El auge de los movimientos extremistas y populistas de derecha a nivel global. Las corrientes antidemocráticas ganan terreno en la política actual de Europa y América. La fragilidad de ciertos dogmas económicos internacionales. La arbitraria imposición de una meta inflacionaria del dos por ciento carece de sustento teórico-matemático y responde más bien a improvisaciones históricas convertidas en sabiduría convencional. La persistencia del fascismo cultural en Italia. La romántica fascinación turística y política que aún despierta la figura de Benito Mussolini en su localidad natal de Predappio.
Hay escenas en la vida política en el mundo y en los países que parecen competir por el oro a la perplejidad 2026. Los 5 mil dólares prometidos por Donald Trump a los votantes si los republicanos llegan a ganar en las midterms del 3 de noviembre, o los 30 mil terroristas supuestamente deportados por la Argentina según afirmó el primer mandatario criollo, son enormidades a las que es mejor no acostumbrarse.
Más estructuralmente, son parte de ese paquete del asombro el auge de los extremistas de derecha en Europa o la peregrinación anual a la localidad donde nació Benito Mussolini. En la región, las consecuencias de las presidenciales brasileñas del domingo entre la derecha irracional de Flávio Bolsonaro y la sensatez de Lula da Silva pintan que van para largo. Entre nosotros, asombra, en grado sumo, cómo los comentaristas más conservadores se alarman por el sesgo recesivo del programa del gobierno cárdeno. Alertan, desconcertados, que en el corto adiós del oficialismo a la reelección nos la vamos a pegar de frente a gran velocidad. ¿Qué estaban esperando?
A decir verdad, y antes de repartir acusaciones de cinismo entre los sospechosos de siempre, esto pone en evidencia lo extraviada que anda la sabiduría convencional entre la velluda frente de la pampa. John Kenneth Galbraith, años ha, acuñó la categoría sabiduría convencional (conventional wisdom) para englobar al conjunto de ideas, creencias y explicaciones que son aceptadas de forma generalizada por la sociedad simplemente porque resultan cómodas, sencillas y reconfortantes, aunque no sean necesariamente verdaderas.
Buena prueba de ello es el objetivo universal de inflación del 2 por ciento anual. Ese número absolutamente esquivo a los cárdenos y que los y nos “desangra por la fe que (los) empecina”, ¿de dónde sale? Y una vez establecida su génesis, ¿podría ser 3,5 o 4,5 por ciento anual? Menos que 2 seguro que no, porque la deflación es mucho peor que la inflación.
La verdad de la milanesa es que lo que en jerga se llama inflation targeting del 2 por ciento anual es un número de filiación mediática sin ninguna econometría detrás. Esta historieta retrocede hacia Nueva Zelanda y la inflación descontrolada que sufría en la década del 80. En 1989, el ministro de Finanzas de entonces, Roger Douglas, intercambió opiniones con el presidente del Banco Central, Don Brash, para dar con un número de inflación anual que resultara aceptable para los mercados y los calmara. En su subjetividad se autopersuadieron de que el 2 por ciento anual podría andar bien. Y así, de puro guapos, en una entrevista en televisión respondieron a coro con buen grado de improvisación, ante una pregunta embarazosa, que estaba todo bajo control e iban encaminados hacia el 2 por ciento de inflación anual o ligeramente menos.
Como el truco funcionó y la economía logró estabilizarse, otros países como Canadá, Reino Unido, Suecia, etcétera, empezaron a copiar el modelo de objetivo de inflación del 2 por ciento. Finalmente, la FED y el BCE lo adoptaron como la ley de hierro de la política monetaria moderna.
¿Alguno se preocupó de encontrarle racionalidad matemática al 2 por ciento anual? Aún no. Y hasta donde llega nuestro conocimiento no hay el menor interés en ello. El “no lo arregles si funciona” se impuso. ¿La fe cárdena tiene a todo el país yéndose a los caños por el birlibirloque inflacionario? A la vista de esta comedia bufa no es raro, al contrario, es congruente, que la sabiduría convencional no tenga la menor idea de las consecuencias de sus actos y que el pobre Lord John Maynard Keynes no pare de revolverse en su tumba.
