¿Y ahora qué?

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Primer encuentro del Grupo Juncal: “Reconstruir una vida política genuina”

Con figuras de distintas trayectorias políticas y personales se realizó el primer encuentro del Grupo Juncal. Fue creado con la intención de constituirse en una referencia triplemente abierta: por su contenido temático, por la amplitud de la integración y por la forma en que se propone discutir los grandes problemas nacionales. Y como el criterio es que todo el mundo vale lo mismo, a continuación va un resumen de todas las intervenciones.

El primer encuentro, que insumió cuatro horas de intercambio, fue el prólogo de lo que vendrá después: el funcionamiento de mesas especiales para profundizar análisis y propuestas. Los organizadores aclararon que esas mesas no agotan los asuntos a tratar, y que podrá haber otras nuevas. En el arranque habrá una mesa internacional, una mesa acerca de la soberanía, una mesa económica, una mesa social, una mesa política y una mesa de defensa y seguridad. Y el punto de partida es que ninguna iniciativa de las ya presentadas o las que puedan surgir en el futuro sea desaprovechada.

Intervención por intervención, así fue el desarrollo del encuentro inaugural.

Rafael Prieto

Buenos días a todos y gracias por venir en un día tan lluvioso.

Como planteamos en la convocatoria, el Grupo Juncal y la revista Y Ahora qué comienzan, a partir de hoy, con el lanzamiento de una serie de mesas de trabajo para discutir los problemas de la Argentina en su sentido más amplio. En unos minutos se presentarán esas mesas.

Hablamos de dos meses de trabajo, con muchas reuniones y con gente que se ha ido acercando a partir de una lectura de los temas que venimos trabajando en la revista Y Ahora qué y en las instituciones que estamos desarrollando en el ámbito de este grupo. Aspiramos a seguir adelante con una idea que tiene, básicamente, varios ejes.

Por un lado, la caracterización de lo que está ocurriendo en la Argentina con la política de Milei. Se trata de una orientación que, con distintos matices, se viene aplicando en la Argentina desde hace muchos años, un modelo que deteriora la base productiva de nuestra economía, daña el tejido social y acentúa la desigualdad. Ese es un punto común y de identidad para todos los que estamos llevando adelante esta iniciativa.

El otro eje es ahondar en la caracterización de la crisis que vive la política argentina, es decir intentar profundizar en el análisis de las causas que explican la profunda crisis de representación que abarca a la dirigencia y a las propias instituciones del Estado. En ese contexto, entender que el fenómeno Milei no es producto de una circunstancia ni de un accidente, sino también la consecuencia de un fracaso reiterado que engendró las condiciones para que cobrara fuerza la corriente de la anti-política. Incluso planteando que el de Milei, aún sin Milei, es un tipo de fenómeno que pueden reiterarse.

Esa caracterización del deterioro que sufre la vida política nos lleva a preguntarnos qué es lo que está en crisis. Uno de los temas que venimos discutiendo es el vaciamiento de contenidos de la vida política. No hay una vida política que ponga en primer plano la discusión sobre los alcances programáticos de un proyecto nacional que responda a los desafíos que se le presentan a la Argentina, con las pocas excepciones del caso. Lo que prevalece es una profunda discordancia entre los desafíos que tiene el país y lo que se discute en la política.

Se discute lo electoral, se discute el lugar en los espacios, se discuten las listas, pero cada vez se discute menos qué proyecto de país necesitamos para revertir la crisis, y cuál debería ser la relación de Argentina con el mundo, en una etapa tan compleja como la que vivimos.

Tenemos, además, la convicción de que la crisis de la política es sistémica. No es una crisis de un solo sector ideológico. Y difícilmente pueda resolverse en sí misma si no surge algo distinto, porque las prácticas están muy consolidadas en el marco de parámetros que excluyen la discusión de fondo y también excluyen la integración de la inteligencia argentina a la práctica política.

En consecuencia, lo que no se discute es qué va a pasar con el país. Buena parte de la dirigencia actúa adaptándose a las circunstancias, trabaja con eslóganes o frases hechas, pero no profundiza realmente en la solución de los problemas que vienen . Esta crisis no se resolverá de manera inmediata. Puede surgir una figura capaz de revertirla, y ojalá suceda. Pero no podemos depositar todas las expectativas en un hecho que puede o no suceder y que en principio, en todo caso, no necesariamente sería producto de una construcción sólida y de largo plazo.

Puede pasar que haya un cambio de gobierno y también puede pasar que vuelvan a frustrarse las expectativas, porque eso no refleje algo gestado seriamente en cuanto a la elaboración del programa, del plan, junto a la formación de los equipos y la masa crítica política necesaria para poner en movimiento las voluntades de todos sectores sociales que deberán protagonizar la reconstrucción del país.

Por eso nos planteamos, con mucha humildad, impulsar iniciativas que pongan el eje en estas cuestiones, que sumen voluntades y masa crítica, y que sean pensadas con perspectiva de largo plazo. Si el diagnóstico es este, el problema que enfrentamos no se solucionará de un día para el otro. Otros países, incluso en circunstancias más graves que la Argentina, cuando tuvieron voluntades capaces de plantearse objetivos con horizontes adecuados, encontraron soluciones y pudieron revertir procesos extremos.

Nosotros vivimos todo el tiempo en la inmediatez y en la emergencia. Es cierto que la crisis es grave y que no podemos esperar. Pero tampoco habrá solución si no se reconstruye una vida política genuina. Eso significa que los sectores del mundo del trabajo, de la producción, de la cultura, de la ciencia y de la técnica se amalgamen en una voluntad común. Y esto exige, por definición, de una dirigencia que asuma la difícil tarea de unir aquello que hoy está fragmentado y dividido por innumerables conflictos.

