¿Y ahora qué?

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Peter James Hudson: “La deuda se convirtió en un instrumento político”

Peter James Hudson, historiador canadiense, descendiente de esclavos por vía paterna y autor de
Banqueros e imperio. De cómo Wall Street colonizó el Caribe, analiza el funcionamiento histórico de la diplomacia del dólar, el papel de Wall Street en el Caribe y América Central, y la relación entre deuda, control político, ocupación militar y nuevas formas de dominación financiera y tecnológica. El que piense que la Argentina de Javier Milei está lejos de esa historia y de Haití se equivoca, tal como puede apreciarse en la entrevista que sigue.

De visita en Buenos Aires para presentar el libro que editó Tinta Limón, Peter James Hudson, nacido en 1971 en Canadá, fue entrevistado por Y ahora qué?

¿Por qué elegista este tema de investigación, siendo canadiense?

—Es una gran pregunta. Como canadiense, siempre me interesó el poder de Estados Unidos. Para Canadá, Estados Unidos aparece siempre como una sombra sobre la cultura, la política y la economía canadienses. Había una gran tradición de economía política canadiense que intentaba entender cómo Canadá podía convertirse en un Estado soberano desde el punto de vista económico, lidiando tanto con Inglaterra como con Estados Unidos. También me interesaba el Caribe. Me interesaban las historias del subdesarrollo caribeño. Y lo que encontré fue que había mucho trabajo, obviamente, sobre la historia de Inglaterra en el Caribe, pero no el tipo de libros que yo buscaba sobre Estados Unidos y el Caribe en su totalidad. Hay libros sobre Estados Unidos y Cuba, sobre Estados Unidos y Panamá. Pero hacía falta entender que Wall Street veía al Caribe como un todo. Tenía una visión del Caribe como un conjunto. Me pareció importante contar esa historia. También era importante para mí, como canadiense, como alguien con raíces en el Caribe y como persona de ascendencia africana, comprender el papel de las finanzas.

¿De qué parte de África?

—¿De qué parte de África? Ojalá lo supiera.

¿No lo sabés?

—No, no lo sé. Mi padre nació en Jamaica, pero sus antepasados llegaron al Caribe como personas esclavizadas. Gran parte de esa historia fue borrada o es desconocida. Por eso es importante pensar la historia de los negros no solo como un estudio de identidad y cultura, sino como una parte central de la historia del capitalismo desde la era de la esclavitud.

¿Cómo definís, después de tu investigación, la diplomacia del dólar?

—La forma de abordar la cuestión de la diplomacia del dólar es hablar primero de ella en teoría y no en la práctica. En teoría, la diplomacia del dólar fue una forma de gobierno financiero imperial desarrollada por el Departamento de Estado de los Estados Unidos a comienzos del siglo XX. Según esa teoría, el Departamento de Estado sustituiría las cañoneras por dólares. Eso significaba que, para controlar especialmente las islas y colonias del Caribe y de América Central, se controlaban bancos centrales, se refinanciaban deudas, se nombraban asesores financieros privados para organizar aduanas, impuestos y otras áreas. La idea era que si se organizaban las finanzas de esos países considerados problemáticos sobre una base eficiente y racional, eso permitiría el control político y la estabilidad política en el Caribe y en América Central. Esto era extremadamente importante para Estados Unidos, porque quería controlar la región para proteger, en especial, la Zona del Canal. El Canal de Panamá se había inaugurado en 1914 y se convirtió en un nodo comercial y estratégico crucial para el comercio estadounidense entre el Atlántico y el Pacífico.

La diplomacia del dólar también incluyó las cañoneras.

—Exactamente. También incluyó las cañoneras. Durante el período de la diplomacia del dólar, que supuestamente era una forma racional y progresista de gobierno, se vieron algunas de las maneras más brutales de ocupación militar estadounidense en lugares como Haití, Nicaragua, República Dominicana y Cuba. Entonces, en un nivel, se usaba la finanza como forma de gobierno. Pero en otro nivel, en la práctica, las cañoneras seguían estando allí.

La parte más cercana del “patio trasero”.

—El discurso del “patio trasero” fue una extensión de la Doctrina Monroe. La Doctrina Monroe, que data de 1823, fue un intento de Estados Unidos de afirmar su control sobre el hemisferio americano y de sugerir una política propia para esa región.

Lo que Estados Unidos llama el hemisferio occidental.

