La disputa entre libre comercio y proteccionismo no es un dilema de superioridad moral, sino una cuestión de estabilidad macroeconómica y empleo. La pertinencia de los modelos de ventaja comparativa queda invalidada por sus premisas de inmovilidad de factores. No se ajustan a la globalización contemporánea ni a las etapas anteriores.
El jueves 9 de abril el Sr. Presidente subió a las redes sociales un largo posteo para denostar al periodismo argentino, puesto que en vez de informar sobre los hechos, el primer mandatario diferencia que –aviesamente- “se arroga ser la voz de la gente, pero cada día queda más expuesto que no son más que la voz de sus amigos o directamente de sus jefes”.
Según el Sr. Presidente, para hacer eso de que acusa al periodismo vernáculo, recurren a negar “la evidencia empírica apelando a anécdotas” lo que para el primer mandatario significa “lisa y llanamente, ir contra cuatro siglos de progreso científico”.
Es verdad que, en tanto las leyes de la economía son abstracciones que se expresan en promedios para desde allí conceptualizar en cuál dirección se mueve la caótica realidad, el anecdotario es un pasaporte a ignorar la verdad de la milanesa.
O a justificarla. Por ejemplo cuando se dice que tal o cual fenómeno es “multicausal”, se está renunciando a la ciencia, pues el hacer científico-teórico trata de dar –en el nivel más alto de abstracción, allí donde se explican las cosas-, con la causa madre.
Lo “multicausal” no pueden ser más que anécdotas que se traen a colación porque generalmente se carece de una sólida explicación acerca de la causa madre. Entonces, nada mejor, para disimular, que una manada de elefantes para esconder al paquidermo existente pero inencontrable para esos enfoques.
No es menos cierto que si hay una expresión que certifica la ignorancia de la ciencia es el canchero coloquial de “dato mata relato”. Siempre que el relato sea la manifestación de una teoría, no se lo puede desechar porque los datos marquen otra cosa. Se mide de acuerdo a la teoría. Si los número fallan, pueden ser un indicio de que lo pensado está mal, pero hasta tanto no se encuentre una falla lógica, es posible que los sistemas de medición estén chingados.
Las teorías se descartan como instrumentos teóricos que explican la realidad cuando, comprobada su cohesión interna, lo que las hace ineficaces son las hipótesis incorrectas sobre las que están formuladas. Si Aristóteles no es un ave es porque no todos los bípedos tienen plumas.
Así es como la teoría de la ventaja comparativa de David Ricardo, o su complemento: la teoría de la proporción de los factores de Ely-Heckscher y Bertil Ohlin, en ambos casos un sentido canto al libre cambio –raro en gente tan poca o nada amorosa-, son consistente con sus premisas.
Pero estas hipótesis o premisas no tienen correspondencia con la realidad que tratan de explicar. Ricardo y sus complementos para defender el libre cambio “suponen” que no hay movilidad del capital entre países y el factor trabajo también es inmóvil. Como decía Ohlin: “La movilidad de las mercancías compensa en cierta medida la falta de movilidad interregional de los factores”.
La economía global desde hace unos cuantos siglos se caracteriza por la completa movilidad del factor capital –en busca de igualar su rendimiento entre las distintas opciones- y algo bastante menos del factor trabajo para encontrar un medio de vida en un mundo de remuneraciones desiguales que el movimiento migratorio no ecualiza.
La de Ricardo -y su complemento Heckscher-Ohlin- no pueden ser una explicación aceptable del librecambio. El rey está completamente en bolas. El Sr. Presidente ni anecdóticamente se enteró.
De paso, señalemos lo mal que en este aspecto se han comportado los movimientos nacionales interesados en el desarrollo de las fuerzas productivas de su país. Los librecambistas, para atacar el necesario e inevitable proteccionismo de la “industria infantil”, los corren con la vaina, y encima cuarteada. Y rara vez –si es que alguna- son refutados teóricamente. La conducta panfletaria no ayuda.
Las anécdotas
Es cuestión de referirse al anecdotario como arma de las fuerzas malévolas, en el discurso del Sr. Presidente ante la Asamblea Legislativa, motivado por la apertura del 144° período de sesiones ordinarias el 1 de marzo de 2026.
