria automotriz, metalmecánica o cualquier otra rama estamos hablando de distintos agrupamientos dentro de ese universo manufacturero.

—¿Cuál es hoy la dimensión industrial argentina?

—Tenemos menos de un millón de puestos de trabajo industriales sobre aproximadamente 23 millones de personas que integran la población económicamente activa. Estamos atravesando un proceso muy fuerte de cierre de empresas, especialmente manufactureras, que suelen ser intensivas en mano de obra. Y este es precisamente un modelo económico que tiene poca afinidad con la incorporación de mano de obra porque privilegia los sectores vinculados con los recursos naturales. Es un modelo más rentístico que productivo.

—¿Puede pensarse que la pérdida de industria se compensa con más comercio y más servicios?

—No. Es exactamente al revés. Cuando destruís industria perjudicás también a los sectores comerciales y de servicios. No los sustituís. Este es uno de los elementos que determinan la fortaleza o la debilidad de un ciclo productivo. Cuando tenés un aparato productivo con un sector secundario robusto, con un sector transformador importante, la economía tiene mayor capacidad de estabilizarse y amortiguar las caídas. En una economía reprimarizada, o apoyada fundamentalmente en servicios puros y logísticos, la destrucción de empleo puede ser mucho más rápida y los ciclos resultan más volátiles.

—O sea que tampoco habría a quién prestarle determinados servicios logísticos si desaparece la industria.

—Exactamente. Por naturaleza, la industria demanda una enorme cantidad de servicios reales y financieros y eso tracciona empleo. Si desaparece el demandante industrial es muy difícil que otros sectores puedan reemplazar una demanda de esa magnitud.

—Durante décadas se sostuvo que no importaba demasiado perder industrias porque la Argentina podía convertirse en un gran país proveedor de servicios. ¿Es un mito?

—Para que eso fuese cierto tendríamos que preguntarnos qué hacemos con alrededor de 18 millones de personas. Nos sobraría buena parte del país. Habría provincias cuya estructura económica perdería prácticamente su razón de ser. Nosotros tenemos una estructura productiva compleja. No somos una economía que haya nacido tradicionalmente prestando servicios logísticos o comerciales. Tenemos otra historia. Nuestra industria existe desde antes de la Revolución de 1810 y atravesamos muchos ciclos en los cuales unas veces se favoreció el trabajo argentino y otras se lo perjudicó. Hoy estamos claramente dentro de un proceso de destrucción de ese modelo productivo.

—Pero el argumento habitual de los ultraliberales es que la industria pertenece al pasado y que el mundo cambió.

—Cuando uno mira lo que ocurre hoy en los países desarrollados encuentra precisamente lo contrario. Estamos viendo un reverdecer del proteccionismo. Después de la crisis de 1930 y de la Segunda Guerra Mundial hubo procesos dirigidos a preservar capacidades productivas y lograr mayor autoabastecimiento. Hoy no estamos ante una destrucción comparable con aquella guerra, pero los países entendieron que recuperar y preservar el empleo industrial formal constituye un activo muy importante para ordenar y generar actividad económica. Naturalmente, no hablamos de la industria de los años setenta. Hoy intervienen la tecnología, la robotización y nuevas formas de producción. Pero eso no significa que los países se estén desprendiendo masivamente de sus industrias. Al contrario, existe una reorganización industrial.

—Ustedes elaboraron una serie histórica sobre establecimientos manufactureros por cada mil habitantes. ¿Qué muestra?

—Nos permite observar la historia industrial argentina desde fines del siglo XIX hasta el siglo XXI. Utilizamos la cantidad de establecimientos manufactureros por cada mil habitantes porque es una unidad que permite comparar momentos con poblaciones absolutamente diferentes. Según esa medición, en 1895 había casi seis establecimientos cada mil habitantes. Hoy no llegamos a uno.

—¿En términos relativos estamos entonces por debajo de 1895?

—Sí. Y si lo miramos en términos absolutos estamos teniendo menos establecimientos fabriles que en 1935. El stock de establecimientos industriales es menor al que teníamos antes de la Segunda Guerra Mundial. En aquel momento había más de 36.000 establecimientos fabriles y hoy estamos en una situación en la cual ese número continúa disminuyendo.

—Aquel 1935 era además plena Década Infame y la Argentina todavía estaba saliendo de las consecuencias de la crisis mundial de 1929.

—Exactamente. Y eso es lo que vuelve todavía más significativa la comparación. El Censo Nacional Económico de 1935 nos proporciona un punto de referencia. Había más establecimientos de los que tenemos actualmente. Si observamos la densidad industrial, es decir, establecimientos cada mil habitantes, vemos que empieza a crecer y llega a un máximo en 1963.

—¿Cuándo se produce el gran ascenso?

—La serie hace piso en 1935 y después sube prácticamente de manera continua hasta 1963. Y hay algo importante: aquel piso de 1935 sigue siendo superior al piso actual. En esta medición histórica nunca estuvimos en el nivel en el que estamos hoy. El máximo se alcanza alrededor de 1963, con 6,22 establecimientos manufactureros cada mil habitantes. En 1953 ya estábamos aproximadamente en 6,06. Existe claramente un ciclo de desarrollo industrial que alcanza su techo en los años sesenta y después comienza un proceso descendente, con distintas velocidades e intensidades.

—¿Qué hizo posible que la densidad industrial creciera tanto entre 1935 y los años sesenta?