Una de las características que vemos es, precisamente, la creciente fragmentación. Se pierde una mirada de conjunto sobre los problemas del país. Se habla de economía disociada de la problemática social, o se habla de seguridad, pero todo aparece en compartimentos estancos que no logran adquirir una síntesis, porque no hay una dirigencia que unifique esa síntesis.

Frente a esas divisiones constantes, las prácticas de Milei, de los libertarios o de la llamada extrema derecha internacional, es la exacerbar conflictos secundarios y mantener discusiones superfluas en relación con los problemas que deberían unificarnos.

Queremos llevar adelante esta iniciativa de realizar un conjunto de meses de debate con un sentido federal. Hay una visión de país muy centralizada, influida por los intereses porteños y bonaerenses. El interior, donde hay mucha potencialidad, no está considerado como debería.

Pretendemos, con la revista Y Ahora qué y otras herramientas que podamos construir, consolidar un espacio integrado, sin jerarquías, porque estamos en una etapa de reelaboración de las discusiones. Acá todos valemos lo mismo. Nos interesa el aporte y la perspectiva de cada uno. Ojalá surja algún actor político capaz de encarnar esto. Mientras tanto, nos proponemos seguir con esta iniciativa y profundizarla.

La mecánica de hoy será simple: el analista de riesgo geopolítico Ricardo Auer hará un encuadre general de la situación del mundo y la Argentina; luego el economista Cristian Módolo caracterizará brevemente la situación económica; y después cada uno podrá aportar, desde su perspectiva, elementos para enriquecer esta discusión. A partir de ahora iremos convocando a las mesas y, al final, comentaremos los temas que van funcionar como ejes ordenadores de los debates.

Ricardo Auer

Siempre escuché que la Argentina era un país importante en el mundo. Potencialmente importante. Siempre nos quedamos en el potencial. Eso se refleja en una sociedad que vota de manera dispersa y polarizada. Hemos vivido décadas de promesas. La realidad fue llevando a la gente a que esas promesas cayeran en el vacío y a que las utopías se fueran derrumbando.

La gente quiere ver realidades. La esperanza, necesaria en toda sociedad, tiene que alimentarse de realidades. Para eso hay que hablar de las realidades: menos declaraciones y más explicaciones. La política tendrá que explicar. No decir solamente “vamos a lograr tal cosa”, sino explicar cómo hacemos para llegar a eso.

Comparé los últimos cincuenta años de PBI de cuatro países: Argentina, Brasil, Vietnam y Nigeria. Argentina tiene dieciséis picos negativos: es un electrocardiograma sin marcapasos. Brasil tiene solo seis. Vietnam viene de una guerra brutal, del ataque del imperialismo, pero tuvo coherencia interna, una especie de política de Estado para encarar su desarrollo. Nigeria, país grande de África y petrolero, tiene una inestabilidad parecida a la argentina.

Nigeria y Argentina nunca pudieron acumular divisas. Las malgastan en gastos corrientes. Brasil y Vietnam, por el contrario, tienen reservas líquidas y son potencias intermedias. Cuando hay coherencias internas y políticas de Estado en los rubros principales, los países avanzan.

En el PBI per cápita, Argentina arrancó con casi el doble que Brasil. Hoy Brasil sigue teniendo menos PBI per cápita que Argentina, pero su economía es mucho más sólida. Se estabiliza a partir de Fernando Henrique Cardoso. Asia tiene niveles inferiores de PBI per cápita respecto de Estados Unidos y Europa, pero todo el mundo mira con admiración el corrimiento de la economía mundial hacia Asia.

El mundo cambió todo. No se puede seguir razonando política y humanamente en los términos de hace diez o quince años. A nivel mundial hay dos superpotencias, Estados Unidos y China, que cooperan y compiten simultáneamente. Rusia es una tercera potencia por su capacidad nuclear. Pero el pensamiento ideológico argentino suele ser “anti”: antiestadounidense, anticomunista, antichino. Ese modo de pensar el mundo es erróneo. Los países que progresan no piensan en términos de “anti”, sino en términos de “pro”: cómo ven sus intereses nacionales frente a la realidad mundial y cómo negocian con Estados Unidos, con China o con quien sea para progresar.

Las potencias intermedias logran relaciones internacionales que les permiten sacar ventajas relativas frente al tironeo de las grandes potencias. India es el mejor ejemplo: se lleva bien con Rusia porque le provee armas, con Estados Unidos por ciertos arreglos militares, con China no se lleva tan mal a pesar de sus conflictos de frontera, y además integra los BRICS.

Tenemos que abandonar la mirada bipolar según la cual un imperio es bueno y el otro malo. El mundo es interdependiente, de configuración variable y cambiante. En política exterior y defensa tiene que haber una política de Estado. Tenemos que explicarle a todos los argentinos que eso es necesario.

Para trabajar la política exterior vamos a tomar como base un documento de Archibaldo Lanús, que plantea cómo sistematizar profesionalmente estos temas. Mi posición personal es que para transformar la Argentina necesitamos nuevos cuadros que piensen distinto y una doctrina nueva que explique la Argentina del futuro. También necesitamos un nuevo método de trabajo político, que utilice las herramientas modernas para lograr que la gente escuche.

Cristian Módolo

La idea de este segundo eje, el económico, no es exponer cómo estamos viviendo, porque eso lo conocemos perfectamente, sino salirnos de la coyuntura nacional e internacional e ir hacia algo más reflexivo. Esta presentación busca ser un disparador para trabajar después en las mesas.

Vivimos en emergencia permanente y eso no nos permite ver que lo que nos pasa no es coyuntural. La Argentina está atrapada desde hace por lo menos cuarenta y seis años en una crisis estructural. Vivimos en un loop de entradas y salidas de crisis. A diferencia de otros países, la Argentina no tiene una crisis cada diez años: hay un patrón más profundo. Ese estancamiento estructural lleva a un aparato productivo desequilibrado, que genera condiciones de vida acordes a ese sistema.

