¿Y ahora qué?

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El programa es impermeable a la mistificación del liderazgo

Esto de vivir una elección tras otra no deja mucho tiempo para pensar en serio una arquitectura institucional más representativa, pues los cambios que terminan discutiéndose son meros aspectos instrumentales del propio sistema electoral. Por ejemplo las PASO, que el gobierno quiere eliminar. Y la oposición, mantener. 

Nos quejamos de la baja calidad de la dirigencia, pero no nos ponemos a revisar en profundidad los mecanismos y condiciones que determinan la selección de quienes conducirán la vida pública

Apenas se acaban las elecciones de medio tiempo ya se vienen las generales, sobre las que aparecen especulaciones diversas desde el mismo momento en que se cierra la última urna. En ese punto estamos hoy y ya se despliegan, con el debate en la Comisión de Asuntos Constitucionales del Senado, tanto las confusiones como las pretensiones de las fuerzas en pugna en torno de las conveniencias de unos y otros. 

No se lea el párrafo anterior como un apoyo a la idea que se intenta poner en boga de que hay que votar todo (cargos legislativos y ejecutivos) cada cuatro años, lo cual sería tirarse en brazos de la ruleta total y pondría en peligro la continuidad de políticas útiles para la mejora social, si las hubiere. 

En tal caso no habría políticas de estado y significaría la renuncia a construir sobre convivencias complejas que garanticen progresivamente la elevación del conjunto y de cada uno de los integrantes del cuerpo social. Algo que sólo puede gustarles a los ingenieros del caos. 

Bastantes problemas está experimentando el mundo, y dentro de él nuestro país en particular, para que se agrave más con la aparición de los llamados outsiders, o sea candidatos que se destacan por su rareza más que por su seriedad

Son estrafalarios, pero atraen de modo turbio la atención del público insatisfecho que encuentra en ellos la oportunidad de expresar su repudio a la clase política.

Su característica principal es apartarse de la cultura que propicia, no sin retrasos y debilidades, el diálogo y la negociación racional. Esta cultura, a la que erróneamente se la designa como liberal, no logró evitar las guerras y aparición de regímenes dictatoriales, pero permitió cierta gobernanza desde la segunda posguerra en los países que habían podido resolver las condiciones materiales de un desarrollo entendido como despliegue de capacidades propias, con estado de bienestar e integración sociocultural de sus pueblos. 

Sin embargo, los regímenes inspirados en reglas humanistas y republicanas vieron degradarse las condiciones de convivencia en las últimas décadas, con diversas configuraciones según el país, pero en sincronía con los procesos de acumulación financiera dominantes

Esos fenómenos están asociados a la aparición de grupos corporativos concentrados y especializados en la informatización de casi todas las áreas del quehacer comunitario, desde la producción al descanso y el esparcimiento, pasando por los intercambios, todos ellos inéditos en la historia humana. 

Y tienen incidencia en la vida política monopolizando la comunicación y generando formas banales que reemplazan contenidos sustanciales por estados emocionales que implican una presunta “participación” carente de sustancia, donde la relación es con la pantalla del celular y/o equipos informáticos a los que se les dedica una atención temporal de gran amplitud horaria que cambia las relaciones interpersonales por adhesiones a “marcas” en definitiva hijas de padres anónimos.

Así, instalada la confusión general, surgen los Trumps, los Milei o los Bolsonaros y con sus presencias deletéreas que envilecen la vida política e institucional de nuestros países. 

A partir, entonces, de la indisimulable crisis de representación que experimentamos hoy, la cultura política se degrada en la medida que el debate se parece cada vez más a una ciénaga donde se hunden las mejores expectativas de tener una vida comunitaria rica en su variedad y esperanzadora en la calidad de sus opciones de mejora. 

La ficción del liderazgo

Así tenemos políticos de plástico, insustanciales, que funcionan de acuerdo a reglas del marketing, cuyo contacto con la cruda realidad está mediada por estas herramientas de control básicamente emocional. 

Estamos hablando en general y no dejando de señalar que hay valiosas excepciones y gente, (militantes o dirigentes), que está a mitad de camino entre convertirse en un robot a cuerda -más bien a control remoto- o asumir las condiciones sociales tal cual son, no como se las dibuja, y busca resolver las dificultades concretas de sus compatriotas sin dejar de recurrir a la tecnología. 