—Primero hay que recordar que ya había industria antes de los años cuarenta. Muchas veces parece que la industria hubiese nacido entonces y no fue así. Había empresas desde mucho antes, naturalmente con niveles de sofisticación diferentes de los actuales. La crisis de 1930 rompe el esquema internacional existente y genera modificaciones profundas. En 1935 se crea el Banco Central. En Estados Unidos se desarrollaba el New Deal de Franklin Delano Roosevelt y había un fuerte intervencionismo económico. En la Argentina, incluso los gobiernos conservadores aplicaron mecanismos regulatorios como las juntas de granos y de carnes, que serían impensables para el liberalismo actual.

—Es decir que incluso gobiernos conservadores utilizaban herramientas que hoy serían calificadas de intervencionistas.

—Efectivamente. Existía una comprensión de que el problema central era también un problema de demanda. Estados Unidos estaba atravesando un enorme problema de demanda, no de oferta. Ese cambio de enfoque modificó la manera de encarar la crisis y luego tuvo influencia sobre el resto del continente. Salvando todas las distancias, nosotros hoy también tenemos un problema muy importante de demanda y hay que pensar cómo resolver esa pata para equilibrar el sistema económico.

—¿Qué condiciones propias tenía la Argentina para desarrollar ese proceso industrial?

—La Argentina llevaba décadas de educación pública, gratuita y universal. Eso significaba capacidades educativas y laborales importantes. El flujo inmigratorio también incorporó conocimientos y saberes productivos. Todo eso contribuyó a generar procesos de sustitución de importaciones incluso antes de la Segunda Guerra Mundial. La crisis de los años treinta había dañado el sistema productivo y, al mismo tiempo, generó condiciones para su transformación.

—¿Qué papel tuvo el Estado?

—Fue decisivo en sectores estratégicos. Intervino en energía, industria, fabricaciones militares y regulación del comercio exterior. Esas condiciones permitieron estabilizar la economía y generar un ambiente en el cual el sector industrial pudo transformarse en articulador fundamental del proceso de creación de riqueza.

—Sin embargo, durante ese largo período hubo momentos en los que las materias primas argentinas valieron menos y faltaron dólares. Eso no impidió la industrialización.

—No. Después de la Segunda Guerra Mundial hubo un contexto internacional distinto y los términos del intercambio fueron cambiando. A medida que los países se recomponían, las condiciones de nuestras exportaciones primarias podían resultar menos favorables. Aun así se lograron recrear circuitos virtuosos internos donde se generaba y reproducía capital. Hacia los años sesenta llegamos al límite de determinadas capacidades productivas y se volvió necesario expandirlas, realizar grandes inversiones y renovar las fuentes de energía. Ahí empieza una etapa de desarrollo industrial más profundo, con industria pesada, petroquímica y otros sectores que hasta hoy son enclaves fundamentales de nuestra economía.

—O sea que la industria pudo desarrollarse incluso en un contexto externo que no siempre era favorable.

—Exactamente. La soja, por ejemplo, comenzó a tener presencia varias décadas después y recién posteriormente se transformaría en una fuente extraordinaria de divisas. La industrialización argentina se produjo antes de ese fenómeno y pudo desarrollarse pese a restricciones externas importantes.

—Si mirás esa historia, ¿qué enseñanzas sirven para salir de la situación actual?

—En los últimos cuarenta años la Argentina fue rifando un capital valiosísimo. Cuando miramos experiencias como Corea del Sur, Alemania, Brasil o México encontramos países que, en distintos momentos históricos, decidieron preservar su capital industrial. La cuestión fundamental ahora es preguntarnos si es posible salir del punto en el que estamos.

—¿Es posible?

—Sí. Es posible porque todavía tenemos las capacidades mínimas y necesarias para hacerlo. Pero necesitamos que las instituciones y el contexto político estén convencidos de esa necesidad y se alineen detrás de un proyecto productivo. Naturalmente, el mundo actual no es el de los años sesenta.

—Cuando comparás históricamente la industria argentina con Brasil y México, ¿qué aparece?

—Que el mundo actual no desatiende su industria, sino que la protege. Argentina, que era pionera regional en los años cincuenta, hoy quedó muy atrás dentro de ese proceso latinoamericano. Quienes preservaron su capacidad industrial están mejor preparados para soportar vaivenes económicos extraordinarios porque tienen capacidades internas autónomas.

—¿La inteligencia artificial y las nuevas tecnologías vuelven menos necesaria la industria o pueden fortalecerla?

—Pueden fortalecerla. Hoy se habla de industria 4.0. La inteligencia artificial y las nuevas tecnologías pueden incorporarse a las actividades manufactureras. No estamos frente a un mundo en el cual la industria dejó de tener lugar. Basta mirar a los gigantes asiáticos y particularmente a China, que asumió el papel de gran fábrica del mundo.

—¿Cómo se vincula todo esto con Vaca Muerta?

—Podemos hacer una comparación sencilla. Si exportamos una tonelada de gas de Vaca Muerta obtenemos determinado valor por esa materia prima. Si utilizamos ese recurso energético y petroquímico dentro de un proceso industrial y exportamos una tonelada de autopartes plásticas fabricadas en la Argentina, el valor puede multiplicarse varias decenas de veces. Ese es el fenómeno que tenemos que mirar.

—Entonces el planteo no sería elegir entre Vaca Muerta o industria.

—Exactamente. Tenemos Vaca Muerta y tenemos recursos. Exportar buques con gas licuado es una posibilidad. Pero también tenemos capacidad industrial, petroquímica y autopartista. Si nos limitamos a vender el recurso natural y no desarrollamos las actividades capaces de agregarle valor, nos estamos perdiendo la frutilla del postre.

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