La campaña por el balotaje en Brasil es intensa. Ya quedaron sobradamente aclaradas algunas características y maneras que Lula implementó para intentar dar vuelta el resultado adverso de la primera ronda como si, finalmente, hubiera identificado mejor a los destinatarios de su mensaje.
Cinco claves:
1. Ir contra la abstención es un objetivo central de la estrategia del PT para el balotaje.
2. Lula impulsa el transporte gratuito y ya logró cambios en la jornada laboral.
3. La seguridad concentra buena parte del discurso de Flávio Bolsonaro.
4. Petrobras y la relación con Estados Unidos cruzan fuerte el debate.
5. Lula ofreció la divulgación pública de su situación patrimonial siempre y cuando Flávio Bolsonaro lo haga.
Desde la victoria de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones generales en Brasil, hasta los últimos tramos previos al balotaje de este domingo 25 de octubre, hubo cambios en la campaña del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. Muchos fueron notables y otros sutiles, pero todos son merecedores de atención desde el campo nacional y popular.
El próximo domingo, pocas horas después de esta edición 145 de Y ahora qué?, se realizará en Brasil la segunda vuelta de las elecciones generales que tuvieron lugar el 4 de octubre y fueron ganadas por Flávio Bolsonaro, hijo del ex presidente de extrema derecha Jair Bolsonaro.
Como se recordará, Jair mereció que el Supremo Tribunal Federal (STF) de Brasil lo condenara a 27 años y tres meses de prisión por procurar la abolición violenta del Estado democrático de derecho, y organizar las acciones del 8 de enero de 2023, cuando una muchedumbre asaltó las sedes del Congreso, el Supremo Tribunal y el Palacio del Planalto en Brasilia.
También a Bolsonaro (padre) se lo consideró golpista y responsable por la destrucción de bienes del Estado durante aquellas revueltas e intentos de desestabilización institucional para ignorar el balotaje del 30 de octubre de 2022 e impedir la asunción del candidato ganador (y desde entonces presidente) Luiz Inácio Lula da Silva. O sea que al papá de Flávio le tocó entonces caer en cana.
Resultados carcelarios
Del análisis de los resultados de la primera vuelta de estos comicios, trascendentes para toda la región, surgió que Lula (PT) perdió a nivel nacional, pero lideró la votación en las cárceles, donde no votan los presos condenados sino los que aún no tienen sentencia firme, y son la mayoría. El 4 de octubre, en efecto, de las 243 mesas electorales distribuidas en los centros penitenciarios y de internamiento para menores, Lula obtuvo el 72,57% de los votos válidos, mientras Flávio Bolsonaro (PL) quedó en segundo lugar, con el 23,29%. En el panorama carcelario general, Lula ganó en 214 de los 243 centros, Flávio en 25, y en cuatro de ellos hubo empate.
Amerita mantener presente estos resultados, por lo que se verá después, y las ideas de Michel Foucault referidas a quienes viven en las cárceles, en los puntos donde las dinámicas del poder se vuelven completamente visibles y transparentes. En efecto para Foucault los presos, lejos de ser los excluidos o quienes están “afuera” de la sociedad, ocupan el centro de su tecnología de control más perfeccionada. Y la mirada de los presos, de los vulnerables en extremo y más desangelados de la sociedad es, sin embargo, privilegiada: por la posición que ocupan, su mirada habilita la posibilidad de deconstruir la ficción de que la sociedad moderna se basa en la libertad y el contrato social, desenmascarando sus verdaderos mecanismos de dominación y normalización. Y hay que mantener presente, entonces, que desborda coherencia que esos presos hayan votado mayoritariamente a Lula.
El debate ya realizado, desde la debida perspectiva, prologa el que sostendrán Lula y Flávio Bolsonaro a tan sólo dos días del balotaje. La pérdida en la primera vuelta planteó para el PT la necesidad de cambios de cara al tramo final de la campaña, de manera de movilizar la abstención (33,4 millones de votantes que significan el 21,08% del padrón), alertar al electorado que con el triunfo de la ultraderecha serían severamente recortados programas sociales como Farmacia Popular, Minha Casa, Minha Vida y Más Médicos, y procurar ganar votos dispersos en el centro y la centro-izquierda.
