Natalia y Romina. Episodio XVII.
Hay hechos o cosas que no aparentan algún tipo de afinidad, pero uno las relaciona a la hora de contarlas. Siempre hay ligazones, líos, ligaduras, cables debajo de las apariencias.
Era sábado y Natalia estaba angustiada porque tenía que presentar un proyecto de guion. Ya era una estudiante de la carrera de Artes visuales, cosa que había querido hacer desde que salió del secundario. Esto era algo así como su primera prueba, el lunes estaba muy cerca y no había hecho nada. Llamó a su amiga Giselle que tenía más experiencia.
–No te preocupes, Nati. Vos escribí lo que te salga. Pensá personajes. Pensá en una fiesta, en gente sentada de gala en una gran sala y reíte de ellos. Pensá en grandes vestidos con mujeres adentro, pensá en corsettes y tacos, en tetas como globos, en pelos amarillados, en hombres estirados, pensá en grandes bandejas, en una servidumbre caminando recta, enhiesta, pensá en bandejas, en vajilla falsamente antigua. Pensá en algún tipo de pacto o connivencia entre uno o dos invitados y algún custodio. Eso; poné custodios disimulados. Inventá todo, no importa que se parezca a la realidad. Hacé oraciones sueltas y básicas. No seas expresiva. No metas adjetivos ni subordinadas. Apelá a un lenguaje preciso y básico. Después le das formato de guion. Es un proyecto, nada más. Y no uses la IA, no seas trucha.
–Gracias, Gise.
Ese mediodía almorzaron todos juntos: Romina, su papá, Ricardo, la jueza Cangulari, Natalia y Stella. Stella estaba muy contenta `porque había conseguido unas ciruelas de oferta. Natalia agarró una y la mordió. Los demás prefirieron helado. Nati la masticó y sintió un mal sabor. ¿No sería la cáscara? La peló y la volvió a morder. El mal gusto le salió hasta por la nariz. Era insecticida. Fue disimuladamente hasta el tacho de basura, la escupió y la tiró. Se hizo buches con agua de la canilla, después con agua mineral. El mal gusto persistía. Qué asco. Tendré insecticida en la lengua y en el paladar- pensó. O capaz que la plantación de ciruelas tenía veneno para las ratas y me irá matando de a poco. Hizo unas gárgaras con dentífrico, pero al rato el maldito mal sabor le volvió. Tomó un sorbito de vino y nada. Qué rara está la fruta. No quiso comentar con los comensales, sobre todo para no desilusionar a su madre y empezó a escupir disimuladamente en papel de rollito de cocina. Agarraba un cuadrado blanco y vertía su saliva. En algún momento esto se terminará, se me irá este insecticida de la boca-pensaba mientras escupía. Stella vio que algo le pasaba y cuando fue a preguntarle, Ricardo propuso:
–¿Y si vamos todos al cine? Acá en el Patio Bulrich dan “El mago del Kremlin”
–¡Vaamooosss!–gritó Romina. Y todos se dispusieron a abrigarse un poquito porque ya, en estos días de abril, empieza a bajar la temperatura.
Consiguieron cuatro entradas, las habían pedido para la última fila. Nati, pobre se había munido de papel de rollito, de pañuelitos y de algunas servilletitas que fue robando de las mesas de los bares del pasillo para seguir escupiendo.
Sentados todos juntos empezaron a observar la galería de personajes que iba entrando.
–Uy –dijo Ricardo hablando bajito. Miren, ese que entró es uno de mis máximos jefes. Es el más ricachón de los ricachones inmobiliarios. Mejor, bajo la cabeza para que no me vea. Tapame, Romina. Que no me vea.
Y, efectivamente. Justo entraba a la sala el demoledor mayor de Buenos Aires. Tenía una camisa blanca enfundando una gran panza. Estaba como caracterizado, o más bien customizado con una barba blanquecina muy crecida. Lo acompañaba un grupo de seis o siete personas de diferentes edades. Podían ser familiares, parientes, pero no. Seguramente serían custodios disimulados.