El Sr. Presidente confesó estar sorprendido por “la defensa encendida de los populistas en favor de la protección de la industria nacional subsidiada, la cual deja claro que son cómplices del saqueo a los argentinos. Muchos políticos, cuando insultaban en público a algunos de los industriales, lo hacían para negociar una coima más alta, no para rechazarla”.
Tras esa denuncia se preguntó retórico sí acaso parecía normal “pagar la tonelada de tubo de acero 4000 dólares, cuando se paga 1400; y que si no se accede a dicho capricho, se amenaza con adelantar el pago de dividendos para intentar poner en jaque al mercado de cambios” Con congruencia afirmo que eso no es aceptable bajo ningún punto de vista y se debe a los “políticos corruptos que les venden favores a empresarios corruptos” para beneficiarse y beneficiar “a los empresarios corruptos, a costa de todos los argentinos”.
También reprochó el “pagar los neumáticos tres o cuatro veces más caros, contra la extorsión de tirar 920 trabajadores a la calle, mientras se negocia la protección para el sector del aluminio”.
Y sumó que no está nada bien “pagar una remera básica 50 dólares, cuando la importada cuesta 5”. Al respecto reflexionó que se “habla de apertura indiscriminada, mientras que, cuando se mira el coeficiente de apertura del comercio exterior, la Argentina es el país más cerrado del mundo por lejos para su nivel de PBI”.
Balassa-Samuelson
El problema con estas anécdotas viene dado por el llamado efecto descripto por Bela Balassa y Paul Samuelson, cada cual por las suyas o dos papers del año 1964.
El efecto Balassa-Samuelson explica por qué los países desarrollados tienen precios más altos que los países periféricos o semi-periféricos. Como son economistas de la escuela neoclásica esa diferencia de precios –un hecho de la realidad, un dato- la explican teóricamente afirmando que al aumentar la productividad en el sector exportador en los países desarrollados, suben los salarios generales; esto encarece los servicios locales (no comercializables o bienes no transables –vg: sector servicios-), elevando el costo de vida sin ser inflacionarios.
El carísimo corte de pelo en New York o el impagable servicio doméstico en París, se deben a la mayor productividad los trabajadores de los sectores exportadores norteamericanos y franceses, según la explicación de estos dos economistas.
Por este efecto Balassa-Samuelson sería que los países periféricos venden barato y compran caro. Bajo estas condiciones, la crisis de la cuenta corriente de la balanza de pagos- por estropicio de la cuenta comercial- siempre aguarda en un punto no muy distante en el tiempo.
En su paper de 1964, Samuelson afirma que “la teoría de la ventaja comparativa [de Ricardo] no garantiza a un país la ausencia de dificultades en la balanza de pagos, ni siquiera evita que un país sea infravalorado en términos de todos los bienes”. De paso señalemos que Samuelson aboga por bajar las inversiones norteamericanas en el exterior a favor de incentivas las exportaciones.
El economista de Harvard Jeffrey A. Frankel, que ha escrito un par de papers con Federico Sturzenegger, observa que “Los movimientos en el precio relativo de los bienes no transables que se derivan de factores monetarios en el corto plazo y de Balassa-Samuelson en el largo plazo siguen siendo una buena manera de pensar acerca de los tipos de cambio real en los países en desarrollo”.
Frankel es categórico al observar que en los llamados mercados emergentes (la Argentina, por caso) únicamente por medio de “un superávit de la balanza de pagos podrían fluir reservas en el tiempo, aumentando gradualmente la oferta monetaria total y los precios de bienes no transables. En el largo plazo todos los precios y cantidades, incluyendo el tipo de cambio real, volverían a sus valores de equilibrio – pero sólo en el largo plazo”.
De resultas de todo esto, uno dos o tres precios caros- o cuarenta- , no invalidan que el promedio de precios es más bajo en los países de la periferia que en los países del centro. Lo anecdótico hace perder de vista esta realidad, que encima a corto plazo –según Frankel- en la periferia endeuda tan cual anda, requiere superávit comercial, es decir protección, es decir exportar más de lo que se importa.
Una parte de la oferta importable que llega a la Argentina proviene de países con muchos más bajos salarios de los paupérrimos actuales argentinos, lo que relativiza pero no impugna el alcance del efecto Balassa Samuelson. Es una cuestión de datos, empírica, se comparta o no sus fundamentos teóricos. Y por cierto, la economía mundial del sr. Presidente es una donde no existe dumping.