Otras “conducencias”
Además, la campaña lulista decidió sin rubores, luego de la derrota, impulsar lo que bien llamó el ex presidente argentino Hipólito Yrigoyen las “efectividades conducentes”, y anunció el envío del Proyecto de Passe Livre (Tarifa Cero) al Congreso, para implementar el traslado público gratuito en colectivos y autobuses urbanos los días sábados y domingos en todas las ciudades del país que cuenten con red de transporte. También el Gobierno intensificó su respaldo al debate parlamentario para eliminar definitivamente el régimen laboral de 6 días de trabajo por 1 de descanso (6×1), garantizando que los trabajadores tengan 2 días de descanso semanal remunerado (escala 5×2). Además el oficialismo en el Congreso apoya la reducción gradual de la carga horaria máxima de 44 a 40 horas semanales, pero sin que ello implique recorte o disminución en los sueldos como consecuencia de la baja de la carga horaria semanal.
Otras efectividades conducentes fueron la renovación (intensificada) del compromiso de aumentar el mínimo no imponible del Imposto de Renda da Pessoa Física (IRPF) y, de este modo, poner liquidez inmediata en las familias que padecen el aumento del costo de la vida. Y en línea con lo anterior, el Gobierno reforzaría programas de crédito blando para pequeñas empresas y ampliaría otros subsidios focalizados (como apoyos al precio del gas de cocina y medicamentos esenciales a través de Farmácia Popular).
Chicanas y debate
En los debates presidenciales brasileños, como es sabido, los candidatos tienen dentro de su área establecida en el escenario mayor libertad de movimiento que en otros países, y pueden acercarse a las cámaras o interactuar cuerpo a cuerpo sin un atril fijo. Hay bloques en los que se preguntan cara a cara, se responden y replican directamente entre sí. Son enfrentamientos que tienen algo de partidas de ajedrez, con el tiempo medido porque cada debatiente dispone de un “banco de tiempo” y el reloj corre únicamente mientras está hablando y detiene el descuento cuando cede la palabra al adversario.
Hay moderadores, pero solamente actúan para controlar que los debatientes no se lancen ofensas graves o faltas de respeto intolerables, o para que ningún candidato insista en su filípica una vez agotados sus minutos. También participa un panel de periodistas que abre el juego y propone temas de interés nacional, seguidos de réplicas y contrarréplicas entre los presidenciables. Todo concluye con un bloque de cierre que consiste en algunos minutos para que cada contrincante dirija su mensaje final al electorado.
Lula y Flávio no aceptaron enfrentarse y debatir cara a cara antes de la primera vuelta, y acordaron hacerlo en dos oportunidades antes del balotaje. El debate del domingo 18 de octubre duró más de dos horas, y Bolsonaro dedicó buena parte de su tiempo en atacar directamente a Lula. El Presidente en ejercicio prefirió ignorar las sucesivas provocaciones del candidato derechista, ofrecerle su perfil y preservar la condición de gobernante que requiere, para superar la encrucijada histórica que atraviesa Brasil, la concurrencia a los comicios de los 33,4 millones de abstencionistas.
Respecto del mecanismo elegido para el debate quedaron abiertos varios interrogantes, dado que no hubo manera de impedir, por ejemplo, que Bolsonaro intentara de cualquier modo enervar a Lula.
Todos los trucos parecieron válidos, incluso el agravio del protagonismo visual de Lula -su primer plano cuando le correspondía-, desplegando acciones en segundo plano decididamente groseras al estilo de gestos ampulosos de horror y desaprobación. Otras desprolijidades notables se registraron al cierre, cuando en el plató se produjeron intercambios de vítores, abucheos y griteríos entre los simpatizantes del Partido de los Trabajadores (PT) y los de la familia Bolsonaro.
Los debatientes tuvieron que demorar -cuando no interrumpir sus palabras- con una presentadora desbordada por las circunstancias, un público y un candidato opositor remisos a respetar las reglas de juego, y un Lula que mantenía la calma y aguardaba que le habilitaran el micrófono.
