¿Y ahora qué?

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La enfermedad holandesa y los canguros 

La coartada política parece ser usar a Australia y Países Bajos para justificar el ajuste económico o creer que el éxito de las naciones no se basa en la austeridad sino en el fomento del gasto interno y el mantenimiento de salarios elevados. ¿Cuál es el camino correcto?

En la actual coyuntura signada por un marcado retroceso del oficialismo en los fervores populares, se evoca ciertas experiencias acontecidas en Países Bajos y Australia. Los liberales suelen recurrir a esa coartada para explicar la mala hora como producto del destino ineluctable.

Y lo están haciendo nuevamente, para no desmentir su prontuario. 

Traer a colación ciertas coyunturas económicas de Australia y Países Bajos revelan una sintomatología inequívoca de que las extravagantes ideas libertarias agotaron sus otras coartadas y carecen de respuestas. En realidad, nunca las tuvieron si se trata de crecimiento económico y aumento del bienestar. Ahora, están llevando al país hacia ese mar tormentoso que lo incitó a Miranda, el personaje de “La tempestad” de William Shakespeare a lamentarse: “¡Ah, cómo he sufrido con los que he visto sufrir! ¡Una hermosa nave, que sin duda llevaba gente noble, hecha pedazos!”.

Gente sugestionable

La cáfila cárdena puede arrear -por un tiempo- para su redil a gente sugestionable, manipulando una motosierra real que alude como mensaje destructivo que va a ser utilizada para aserrar todos los males de este mundo que impiden llegar a esa Argentina grande con que San Martín soñó.

Lo extendido que estuvo ese sentimiento no impide olfatear su sesgo infantil, del que emana un aroma que remite al mismo rasgo desangelado del comportamiento patológico del pequeño Oscar, quien bate el parche de su ruidoso y siniestro tambor de lata, para tapar las frustraciones muy reales que germinan en una sociedad que no da pie con bola. 

Por eso de que la cantidad transforma la calidad, es infantil fantasear -con consecuencias reales desastrosas- con que el presupuesto del Estado puede ser reducido a la nada misma. Es muy infantil negarse a pagar más impuestos y alardear de ser innovador. Es infantil ilusionarse con resolver el delicado equilibrio político de la integración nacional, que supone manejar la lucha de clases en pos del desarrollo para todos, derrotando a los trabajadores con una oprobiosa legislación laboral. Es infantil suponer que el proteccionismo se debe a la venalidad intrínseca de una buena parte de la clase dirigente.

La sugestión dura el tiempo que se toma la parte afín de la sociedad civil, en percibir que no se plantan nuevos árboles en el bosque talado a pura inquina. Ahí es cuando los liberales tratan de convencer a todo el mundo, empezando por ellos, de que la Argentina no tiene cura. Y hacen su aparición rutilante las explicaciones estructurales de Australia y de Países Bajos, prolegómenos de que el elenco gobernante está para el reemplazo. Le cantaron el: “No va más”. 

Australia

Es recurrente en la literatura especializada, y en el debate público, encontrar el interrogante de por qué la Argentina no es Australia. Pregunta pertinente, dadas ciertas similitudes entre los dos territorios y nuestra baja performance. 

Más allá de que se acuda a comparar los PIB per cápita, lo cual no explica nada porque es un resultante, y no se observe la marcada diferencia entre los muy altos salarios previos de los canguros en comparación a los muy bajos de acá, es necesario no perder de vista que durante la mayor parte del siglo XIX, Australia tuvo que dedicar un tercio del valor total de sus exportaciones al servicio de sus deudas. 

Lo hizo sin mayores problemas y sobresaltos al igual que Canadá, donde durante el período del endeudamiento más intenso, el 42% de los nuevos empréstitos se dedicó a pagar intereses sobre los anteriores.

La llave que les abrió la puerta es que cuando en Oceanía se enfrentaron a la restricción externa en vez de frenar el gasto interno lo aumentaron, preservando el interés de seguir invirtiendo en esos territorios. 

La única razón para honrar las deudas es salvaguardar la propia solvencia y estar en condiciones de endeudarse aún más. El endeudamiento nunca ha impedido que alguien se desarrolle.

Lo que sí lo ha impedido es frenar el gasto interno en nombre de la restricción externa, tal y como hace ahora el oficialismo, y como lo hicieron antes otros liberales que los precedieron y algunos populistas muy preocupados por su reputación de seriedad. Ciertamente, es un comportamiento extendido en la periferia que explica la frecuentada secuencia 3D: déficit-deuda-default. 

El desarrollo desigual cumple, el FMI mortifica. Pero la lógica de la acumulación a escala mundial es muy otra de la que imagina y expresan los liberales argentinos. El capital no es atraído por un nivel bajo, como el líquido en los vasos comunicantes. Por el contrario, es aspirado por un efecto sifón hacia mercados activos y altos niveles de consumo. 

