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Directores: Martín Granovsky y Rafael Prieto
Edición: 144
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Diez intelectuales buscan el camino para que Lula dé vuelta el resultado

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El bolsonarismo ya es una fuerza social.

La primera vuelta dejó una pregunta que atraviesa buena parte del pensamiento progresista brasileño: ¿cómo pudo Flávio Bolsonaro terminar primero con una economía de bajo desempleo, crecimiento del salario real y políticas sociales recompuestas? Las respuestas de Breno Bringel, Mayra Goulart, Pedro Paulo Zahluth Bastos, Paulo Kliass, Luis Felipe Miguel, Robson Sávio Reis Souza, Paulo Niccoli Ramirez, Marco Antonio Carvalho Teixeira, Mateus G. Santos y Ricardo Galvão difieren, incluso chocan entre sí. Pero juntas dibujan un diagnóstico incómodo: el bolsonarismo dejó de ser una anomalía dependiente de Jair Bolsonaro y se convirtió en una fuerza social, territorial e institucional capaz de sobrevivir a su fundador. También aparece una coincidencia sobre Lula. Para ganar el 25 de octubre no alcanza con recordar sus primeros gobiernos, exhibir buenos indicadores económicos o advertir sobre los peligros de la extrema derecha. Lula necesita recuperar una palabra que el bolsonarismo consiguió disputar: cambio.

El sociólogo y politólogo Breno Bringel propone empezar por abandonar una ilusión: 2026 no es una repetición de 2022 ni de 2018.

Jair Bolsonaro podía presentarse en 2018 como outsider. Flávio ya no puede hacerlo. Entre ambos hubo un gobierno, una pandemia, conflictos con las instituciones, ataques al sistema electoral, una derrota presidencial y la condena y prisión de Jair Bolsonaro por la tentativa golpista. A pesar de eso, más de 56 millones de brasileños votaron por Flávio.

Para Bringel, esto obliga a dejar de considerar al bolsonarismo como una anomalía pasajera. Se transformó en una identidad política duradera, con una interpretación reconocible del mundo: orden contra inseguridad, autoridad contra desorden, valores tradicionales frente a cambios percibidos como amenazas y una comunidad que se cohesiona mediante la identificación de enemigos.

Pero hay algo más. El bolsonarismo aprendió.

Flávio conserva los núcleos de la derecha radical —seguridad, conservadurismo moral, antipetismo, alianza con sectores evangélicos— pero procura disminuir la estridencia y la imprevisibilidad del padre. Bringel habla de una posible “segunda generación del bolsonarismo”: aprendió a perder elecciones, atravesar crisis, reorganizarse y preservar el radicalismo reduciendo algunos de sus costos electorales.

La derecha entendió que el poder no está solamente en el Planalto

La otra enseñanza bolsonarista fue territorial e institucional. No basta con conquistar la Presidencia.

Hay que disputar Cámara, Senado, gobernaciones, iglesias, calles, redes sociales y cultura. Bringel observa que esa concepción integral de la política fue asumida por la derecha mientras una parte de la izquierda se concentraba crecientemente en la administración del Estado y en las elecciones.

El politólogo Paulo Niccoli Ramirez llega por otro camino a una preocupación semejante. El PL obtuvo 121 diputados y tendrá 28 senadores desde 2027. Ramirez utiliza una categoría deliberadamente provocadora: “fascismo funcional”. No sostiene que todo votante se reconozca como fascista. Describe comportamientos electorales que, a su juicio, terminan fortaleciendo formas autoritarias y reduciendo el espacio de la oposición.

Y destaca una ventaja organizativa decisiva: el bolsonarismo consiguió enseñar a su electorado a votar no solamente por un presidente sino por un campo político completo, trasladando así la identidad bolsonarista hacia candidatos legislativos y estaduales.

El 25 de octubre también se vota la Constitución de 1988

Para Robson Sávio Reis Souza, investigador de PUC Minas y especialista en seguridad y democracia, el resultado obliga a cambiar incluso la pregunta electoral.