Si el debate se hubiera circunscripto a las mutuas e incontables acusaciones de corrupción, el altísimo nivel de polarización de estas elecciones generales sería injustificable. Bolsonaro arrancó aludiendo a la lobista Roberta Luchsinger, vinculada a uno de los hijos de Lula en un caso de presunto tráfico de influencias. Entonces el Presidente evocó parte de los frondosos antecedentes de Flávio, actualmente investigado por la financiación de una película sobre su padre, por algunas contrataciones a sueldo en su gabinete y las añejas sospechas por sus lazos con grupos parapoliciales de Río de Janeiro, entre otras cosas.
El manual de la ultraderecha
Para justificar tanta polarización, sin embargo, hay que explorar otros ejes. Es sencillo porque el manual de la ultraderecha tiene pocas fórmulas y son rutinarias, al estilo de presentar su candidato (en este caso Bolsonaro) como el hombre que encarna el cambio necesario para el país.
El senador ultraderechista brasileño aprovechó cada brecha en las intervenciones de Lula para introducir el tema de la seguridad, otra muletilla, y cuando se le preguntó sobre la cesión de soberanía a Estados Unidos, convirtió la muletilla en comodín, hizo una pirueta y habló de la “pérdida de soberanía” de los brasileños sobre sus celulares y sus barrios, tomados por el narcotráfico. “Las calles volverán a ser nuestras y no de esos marginales”, aseguró.
Lula destacó los éxitos de los gobiernos progresistas y su veteranía en la gestión. Habló de economía, intentó dejar claras las cosas y, pese a la precariedad intelectual de su oponente, le preguntó de dónde pensaba retirar los 50.000 millones de dólares que recortaría del gasto público, y si aplicaría la motosierra de Javier Milei. En otro pasaje también aportó lo suyo para incrementar la megalomanía de su colega argentino y preguntó si Bolsonaro elegiría el modelo Milei, y éste replicó a qué modelo elegía él, a lo que Lula respondió que el modelo Lula. Entonces Bolsonaro intercaló con rapidez “el de Roberta Luchsinger”, pero Lula respondió que el de Lula, el modelo que hace crecer la economía, un modelo que genera empleo, etc.
Como se ve, no abundaron las gentilezas. Lula dejó para el final denunciar la relación con Donald Trump de los Bolsonaro, “una familia supeditada a los intereses de los americanos”. Preguntó si su oponente entregaría los recursos naturales de Brasil a Estados Unidos, y lo criticó por plantear la privatización de la petrolera Petrobras. Por su parte Bolsonaro no abandonó en ningún momento lo que su equipo consideró exitoso: prometer la mejora de las condiciones económicas de los brasileños (es gravitante el creciente endeudamiento) y la seguridad (trabajar para quien tiene miedo de andar por la calle).
En otro momento del debate hubo un cruce que se viralizó inmediatamente, y fue calificado por los entendidos como lo mejor de la velada. En efecto Flávio recurrió a su arcón de ideas primarias, manoteó una que supuso descalificatoria y probaría por sí misma la esencia maligna de su adversario, y lanzó una chicana: “Lula, bajo tu liderazgo la delincuencia se ha disparado en Brasil. Puedes explicar por qué el 73% de los reclusos votó por tí?” La respuesta de Lula fue veloz y fulminante: “Quiero que el 100% de ellos vote por mí, incluso tu padre. Tu padre puede votar por mí. Él te conoce. Sabe que soy mejor que tú”.
La situación patrimonial de cada debatiente fue uno de los temas reiterados, y Lula decidió presentar el martes 20 un documento ante el Tribunal Superior Electoral (TSE) autorizando la divulgación de su información confidencial bancaria, fiscal y electrónica correspondiente a los últimos 8 años, así como también la de sus familiares, siempre y cuando Flávio Bolsonaro hiciera lo mismo.
Es una maniobra que busca nuevamente deconstruir el discurso plano, claro y distinto de la nueva derecha, y colocarse en otro lugar, como si parafraseara a Salvador Dalí cuando dijo: “Picasso es español, yo también. Picasso es pintor, yo también. Picasso es un genio, yo también. Picasso es comunista, yo tampoco”.