Aparte de las materias primas y determinados productos agropecuarios que hay que ir a buscarlos allí donde pueden ser encontrados, los movimientos de capitales no son una función creciente sino decreciente de la diferencia de ingresos. Menos PIB per capita y asimétricamente distribuido, menos inversión.

Es uno de los límites a la industrialización por sustitución de importaciones. Los países avanzados son hoy en día demasiado ricos para no ser capaces de absorber en sí mismos, sin dificultad, el capital nuevo que se forma en ellos. 

China devino en conflicto, por eso, porque no era necesaria. En cambio, los países subdesarrollados son demasiado pobres para ofrecer perspectivas de inversión atractivas a este mismo capital, aparte de sus pocas industrias de sustitución de importaciones. 

Son, incluso, tan pobres que envían a Wall Street parte de su propio excedente nacional. Todo esto, a su vez, los mantiene pobres, o los hace aún más pobres.

Australia puede cambiar la especialización y renunciar a producir autos, porque tienen un volumen de demanda interno que le hace conveniente comprarle autos baratos a China y -dicho con sorna y para no olvidar que en el capitalismo talla el valor de cambio, sin referencia al valor de uso- dedicarse a plantar rabanitos y a psicoanalizar a los coalas, siempre que esas actividades sigan pagando los altos salarios australianos. 

No importa en qué enfocarse en el plano productivo, mientras paguen altos salarios como condición previa. Si un día les resulta inconveniente importar autos, no tendrán ningún problema en implantar nuevamente la industria, porque tienen un nivel de salarios que les permite ir en esa dirección.

En los numerosos trabajos de economistas neoclásicos argentinos que intentaron comparar a Australia con la Argentina, el hiato que separa los niveles de vida permanece en el misterio. En ninguno de ellos aparecen datos sobre los salarios tan diferentes entre ambas naciones. Y-generalmente- el proteccionismo militante de los australianos es relativizado o poco considerado. 

Bocaditos Holanda

El gran volumen de dólares que ya se palpan por las nuevas exportaciones mineras, petrolíferas y gasíferas viene con la advertencia de que no todo es color de rosa. 

Al color oscuro se lo alude acudiendo al concepto de ‘enfermedad holandesa’. Escombrar el terreno en el que surgió y empezó a correr la categoría enfermedad holandesa posiblemente sugiera a los que la vienen usando con total buena fe, a buscar otra u otras categorías para exudar sus legítimas preocupaciones sobre la suerte y verdad de los procesos de desarrollo. 

La introducción en el ámbito académico de esta categoría con el nombre de enfermedad holandesa (en inglés: dutch disease) data de 1982. Salió a la luz en un trabajo del economista australiano (nacido en Alemania) neoclásico y librecambista, Max Corden, quien publicó la versión definitiva en los Oxford Economic Papers, de noviembre de 1984 con el título: “Booming Sector and Dutch Disease Economics: Survey and Consolidation” (“El Boom en un Sector y la Economía de la Enfermedad Holandesa: Compendio y Consolidación”). 

Al comienzo del paper, Corden explica que “el término enfermedad holandesa se refiere a los efectos adversos sobre el sector manufacturero holandés de los descubrimientos de gas natural de los años ’60, esencialmente a través de la subsecuente apreciación del tipo de cambio real holandés”. 

En la nota al pie de ese párrafo, Corden aclara que “la primera referencia impresa al término que he encontrado está en el artículo ‘La enfermedad holandesa’ en The Economist, 26 de noviembre de 1977, pp. 82-3 […] Por cierto, se podría argumentar que la verdadera enfermedad holandesa en los Países Bajos no fueron los efectos adversos de la apreciación real sobre el sector manufacturero, sino más bien el uso de los ingresos del sector en auge para niveles de servicio social que no son sostenibles, pero que ha sido políticamente difícil de reducir”.

Al menos Corden era consciente de que, con los datos disponibles, no había forma de encubrir mediante una supuesta pérdida de competitividad que el objetivo de culpar a la apreciación real del tipo de cambio era tener a mano un argumento político poderoso para frenar las reivindicaciones salariales. 

Desde el momento en que las exportaciones 

responden muy poco en forma inversa a la variación del precio, un aumento que redunde en una mejora en los términos del intercambio significa un resultado comercial favorable. 

En todo caso, la cuestión es con las importaciones. Si frente a un boom no se realiza sustitución de importaciones (al menos en una economía relativamente grande y compleja como la argentina) el aumento de las compras externas efectivamente tiene el potencial de arruinar la fiesta. 