El crecimiento de la extrema derecha europea
En 1993, los partidos de extrema derecha junto a los populistas obtuvieron menos del 7 por ciento de los votos en toda Europa. En 2013 saltaron al 7 por ciento. En 2016, los derechistas populistas y extremos cosecharon el 12 por ciento de los sufragios europeos. Este empinamiento, que duplicó el número de votantes, se produjo a partir de 2015, al compás de la crisis migratoria que se desató en Europa hace dos lustros. En 2026 los votos de la extrema derecha europea rondan el 25 por ciento de los sufragios. La extrema izquierda, antes y ahora, sigue planchada, sin acusar peso en la balanza.
Los datos los recolectó The PopuList, que es un grupo de investigación y análisis conformado por más de 100 politólogos de distintos países del Viejo Continente, abocados a ofrecer, según informan en su sitio, a “investigadores, periodistas, responsables políticos y ciudadanos una visión general de los partidos populistas, de extrema izquierda y de extrema derecha en Europa desde 1989 hasta el 1 de junio de 2026”.
Los países analizados por The PopuList son Austria, Bélgica, Bulgaria, Croacia, Chipre, la República Checa, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Francia, Alemania, Grecia, Hungría, Islandia, Irlanda, Italia, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Malta, los Países Bajos, Noruega, Polonia, Portugal, Rumania, Eslovaquia, Eslovenia, España, Suecia, Suiza y el Reino Unido.
La tipificación que hace The PopuList comprende a partidos populistas, partidos euroescépticos, partidos de extrema izquierda y partidos de extrema derecha. Definen a los partidos populistas como aquellos colectivos que respaldan el conjunto de ideas de que la sociedad está dividida, en última instancia, en dos grupos homogéneos y antagónicos, “el pueblo puro” contra “la élite corrupta”, y que argumentan que “la política debe ser una expresión de la volonté générale (voluntad general) del pueblo”.
Los partidos euroescépticos son aquellos que se enancan en una oposición contingente o condicionada, así como en una oposición abierta e incondicional al proceso de integración europea.
Los partidos de extrema izquierda los caracterizan a partir del rechazo de la estructura socioeconómica subyacente del capitalismo contemporáneo y abogan por estructuras económicas y de poder alternativas. Consideran que la desigualdad económica es la base de los sistemas políticos y sociales existentes y exigen una redistribución importante de los recursos por parte de las élites políticas actuales.
En la infranqueable vereda de enfrente están los partidos de extrema derecha, que combinan la visión nativista con la impronta autoritaria. El nativismo, de acuerdo con la conceptualización de The PopuList, es una ideología que sostiene que los Estados deben estar habitados exclusivamente por miembros del grupo nativo y que los elementos no nativos son una amenaza fundamental para el Estado-nación homogéneo. Los autoritarios agregan la creencia en una sociedad estrictamente ordenada, en la que las infracciones de la autoridad deben ser castigadas severamente.
En 2027 hay elecciones en España, Italia, Francia y Polonia, con gran protagonismo de los extremistas y populistas de derecha. Estos ultras europeos se esperanzan en que los republicanos liderados por Donald Trump salgan victoriosos en las midterms legislativas del próximo martes 3 de noviembre y profundicen el notable apoyo que vienen recibiendo de los elefantes colorados. Resulta curioso que Trump, que el 26 de mayo pasado se fotografió en el Salón Oval con los hermanos Flávio y Eduardo Bolsonaro, haya guardado desde entonces un profundo silencio sobre las elecciones de Brasil, que sólo rompió para elogiar a Lula. En este zoológico, uno se imagina al León violeta invocando las fuerzas del cielo, meta y meta incienso, mirra y cirios en pos del triunfo republicano en las legislativas de noviembre.