—Exactamente. En ese sentido, la idea de la diplomacia del dólar se basaba en que el Caribe era una región especial y América Central también era una región especial.

¿Geopolíticamente?

—Geopolíticamente, pero también comercialmente para Estados Unidos.

¿Por qué?

—Por varias razones. En primer lugar, las corporaciones estadounidenses estaban entrando en la región a un ritmo muy acelerado. Querían tener control monopólico sobre las materias primas que salían de la región, pero también sobre la venta de bienes manufacturados dentro de la región. También diría que querían controlar los mercados laborales. No solo estaban interesados en desplazar a Gran Bretaña y Francia, sino también a Alemania, que tenía una presencia importante en la Argentina, en Cuba y en otros lugares, con bancos y manufacturas hasta la Primera Guerra Mundial. Entonces, creo que estaban las demandas de supremacía comercial en las Américas, de supremacía geopolítica en las Américas, y también una dimensión intangible: una ideología del excepcionalismo estadounidense y la creencia de que tenían derecho sobre el territorio. La idea del destino manifiesto, un derecho divino, otorgado por Dios, para controlar todas las Américas.

¿Cuál fue el papel de los bancos en ese momento?

—Los bancos fueron importantes por varias razones. En primer lugar, tomaron la delantera en el financiamiento del comercio de importación y exportación en las Américas, especialmente, por ejemplo, el azúcar en Cuba. Los bancos también querían desplazar a los bancos franceses, británicos y alemanes que ya estaban instalados en la región desde el siglo XIX, si no antes. Estaban interesados en refinanciar las deudas que habían sido financiadas previamente desde Europa. Hasta la Primera Guerra Mundial, les interesaba tomar el control monopólico de muelles, puertos, ferrocarriles, plantaciones de azúcar, plantaciones de tabaco y otras plantaciones. También querían controlar los sistemas financieros, la recaudación impositiva y los ingresos aduaneros. Si uno mira, por ejemplo, un país como Haití, del que hoy hablamos como el país más pobre del hemisferio, en 1910 los banqueros de la ciudad decían: “Haití será un negocio lucrativo para nosotros”. Veían que habría enormes beneficios en el azúcar, los ferrocarriles, el sisal, otras materias primas y también en el control de las aduanas y los impuestos. De alguna manera, los bancos fueron cruciales como intermediarios entre las finanzas y el Estado en muchas de esas regiones.

¿Y la deuda se convirtió en un instrumento político?

—Absolutamente. Creo que este es un punto muy importante.

¿Cómo funcionaba? ¿Cuál era el mecanismo?

—Lo que podían hacer en lugares como Cuba o Haití, mediante la refinanciación de la deuda, era tomar una deuda que había sido financiada por otro país o por otra entidad. Luego extendían la amortización, fijaban una tasa de interés y, al prestar ese dinero, imponían ciertas exigencias a esos países. Podían decir: “Bien, si les vamos a prestar 10 millones de dólares, parte de ese dinero tiene que ir, primero, a pagarnos la deuda; segundo, a comprar bienes estadounidenses; tercero, a pagar a nuestro personal administrativo. Y, además, vamos a cobrar una comisión”. Ahí aparece la dimensión política. Porque si un país quería usar el dinero que había pedido prestado al Citibank para financiar escuelas o construir caminos, el Citibank podía decir: “No, no pueden hacerlo. Necesitamos que nos paguen a nosotros antes de pagarles a sus maestros”. Eso se convertía en un problema político.

Eso nos suena muy familiar.

—Ustedes ya han escuchado esa historia. Y creo que en toda América Latina, en todo el Caribe y en toda África es la misma historia. Lo que hoy llamamos programas de ajuste estructural o condicionalidades de ajuste ya ocurría en la década de 1920. Es importante decir, por ejemplo, que en el caso de Cuba, Gerardo Machado fue el candidato de los banqueros. Fue apoyado por los bancos.

Machado fue el presidente y luego dictador de los años ’20 y ’30.

—Exactamente. Fue elegido en 1925 y luego depuesto en 1933. Era el candidato favorito de J.P. Morgan y del Citibank, hasta el punto de que un funcionario de J.P. Morgan dijo algo así como: “Haremos todo lo que esté a nuestro alcance para asegurarnos de que sea reelegido”.

¿Cuál era exactamente el mecanismo que estaba en la base de la relación entre los bancos, el Departamento de Estado, el Departamento de Guerra, las cañoneras y la geopolítica?

