La tragedia vivida en San Cristóbal, provincia argentina de Santa Fe, en la cual un adolescente ingresó armado a un colegio secundario e hirió de muerte a otro adolescente de 13 años, vuelve a colocar sobre la mesa acerca del lugar de las adolescencias en la agenda pública. Más allá del análisis criminológico, está claro que las adolescencias sólo vuelven a las tapa de los diarios cuando un hecho tan aberrante sucede. Y lo hacen, en la mayoría de los casos, desde el estigma y la visión centrada en el mundo adulto.
Si unimos el hecho de San Cristóbal con la ley que aprobó la baja de la edad de punibilidad penal a los 14 años en marzo de 2026 (es decir, que las personas pueden ser procesadas penalmente como adultas desde los 14 años), la operación de criminalización y negación de capacidades es más profunda.
Así, las adolescencias aparecen hoy, en el mejor de los casos, sólo como un puente que une, que conecta, las niñeces y las juventudes, con poca especificidad, desdibujada y difusa. Ante esto, es importante resaltar la necesidad de pensar y producir las adolescencias (así, en plural) no sólo como un momento específico en la vida de las personas, sino como una construcción situada, relacional, socio histórica y culturalmente situada y configurada. Hacia este objetivo apuntan las tres compilaciones que publicamos bajo el título de Las adolescencias en la Argentina. Un desafío necesario con el Grupo Editor Universitario, en las que participaron más de 50 autores/as de al menos 10 provincias argentinas.
En la actualidad, pareciera que la importancia de las adolescencias radica solo en este intermedio, en su carácter propedéutico y, como sucede muchas veces con las juventudes, en su definición por la negativa. Son los otros ni-ni. Ni niños/as, ni jóvenes: adolescentes. Una operación de nominación por la carencia que niega capacidades y potencias.
La Observación General Nº20 del Comité de los Derechos del Niño sobre la efectividad de los derechos del niño durante la adolescencia, del año 2016, destaca que los Estados parte no tienen datos fidedignos sobre este grupo social en particular y tampoco se ha invertido lo necesario para garantizar el ejercicio de sus derechos. La misma observación pone el eje en la importancia de la focalización de políticas públicas singularizadas:
La inacción y la falta de resultados tienen un costo elevado: las bases establecidas durante la adolescencia en términos de seguridad emocional, salud, sexualidad, educación, aptitudes, resiliencia y comprensión de los derechos tienen profundas consecuencias, no solo para el desarrollo óptimo de la persona, sino también para el desarrollo social y económico presente y futuro1.
La adolescencia como un momento necesario
En las últimas décadas la adolescencia se ha constituido como un momento necesario en la vida de las personas y en la dinámica social. Por eso, creemos que es central reinventar a las adolescencias, reconocerles su importancia en la producción y el devenir vital de los sujetos y la vida social. Puede haber múltiples formas de nombrarla: infancia tardía, juventud temprana, adolescencia. Lo central es comprender y desentrañar sus singularidades, sin límites precisos, definitivos y absolutos, pero con especificidades visibles y comprobables. Urge reconvertir la mirada social que se ciñe sobre sus espaldas y que hoy tiene más negativización que potencia o capacidad.
Consideramos, entonces, a la adolescencia como un momento específico, articulador, que conlleva múltiples transformaciones en las construcciones subjetivas y en los modos de vida. Esto, lejos de quitarle singularidad y potencia, nos desafía a comprender sus capacidades y aportes a la vida social, garantizando derechos y reconociendo sus diversidades.
Llegamos así a la comprensión de la configuración generacional de las adolescencias, como un proceso de construcción subjetiva, que incluye las dimensiones familiar, social, económica, cultural, política, territorial, sexo genérica y epocal. Por eso, hablamos de adolescencias situadas en dimensiones témporo-espaciales singulares.
En este sentido, es absolutamente necesario que el adulto social se aleje de las estigmatizaciones tan frecuentes, tales como “están perdidos”, “no sirve de nada ayudarlos”, “son imposibles de comprender”, que únicamente propician un abandono desde las instituciones responsables de garantizar sus derechos y reconocerles como sujetos con capacidades propias. Más bien, proponemos un acercamiento empático con sus realidades cotidianas y sus mundos de vida para comprenderles en sus diversidades y complejidades y, si fuera el caso, promover cambios y desplazamientos desde esta comprensión situada, que reconoce, visibiliza y escucha.
La mirada adultocéntrica acerca de las adolescencias que constantemente refuerza estos estigmas y etiquetas va perdiendo terreno a medida que este grupo social adquiere mayor reconocimiento, en cuanto a derechos y capacidad de ejercerlos por sí mismos.
