Puesto a pensar escenarios, el autor le da más probabilidades a un final de Milei estilo Macri que a otro similar al que terminó con Fernando de la Rúa.
La aprobación del gobierno de Javier Milei en la sociedad argentina disminuye. En los últimos tiempos, semana a semana. Así lo miden la mayoría de las encuestas serias. No sirven para pronósticos, pero sí para mostrar tendencias.
El crecimiento de la desilusión con su gobierno, entre aquellos en que había despertado esperanzas, y de la bronca entre los muchos perjudicados, hacen muy improbable la reelección a la que aspira. La «batalla cultural», y los algoritmos no alcanzan para torcer resultados electorales, cuando una mayoría se decide por cambiar. Hemos visto muchos ejemplos en estos años, y veremos más.
En este marco, no creo que veamos un derrumbe. Salvo errores muy graves en la gestión que lleven a un descontrol de las variables económicas. El ajuste sin piedad, la disminución de prestaciones del Estado, la baja en el poder adquisitivo que ya se dio, no alcanzaron para provocar una reacción violenta de las mayorías. Mucho para la sorpresa de la dirigencia política anterior, lo que debería servir para medir la insatisfacción con lo que había antes.
La prudencia me hace decir que ese descontrol no es imposible. Algo así sucedía en agosto-septiembre del año pasado, hasta que llegó el apoyo salvador de Trump-Bessent. Es posible que en una próxima crisis ese apoyo no llegue, pero no hay certezas. O el apoyo puede venir por el lado de Xi Jinping: Argentina es un proveedor importante para China, y Milei no deja que su ideología -si se puede llamar así- se interponga con las finanzas.
En resumen: el escenario que creo más probable se parece al final de Macri, no al de De la Rúa.
El factor decisivo para prever esto es que una parte muy numerosa de nuestros compatriotas -mayoritaria en el sector más próspero- todavía hoy está de acuerdo con la dirección que planteó Milei en 2023. O, simplemente, no quiere que vuelva el peronismo.
Por eso, en mi falible opinión, propuestas políticas como darle respiración artificial al PRO-Cambiemos, o la instalación por ahora mediática de Dante Gebel apuntan a reconstruir la mayoría que votó a Milei en el balotaje de noviembre de 2023.
Quienes impulsan esas propuestas, están viendo las mismas encuestas que menciono: la base electoral de LLA se derrite. En 2027 puede ser un charco.
¿Qué debe hacer la Oposición, entonces, en la tradicional polarización argentina? Bueno, el planteo fuerza la respuesta. En nuestro país, la «ancha avenida del medio» se transforma rápidamente en la «calle angosta, de una vereda sola». La experiencia de las últimas décadas muestra que la exasperación con lo que hay lleva a que se impongan quienes se oponen con más nitidez. El caso Milei, y meses antes el de Bullrich en Cambiemos, lo mostró.
Hace algunos días traté de sintetizarlo en X: cualquier opositor que quiera ser Presidente necesitará los votantes que recuerdan bien los gobiernos Kirchner más los que recuerdan mal al último gobierno del peronismo. A veces son las mismas personas, en otros casos no.
Agrego una sugerencia, por lo que valga: eso no indica que reponer el discurso peronista de izquierda -aggiornado por la Renovación y muy moderado en sus propuestas concretas- que dio y triunfó la «batalla cultural» entre 2003 y 2015 sea una táctica adecuada. El mundo y Argentina han cambiado mucho en una década. Además, el gobierno peronista de 2019/23 fue menos desastroso que como quedó en la memoria popular, pero lo cierto es que contribuyó a vaciar de sentido ese discurso, hasta donde puede apreciarse en redes, encuestas y focus groups.
Resulta obvio que no es fácil componer una «nueva canción». Debe resonar con las esperanzas y preocupaciones actuales de la sociedad -de una parte mayoritaria de ella- si se quiere ganar elecciones. Pero, si mi percepción es correcta, hay un desafío más profundo, para toda la política argentina.
Porque el mismo desgaste se percibe también, con idénticos instrumentos, en el discurso «libertario». Salvo en su minoría intensa y en empresarios ansiosos de hacer negocios con el Estado.
Es que en nuestra sociedad, en todos sus sectores, se ha afirmado una conciencia no articulada pero muy real: en el último medio siglo nuestro país tuvo gobiernos muy distintos. Buenos, malos y horribles, pero ninguno logró establecer un camino estable para la Argentina. El problema ya no sería «el péndulo» -una expresión que yo mismo he usado- sino la marcha atrás.
Dirigentes políticos con mucha experiencia, pero que -creo- confunden sus deseos con las posibilidades reales- hablan de un acuerdo que sume a sectores con ambiciones o necesidades opuestas, renunciando algo de cada uno y dejando afuera a los irreconciliables. Pero ese tipo de propuestas «chirles» no suma bastantes voluntades como para ganar. Lo hemos visto.
Es necesario para triunfar tener definiciones claras. Que no son programas que sólo leen las minorías politizadas. Son hombres y mujeres que simbolizan para quienes los votan un camino y una esperanza.
Después, deberán tener la grandeza, y la astucia, para sumar con hechos concretos a quienes no los votaron. Sumar a los que desconfiaron, sin defraudar a los que depositaron su esperanza. Es un desafío muy difícil, pero no existen caminos más fáciles.
(Continuará)