No hay desarrollo posible como comunidad si no generamos riqueza. Hablar de desarrollo sin discutir la generación de riqueza vuelve estéril la discusión. No podemos plantearnos una sociedad más justa sin discutir la generación de riqueza que provea condiciones aceptables de vida y desarrollo.

Los modelos de insubordinación fundante, como Vietnam, Corea del Sur, Alemania o Estados Unidos, tuvieron un patrón: industria, valor agregado y trabajo en todas sus manifestaciones, integrados con las actividades productivas.

La Argentina, medida en producto bruto interno a moneda constante desde 1979 hasta hoy, muestra toda la democracia atravesada por grandes caídas. Tuvimos tres grandes choques: la hiperinflación de fines de los ochenta, la salida de la convertibilidad y el tercer núcleo, que combina la pandemia con la crisis de la deuda de Macri. Lo constante es que la destrucción de riqueza en Argentina no es como la de otros países: destruye capacidades empresarias y laborales.

Hoy tenemos menos establecimientos industriales que en 1935. Eso muestra las capacidades que tiene nuestra comunidad para soportar embates productivos. Cuando una economía se debilita, se simplifica y se flexibiliza, queda a merced de crisis que la hacen ir de una banquina a otra, destruyendo y generando bolsones de pobreza.

Muchas veces repetimos que somos una economía industrial y que ahora sufrimos una apertura indiscriminada. Es cierto que hay un desastre, pero tampoco teníamos la industria que imaginábamos. Según el Censo Nacional Económico, el uno por ciento de las empresas de la Argentina —unas 3.500— explica el 44 por ciento del empleo privado formal. El resto, el 99 por ciento, son micro, pequeñas y medianas empresas. El 84 por ciento de las unidades de explotación son micro o cuentapropistas. La Argentina se parece más a una economía de subsistencia que a una economía industrial.

Si siguiéramos el modelo de industrialización de 1974, deberíamos tener seis millones de trabajadores en el sector industrial formal. Tenemos menos de un millón y seguimos en baja. Si siguiéramos tendencias coreanas o vietnamitas, deberíamos tener seis veces más empleo industrial.

La pobreza acompaña la destrucción de riqueza. Desde 1982 hasta hoy, la Argentina tuvo picos de pobreza en la hiperinflación, en la salida de la convertibilidad y en lo que llamo el rodrigazo de Caputo. La Argentina habla de hiperinflación y de crisis, pero no de la hiperpobreza que genera en cada crisis. La sociedad se rompe, y quienes salen de la crisis nunca son los mismos que entraron.

Hoy el 51,4 por ciento de la fuerza laboral argentina es informal. Después de ocho flexibilizaciones laborales desde 1977, más de la mitad de la fuerza laboral sigue en la informalidad. Estos son los ejes: generación de riqueza, distribución y desarrollo. También identificamos fallas sistémicas: sistema tributario, pasivos públicos, deuda externa y asalariamiento de la exclusión. Son nudos críticos que hay que desarmar para articular una propuesta coherente de desarrollo nacional.

Alejandro Olmos

El Gobierno maneja las cifras y pone lo que quiere, pero el problema de la deuda, desde que se fue la dictadura, jamás se solucionó. La deuda bajó, volvió a subir, se estabilizó, y hoy llegó a una cifra fantasmagórica para la Argentina. Nunca hubo una política para enfrentarla. Siempre se renegoció o se intentó mejorar el perfil, pero la deuda siguió creciendo.

También me interesa cómo funciona un país que no respeta el Estado de derecho. La estructura creada durante la dictadura sigue vigente. Tenemos leyes fundamentales de aquella época que ningún gobierno democrático quiso cambiar. Esa estructura favorece a los grandes grupos financieros.

La Argentina no es un país soberano en términos prácticos. En los foros internacionales somos soberanos formalmente, pero todo contrato que firma la Argentina se somete a jurisdicción extranjera. En cuestiones económicas, las empresas pueden discutir contra el Estado argentino ante el CIADI, el tribunal del Banco Mundial. Lo que resuelve el CIADI es prácticamente inapelable.

El Fondo Monetario Internacional es parte central de esa estructura. Es el prestamista de última instancia y respalda a los grupos financieros. Su estructura permite dañar a cualquier país, y el organismo es inmune a cualquier acción. La Argentina nunca cuestionó seriamente eso: recurrió al Fondo en 2018, renegoció en 2022 y volvió a hacerlo después. Si no fracturamos ese esquema, todo plan de desarrollo quedará condicionado.

Pablo Ansaldi

Estoy de acuerdo con los diagnósticos. Pero deberíamos romper algo que en la Argentina se conoce como el teorema de Baglini: la idea de que la creatividad y la posibilidad de poder tienen una relación inversamente proporcional. Si eso fuera cierto, seguirían los faraones. Napoleón hubiera sido jardinero en Córcega, San Martín se habría jubilado en el ejército español y Perón hubiera sido un militar más.

Tenemos que pensar por fuera del marco y asumir el riesgo creativo del arte en la política. Si no, vamos a seguir traficando pieles en Venecia en el siglo XII. Hay que generar una masa crítica de ideas atractiva y convocante para cuadros que tengan relación real, no ocasional, con los sectores populares. Como decía el compañero Danton: audacia, audacia y más audacia.

Fernando Barrera

Soy Fernando Barrera, de la Comisión Ejecutiva de UPCN. No podemos pensar la economía sin pensar la producción y el trabajo. Alejandro mencionaba las leyes que arrastramos desde la dictadura. En estos cuarenta años de democracia no logramos modificar la matriz económica y productiva del país. Siguen vigentes normas como la ley de entidades financieras o la ley de inversiones.