Reunir esa energía hoy dispersa es la principal tarea política y la forma de hacerlo requiere una creatividad superadora de los procedimientos conocidos sin despreciar ninguno, existente o por ser inventado, se necesitan todos.

Se trata de recrear una muy sólida convergencia de sectores que expresen las aspiraciones de las diversas clases sociales, más allá de las consignas con que se simula la formación política de sus cuadros. 

Esa potencial convergencia profunda, y tendencial como movimiento tectónico, debe acompañarse con una voluntad compartida y constructiva como forma de fuerza política

De otro modo, seguirá dominando la escena el simulacro de vida política que diseñan los prestidigitadores de la “opinión pública” que fundamentalmente se ocupan de instalar una fenomenal confusión de todos contra todos. 

Ese formato de dominación requiere de mercadería para vender. Y por allí viene la remanida cuestión del liderazgo y la meritocracia. 

El primero concebido como la representación simbólica del conjunto social y la figura que asume la responsabilidad de enfrentar los principales problemas que afligen, en nuestro caso, a la sociedad argentina. Piénsese a Javier Milei en ese destacado rol y el cuadro que representa lo grotesco de tal proyección, cuando se trata de una personalidad que divide en vez de unir. 

La primera condición es renunciar al partidismo (que Milei ni siquiera tiene estructurado) representado históricamente por Marcelo T. de Alvear pasando por la sede del radicalismo para renunciar a su partido antes de asumir la primera magistratura. Otro tanto hizo Frondizi, en un discurso memorable, y es una larga tradición en los presidentes, de carácter casi protocolar con valiosos significados. Gestos formales, pero que dicen mucho.

El principio de representar al conjunto es una necesidad primera y elemental, que Milei desprecia al referirse sólo a los “argentinos de bien”, estableciendo así un confusa pero no menos inquietante división de la sociedad. 

Es, sin embargo, la figura principal del gobierno, que se ocupa de eclipsar cualquier competencia en la aparición ante la opinión pública. Y cuando otro animal político, (como lo sería Patricia Bullrich), amenaza disputar ese trono poniendo algo de presión al forzado encubrimiento de Adorni, y genera un temblor que muestra la fragilidad del actual armado institucional. 

Adorni no está de adorno, puesto que es un formidable pararrayos que alivia al resto de los protagonistas del círculo presidencial, al menos temporalmente, de la necesidad de dar explicaciones sobre tropelías de mucho mayor volumen. 

Dicho en paisano, se lleva puestos a todos los alambrados y ahí queda, para que se hable de él durante bastante tiempo.

El deterioro de la capacidad representativa de la investidura presidencial no es un dato pintoresco o una particularidad que pueda considerarse circunstancial. Es una degradación del propio sistema institucional que requiere, en la tradición republicana, una figura capaz de ser un modelo a seguir en las conductas sociales ejerciendo -entre otras- las cualidades de sobriedad, transparencia, honestidad, laboriosidad y visión de conducción para indicar un camino de elevación comunitaria. Y contar con un programa adecuado para desarrollar el país y un equipo competente para llevar a cabo las tareas transformadoras necesarias. 

Todas características ausentes en la realidad observable en este momento en la Argentina. No obstante esta evidencia, se insiste en buscar una persona para resolver todas las deudas acumuladas, tanto en lo social como en lo económico-financiero. Un contrasentido. 

Tenemos en la primera magistratura un personaje que se dice economista y de quien resulta muy evidente lo estrecho de su visión, presuntamente fundada en una creación ideológica con pretensión de ser una academia de pensamiento (escuela austriaca) sin aplicación práctica conocida salvo como cantilena repetida mecánicamente por entidades emisoras y/o repetidoras de un relato odioso por su carácter individualista y antisocial. 

En el pasado, aún en las muy deterioradas representaciones en los más altos cargos públicos, se guardaban las formas con conductas acordes. Ahora las “formas” están al servicio de políticas que se niegan a considerar la existencia de una sociedad, donde solo ven individuos, y están dispuestos a destruir cualquier relacionamiento gregario inspirado en la fraternidad o, siquiera, en una mera sociabilidad. 