Uno de los derechos relevantes reconocidos en los últimos años, en 2012, fue la ampliación del voto para las personas de 16 y 17 años. Mucho se habló de las capacidades de un adolescente para decidir quiénes iban a legislar y a gobernar el país, la provincia, el municipio donde viven. Incluso, las repercusiones en los medios de comunicación cuestionaban su posibilidad de decidir autónomamente con criterio y responsabilidad. “¿Ampliación de derechos o uso político de los adolescentes?”2 titulaban algunos diarios. Pensamos que esta ampliación de derechos implica reconocerle a las y los adolescentes que sus decisiones, que su discernimiento, tienen valor y que puede elegir de manera criteriosa, tan criteriosa como las y los adultos, aunque ese criterio se construya de una forma diferente. Es un derecho que les hace parte. Y ahí está la verdadera clave de la concepción de un sujeto de derecho. El adolescente enfrenta muchas veces etiquetas sobre sus capacidades, estigmas sobre sus acciones y prejuicios sobre sus ideas. El mundo adulto suele añorar la adolescencia, pero no reconoce a los adolescentes como sujetos plenos, con capacidad de decisión sobre los asuntos públicos próximos y generales.
Asimismo, el reconocimiento del derecho al voto abre otros problemas acerca de la posibilidad de ser no sólo electores sino también electos y deja al descubierto contradicciones en cuanto a las posibilidades de participación en ámbitos educativos o barriales. Los y las adolescentes comienzan a exigir y a demandar mayores niveles de protagonismo en las definiciones políticos-sociales de su vida cotidiana y en los distintos ámbitos donde construyen sus mundos habitualmente.
En la Argentina actual hay muchas y muy diversas experiencias a lo largo y ancho de la las comunidades e inclusos los Estados subnacionales llevan adelante prácticas y experiencias emancipatorias con y desde las y los adolescentes (no tanto para o sobre ellas y ellos) y creemos que es fundamental reconocerlas. Dar cuenta de que la articulación entre la dimensión estatal y la comunitaria/territorial es fundamental en nuestro país y en América Latina para fortalecer lo público. Y ante la coyuntura crítica a nivel global, sabemos que la consolidación y ampliación de lo público es uno de los caminos de superación de la crisis que vivimos y de prevención ante futuras situaciones similares.
En efecto, los tiempos que vivimos han profundizado, amplificado e intensificado las desigualdades sociales. Esto es más evidente si las concebimos desde la multidimensionalidad. Y justamente una de las dimensiones de las desigualdades que más creció en los últimos años es la generacional. Las adolescencias, entonces, despliegan sus vidas en una situación de desigualdad creciente que abarca esferas como la educativa, la territorial, la laboral, la sexo genérica, entre otras. A su vez, las y los adolescentes se producen desde la diferencia, desde la diversidad. Junto a las desigualdades, estas diversidades o pluralidades son marcas epocales que configuran sus mundos de vida cotidianos.
Ante esta situación, es fundamental profundizar políticas públicas que contrarresten las dinámicas sociales de producción y reproducción de las desigualdades, tiendan hacia la igualdad reconociendo las diversidades, fortalezcan las capacidades de las y los adolescentes promoviendo escuchas y se produzcan de manera participativa, transversal e integral. Así podremos contribuir a la construcción de una sociedad más justa, democrática y libre en la que las adolescencias sean reconocidas como protagonistas y no queden relegadas a cumplir el papel que los adultos y los intereses dominantes les asignan.
Es necesario abordar las problemáticas a las que se ven expuestas las adolescencias actuales, vinculadas al mundo digital, al bulliyng escolar, a circuitos de violencia que se perpetúan y se sostienen incluso desde los ámbitos de poder y del Estado. Comprender a las adolescencias del siglo XXI, implica integrarlas, escucharlas activamente, reconocerlas, empatizar con ellas. Significa considerarlas en su singularidad, como un grupo social con particularidades y capacidades, más que un puente entre las infancias y las juventudes.
Pablo Vommaro es posdoctor en Ciencias Sociales, niñez y juventudes, docente universitario y director Ejecutivo de CLACSO. Ezequiel Perez, abogado, es docente e integrante la Red de Infancias y Adolescencias,RIA.
Notas
1 Observación General Nº 20 (2016) del Comité de los Derechos del Niño: sobre la efectividad de los derechos del niño durante la adolescencia (CRC/C/GC/20)
2 https://www.lavoz.com.ar/opinion/ampliacion-derechos-o-uso-politico-adolescentes