¿Y ahora qué?

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La voluntad de Alá, la voluntad de Trump

Los iraníes desafían a Washington: el Estrecho de Ormuz es nuestro y lo vamos a administrar a futuro. La miopía estratégica de Donald Trump, que empezó una guerra predicada solamente en abrumar militarmente al enemigo, terminó reforzando a los más duros del régimen. Como dijo un senador demócrata, en vez de una democracia, van a terminar siendo otra Corea del Norte.

Fue al mejor estilo teocrático, y dedicado directamente al Presidente Naranja: “por voluntad de Alá y por su poder, el Estrecho de Ormuz tendrá un futuro brillante sin los Estados Unidos”. El mensaje del Supremo Ayatola Mojtaba Khamenei fue leído en un acto por lo alto, con orquesta sinfónica y todo, que festejaba el Día Nacional del Estrecho de Ormuz, en recuerdo de la victoria naval persa sobre los portugueses en 1622. Lisboa todavía soñaba en ese entonces con un Asia Portuguesa, pero los príncipes del viejo imperio le pincharon el globo.

Memoria histórica, que le sirvió ahora a la penosa teocracia que gobierna Irán para avisarle a Washington que piensan administrar el esencial estrecho cuando termine la guerra. Y de yapa, que van a seguir el programa nuclear y la fabricación de misiles, condiciones básicas que pide EE.UU. para una paz. La miopía estratégica de Donald Trump, que empezó una guerra predicada solamente en abrumar militarmente al enemigo, terminó reforzando a los más duros del régimen. Como dijo un senador demócrata, en vez de una democracia, van a terminar siendo otra Corea del Norte.

Esta semana, los norteamericanos trataron de repartir la carga. Visto que ningún aliado aceptó participar en una guerra que es un evidente capricho de Trump, el canciller Marco Rubio inventó una manera “light” de ser cómplice de su gobierno. Se trata del Mecanismo de Libertad Marítima, con base en el departamento de Estado -la Cancillería- y con brazo en el Pentágono. La idea es que los países considerados aliados, con Cuba, Rusia, China, Bielorrusia y Norcorea fuera de juego, participen con naves o al menos con repudios y sanciones económicas contra Irán. Las embajadas norteamericanas compartieron la idea con los gobiernos amigos este jueves, pero sólo oralmente, sin nada por escrito. Esto se hace cuando no se tiene certeza de la respuesta del otro, ya que una comunicación oral puede ser fácilmente desmentida.

¡Qué contento se habrá puesto nuestro Jamoncito en Jefe, Javier Milei, cuando le avisaron del pedido! Ciertamente, él es un aliado de Washington.

A todo esto, la guerra de Trump no sólo es un ejemplo de confusión estratégica, sino que a partir de este Día del Trabajo es oficialmente ilegal. Resulta que en la Constitución se dice clarísimamente que sólo el Legislativo puede declararle la guerra a alguien, y que sólo el Ejecutivo puede conducir la guerra. Este párrafo fue tantas veces violado e ignorado -la Guerra de Corea siempre fue oficialmente una “operación de policía”, y por eso no hay tratado de paz- que en 1973 el Congreso pasó la Resolución de Poderes de Guerra. El contexto era crítico, con Richard Nixon recién renunciado y las tropas retirándose de Vietnam.

La Resolución le da dos meses exactos, sesenta días, al presidente para iniciar y conducir operaciones militares que considere necesarias sin pasar por el Legislativo. Pero en el día 61 tiene que hablar con el Congreso, a menos que una invasión haga imposible que los parlamentarios se reúnan o que las cámaras le extiendan el permiso por otros sesenta días. Si nada de eso ocurre, si el Congreso no extiende o declara la guerra, el Ejecutivo sólo puede seguir por otros treinta días mandando una carta donde afirma que existe “una necesidad militar inevitable”. 

Trump no hizo nada, nada de nada.