—Creo que la forma más sencilla de explicarlo es, otra vez, con el caso de Haití. Allí hubo vicepresidentes del Citibank que estaban en Haití y que habían trabajado antes con funcionarios de lo que entonces era el Departamento de Guerra. Conocían muy bien Washington, tenían trato personal con secretarios de Guerra y con presidentes. Esa familiaridad social les daba capacidad para formular demandas al Estado. En el caso de Haití, los funcionarios del Citibank llamaron o telegrafiaron a Washington y dijeron: “Necesitamos que venga una cañonera y se lleve toda la reserva de oro de Haití”. Un día de 1914, un barco que ya estaba anclado frente a Haití desembarcó en Puerto Príncipe. Los marines bajaron del barco, marcharon hasta la reserva de oro, la cargaron en una cañonera y la llevaron a bóvedas en Washington o en Nueva York.

¿Actuaban como empleados o como socios?

—¿Los marines? Parece que actuaban como empleados en ese momento, aunque también se podría llamar una asociación.

¿Considerarías a Haití como un laboratorio?

—Diría que Haití fue un laboratorio, sí. Fue un laboratorio, en las décadas de 1910 y 1920, tanto para prácticas financieras como para prácticas militares. Fue uno de los primeros lugares donde Estados Unidos llevó adelante campañas de bombardeo aéreo sobre poblaciones locales. También podemos mirar a Haití en su historia más reciente. Hoy el aeropuerto haitiano está bajo control privado de una organización mercenaria con sede en Estados Unidos. Entonces, sí, diría que es un laboratorio. Pero quiero ser un poco cauteloso con esa palabra, porque cuando decimos laboratorio pensamos que se trata solo de experimentación. Y hubo éxito en esa experimentación. Hubo extracción en esa experimentación. Revisaban y aprendían de sus errores y de sus éxitos, y luego llevaban esas prácticas a otras partes del mundo.

Entonces hubo un laboratorio y hubo un resultado palpable.

—Absolutamente. Y el experimento fue sobre el pueblo haitiano, sobre el pueblo cubano o, quizá ahora, sobre el pueblo argentino, si lo pensamos. Lo que vi en mi investigación fue una disposición y una voluntad de utilizar las vidas de otras personas para descubrir nuevas formas de extracción, nuevas formas de acumulación y también nuevas formas de represión.

Como seguramente sabrás, Peter Thiel estuvo en la Argentina y compró una casa cerca de aquí. Estamos grabando esta entrevista a unos dos kilómetros de ese lugar. Más allá de que el mundo es otro, ¿es comparable Peter Thiel y su Palantir con aquellos bancos que tomaron control de Haití, América Central y el Caribe?

—Lo que vemos con Peter Thiel y con Palantir es, en un nivel, una intensificación de las prácticas de capitalismo monopólico, vigilancia, control y acumulación que siempre formaron parte de la historia del capitalismo y que se intensificaron durante las décadas de 1920 y 1930. Pero ahora parecen haber vuelto con una suerte de venganza. También veo a Peter Thiel, a Palantir y a Alex Karp, de Palantir, retomando visiones de destino manifiesto, de misión civilizadora de Estados Unidos.

¿De qué tipo de civilización? Porque ellos también quieren cambiar la civilización estadounidense, ¿no?

—Sí, quieren hacerlo. Si actualmente la civilización estadounidense puede ser vista como un experimento más o menos multilingüe, multicultural y democrático, ellos quieren eliminar eso. Quieren volver al gobierno de las élites. Quieren volver al gobierno de hombres blancos y excepcionales. Y quieren reprimir a las masas de todos los colores. Creo que esto es una intensificación de ideas anteriores. Lo que diría sobre personas como Peter Thiel y Alex Karp, en comparación con J.P. Morgan o Carnegie, es que, por terribles que hayan sido algunas de las acciones de Carnegie o Morgan, tenían cierta noción básica del bien público. J.P. Morgan financió bibliotecas. Carnegie también. Había una idea de cómo usar la riqueza. Ellos creían que eran mejores que todos los demás, pero utilizaban una parte de su riqueza para ofrecer espacios a los pobres, aunque fuera de la manera más paternalista.

Una élite ilustrada.

—Esa idea fue completamente borrada. Ahora hay una lógica de “nosotros contra ellos”. Y las masas, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, son vistas como amenazas al poder de ese grupo.

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