Difícil que con semejante probóscide el paquidermo chifle. Y no sólo por lo que dicen las encuestas preelectorales con resultados adversos a los republicanos. Aunque eso se relativice, y con razón, puesto que desde hace un tiempo a esta parte y en todos los países las encuestas sobre votaciones han mostrado grados de falibilidad para considerar.
Una excursión a Predappio
En la edición de la London Review of Books (LRB) de septiembre de 2026, el ensayista Dani Garavelli relata en su artículo “Culto a Mussolini” la excursión que hizo a Predappio, en Emilia-Romaña, la localidad natal de Benito Mussolini.
Cabe recordar que Benito Mussolini, il Duce (el caudillo), ejerció el cargo de primer ministro del Reino de Italia desde 1922 hasta julio de 1943. Derrotado por la coalición formada por el Reino Unido y los Estados Unidos, firmó el armisticio y fue a parar a la cárcel. En septiembre de 1943 fue liberado por los paracaidistas alemanes y, bajo tutela nazi, formó un nuevo gobierno en el norte de Italia, la República Social Italiana, con capital en la ignota hasta entonces ciudad de Salò.
Mussolini había consolidado su gobierno en 1926 cuando puso en marcha, en medio de una economía inflacionaria y estropeada, el plan de estabilización llamado Cuota 90 (quota novanta). Revaluó el tipo de cambio y fijó la paridad con la libra esterlina en 90 liras. La bajó desde 150 liras por libra inglesa. El freno abrupto de la inflación y los problemas con el nivel de actividad lo llevaron a bajar los salarios 20 por ciento en 1927. Aun así, mantuvo la popularidad por el plan de obras públicas y la promesa de riqueza que provendría de la aventura imperialista. El apotegma muy de estos días, “el vencedor se lleva el botín”, explica esa actitud bucanera del pasado. Eso condujo a Italia a ser parte del “Eje” y al desastre de la Segunda Guerra. Il Duce fue ajusticiado por los partisanos en 1945.
La crónica de Garavelli se sitúa en el 26 de julio, “el domingo anterior al cumpleaños de Mussolini, uno de los tres días del año en que los neofascistas viajan en masa al lugar donde nació Il Duce y donde ahora reposan sus restos”. Al respecto explica el autor que los turistas curiosos “llegan durante todo el año” a Predappio. En cambio, los que se identifican con Il Duce vienen los domingos anteriores al cumpleaños de Mussolini, que es el 29 de julio. También para el día de su muerte, el 28 de abril. El aniversario de la Marcha sobre Roma, el 28 de octubre, también convoca a partidarios y simpatizantes del fascismo.
Relata cómo se mantiene vivo el culto al dictador a través de criptas, museos y negocios de memorabilia que atraen cada año a 100 mil visitantes. El grueso de los visitantes se identifica con el colectivo neofascista. Esta persistencia refleja la ambigua relación de Italia con su pasado autoritario, ya que la falta de un juicio riguroso tras la Segunda Guerra Mundial facilitó la propagación de mitos sobre la benevolencia del régimen, según observa Garavelli.
Cuenta Garavelli que los descendientes del líder y diversos políticos populistas contemporáneos han sabido capitalizar esta fascinación para legitimar posturas ultraderechistas. Asimismo, la afluencia de visitantes y simpatizantes demuestra que la iconografía fascista sigue arraigada en la cultura popular del país. Las ceremonias anuales y los monumentos locales evidencian que el ego y la influencia del dictador perduran profundamente en la sociedad italiana actual.
Entre otros hechos anecdóticos cosechados por Garavelli, uno llama la atención por su tristísima ironía. El 25 de julio de 1943, la noticia del arresto de Benito Mussolini en Roma corrió como pólvora por los campos de Emilia-Romaña. Para celebrar la caída del régimen, el campesino y partisano Alcide Cervi tomó una decisión entrañable y profundamente política: cocinó una enorme cantidad de macarrones salteados con mantequilla y queso parmesano para convidar a todo el pueblo de Campegine. Aquel festín popular pasó a los anales de la historia como la “pasta antifascista”.