No extraña, porque lo de Irán sigue el mismo patrón de guerra interminable al que ya nos acostumbramos con Irak y Afganistán, por mencionar las dos operaciones mayores. Esto empezó el 11 de septiembre de 2001 con el ataque a las Torres Gemelas, y en 25 años costó siete mil vidas militares norteamericanas, un mínimo de un millón de civiles y seis trillones de dólares, trillones con T. Hay países que básicamente dejaron de existir -Líbano, Irak- y otros que se transformaron en prisiones a cielo abierto, como Gaza. Millones de personas tuvieron que dejar sus hogares, decenas de miles trataron de emigrar al primer mundo y alimentaron una ola de derecha autoritaria en varias democracias estables. Estados Unidos, y sus aliados que sí fueron a combatir a Medio Oriente, se quedaron sin letra moral para criticar a Vladimir Putin en Ucrania o a Xi Jingpin en el Mar de China.

La pregunta es qué lograron los norteamericanos con tanto gasto en Yemen, Somalía, Libia… nada, en realidad, excepto entropías violentas. Y la otra pregunta, que suena bastante en este año electoral, es qué se hubiera podido construir en EE.UU. con esos seis trillones de dólares. Por ejemplo, un sistema de salud gratuito.

Claro que ese dineral se gastó donde algunos querían que se gastara, igual que ya se gastaron 25.000 millones en combatir en Irán. Hay que recordar que ya van más de treinta años del fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos que considera a las empresas como individuos a la hora de aportar a las campañas electorales. Esto blanqueó millonadas que fueron directamente a candidatos amistosos a los intereses específicos de ciertos grupos: armas, petróleo, AIPAC. La política exterior se hizo cada vez más dura y belicista, y los demócratas desarrollaron un miedo patológico a ser llamados “palomas” si se oponían a algún bombardeo.

La paradoja es que todas las encuestas mostraban que el votante estaba harto de mandar a sus hijos a guerras incomprensibles y que Trump ganó en buena parte prometiendo que no iba a hacer lo que ahora está haciendo en Irán.

Atentados

Por cuarta vez, trataron de matar a Trump. Esta vez fue delante de la prensa de la capital, que cada año ofrece una cena al presidente y aprovecha para cargarlo en la cara. Hace años que los presidentes odian esta tradición y pocos, muy pocos, contraatacaron con buenos chistes y cargadas a los periodistas, como hizo famosamente Barack Obama. No era el caso de Trump, que no llegó a leer el guión que le habían escrito, pero hizo saber que no era gracioso sino un palo de los duros al gremio.

Excepto por el que le rozó la oreja con un tiro de larga distancia, estos pretendientes a magnicidas son de una inutilidad asombrosa. Uno fue capturado a un kilómetro de Mar-a-Lago, el resort de Trump en Florida, caminando por un prado con una escopeta. El último se vino en tren con sus armas y se metió en un hotel que, debido a la presencia presidencial, era una fortaleza. No pasó el primer control. El muchacho, por supuesto, subió un manifiesto contra Trump a las redes justo antes de bajar de su habitación en el mismo hotel, lo que dio pie a todo tipo de acusaciones. La Heritage Foundation, núcleo ideológico donde se gestó el lúgubre Plan 2025 y se reclutaron los minions que ahora administran buena parte del Estado, no tuvo dudas sobre lo que pasaba. “Es la izquierda que ya produjo cuatro intentos de asesinato contra el Presidente Trump”, escribieron en The Federalist, su órgano oficial. “La izquierda organiza disturbios y quema nuestras ciudades de un modo que hace que el 6 de enero -de 2022, el asalto al Congreso- parezca un chiste, y la prensa corporativa lo justifica como libertad de expresión”.

Clarito ¿no?

Es la justicia, estúpido.

Algo que por acá nunca terminamos de creernos, por experiencia histórica, es que la Justicia en Estados Unidos funciona y es difícil de manipular. Esto no es una enorme utopía, es simplemente que un caso civil o criminal no toma añares, y que eso de “haceme juicio” no es una cargada, es un peligro. Los fallos son razonables y ese pueblo tan anárquico y corrupto como cualquiera, que se llama norteamericano, se modera por el miedo a un castigo.