No se trata únicamente de Lula o Flávio sino de saber qué tipo de Estado tendrá Brasil.

Sávio contrapone dos posibilidades: profundizar el pacto de la Constitución de 1988 —democracia representativa, derechos sociales, políticas públicas universales y obligación estatal de reducir desigualdades— o avanzar hacia un Estado mínimo, con menor protección social, flexibilización de derechos y políticas de seguridad más punitivas.

El nuevo Congreso hace que esa discusión deje de ser teórica. Un presidente Flávio Bolsonaro acompañado por una fuerte mayoría de derecha tendría capacidad para impulsar modificaciones institucionales profundas, presionar sobre el STF y participar en la futura composición del Supremo.

Sávio introduce además un concepto útil para comprender el voto de derecha. Habla de una “máquina de resonancia” que permite que valores y creencias como individualismo, mercado, conservadurismo religioso, demanda de seguridad, desconfianza hacia el Estado, resentimientos y antipetismo se refuercen entre sí aunque sus votantes no constituyan un bloque ideológico perfectamente homogéneo.

El problema para Lula: el pasado ya no alcanza

Aquí reaparece Bringel con una de las ideas más interesantes de esta discusión.

En 2022 Lula podía ofrecer reparación. Después de Jair Bolsonaro, recuperar el Brasil de crecimiento, la movilidad social, la reducción de la pobreza y el protagonismo internacional de los primeros gobiernos petistas constituía por sí mismo una promesa de futuro.

En 2026 ya no sería de ese modo.

Entre aquel pasado y esta elección existen cuatro años de Lula III. Bringel reconoce que hubo una recuperación de políticas públicas, menor desempleo y un reposicionamiento internacional, pero caracteriza al gobierno como predominantemente defensivo. Habría sido una administración obligada a contener a la extrema derecha y a convivir con una amplia coalición conservadora.

La paradoja es notable, porque de esa manera la extrema derecha aparece como fuerza de ruptura mientras el progresismo aparece defendiendo el orden existente.

Lula ya no puede preguntar solamente si los brasileños quieren recuperar el país que perdieron. Tiene que convencerlos de que puede conducir el país que todavía no existe.

La derecha se quedó con la palabra “cambio”

La politóloga Mayra Goulart, de la UFRJ, llega casi al mismo punto.

Su lectura relativiza la importancia de cada escándalo de campaña. Por debajo de esas oscilaciones existe para ella una división estructural entre dos campos, uno hegemonizado por los Bolsonaro y otro, democrático, hegemonizado por Lula y el PT. Ninguno posee mayoría absoluta.

Pero la derecha tiene una ventaja cultural al haber conseguido presentarse como novedad y transformación.

Goulart cree que las movilizaciones sociales permiten disputar nuevamente esa palabra. El fin de la escala 6×1 es especialmente importante porque vuelve a asociar a la izquierda con modificaciones palpables de la vida cotidiana.

“Hay una energía de revolución en este gobierno”, sostiene Goulart. El problema sería reconectarla con demandas concretas.

¿Por qué los buenos números económicos no alcanzaron?

Aquí comienza una discusión particularmente interesante entre los economistas.

Pedro Paulo Zahluth Bastos, profesor de la Unicamp, parte de la paradoja electoral. Flávio terminó primero con un desempleo cercano a mínimos históricos, un salario real en aumento y una inflación dentro de la meta programada.

Su respuesta es que los indicadores macroeconómicos no describen completamente la experiencia cotidiana.

Zahluth caracteriza Lula III como un “socialdesarrollismo contenido”. Según él hubo redistribución —aumento real del salario mínimo, modificaciones tributarias y políticas sociales—, pero encerrada dentro de restricciones macroeconómicas que limitaron su capacidad transformadora. Entre ellas señala el marco fiscal, las tasas de interés y el comportamiento de los bancos públicos.

A eso suma un elemento decisivo, que consiste en el endeudamiento de las familias. Tener empleo no significa necesariamente experimentar prosperidad si buena parte del ingreso queda absorbida por intereses, cuotas, alquileres y costo de vida.

