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Una política exterior “colérica” que redefine el lugar de la Argentina

Tokatlian y Malacalza advierten en un libro recién publicado, compilado por Mónica Herz y Giancarlo Summa, sobre un giro ideológico, confrontativo y alineado con la derecha global que rompe con la tradición diplomática argentina.

La política exterior del gobierno de Javier Milei no es, para los especialistas Juan Gabriel Tokatlian y Bernabé Malacalza, una simple reorientación de alianzas o prioridades. Lo sostienen en el capítulo “Milei, el dogma y la desmesura. La política exterior argentina entre la internacional reaccionaria y la ira”, incluido en el libro“El desorden del mundo. La extrema derecha contra el multilateralismo en América latina”. Los autores plantean que se trata de una transformación más profunda: un cambio en la lógica misma de inserción internacional del país. La obra, de varios investigadores, acaba de ser publicada por la Universidad Nacional de San Martín.

La definición que proponen es tan directa como inquietante. Hablan de una “política exterior colérica”, caracterizada por una diplomacia que, lejos de la tradición prudente o pragmática, está “atravesada por una emocionalidad beligerante”. Esa formulación no es meramente descriptiva. Para Tokatlian y Malacalza, implica un desplazamiento: la política exterior deja de organizarse en torno a intereses estratégicos y pasa a funcionar como “proyección de la confrontación interna”, como si el escenario internacional fuera una extensión del conflicto político doméstico.

Los autores cuestionan la idea de que exista una doctrina coherente detrás de las decisiones del gobierno. Lo que el oficialismo presenta como una orientación definida aparece, en su análisis, como “un repertorio performativo”, una serie de gestos y posicionamientos donde predomina “una semántica de la violencia” y una narrativa que recurre a “códigos propios de la guerra cultural”. La diplomacia, en este marco, se convierte en un lenguaje, en una forma de intervención simbólica que busca marcar posiciones antes que construir equilibrios.

Ese cambio de lógica se expresa con claridad en la forma en que la Argentina se inserta en el sistema internacional. Tokatlian y Malacalza sostienen que el país se integra a lo que denominan la “Internacional Reaccionaria”, un entramado transnacional donde convergen liderazgos, gobiernos y movimientos que comparten una visión crítica del multilateralismo y de las instituciones globales. En ese esquema, la Argentina se alinea de manera explícita con Estados Unidos —en particular con los sectores vinculados a Donald Trump— y con Israel, consolidando una orientación que, según los autores, rompe con la tradición de equilibrio y diversificación.

La ruptura es significativa porque afecta pilares históricos de la política exterior argentina. Durante décadas, el país buscó sostener una cierta autonomía relativa, apoyarse en el derecho internacional y diversificar sus vínculos para evitar dependencias excesivas. Lo que observan Tokatlian y Malacalza es un desplazamiento en sentido inverso. La nueva orientación combina “anarcocapitalismo”, “individualismo legal” y “conservadurismo social”, articulados en lo que describen como una “cruzada contra el globalismo”.

Esa “cruzada” tiene consecuencias concretas en la relación con los organismos internacionales. El distanciamiento de espacios como los BRICS, las tensiones con la Agenda 2030 y el debilitamiento de instancias regionales como el Mercosur o la CELAC no aparecen como episodios aislados. Forman parte, dicen los autores, de una visión en la que el multilateralismo deja de ser una herramienta útil y pasa a ser percibido como una restricción. En ese contexto, la política exterior ya no busca ampliar márgenes de acción sino afirmar una identidad ideológica.

Es en ese punto donde aparece uno de los conceptos más fuertes del capítulo: la idea de “desautonomización”. Tokatlian y Malacalza sostienen que el rumbo actual implica “un proceso transformacional” que “erosiona la capacidad de acción independiente de la Argentina”. La paradoja es evidente: en nombre de la libertad y la soberanía, el país termina reduciendo su margen de maniobra. Al estrechar sus alineamientos, limita su capacidad de negociar, de construir coaliciones y de sostener posiciones propias en un mundo cada vez más complejo.

El análisis también subraya cómo la política exterior reproduce la lógica binaria que caracteriza al discurso interno del gobierno. La división entre aliados y enemigos, la moralización de los conflictos y la tendencia a dramatizar las diferencias se trasladan al plano internacional. En ese sentido, la diplomacia deja de orientarse a la construcción de consensos y pasa a funcionar como un dispositivo de reafirmación identitaria. Como señalan los autores, no se trata solo de decisiones, sino de una “forma de concebir la política” que atraviesa todos los niveles de la acción estatal.

El trasfondo de este giro es, en última instancia, ideológico. Tokatlian y Malacalza muestran cómo la política exterior del mileísmo se inscribe en una visión que privilegia el mercado por sobre cualquier forma de regulación, que desconfía de la cooperación internacional y que cuestiona las agendas globales vinculadas a derechos humanos, igualdad o cambio climático. En ese marco, la inserción internacional se redefine como parte de una disputa más amplia, donde lo que está en juego no son solo intereses materiales, sino modelos de sociedad.

La conclusión del capítulo es clara: la Argentina atraviesa un cambio estructural en su política exterior. Ya no se trata de ajustar posiciones dentro de un marco conocido, sino de redefinir ese marco. La diplomacia deja de ser un instrumento pragmático para gestionar relaciones complejas y se convierte en una extensión de una identidad política que se construye en oposición.

En ese desplazamiento, advierten Tokatlian y Malacalza, no solo cambia la forma en que el país se vincula con el mundo. Cambia, también, el lugar que la Argentina ocupa en él.

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