A Trump nunca le gustó eso y cuando fue electo presidente no ocultó su fastidio con el ministerio de Justicia, que para él tenía que ser la firma de abogados personal del presidente. Le explicaron veinte veces que los fiscales no trabajan para el ocupante del Despacho Oval sino para el país, pero no hubo caso: en este segundo mandato, el Naranja echó abogados a izquierda y derecha, y le dejó en claro a los sobrevivientes que tenían que obedecer sus órdenes. Así empezaron los casos bizantinos contra gente que Trump odia, como James Comey, el ex director del FBI, otra vez acusado por delitos imaginarios.

Pero el lío de la semana es más simple y alevoso, e implica algo que el presidente ama más que nada, una buena suma de dinero. Resulta que en enero Trump y su familia le hicieron un juicio al IRS, la Afip de por allá, porque en 2019 se filtraron sus declaraciones de bienes, publicadas por el diario The New York Times. Los Trump piden diez mil millones de dólares en reparaciones.

Para que quede en claro: el presidente le hace un juicio inmenso a un organismo del mismo gobierno que él preside. De hecho, esperó a ser presidente y a vaciar el ministerio para hacer el juicio.

El bodrio es que se supone que el ministerio de Justicia tiene el deber, en estos casos, de defender al gobierno. Si Trump no fuera presidente, los abogados oficiales estarían defendiendo al IRS, pero… Trump es presidente y no queda en claro a quién corresponde defender. Por eso es que, hasta ahora, no apareció en la corte que lleva el caso ningún abogado del Estado y que fue el abogado por la demanda, que representa a los Trump, el que tuvo que pedirle a la jueza que le conceda más tiempo a la defensa.

La jueza Kathleen Williams tuvo que emitir una orden para que el ministerio de Justicia le aclare los tantos. “Aunque el Presidente Trump afirma que presenta este caso como ciudadano particular, él es el presidente y su acusación es contra entidades que él controla. Por lo tanto, no le queda en claro a esta corte si las partes son realmente adversarias en el caso”. Buena pregunta, seguida por la orden judicial de que ambas partes la contesten, manera elegante de forzar al ministerio de Justicia a tomar posición de una vez.

A todo esto, se calcula que los Trump -hijo, yerno, corporación- llevan facturados unos cuatro mil millones de dólares con negocios que dudosamente existirían si Donald no fuera presidente. Un ejemplo clarísimo lo dieron los emiratis comprando miles de millones de dólares en la moneda virtual de Trump, lo que le dejó un buen vuelto al presidente. Esta semana, con una impunidad notable, los Emiratos se fueron de la OPEP para vender petróleo por la libre…

Es todo un juego

El colega Emanuel Fabian, que cubre asuntos militares para el diario The Times of Israel, empezó a ser feamente amenazado a principios de mes. Fabian sinceramente no entendía tanta bronca por una nota cualunque: el 10 de marzo había escrito que cayó un misil iraní en territorio israelí. Al final, lo entendió cuando una llamada fue para ofrecerle buen dinero para cambiar la nota y decir que no era un misil lo que había caído sino pedazos de un misil derribado por las defensas antiaéreas. El que llamaba había apostado buen dinero en la plataforma Polymarket a que ese día los iraníes no le iban a pegar a nada y la exclusiva de Fabian le arruinaba el juego. El periodista le cortó y llamó a la policía.

Resultó que el dinero era grueso, catorce millones de dólares sólo ese día y sobre ese tema. La historia, que parece cómica, amenaza pasar a ser rutinaria por la explosión de estos sitios que permiten apostar literalmente por cualquier cosa. Ya hubo ciento de millones de dólares apostados sobre la fecha exacta del ataque norteamericano a Irán y un soldado está siendo investigado porque cuando recibió la orden de preparar un ataque con misiles, lo primero que hizo fue apostar por eso. Se ganó 400.000 dólares.

No es chiste: las plataformas de apuestas ya movían 13.000 millones de dólares para fin de año.

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