Una de las leyes que más cambios tuvo fue la ley de contrato de trabajo: más de 120 modificaciones desde la original. La última reforma laboral modificó principios centrales de aquella ley. Se suele decir que no podemos vivir con normas de hace cincuenta años, pero en el mundo del trabajo eso es falso: la ley fue cambiada sistemáticamente y siempre en desmedro de los trabajadores.

Tampoco es cierto que el único trabajo posible sea desregulado y desprotegido. En Europa, entre el 95 y el 98 por ciento del trabajo está registrado; en Estados Unidos, entre el 90 y el 92; en Australia, entre el 85 y el 90. Donde no está registrado es en la India. Tenemos que discutir tecnología, empleo y nuevos desafíos, pero desmitificando que eso implique desprotección.

El modelo que debería funcionar es el del trabajo registrado, tutelado y protegido. No hay libertad ni justicia sin integración. Además, existe organización social y popular en muchísimos ámbitos: trabajadores, universidades, sindicatos, organizaciones sociales. Lo que no tienen es representación política. Debemos construir junto a esas organizaciones un modelo que reconstruya la confianza en la política como herramienta de transformación al servicio de los intereses nacionales.

Jorge Zaccagnini

Soy Jorge Zaccagnini, presidente de la Asociación Civil Infoworkers y secretario ejecutivo del Instituto de Políticas Públicas de la Universidad Nacional de Avellaneda.

Quiero hablar de algo que está sucediendo hoy y que va a determinar el futuro. Peter Thiel vino a la Argentina y se reunió con varios dirigentes, incluso con el presidente. La conmoción principal pareció ser que compró una casa muy cara frente a la de Susana Giménez. Pero el motivo central de su llegada es el perfeccionamiento de un sistema global de vigilancia social construido a partir de una acumulación económica monstruosa concentrada en pocas personas, dueñas de las empresas más grandes del mundo.

Esas empresas construyen un esquema de sociedad cada vez más parecido al tecnofascismo: la posibilidad de controlar a la sociedad mediante tecnologías. Por eso trajimos a Jonathan Taplin: para instalar en la Argentina la discusión sobre el riesgo de lo que va a pasar en el Sur a partir de cosas que están pasando en el Norte.

La Argentina tiene elementos para contrarrestar esa dominación: su capacidad de conocimiento, su cultura, su historia, su trabajo organizado. El trabajo bien pago, valorado socialmente y basado en conocimiento es nuestro mayor valor agregado. Las organizaciones gremiales, de las que provengo y a las que quiero profundamente, son parte de esa estructura para construir una sociedad distinta.

Lo metodológico es diferente en esta convocatoria. La voluntad de construir escuchando, y no de bajar línea, puede permitir que nuestras contradicciones generen sincretismos y soluciones. Mi voluntad es participar humildemente, entendiendo que el valor de lo que yo tengo es mínimo si no soy capaz de asimilar el valor de los demás compañeros.

Fernando Stefani

Gracias. Esto, para mí, es un recreo mental: poder escuchar un pensamiento sobre la Argentina. Tenemos que pensar más en grande y salir de las problemáticas que ya conocemos. Fruto de estas reuniones deberíamos lograr un proyecto nacional.

Ese proyecto puede empezar por algo elemental: definir qué vamos a comprar, qué vamos a producir y qué vamos a vender en la economía mundial. De qué vamos a trabajar nosotros y de qué van a trabajar nuestros hijos. Después podrá incluir cómo queremos que sea nuestro trabajo, nuestra calidad de vida, nuestros campos, nuestras ciudades.

Eso ordena todo: qué política exterior necesitamos, con quién negociar, qué economía, qué educación, qué tecnología necesitamos aprender y qué tecnologías podemos comprar.

La tecnología no es algo que aparece y cambia las condiciones laborales, ni algo que se compra cuando uno la necesita. Eso es una verdad a medias. Uno solo compra la tecnología que otro está dispuesto a vender. Nadie vende una tecnología clave para su propia competitividad. Eso se ve en defensa, salud, industria y comercio.

Hay que cambiar el paradigma. La tecnología es central. Los techos del PBI per cápita argentino son techos de productividad, porque las actividades económicas no se actualizan a la velocidad necesaria. Se estancan, entran en déficit, ese déficit se maneja con deuda o inflación, y en algún momento llega la crisis. Después viene una recuperación que solo vuelve a hacer lo mismo de antes, hasta alcanzar otra vez el techo.

La Argentina nunca fue una potencia mundial. Tenía un PBI per cápita alto porque vendía granos y carne congelada. Pasaron 120 años y todavía miramos si llovió para saber cuánto va a crecer el PBI. Mientras tanto, los países que nos compraban desarrollaron mecánica cuántica, semiconductores, telecomunicaciones, industria farmacéutica, química y materiales. Todo eso que ahora compramos.

La ciencia no es solo un bien cultural. Es la madre del conocimiento que origina tecnologías, innovación y economía de mayor valor. Necesitamos un cambio fundamental de visión y un proyecto nacional que abarque cultura, economía, trabajo, ciencia, tecnología y autoestima nacional.

Yvonne Blajean Bent

Soy Yvonne Blajean Bent. Soy abogada, enseño comunicación y me dedico a investigar la Justicia. Estuve casada treinta años con el fiscal Federico Delgado, pero hace muchísimos años que no trabajo en la Justicia ni ejerzo la abogacía.

La Justicia es una institución central del Estado nacional y está muy mal vista en la Argentina. Nuestro sistema constitucional copió el sistema norteamericano y, por ende, también copió su modelo judicial, pensado para problemas que los norteamericanos tenían en 1787, no para los nuestros.

