De manera recurrente y atávica la sociedad argentina debate si es adecuada la Política Industrial de protección aduanera, una discusión que nunca queda zanjada del todo porque mientras que sin protección hay desempleo, con protección -tal como ha ocurrido hasta ahora- parece haber ineficiencia, sobreprecio y rentismo.
Una sociedad puede no tener Política Industrial (PI), pero muchas razones aconsejan lo contrario. La única que mencionaremos es que, sin la misma, la entidad nacional queda en entredicho, y la defensa no existe o es muy condicional a la buena voluntad externa si no hay Capacidades Tecnológicas (CP).
Una sana PI busca contar con Capacidades Tecnológicas antes que producir todo internamente. Busca, incluso, ser capaz de producir externamente y en forma competitiva comerciar. Las CP implican la capacidad de iniciar o reiniciar producciones si el comercio exterior sufre alteraciones que atenten contra la producción local.
A más largo plazo, una sociedad sin CT y PI solo sobrevive como parte dependiente de un hinterland (N. de la R: el área de influencia terrestre, comercial o logística detrás de un puerto o ciudad) mayor o en una relación colonial o semicolonial, por razones obvias.
Pequeños países pueden optar, así, por la especialización no tecnificada y absoluta, pero renunciando a su entidad nacional potencial. Pueden ser Santo Domingo, pero también Haití, según los distintos avatares. Los de mayor densidad poblacional no pueden hacerlo.
Por otra parte, y en la larga duración, la renuncia a las CP, más grave aún en el aislamiento, conlleva el riesgo de involución de la vida personal y social. El ser humano y su evolución es el resultado de la evolución técnica, desde el hacha de piedra hasta la IA. Renunciar a la misma no es una opción recomendable.
El problema de la Política Industrial en Argentina
La PI ha descansado en exceso en la protección arancelaria. En ocasiones también se ha utilizado el Tipo de Cambio Elevado (TCE) para que resulte competitivo para la exportación industrial. Pero se lo hizo sin consistencia, y no es gratuito. Dada la protección arancelaria, se suponía el avance técnico aplicado a la producción, pero la protección rara vez fue condicionada a resultados.
Argentina posee, como es sabido, una diferente productividad en el Sector Primario respecto del Sector Industrial, y fijar el tipo de cambio en función del primero deriva en escasa ocupación y empleo.
Queda claro que, aun cuando se proponga mantener la protección, esta no genera de por sí los resultados deseados, sino que algo más debe requerirse.
No sólo la Industria y demás producciones que requieren tecnificación no la manifiestan según lo deseado, sino que la protección genera rentismo monopólico en no pocas ocasiones, con el resultante perjuicio como en sobreprecios, fuga de capitales y cerebros, deterioro de la cultura técnica, auge de la cultura de financiarización y un comercio redundante.
Una mirada general permite comprobar que el desarrollo de CT en Argentina está estancado o en retroceso. Se ha cometido el error reiterado de suponer que las CT se obtienen por inercia, a partir de medidas macroeconómicas.
En realidad, las CT son el resultado de -en un ambiente adecuado- los talentos de un pueblo y sus gobiernos. Esto implica políticas industriales activas, múltiples y concurrentes.
Hacia una Política Industrial eficiente y eficaz
La Sustitución de Importaciones eficiente, y en consecuencia las nuevas capacidades exportadoras, son posibles, en contra de lo que dice la moda vigente. China lo demuestra. Otra cosa es que sean probables y de fácil concreción en un país particular.
Argentina no tiene una clase social empresaria desarrollante por sí sola. Existe un empresariado con potencialidad, pero con cierta falsa conciencia política. Cuando el ciclo de rechazo a la protección excesiva aumenta, esta clase culpa al trabajador y al Estado de sus problemas, pide reforma laboral y baja de impuestos, cierra su empresa industrial, previo vaciamiento y se reinventa en la esfera comercial.
Esto implica, en forma bastante obvia, que la potenciación de actividades técnico intensivas requiere la acción de otros actores sociales coordinados por el Estado.
En los países donde se puede verificar un proceso de tecnificación no pasivo, es decir allí donde los empresarios no lo generaron espontáneamente, las FFAA fueron determinantes, y esto es así porque la vulnerabilidad en la Defensa impulsa el desarrollo de CT, casi todas de uso dual, civil y militar.
La protección y aun el subsidio no deben desaparecer, pero sí o sí se deben estar condicionados a resultados.
La protección y el Subsidio deben estar vinculados muy criteriosamente a la magnitud de las brechas tecnológicas existentes entre la realidad presente y la que se quiere alcanzar. La planificación debe determinar con precisión qué sectores del Nomenclador Industrial se deben proteger, desarrollar, y en algún caso abandonar, dadas nuestras aptitudes, recursos, actuales y futuros.
Esto implica la existencia de un ámbito público-privado-estatal de generación de CT. Ese ámbito debe acopiar adaptación y evolución de CT y su amplia difusión al entramado productivo.
Este ámbito debe vincular e integrar en forma dinámica y creciente, la ciencia básica, la tecnología aplicada, las producciones existentes, el capital externo asociable y la financiación.
El desarrollo de CT en Argentina deberá un cierto carácter intermedio y compartido. En realidad, es el espacio latinoamericano el que cuenta con el potencial necesario para pretender un desarrollo propio de una Potencia global.
La PI no es sólo un instrumento de la Industria. La tradicional división entre sectores Primario, Secundario y Terciario ha ido quedando obsoleta. Pero eso no debe conducir a la falacia de que “la Industria no va más”. Por el contrario, la Industria ahora es necesaria en los tres sectores.
El Capital extranjero puede y debe jugar un rol importante en cualquier proceso desarrollante. Claro está, si se lo utiliza activamente para crear CT propias o asociadas.
El Ambiente Político
En Argentina prima hoy la mentalidad semicolonial y la cultura del individualismo. Sería ocioso enunciar las causas, aunque el fracaso en la tecnificación ha contribuido notablemente.
La hegemonía cultural que durante décadas daba por sentada la necesidad de un desarrollo autónomo está en retroceso, quizás definitivo.
Por lo tanto, todo lo anteriormente referido sólo será viable en un contexto político muy diferente y en cierto modo opuesto al actual. Las mismas instituciones democrático liberales actuales, con sus falencias judiciales, militares, mediáticas y políticas podrían ser inadecuadas a un proceso de Desarrollo en una sociedad moderna e inclusiva. Conspira en contra de ello, también, el más reciente devenir geopolítico.
Pero si tal contexto se hiciera presente, bueno sería no reincidir en políticas prodesarrollo fracasadas.
Los señalamientos que aquí hacemos marcan derroteros que no se han utilizado o se han utilizado sin persistencia y habilidad. Otros señalamientos contribuirán a hacer más factible aún el propósito.