Para un librecambista ortodoxo como Corden es inaceptable, aún sin desequilibrio comercial, que a partir de un aumento de las exportaciones generado por las ventajas comparativas, la libertad de importar provoque un enorme desempleo estructural y en lo que queda del día se tengan menos bienes con comercio que sin comercio. 

El curso más probable de la realidad no podía arruinar el mito del librecambio y, entonces, mejor enfermarla con el mito de la enfermedad holandesa.

Lo que realmente sucedió

Sobre lo que realmente sucedió en Países Bajos en la óptica del padre de la criatura, The Economist (10/08/2017), la historia comienza cuando “en 1959, los geólogos descubrieron 2,8 billones de metros cúbicos de gas natural, el yacimiento más grande de Europa, debajo de la ciudad de Groningen en Países Bajos. Se pensó que gas barato y libertad de las empresas para gastar en energía eran buena noticiaspara toda la economía holandesa. Pero los precios más altos de exportación de gas en la década de 1970 aumentaron el valor del florín en un sexto, afectando la competitividad de los servicios y la manufactura. En 1977, The Economist llamó a esta maldición económica ‘enfermedad holandesa’”. 

En un artículo anterior sobre el mismo tópico (05/11/2014) la centenaria revista inglesa había precisado que “desde 1970 a 1977, el desempleo aumentó del 1,1% al 5,1%. La inversión corporativa estaba cayendo. Explicamos el acertijo señalando el alto valor del florín, entonces la moneda holandesa”.

Lo que no explicaron es que entre 1960 y 1971 la balanza comercial holandesa fue siempre negativa, con una cuenta corriente positiva por los ingresos de las inversiones externas, y que recién en 1972 la balanza comercial se volvió superavitaria y desde entonces -salvo algunos años al final de los ’70- permanece ahí. 

Según datos de la OCDE, entre 1995 y 2013 el promedio anual del superávit de cuenta corriente neerlandés equivalió a 4,5% del PIB. En los ’60 los Países Bajos consolidaron su crecimiento, y si alguno mirando el Gini y el PIB per capita pide a los gritos inocularse el virus de esta curiosa saludable ‘enfermedad holandesa’, no sería de extrañar.

La verdad, explicar el desempleo neerlandés en los ’70 -en medio de la recesión mundial que sucedió a la crisis del petróleo de 1973 por los avatares de la cotización del florín a raíz de los yacimientos de gas de 1959- sería una notable curiosidad. 

En toda Europa, en 1974, la progresión del salario real declinó y se aparearon las curvas de precios y salarios. La crisis del petróleo impidió que el salario nominal siguiera avanzando por encima del índice de precios y que continuara a la par. 

La reproducción ampliada extensiva se hizo imposible y los norteamericanos calificaron la situación de: unmanageable. 

De resultas, los mecanismos puestos en movimiento en los países de la OCDE (entre los que estaba y está Países Bajos) arrojaron 10 millones extra de trabajadores al desempleo después de la subida del petróleo de 1974 y otros 10 millones después de 1979-80.

Lo que sucedía realmente con la cotización del florín, y que no tiene nada que ver con los yacimientos de gas, lo explica un ensayo de 1968 de Michael Michaely, titulado “Balance-of-Payments Adjustment Policies: Japan, Germany, and the Netherlands” (Políticas de Ajuste de la Balanza de Pagos: Japón, Alemania y Países Bajos), editado por el NBER (National Bureau of Economic Research, el INDEC norteamericano). 

Michaely revisa la política del Banco Central neerlandés desde los ’50 hasta la fecha de edición de su ensayo y encuentra que “durante el período analizado, el tipo de cambio no se consideró un instrumento adecuado para el ajuste de la balanza de pagos en Países Bajos”. Y esto en razón de que “el uso de la revaluación de la moneda en este caso […] puede explicarse presumiblemente, ya que los formuladores de políticas argumentaron que cuando se tomó la medida fue sólo a raíz de una medida alemana similar. 

Dado que Alemania es un importante socio comercial de Países Bajos, cabe esperar que la apreciación del marco intensifique las tendencias del aumento de las reservas de divisas y el aumento de los precios en los Países Bajos”. 

Durante la crisis del petróleo, el marco se revaluó.

Los bidets como macetas

Esto de la maldición de los recursos naturales, se podría decir algo así como un cover de la enfermedad holandesa. Tal y como lo tratan los economistas de los países desarrollados, rememora esos mitos urbanos que se usaban para desprestigiar la política de viviendas urbanas para los trabajadores, en todos los países que las llevaron adelante. 

Y así, mientras en unos países los gorilas vernáculos recusaban las políticas de viviendas populares argumentando que usaban el parqué para calefacción o para hacer asado, en otros -ante la ignorancia de para qué servía el bidet- mistificaban que lo usaban de maceta.

Ni siquiera hacen falta años en que aumentan los precios de las materias primas de la periferia, para que operen los diagnósticos de la enfermedad holandesa. 