Se habla mucho de reformar la Justicia. Pero, ¿cómo? ¿Elegimos jueces? Imaginen cómo elegimos diputados y qué pasaría si eligiéramos jueces. ¿Quién financiaría campañas? ¿Qué prometerían? No siempre se trata de dar vuelta todo. La justicia es el poder que controla todas las decisiones populares, porque en última instancia define qué es constitucional y qué no, aunque los jueces no hayan sido elegidos por voto popular. Es un poder contramayoritario.

Cambiarlo por un sistema de elección popular hoy en la Argentina me parece complicado, aunque puede estudiarse la experiencia mexicana. Creo que lo fundamental es poner en práctica controles exógenos a la justicia y aumentar la participación de la sociedad civil. La justicia debe tener lenguaje llano. Que los dictámenes sean claros y cualquier persona pueda entenderlos. Hay que cambiar el paradigma educativo de quienes ingresan a la justicia, de los auxiliares y de los abogados.

Liliana Siede

Soy Liliana Siede. Venimos trabajando en bioética, que tiene que ver con los seres humanos y con lo que consideramos ético o no. No siempre lo técnicamente posible es éticamente correcto. La técnica, la ciencia y otros desarrollos deben pensarse desde la bioética, los derechos humanos y la dignidad humana.

También debemos pensar la dignidad de la biodiversidad y de los seres no humanos. En cada área tenemos que preguntarnos por la dignidad humana. Esa es la idea central.

César Martucci

Soy militante político, tengo 75 años y milito desde los 15. En la construcción política llevo muchos años, y vengo con más interrogantes que certezas. Nos encontramos otra vez con el choque entre el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la realidad. Creemos tener objetivos legítimos y mayoritarios, pero la realidad nos hace retroceder todos los días.

Cuando nos tocó afrontar el tema de la justicia desde el Senado bonaerense, privilegiábamos idoneidad y pertenencia política. Debo reconocer que fracasamos. Ni la idoneidad ni la pertenencia definieron luego la conducta de quienes fueron elegidos. Mi duda es cómo evitar que futuras construcciones políticas vuelvan a ser nuevos fracasos.

El último proceso electoral mostró el peso del partido de la decepción y el escepticismo. El gobierno perdió votos, el peronismo también, pero la política no encuentra cómo neutralizar a la antipolítica. La pregunta principal es si el trabajo sigue siendo el paradigma central de integración social. Desde la Revolución Industrial, el salario fue el elemento de inclusión. Pero cada vez hay menos trabajo para todos, y la tecnología puede reemplazar trabajo y hasta pensamiento humano.

Si el trabajo deja de ser el elemento de inclusión social, la construcción política será cada vez más difícil. El Mediterráneo es un cementerio de gente que busca trabajo. Estados Unidos levanta muros porque los latinoamericanos buscan trabajo. El trabajo sigue siendo el paradigma de inclusión, pero si esa hipótesis empieza a romperse, debemos pensar cómo construir estructuras políticas sólidas capaces de enfrentar a los poderes fácticos desde el Estado.

Enrique Del Percio

Soy Enrique Del Percio, rector de la Universidad de San Isidro y vicepresidente de la Comisión Nacional de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Argentina.

Cuando el trabajo articulaba la sociedad, la personalidad se estructuraba a partir de cuatro valores: respeto a la autoridad, esfuerzo, organización y solidaridad. Cuando lo que articula es el consumo, todo cambia. El consumo se lleva mal con el respeto a la autoridad, con el esfuerzo, con la organización y, sobre todo, con la solidaridad.

Desde el movimiento nacional tenemos que pensar la relación individuo-sociedad recuperando la idea de comunidad organizada, pero pensada para nuevas subjetividades y en función de un proyecto nacional. También debemos recuperar la filosofía del derecho y discutir por qué el Estado y las leyes dejaron de ser centrales en la formación filosófica.

Mario Pino

Soy embajador. La Argentina necesita saber dónde está parada y hacia dónde quiere ir. Si no sabemos eso, difícilmente podamos tener una línea que nos permita acomodarnos en el mundo. El mundo de la posguerra terminó; el mundo unipolar de 1991 también terminó. La Argentina de los años noventa se correspondía con el mundo de entonces. La Argentina que hoy nos plantean ciertos sectores del poder no cabe en el mundo actual.

Hay una estructura internacional que está caducando. En ese marco, hay que mirar con atención el lugar de los BRICS y la posibilidad de pertenencia. También hay que reforzar el sentido federal de esta discusión, porque en el interior se está definiendo una parte central de la apropiación de la nación.

Irineo Quiñones

Soy Irineo “Nino” Quiñones. Presido un espacio gremial dentro de la Asociación Económica que representa a cámaras, asociaciones y cooperativas de producciones intensivas.

Felicito la iniciativa porque es lo que estaba haciendo falta. Este gobierno es consecuencia del resentimiento de una parte de la sociedad, que votó algo cuyas consecuencias quizás no creía que serían tan graves, pero quiso enviar un mensaje a la dirigencia política. Esa dirigencia todavía no aparece con una respuesta clara ni con una estructura capaz de conducir al país en este momento especial.

En el sector de pymes agropecuarias de producciones intensivas hay enormes potencialidades: papa semilla, kiwi, horticultura, fruticultura, cebolla. Muchas de estas pymes exportan o podrían exportar mucho más. Pero el Estado está ausente. Sin un Estado que ayude a producir especies competitivas, estamos mal.

Nosotros aparecemos como más perjudicados que los sectores de producción extensiva. Las producciones intensivas ocupan mucha más mano de obra que las extensivas. Sin embargo, la dirigencia de estas pymes y de la industria se manifiesta con mucha timidez frente a políticas que, a todas luces, nos llevan a la destrucción. Es un industricidio claro, pero las entidades que representan al sector lo expresan muy débilmente.