Bringel formula algo parecido desde la sociología. Empleo e ingreso importan, pero también comida, vivienda, deuda, inseguridad y expectativa de ascenso. Los primeros gobiernos de Lula no ofrecieron solamente políticas públicas. Produjeron en millones de brasileños la sensación de que mañana podían vivir mejor que hoy.

El debate que ya empezó sobre Lula IV

Paulo Kliass radicaliza la discusión económica.

Su punto de partida es el “tesouraço”, el tijeretazo prometido por Flávio. Sería un fuerte recorte del gasto público que, según su análisis, inevitablemente terminaría afectando jubilaciones, salud, educación y políticas sociales. Kliass vincula esa propuesta con la experiencia argentina de Javier Milei.

Pero su artículo no se limita a advertir sobre Flávio. También interpela al lulismo.

Para Kliass, Lula no puede combatir una propuesta de ajuste profundo limitándose a defender el balance de su gobierno. Debe romper con el fiscalismo que restringió Lula III y construir una alternativa económica claramente diferenciada.

Zahluth Bastos llega a una conclusión semejante desde otra formulación: derrotar electoralmente a Flávio debería abrir la posibilidad de “liberar a Lula del arcabouço”. Del corset fiscal

Aparece así una discusión que probablemente sobreviva al 25 de octubre. No solamente si Lula puede ganar, sino para qué debería ganar.

La 6×1 puede ser mucho más que una reivindicación laboral

Zahluth encuentra en la reducción de la jornada laboral y la obtención de un día más de descanso una respuesta posible a varios problemas simultáneamente.

El fin de la escala 6×1 tiene una particularidad política extraordinaria porque atraviesa las divisiones culturales que favorecen a la derecha.

Según los datos recogidos por Zahluth, siete de cada diez brasileños apoyan terminar con la 6×1 y el respaldo alcanza incluso a una mayoría de los votantes de Flávio.

Además, no exige gasto presupuestario directo. Es una regulación sobre el tiempo de trabajo.

Por eso puede convertirse en algo mayor que una reforma laboral. Podría ser una forma de reconstruir identidad de clase en una sociedad políticamente organizada alrededor de la religión, la seguridad, el antipetismo y la guerra cultural.

Mayra Goulart observa el mismo fenómeno desde la política. Dice que la izquierda vuelve a aparecer asociada a una transformación concreta de la vida.

Luis Felipe Miguel: no todo se explica por el bolsillo

Pero Luis Felipe Miguel, profesor titular de Ciencia Política de la Universidad de Brasilia, introduce una objeción mucho más áspera.

Para él sería un error creer que el voto a la extrema derecha desaparecerá automáticamente si mejoran los ingresos o si la izquierda comunica mejor sus realizaciones.

Miguel sostiene que existe una adhesión real a valores autoritarios, punitivos y antisolidarios. Es particularmente duro con el electorado de Flávio y utiliza expresiones deliberadamente provocadoras para discutir la idea de que todo comportamiento electoral puede explicarse racionalmente por intereses materiales.

Pero su conclusión termina siendo también una crítica a la izquierda. Sostiene que las mentalidades son socialmente producidas y que el campo popular abandonó o perdió buena parte de la batalla por los valores que organizan la sociedad.

La discusión con Zahluth es productiva. Uno pone el énfasis en deuda, trabajo y distribución. El otro advierte que no se puede reducir el bolsonarismo a economía. Leídos juntos sugieren que probablemente ambas dimensiones estén operando simultáneamente.

Lula no debe empezar tratando de convertir bolsonaristas

La cuestión práctica es dónde encontrar los votos necesarios.

Mayra Goulart propone no obsesionarse con convertir a quienes ya están consolidados en la derecha. Considera más prometedor movilizar a quienes están predispuestos a votar por Lula y conseguir que efectivamente lleguen a las urnas.

Mateus G. Santos lleva esa hipótesis al mapa de São Paulo.