La disgregación dejó de ser una consecuencia indeseada para convertirse en una línea política no precisamente elevada en su estilo, pues hizo de la vulgaridad y de las agresiones verbales herramientas de sectarización que lejos de proponer diálogos divide al mundo en buenos y malos. 

Digamos que, en todo caso, eso lo hacen los malos de afuera, una ínfima minoría de gente con enorme poder para determinar las opiniones y creencias de amplios sectores de la población. 

Estos desvíos son también posibles por la gran responsabilidad que se deposita sobre el primer magistrado cuando no hay un eje constructivo que organice la dirección de marcha. El Poder Ejecutivo es, como se sabe, unipersonal. Pero debe gobernar para millones de personas.

Establecer el debate y desenvolver acciones políticas centradas en la búsqueda de un candidato que desempeñe tan elevada función institucional lleva, en manos de oportunistas irresponsables, a deformar la función de Jefe de Estado y reducirla a una pelea de perros que es lo menos parecido a la convivencia civilizada.

El proyecto de eliminar las PASO que propone el gobierno apunta a ser algo más, una suerte de reforma muy amplia, que incluye boleta única papel, ficha limpia, y financiamiento, recortando fondos a los partidos políticos y que, sobre todo, imponga condiciones muy restrictivas para conservar la personería jurídica, lo cual lleva a las agrupaciones menores a componendas insólitas para seguir legales. 

Todo lo que se planea va contra de la propia historia de La libertad avanza, una convergencia de sectores que apoya a un actor político que surgió de apariciones desopilantes en las redes y la televisión. Tal vez no haya que correr riesgos para evitar su repetición (pensarán ellos). 

Pero más interesante es ver que esa trayectoria que se dibuja como requisito destruye el tan apreciado concepto de meritocracia, es decir que gobiernen los exitosos en sus carreras laborales. Una forma de selección y al mismo tiempo de exclusión. 

Es obvio que el mérito existe y es un valor apreciado cuando supone esfuerzo y servicio a la comunidad, pero se deforma cuando se convierte en un requisito que deja afuera, desde el vamos, a quienes no tienen acceso ni siquiera a figurar entre los preelegidos. Quizás sus votantes vieron en Milei, de un modo bizarro, la negación de todo lo que detestaban, empezando por el propio sistema político que nunca entendieron ni los incluyó. 

O sea, algo más que repartidores de Rappi, desbordando los nichos etarios y convocando la marginalidad que siempre existe al costado y dentro de cada grupo social constituido. 

También funciona para Milei la condición de significante vacío, sobre el cual depositan sus esperanzas quienes creen de buena fe que sólo ordenando las cuentas públicas el país se encamina hacia una etapa de prosperidad. 

Ya hemos dedicado varias veces a ese sector respetable y para nada pequeño de compatriotas la reflexión de que en la parálisis y el retroceso en la calidad de la vida institucional y en las relaciones interpersonales no se alumbra automáticamente una sociedad justa sino todo lo contrario. 

Lo tenemos a la vista, por ejemplo, con el desmantelamiento del Estado, donde la necesidad de reformar lo que anda mal lleva al incumplimiento de funciones que le corresponden. Y a que la historia registre a Federico Sturzenegger como el colosal destructor que profundizó el daño infligido a la sociedad y a la propia institucionalidad que dice defender.

El verdadero mérito lo tendrán aquellos que logren reunir las energías sociales hoy dispersas en torno a un expansivo y sólido programa para la transformación e integración sociocultural de una Argentina que hoy está sometida a un desmantelamiento nunca visto y que pretende reducirla a la empequeñecedora función de ser proveedora de materias primas bajo una óptica extractivista. El viejo sueño conservador con tecnología del siglo XXI.

Pero el nuestro es un país con múltiples opciones todavía sin desenvolver y cuenta con numerosos sectores sociales que pueden desplegar capacidades extraordinarias en la creación de nueva riqueza. 
Tenemos la gente y la necesidad, por lo tanto hay que superar todas los procedimientos y formas que nos llevan a repetir los errores del pasado. Entre ellos, creer que un líder milagroso va a salvarnos.

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