De todos modos, el enojo va madurando. Se empieza a manifestar en los parques industriales y también entre las pymes agropecuarias intensivas. Lo que falta, o lo que está más demorado, es que madure el sector político. En síntesis: estamos a disposición para trabajar, acercar información y aportar desde el sector.

Claudio Vinci

Soy empresario pyme y asesoro a muchas empresas. Vengo de la industria metalúrgica.

Cuando una pyme se prepara o se capacita para ser mejor, lo primero que le enseñan es a tener un plan. Y si el país no tiene un plan, mucho menos podemos tenerlo nosotros. Entonces hacemos todo lo posible por insistir, en las entidades empresariales, en que nos digan hacia dónde vamos. Si no, la vamos rebuscando y vamos para donde podemos: para acá, para allá. Y después a veces se dice que los empresarios pymes no acompañan. No es así. Lo que pasa es que tenemos que mantener el barco a flote.

El problema es que las pymes vivimos al día, sosteniendo empleo, pagando sueldos, enfrentando costos, impuestos, tarifas, insumos, importaciones y una demanda que se cae. En ese contexto, no se puede planificar. Y sin planificación no hay inversión posible. Nadie invierte si no sabe cuál va a ser el país dentro de seis meses, un año o tres años.

También hay un problema de representación empresaria. Muchas entidades hablan en nombre de las pymes, pero después tienen una agenda muy condicionada por los grandes intereses o por la coyuntura política. A veces se manifiestan con tibieza frente a políticas que destruyen el tejido productivo. Y eso genera una distancia enorme entre lo que vive una pyme real y lo que expresan algunas representaciones.

Para una pyme, la apertura indiscriminada no es una abstracción. Es competencia desleal, pérdida de mercado, caída de ventas y, muchas veces, cierre. No se trata de no competir. Las pymes competimos todos los días. Pero si no hay reglas, si no hay crédito, si no hay mercado interno, si no hay horizonte y si el país no define qué quiere producir, entonces el empresario pyme queda reducido a sobrevivir.

Por eso, cuando hablamos de un proyecto nacional, tenemos que hablar también de una política productiva concreta. ¿Qué sectores queremos desarrollar? ¿Qué cadenas de valor queremos cuidar? ¿Qué tecnología necesitamos incorporar? ¿Qué financiamiento hace falta? ¿Qué compras públicas pueden sostener producción nacional? ¿Qué lugar va a tener la industria en el país?

La pyme no puede ser vista solo como una unidad económica aislada. Es empleo, territorio, oficio, conocimiento acumulado, proveedores, clientes, comunidad. Cuando se cae una pyme no se pierde solamente una razón social: se rompe una parte del tejido social. Por eso necesitamos que la política vuelva a mirar la producción desde el territorio, desde las fábricas, desde los talleres y desde quienes todos los días tratan de sostener trabajo argentino.

Antonela Capurro

Soy secretaria académica de la Universidad Nacional de Avellaneda. Me parece importante pensar cómo las instituciones, especialmente las universidades, pueden vincularse de otra manera con la sociedad. Muchas veces la universidad queda encerrada en sus propias lógicas, con muros que la separan de las necesidades reales del país. Y si hablamos de proyecto nacional, necesitamos instituciones capaces de reconocer trayectorias, saberes, experiencias y demandas sociales.

Una de las cuestiones que venimos trabajando tiene que ver con los recorridos de innovación, los créditos académicos y la posibilidad de acreditar trayectorias. Hay personas que han ejercido saberes en distintos lugares, en el trabajo, en la producción, en la comunidad, y eso debería tener algún lugar dentro de la universidad. La universidad no puede limitarse a validar únicamente recorridos formales tradicionales si quiere dialogar con una sociedad que cambia.

También tenemos que pensar cómo generar instancias dentro de las universidades que nos conecten permanentemente con la sociedad. No se trata solo de extensión en un sentido clásico, sino de una interacción más profunda. La universidad tiene que escuchar qué necesita su territorio, qué problemas tiene su comunidad, qué capacidades productivas existen, qué demandas aparecen desde el mundo del trabajo, de la salud, de la tecnología, de la cultura y de la organización social.

En ese sentido, las instituciones universitarias cumplen un rol estratégico para pensar el campo de la política y el sentido del tejido social. Si la política está en crisis, la universidad no puede permanecer al margen. Tiene que ayudar a construir pensamiento, método, diagnóstico y también propuestas.

También me parece importante algo que se dijo antes: necesitamos pensar nuestros problemas. Muchas veces miramos problemas del mundo o modelos externos, pero no siempre logramos formular con claridad cuáles son nuestros propios problemas. Necesitamos metodologías que nos permitan pensar desde la Argentina, desde sus territorios, desde sus desigualdades y desde sus capacidades.

Un proyecto nacional requiere, además, una forma de producir conocimiento que no quede escindida de la sociedad. Si el conocimiento no dialoga con la comunidad, con la producción, con el Estado y con el trabajo, termina perdiendo potencia transformadora. Y si la sociedad no reconoce a la universidad como una herramienta propia, la defensa de la universidad queda debilitada.

Amelia Franchi

Soy médica sanitarista. En salud hoy podemos usar una palabra fuerte: saludicidio. Estamos en una situación muy grave. Lo que ocurrió con el DNU 70/23 y con otras decisiones del Gobierno modificó muchas cuestiones del sistema de salud y produjo efectos acumulados.

Si juntamos todo, vemos una cadena muy clara. La gente deja de trabajar o pierde ingresos; al perder el trabajo, deja de tener obra social; otros dejan de pagar la prepaga; y todos terminan cayendo en el hospital público. Pero el hospital público no da abasto. Los médicos cobran muy poco, el equipo de salud cobra poco, y muchos profesionales se van. O se van del sistema público, o se van del país, o se van a otros lugares donde puedan sobrevivir.