Analizando los datos del TSE, sostiene que la campaña no debería concentrar primero sus recursos en los barrios donde Lula y Flávio están muy próximos. Con pocos días disponibles, el rendimiento electoral puede ser mayor en las periferias más alejadas donde Lula ya ganó pero aumentó la abstención.

Es un cambio conceptual importante.

La pregunta deja de ser únicamente cómo quitarle un voto a Bolsonaro y pasa a ser otra:

¿Dónde está el votante de Lula que todavía no votó?

Flávio puede jugar parado

Marco Antonio Carvalho Teixeira, profesor de la FGV, advierte sobre el problema inverso.

Flávio tiene menos necesidad de modificar el tablero. El antipetismo continúa funcionando como una identidad electoral poderosa y el resultado de la primera vuelta lo dejó adelante. Si el segundo turno no produce una verdadera discusión de proyectos, sostiene Teixeira, Flávio puede beneficiarse de una estrategia conservadora. Sería “jugar parado”.

Eso coloca toda la presión de innovación sobre Lula.

No me alcanzaría con esperar un error de Flávio. Lula necesitaría producir un acontecimiento político capaz de alterar una elección que, si permanece inmóvil, favorece a quien terminó primero.

El medio ambiente podría ser una de las primeras víctimas

El físico Ricardo Galvão, exdirector del INPE que enfrentó a Jair Bolsonaro por las cifras de deforestación amazónica, incorpora una dimensión menos presente en la campaña.

Su advertencia no se refiere solamente a lo que piensa Flávio Bolsonaro sobre cambio climático. Se refiere a las condiciones políticas que tendría para actuar.

Según Galvão, un eventual Flávio presidente encontraría un Congreso más favorable a retrocesos ambientales que el que tuvo su padre. El peso ruralista y de la derecha radical reduciría los contrapesos legislativos frente a políticas de desregulación.

Esto refuerza una de las tesis generales de los diez análisis. Para comprender qué significaría Flávio no basta con comparar candidatos. Hay que sumar Presidencia + más Congreso más gobernadores más Senado.

Lula tiene nueve días para volver a representar el futuro

De los diez análisis emerge finalmente una suerte de programa intelectual para la remontada.

Lula necesita movilizar a su electorado potencial, especialmente allí donde la abstención castigó a las periferias; recuperar la calle sin limitarse a la estructura partidaria; convertir la 6×1 y otras demandas materiales en símbolos de transformación; hablar de seguridad sin copiar la política punitiva de la derecha; vincular los datos económicos con deuda, vivienda y costo de vida; defender la Constitución de 1988 explicando qué derechos concretos dependen de ella; y transformar soberanía y política exterior en una diferencia visible frente a la alianza del bolsonarismo con Donald Trump.

Pero debajo de todas esas recomendaciones existe una discusión mucho mayor.

¿Puede el lulismo volver a ofrecer futuro?

Bringel identifica el dilema con especial precisión. Lula sigue siendo probablemente el dirigente progresista brasileño con mayor capacidad electoral. Al mismo tiempo, su centralidad dificulta la renovación del campo que conduce. El PT no produjo todavía un sucesor equivalente y la extrema derecha ya consiguió producir una segunda generación bolsonarista.

Por eso el 25 de octubre resuelve mucho, pero no resuelve todo.

Si gana Flávio, Brasil podría entrar en una etapa en la cual una derecha radical ya experimentada en el poder controle simultáneamente el Ejecutivo y una porción extraordinaria del Legislativo. Si gana Lula, tendrá que gobernar frente a esa fuerza y, al mismo tiempo, demostrar que su cuarto mandato no será simplemente una administración defensiva del pasado.

En ese punto convergen Bringel, Goulart, Zahluth y Kliass desde tradiciones diferentes: para derrotar duraderamente al bolsonarismo no basta con demostrar que la extrema derecha es peligrosa. La izquierda tiene que volver a ser identificada con la posibilidad de cambiar la vida.

La batalla inmediata es conseguir los votos que faltan.

La batalla de fondo es recuperar el futuro.

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