La moral como política de Estado
El Sr. Presidente, aparentemente no repara ni en las enseñanzas de David Ricardo –al que los austríacos detestaban y detestan, salvo en la cuestión del comercio exterior- ni en las de sus complementos de Heckscher-Ohlin, para defender el librecambio.
En el discurso ante la 144° Asamblea Legislativa reflexionó sobre el particular que “nuestro planteo de apertura comercial se basa en un fundamento moral que señala que coartar la libertad está mal, robar está mal y la corrupción está mal. Además, nuestra política promueve la eficiencia, por lo que implica mayores salarios y menores precios, más consumo tanto presente como futuro y, por ende, mayor bienestar. Finalmente, y como si todo esto fuera poco, mejoran las condiciones de vida de casi 48 millones de seres humanos y solo pierden los ineficientes y los delincuentes. Por eso, esto demuestra no solo la superioridad de nuestras políticas, sino que además el principio de revelación nos muestra quiénes son los enemigos de los argentinos”.
En un mundo donde desde siempre la protección es la regla y el librecambio la excepción que la confirma, es un enfoque muy singular el del sr. Presidente. Eso sin contar la actualidad de los flujos comerciales que bailan al son de los caprichos del POTUS 47 y con la OMC en veremos.
A decir verdad, los mercantilistas repiten bajo todos los tonos con constancia y cinismo durante más de dos siglos, que es necesario vender más de lo que se compra. En sentido contrario a los economistas clásicos y neoclásicos, los responsables de la política económica de los Estados nacionales siempre han buscado una balanza comercial superavitaria.
Antes de acusarlos de estar motivados por la inmoralidad y las conductas prebendarías, parece que el proteccionismo es el peludo de regalo que viene con sus responsabilidades como hombres y mujeres de Estado.
Este “fervor por vender” es, en efecto, paradójico. En todo sistema, diferente al modo producción capitalista, es naturalmente ventajoso importar sin exportar, comprar sin vender, porque esto permite cosechar allí donde no se ha sembrado, como diría Adam Smith. En el sistema capitalista, el empleo, la reabsorción del desempleo – alcanzaba proporciones enormes mucho antes del S XIX-, no puede llevarse adelante más que gracias a una balanza superavitaria.
Esto lleva naturalmente a la tesis central enunciada por el economista greco-francés Arghiri Emmanuel, tal como la desenvolviera en su ensayo: “La ganancia y la crisis”. Hasta donde llega nuestro conocimiento, Emmanuel fue el único economista que da un fundamento teórico atendible al proteccionismo.
Según Emmanuel si se debe admitir, en efecto, que la producción es igual al ingreso que genera, el proteccionismo sería una mala decisión del país. Habría entonces un desequilibrio: Producción menos Excedente de Exportación (el superávit comercial) sería inferior al ingreso que genera y por lo tanto lo baja. Protegerse para tener menos ingresos es aberrante, un vicio. Moral o no al sr. Presidente le asistiría la razón.
Pero en la realidad del capitalismo, la Producción crea ipso facto un volumen de Ingresos inferior a su valor. La diferencia es la masa de ganancia que para embolsarla hay que vender la producción.
Para Emmanuel, la desigualdad de la producción y del ingreso es fundamental. Tal desigualdad hace a la naturaleza del sistema capitalista que crea normalmente una producción cuyo valor es superior a los ingresos distribuidos. La producción, no puede realizarse o venderse más que por la anticipación misma de su realización o venta, es decir, recurriendo a un poder de compra ficticio introducido por el crédito.
Esta tendencia a la no realización puede ser sobrellevada por numerosos artificios pero no puede ser abolida y resulta así el fundamento de la inestabilidad congénita del sistema capitalista. Entre esos artificios está el proteccionismo.
Los hombres y mujeres de Estado antes y ahora, parece que, más o menos conscientemente, siempre estuvieron buscando un escenario satisfactorio de equilibrio obtenido a través de alguna cosa como: Producción menos Superávit Comercial igual al Ingreso. El proteccionismo resulta así por el lado del comercio exterior, la manera de cerrar la brecha entre Producto e Ingreso.
Ese es el quid de la política económica. La buena política económica cierra la brecha entre producto e ingreso. La mala la amplía, generando estoqueo de producción sin vender, y desempleo y finalmente caída del producto bruto.
Pinta que la controversia librecambio-proteccionismo, está lejos de ser moral. O “moral”, tal como lo entiende el Sr. Presidente.