Entonces explotan las guardias. La gente se enferma más, consulta más tarde, llega peor y encuentra un sistema saturado. No es solo un problema administrativo. Es un deterioro de las condiciones de vida y de atención.

Además, ha habido cambios muy graves en medicamentos. PAMI, que es una obra social con millones de afiliados, dejó de cubrir medicamentos como los cubría antes. Hay jubilados que cobran muy poco y que, si no reciben los remedios gratis, directamente no se medican. Y si no se medican, se enferman más o se mueren. Es así de concreto.

También hay una mirada muy preocupante sobre las personas mayores. Se instala la idea de que los adultos mayores son un gasto, que viven demasiado, que consumen recursos. Esa mirada es inhumana y rompe con principios básicos de solidaridad social.

El sistema privado tampoco está bien. No es que lo público está mal y lo privado funciona. El sistema privado de salud también está colapsado: faltan médicos, los turnos son a seis meses, los profesionales no cobran lo que corresponde y las prestaciones se deterioran. Son sistemas paralelos, pero están atravesados por la misma crisis.

Por eso, cuando hablamos de proyecto nacional, la salud no puede aparecer como un capítulo separado. La salud está vinculada con el trabajo, con el ingreso, con la alimentación, con la vivienda, con los medicamentos, con la formación profesional y con la capacidad del Estado. Sin un sistema de salud fuerte, no hay comunidad organizada posible.

Enrique Aschieri

Soy economista y profesor universitario. El problema de la oferta puede arreglarse siempre y cuando arreglemos el problema de la demanda y de los salarios. La cuestión es qué determina el nivel de salarios. ¿La productividad? No. ¿La tecnología? Tampoco. Lo determina la lucha política.

Por lo tanto, se necesita un movimiento político que tenga claro ese punto. Una cosa es lo que demanda la teoría y otra cosa es la comunicación política. Son dos esferas distintas, aunque estén conectadas. El salario es bajo en la Argentina porque la política y la cultura nacional determinan que sea bajo. No encuentro otra explicación teóricamente razonable.

La flexibilización laboral acompaña esto como la sombra al cuerpo. El desastre que están haciendo en el plano laboral responde a una decisión política en la lucha de clases: favorecer supuestamente al capital. Digo supuestamente porque, en realidad, se acumula más cuando se consume más. La inversión es una función creciente del consumo. Si la sociedad no consume, no invierte.

Hay sectores independientes del mercado interno, como la minería o Vaca Muerta, donde la inversión puede venir porque el mercado está en otro lado. Pero el resto, aquello que hace interesante la vida en la sociedad civil y que define la canasta ampliada, depende del nivel de salario. Si no se venden televisores, no habrá quien fabrique televisores. Si no se vende queso, no habrá quien fabrique queso. Por más cambios tecnológicos que haya.

¿Se puede subir el nivel de salario? Sí, sin ningún problema. ¿Cómo se hace? Lo financia el Estado. ¿Por qué debe financiarlo el Estado? Porque si lo hacen los privados de manera directa, se trasladará a precios y aparecerá todo el zoológico a deslegitimar políticamente el proceso.

Es un tema complejo, pero mucho más complejo es mantener al 50 por ciento de la población en la pobreza. ¿Y por qué se financia con dinero? Porque el dinero no tiene nada que ver mecánicamente con la inflación. Esa es una locura instalada en la Argentina desde hace al menos cincuenta años: insistir con el déficit fiscal, con la moneda, con la cantidad de dinero como explicación de la inflación. Quien diga que la cantidad de dinero determina los precios debería explicar primero de dónde sale el precio del dinero.

La legitimidad política de cualquier movimiento nacional proviene de rehacer el ingreso popular. No se puede hablar simpáticamente de otras cosas si no se reconstruye la demanda y si no se reconstruyen los salarios. También hay que subir impuestos para aumentar el tamaño del Estado. Si no, ni el crecimiento económico ni la democracia se estabilizan. Son temas que hay que profundizar.

Katja Alemann

Primero les agradezco la invitación. Me pareció sumamente interesante lo que dijeron todos. Creo en el pensamiento colectivo. Entre todos, como las bandadas de pájaros, podemos encontrar el movimiento de las ideas.

En lo personal, vengo trabajando sobre una idea: el mito fundante argentino contemporáneo. Siempre en la Argentina aparece alguien que quiere refundar el país. Entonces me pregunto cuál es el camino del héroe argentino. Creo que acá hay un buen lugar para proponer esa pregunta.

Pienso que ese camino del héroe está ligado a la ruta del dinero argentino. No la ruta del dinero K, que ya tiene su propia mitología particular, sino la ruta del dinero argentino. Eso se entrelaza con lo que se planteó sobre la deuda, pero también tiene escondites, recovecos y zonas más profundas. Si empezamos a investigar más a fondo, quizás podamos encontrar el entramado de corrupción.

Me parece que en la discusión general no apareció lo suficiente una palabra: corrupción. La corrupción está anidada dentro del propio sistema de intercambio comercial y de lo que sucede en la Argentina. Está el clásico ventajismo: te remarco el precio porque me anticipo a que va a pasar algo, y después, si baja el dólar, no te lo bajo. Ese mecanismo está incorporado.

Me gustó mucho la idea del patrón que se repite. Porque ese patrón agotador quizás tenga que ver con un trauma. El trauma es lo que establece el patrón. No tengo una respuesta cerrada, pero me parece un tema interesante para pensar: cuál es nuestro trauma argentino, cuál es el mito fundante contemporáneo y cómo se reformula.

Hay algo fundacional en todo esto. El contrabando, por ejemplo. Hay una línea histórica que puede pensarse desde ahí. También hay algo que tiene que ver con el funcionamiento colectivo. Incluso en el fútbol chico se ve la dificultad para poner la unidad por encima de la división.