Christopher Adam, en el artículo de 2013: «Dutch Disease and Foreign Aid» (Enfermedad Holandesa y ayuda exterior) para The New Palgrave Dictionary of Economics, puntualiza que “los debates académicos y de políticas sobre la eficacia de la ayuda a menudo enfatizan la vulnerabilidad de los receptores a la enfermedad holandesa, a través de la cual las entradas de ayuda aprecian el tipo de cambio real, gravando así al sector exportable comercial con efectos potencialmente nocivos sobre el crecimiento”. 

“El lenguaje de la enfermedad holandesa continúa siendo utilizado como una metáfora de la amplia gama de preocupaciones de economía política asociadas con los aumentos repentinos de la ayuda”, agregó. 

Brendan Greeley -en The Financial Times (13/03/2019)- refiere que “todo el marco del análisis del sector de las materias primas en auge [la enfermedad holandesa] es una condescendencia que reservamos para los países en desarrollo”, y recomienda extenderlo a los países desarrollados. Todo vale para estropear el estado de bienestar.

Esto creó una inconfundible impronta ideológica en la que se señala que un aumento inesperado en los ingresos de exportación en una economía periférica por sus características innatas no se puede utilizar para la inversión y se gasta en bienes de consumo, mientras que la contracción repentina lleva al abandono de proyectos o la deuda.

Queda sobreentendido que los gobiernos concernidos son incapaces de asignar el producto del aumento inesperado a un fondo de estabilización de su propia cosecha o, más simplemente, usándolo para borrar parte o la totalidad de su endeudamiento previo, consecutivo a la contracción repentina. O sea, en períodos de ascenso los gobiernos tienden a aumentar su gasto que será difícil de reducir en caso de una reversión de la tendencia. 

En caso de una baja, el desequilibrio de la balanza de pagos se ve agravado por una fuga de capital causada por las expectativas de los agentes económicos, los que saben que los gobiernos en cuestión, serán incapaces de corregir la balanza por medio de liberar fondos acumulados en el alza previa o garantizarlos por medio de descuentos del alza venidera.

Adormecimiento salarial

Los grandes mentores del estatuto del subdesarrollo en el caso del país atacado por la enfermedad holandesa, proponen terapia de adormecimiento salarial, no sea cosa que el desarrollo sea posible. 

Con el cuento de la competitividad, postulan que los salarios crezcan por debajo de la inflación y si se consigue, que eso haga crecer la economía más tarde vía exportaciones. 

Además que a la inflación la controla un tipo de cambio nominal que la acompaña. Todo baja de a poco, incluso el nivel de vida. No está de más recordar que el revival de la enfermedad holandesa tuvo lugar en las Jornadas Monetarias del Banco Central 2011, bajo la ingenua creencia de que el crecimiento lo impulsaba el tipo de cambio y no como en rigor sucedió el gasto interno por medio del aumento del gasto público.

En definitiva, la coartada de la enfermedad holandesa se desmorona cuando se cae en la cuenta de que todo el problema radica en saber si son los precios los que determinan que las remuneraciones sean altas o bajas o son las remuneraciones las que determinan los precios. 

En el primer caso, son las condiciones objetivas del mercado las responsables de la brecha en los ingresos de los productores y, por lo tanto, de su grado de desarrollo. 

Por lo tanto, cualquier idea de apoyar o aumentar artificialmente los precios debe ser abandonada y lo único que podemos hacer es mitigar los efectos de sus variaciones mediante planes de compensación entre vacas gordas y vacas flacas que nos curen en salud de una eventual enfermedad holandesa.

En el segundo caso, al contrario es la remuneración exógena de los factores primarios y especialmente de la fuerza laboral, fruto de las estructuras sociopolíticas internas y, en particular, de la lucha sindical del país, amparada en lo decisivo por el gobierno, lo que determina los precios de las exportaciones y las condiciones de mercado o, más correctamente, las que constituyen la más importante de esas condiciones.

Entonces, el precio del mercado mundial no es objetivo ni trascendente. Es el resultado de ciertas acciones unilaterales o, en cualquier caso, de ciertas situaciones institucionales dentro del país vendedor. En última instancia, es un precio que refleja el nivel de desarrollo de nosotros como vendedores. No somos ricos ni pobres porque vendemos caro o barato, sino que vendemos caro o barato dependiendo de si somos ricos o pobres.

“Así aprendimos en la experiencia viva que del fondo mismo de la derrota se puede avanzar hacia los mejores triunfos, si se cuenta con un método de interpretación de los hechos y si se encuentra el camino adecuado hacia la comprensión de los procesos por parte de las masas”, razonó Marcos Merchensky en “Después de la guerra psicológica, una cita con el país”. 

¿Por qué no?

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