Camiones en las rutas o en accesos a terminales portuarias son una postal que comienza a repetirse en variados parajes del país, como Quequén, Bahía Blanca y Río Cuarto. La causa es el conflicto entre transportistas y dadores de carga: acopiadores o productores. El aumento del precio del gasoil, producto de la crisis de Medio Oriente sin amortiguación oficial, pone en crisis las tarifas de fletes.
Los transportistas vienen reclamando que las tarifas sin un aumento del 30% al 40% resultan inviables. Sostienen que este insumo representa entre el 60% y el 65% del valor del flete. La contraparte propone una actualización que no supera el 15%.
El conflicto, que impacta en época de cosecha, tiene un componente que en general los medios tienden a soslayar: la decisión libertaria de liberar el mercado e imponer el precio internacional. Por lo tanto, los camiones argentinos tienen que abastecerse pagando el litro de gasoil como si Argentina no fuera un productor de petróleo. Aceptar el llamado precio de paridad de importación es una piedra gigantesca sobre los costos del flete en Argentina, y Milei con su política energética el responsable.
La paradoja logística de un país productor
Hay un dato que parece olvidarse: el 85% de los granos que llegan a las terminales lo hacen por camión, con una muy escasa participación ferroviaria. El camión es el actor hegemónico entre la producción y los puertos. La gran paradoja es que, en la Argentina de Vaca Muerta, pareciera que los camioneros cargan sus tanques en Paraguay, que es un país importador neto de petróleo.
Algunos podrían decir que los transportistas se han convertido en un Sísifo del siglo XXI, aquel personaje de la mitología griega condenado por los dioses a subir una roca inmensa hasta la cima de la montaña, solo para verla rodar hacia el abismo cada vez que estaba por llegar a la cumbre. El transportista, al tener que soportar costos originados en el mercado mundial, lo más probable es que se quede varado a mitad de camino. No llegará a destino.
Energía local con precio global: el desangramiento productivo
Parecería que la energía que brota de nuestra tierra se facturase como si fuera importada de Qatar. El esfuerzo resulta inútil y el trabajo resulta inviable. Por lo tanto, la logística argentina se desangra, dejando fuera de circulación a pequeños transportistas.
Esta situación se torna aún más grave por la incertidumbre global. El cierre del estrecho de Ormuz ha generado un cuello de botella por donde circula el 20% del petróleo mundial. En este marco, resulta de una ironía cruel que, mientras el mundo vive la mayor interrupción de suministro de la historia, superando a la crisis del ‘73, el gobierno de Milei celebra el boom exportador de energía, mientras traslada al camionero local el costo de la volatilidad bélica y le impone, con misil o sin misil, el precio internacional.
Un conflicto que excede la negociación sectorial
Gabriel García Márquez, en “El rastro de tu sangre en la nieve”, cuenta la historia una joven mujer que se pincha un dedo con una rosa y va dejando un hilo de sangre imperceptible pero constante sobre la nieve, desangrándose sin que nadie lo advierta, hasta que es demasiado tarde. La logística argentina, como la industria, se está desangrando por costos de energía inadmisibles en el país de Vaca Muerta.
Algunos podrán pensar que este conflicto se agotará en una mesa de negociación. Es probable. Sin embargo, ello es una mirada cortoplacista y simplista, porque, aunque se logre un acuerdo, el problema de fondo seguirá allí. Combustible a precio internacional en un país productor de petróleo no es una fatalidad: es un crimen económico. Es la consecuencia directa de la decisión de Milei de eliminar cualquier rastro de administración estatal sobre los precios de la energía.
Asumir el precio de paridad de importación implica que, para Milei, no importa el costo local, sino cómo beneficia a las empresas, atándonos al precio internacional. Obligar al transportista a pagar el precio de una guerra ajena es, lisa y llanamente, una transferencia de ingresos hacia las cajas de las empresas. Cuidar el precio de lo que el camión consume es, en última instancia, cuidar el costo de la mesa familiar. El combustible a costo local, el necesario “barril criollo”, es la forma de que la riqueza nacional lo sea. Debemos cargar soberanía en el tanque y no esquirlas de las disputas geopolíticas a nivel global.
Parálisis logística y debate estructural abierto
Volviendo al conflicto entre transportistas y dadores de carga, el panorama resulta más que preocupante. Según Bichos de Campo (14/04/2026), las reuniones convocadas por autoridades provinciales han fracasado, generando tensión y ocasionando que la interrupción del recibo de mercadería en plena cosecha de maíz provocara un embotellamiento logístico en la zona de operaciones de los puertos de Quequén e Ingeniero White.
Situación trabada también en Córdoba, donde la reunión que se realizó en Río Cuarto terminó sin resultados positivos. Las localidades cordobesas de Sampacho, La Carlota y Vicuña Mackenna muestran camiones estacionados sobre la ruta 8, según informa La Voz (13/04/2026).
El conflicto se agrava porque el gobierno de Milei, a través de la Subsecretaría de Transporte, ha indicado que no intervendrá, porque ha “liberado” las negociaciones entre las partes sin injerencia estatal (posición que no observan en las negociaciones salariales, donde “pisan” no homologando paritarias. El salario es un “precio” que para Milei sí debe estar controlado).
Las negociaciones están estancadas y la tensión en algunos “puntos” puede agravarse. La resolución es incierta, aun resolviéndose será un parche. Resulta imperioso fortalecer el debate sobre si la energía es un vector de producción a costo local o es aquella piedra de Sísifo que ensancha costos y, como diría García Márquez, un dedo pinchado que desangra nuestras riquezas.
Como vimos estos días el conflicto del transporte público de pasajeros y antes fueron reclamos por el aumento de los costos de la energía para la industria, hoy el conflicto de transportistas y acopiadores/productores nos siguen mostrando en forma descarnada cómo se profundiza el proyecto de primarización de nuestra economía y se nos condena a un enclave exportador, como alguna vez en otras circunstancias cuestionó con firmeza Enrique Arceo llamándolas “Periferias Prósperas”.
Si Vaca Muerta como símbolo de lo que podemos ser no está al servicio de la competitividad de toda nuestra producción tanto agropecuaria como industrial, triste será nuestro destino como país. Pero como no hay fatalismos históricos, el rumbo puede ser cambiado y la joven con el dedo pinchado con una rosa no tendrá por qué morir. Será una valiente mujer como tantas dio este sueño.