La historia de la familia Cervi no tuvo un final feliz. Apenas cinco meses después de haber cocinado y servido aquellos platos de macarrones, los siete hijos de Alcide Cervi fueron capturados y ejecutados por un pelotón de fusilamiento fascista. Aquella masacre dejó en evidencia cómo, bajo el fascismo, incluso los hábitos culinarios más cotidianos podían convertirse en un peligroso terreno de batalla ideológico.
Ocurrió que detrás de este banquete de liberación se escondía un choque doctrinario con la gastronomía del régimen. Mussolini aborrecía la pasta. Fiel a su obsesión por moldear el carácter de los italianos, el dictador desaprobaba públicamente el consumo de carbohidratos por considerar que “volvía perezosos” a los ciudadanos. En su lugar, mediante intensas campañas estatales, exhortaba a la población a consumir arroz, buscando imponer una dieta austera y disciplinada en favor de la autarquía alimentaria.
Garavelli supone que el monstruo fascista nunca terminó de parecer tan horrible y sanguinario como su par alemán porque la Guerra Fría metió la cola. Al concluir la Segunda Guerra Mundial, el proceso de desnazificación en Alemania llevó al banquillo de los acusados a la cúpula del Tercer Reich en Núremberg. Italia, en cambio, tomó un sendero completamente distinto. Según documenta el historiador Stephen Gundle en su obra El fantasma de Mussolini: El legado de un dictador, el Estado italiano pagó entonces 360 millones de dólares en reparaciones de guerra (alrededor de 7.000 millones de dólares de la actualidad) y cedió sus colonias en África (Libia y Etiopía), además de las partes de Yugoslavia anexionadas tras la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, nunca se celebró un proceso judicial contra sus mandos militares y políticos de alcance internacional.
Sin dudas, para Garavelli el factor determinante fue la geopolítica de los inicios de la Guerra Fría. Los Aliados occidentales temían que someter a Italia a un proceso judicial implacable pudiera desestabilizar la nación y empujar a su electorado hacia las filas del Partido Comunista Italiano, el más grande de Europa Occidental. Esa indulgencia alimentó la construcción de un mito benevolente: la idea de que el fascismo había sido una dictadura “suave”, un experimento modernizador cuyo único gran error fue la fatal alianza con Adolf Hitler.
Esa construcción, en opinión de Garavelli, fue la que generó la extraña convivencia entre el rechazo institucional y la aceptación cultural. Una anécdota registrada en el libro de visitas del museo de la casa natal de Mussolini en Predappio le sirve a Garavelli para clarificar los alcances de esta contradicción. “En medio de páginas saturadas de elogios supremacistas, un visitante dibujó una caricatura lanzando una esvástica y un hacha a la basura, acompañada por una airada protesta: ‘Este libro es basura. Que se jodan Benito y los fascistas’. Sin embargo, al pie de la misma hoja, el autor añadió un remate revelador: ‘¡Aunque el museo está bien!’”, relata en la crónica de la LRB.
Tiene razón Garavelli cuando manifiesta que esta pequeña paradoja encierra el gran dilema de la Italia contemporánea, extensible al resto de los países en los que los extremistas de derecha se enseñorean. “En un mundo que redescubre los discursos de mano dura, cabe preguntarse: ¿cuál es el precio que paga una democracia cuando la memoria de una dictadura sangrienta se asimila como un mero producto folclórico, un motor turístico o una simple curiosidad de la historia?”, se pregunta el autor. Desde un banquero hasta un laburante dejado en Pampa y la vía como consecuencia de la política cárdena ya saben que ese precio es el de una mercancía completamente desaconsejable de comprar. Hay que seguir la recomendación de Lali Espósito y no “atender cuando el demonio llama”.