–¿Es el más megarrico millonario de la Argentina, no, papi?
–No, Romina –Intervino Stella.– El más ultramillonario vive en Uruguay. Igual, este podría tener un cine propio en alguna de sus casas, con los millones que tiene. Pero, bueno, habrá tenido un capricho clasemediero. Cualquier millonario lo puede tener de vez en cuando. No hay por qué prohibirles…
A todo esto, la pobre Nati seguía con la saliva espesa. Aprovechó que todos estaban mirando a la concurrencia y escupió disimuladamente en el piso, casi en la butaca de adelante. Escupir en el suelo es más cómodo y divertido que en un pañuelito.
–¡Miren!–dijo la jueza. Esa pareja son un juez macrista y su mujer. Los conozco muy bien.
–Ay, María Eugenia, vos también sos del macrismo….
–No, Stella, para nada. Yo soy apolítica, no te confundas.
–Papá, levantate, que el millonario se sentó.
Ricardo se acomodó, se puso vertical. Y la función empezó. Tuvieron la suerte de no tener que fumarse la tanda publicitaria. Nati se agachaba para escupir.
La película no era mala. Como ya dije, era una adaptación de la novela de Giuliano Da Empoli. Mostraba la historia de Rusia desde la caída del Soviet hasta buena parte del gobierno de Putin. La narraba el protagonista, que, a la vez, era el gran asesor de Putin, su Eminencia Roja, como un cardenal Richelieu, pero no nos desviemos. La historia era tan yanqui, que si cuento el final, no se preocupen, no espoileo nada. Lo que pasaba era que Putin era tan malo, tan malo como sólo un ruso puede serlo. Tan malo era que lo apodaban “el Zar”, cosa que a Romina, a Natalia, y a todos los confundía… Bueno, en ese argumento tan norteamericano, el malvado ruso, vulgar y asesino, asesina al protagonista narrador que era su asesor y eminencia gris, que era bueno, que narraba muy bien, que tenía uso de razón y que recibe el tiro de muerte justo cuando decide dejar el poder para convertirse en un buen padre de familia y ser feliz.
Todos se preguntaron si en la novela original las cosas serían así. Pero no. En la novela de Da Empoli, Putin jamás asesina a su asesor.
Después de los créditos observaron cómo todos los espectadores se iban parando para irse. El aire acondicionado había sido apagado antes de que la película terminara, pero aguantaron. Vieron cómo se retiraba el millonario demoledor y su séquito. Miraron al juez garca y a su mujer levantarse e irse. Ni bien pudieron, Romina, Natalia, Ricardo, la jueza y Stella salieron rapidito por la calle Posadas. Fueron al bar de las empanadas, se tomaron todo y luego cada uno a su casa.
Nati no se acostó. Dio mil vueltas con el pensamiento hasta que al amanecer pudo pergeñar una idea para su guion. Se llamaría “Fiesta”. Este fue su borrador:
“Un salón muy kitsch y muy grande para fiestas.
Hombres y mujeres vestidos de gala que constantemente emiten grititos y monosílabos.
Muchas copas.
Servidumbre que destila aseo y diversas etnias.
Vestidos largos y tetas globo.
Siluetas delgadísimas.
Vajilla fina.
Un escenario muy decorado.
Una antesala llena de custodios elegantes de traje.
Un hombrecillo que se inmiscuye entre los custodios.
Los custodios distraídos lo dejan pasar.
En la sala de fiesta se oye un disparo.
La rubia esposa del presidente oye y grita en simultáneo al primer disparo.
Los invitados se tiran al suelo, otros huyen, mientras emiten más gritos y monosílabos.
Más disparos.
Evacúan a los invitados.
Los custodios pierden la distracción y sujetan al presunto terrorista.
El presidente da un discurso.
Familias viendo el evento por televisión.
Los espectadores sienten vergüenza ajena y apagan los televisores y celulares.
Apagón final”
Nati esbozó estas líneas y se fue a dormir. Supuso que después del descanso agregaría más ideas a su trabajo. El mal sabor había disminuido, pero no se le había ido del todo.