Quizás parte de la crisis de la política sea cómo lograr un funcionamiento colectivo que no sea disociador. Tenemos muy incorporada la diferencia, la división, el rojo y el azul. Hay conflictos que son secundarios en relación con un proyecto nacional, pero terminan prevaleciendo como factores de división. Discutimos cosas inconducentes y perdemos la posibilidad de construir una síntesis colectiva.

También creo que, cuando se organice mejor la idea del proyecto nacional, habrá que pensar mucho la parte comunicativa de ese relato: cómo se comunica, con qué símbolos, con qué arquetipos, con qué emociones. Ahí es donde lo simbólico empieza a articular con la inteligencia emocional. Y ahí hay un campo enorme para trabajar.

Miguel Recondo

Soy Miguel Recondo, sociólogo, doctor en Relaciones Internacionales y profesor universitario. Mi tema son las redes, no solo las redes sociales, sino las redes organizacionales. Concibo el mundo como un mundo de redes.

Quiero manifestar mi buena sorpresa ante esta iniciativa. Me invitó Ricardo Auer, con quien hemos hecho cosas juntos, y quiero presentar otra experiencia en la que estoy involucrado desde hace tres años: el Movimiento de la Producción, el Trabajo y la Soberanía 25 de Mayo, más conocido como MP 25 de Mayo.

Este movimiento tuvo su origen en cámaras pymes de todo el país, que ya en 2019 habían formado una mesa nacional y regional. Lo interesante es que es un movimiento horizontal, sin jefatura. Estamos empezando a armar tareas y coordinaciones, pero el objetivo es poner en el eje la producción, el trabajo y la soberanía.

Me parece que hay una fuerte conexión entre lo que se plantea acá y lo que venimos trabajando. Si no hay producción, no hay trabajo; y si no hay soberanía, la producción y el trabajo quedan subordinados. Por eso es importante articular experiencias que existen en distintos lugares del país, especialmente en el mundo pyme, donde hay una enorme cantidad de capacidades, pero también mucha fragmentación.

También quiero marcar algo sobre la cultura política argentina. Hay una tendencia a la división por sobre la unidad. Eso aparece en la política, en las organizaciones, en los sectores productivos, incluso en espacios pequeños. Muchas veces los conflictos secundarios terminan ocupando el lugar de los conflictos principales. Entonces, uno de los desafíos es construir un funcionamiento colectivo que no sea disociador.

Desde el punto de vista de las redes, ningún proyecto nacional se construye únicamente desde arriba. Se construye articulando nodos, actores, territorios, sectores y capacidades. El problema argentino no es solo que falten ideas, sino que muchas veces esas ideas no logran transformarse en redes operativas, en organizaciones capaces de sostener una estrategia.

Mario Bevilacqua

Soy ingeniero agrónomo y trabajo desde hace muchos años en calidad en el SENASA, especialmente en productos frutihortícolas.

La política actual afectó mucho a los sectores productivos, principalmente en frutas y hortalizas. A diferencia de otras producciones agropecuarias extensivas, estas actividades son muy intensivas en trabajo, requieren especialización, genética, calidad y presencia territorial. Absorben gran parte del trabajo rural en el interior del país.

Las funciones de regulación y las normas de calidad fueron muy afectadas. Cualquiera que vaya hoy a una verdulería puede notar que la calidad de muchas frutas y hortalizas es distinta de la que observaba hace tres o cuatro años. Eso no es casual. Se arrasó con normas de calidad y con mecanismos de control que sostenían un estándar productivo.

Esto, a mi criterio, fue buscado. No se trató simplemente de facilitar la importación para que compitan en igualdad de condiciones los materiales externos y los internos. La Argentina tenía un determinado nivel de calidad. El mercado interno absorbía gran parte de los costos de producir con alta calidad, porque estaba acostumbrado a consumir productos de alta calidad. Eso hacía que nuestro estándar medio de producción estuviera de la mitad para arriba y nos permitía entrar en distintos mercados.

Cuando se bajan los niveles de comercialización en el mercado interno y se facilita la entrada de productos de menor calidad, los productores y empacadores argentinos dejan de tener incentivos para sostener altos estándares. Tienen dos opciones: producir alta calidad para exportar, que es una posibilidad para pocos, o producir para lo que el mercado interno está dispuesto a comprar en competencia con productos más baratos y de menor calidad. El resultado es que baja la calidad del producto argentino.

Hoy podemos ver en Chajarí, capital del citrus dulce de la Argentina, fruta que viene de Israel o de países que atraviesan medio planeta. Años atrás, el rótulo de una caja de fruta u hortaliza argentina era casi un pasaporte Mercosur. Nuestra calidad podía ser absorbida por el Mercosur y por buena parte de Europa o Estados Unidos.

Al destruir ese piso de comercialización, obligamos a separar actividades productivas: una para mercados externos de calidad y otra para un mercado interno empobrecido. Pero el 60 por ciento de la fruta argentina se consume dentro del país. La exportación era una alternativa, una oportunidad. Si teníamos un estándar alto, podíamos acceder a mercados exigentes. Hoy, al hacer tabla rasa de las normas de calidad, tiramos abajo el sistema y pauperizamos el mercado argentino.

Matías Longoni

Soy periodista. Dirijo la publicación “Bichos de campo”. Observo el campo desde hace mucho tiempo, tanto el intensivo como el extensivo. Si uno quiere construir un proyecto nacional, ese proyecto no puede ser citadino. No puede discriminar al interior productivo.

El interior productivo clama por normalidad. El ideal del sector agropecuario hoy es parecerse a Uruguay o a Brasil. Estamos tan mal en términos de institucionalidad, reglas de juego y estabilidad que nadie sueña con parecerse a Australia o a Estados Unidos. Se aspira apenas a cierta normalidad, porque la estabilidad es una condición necesaria para producir.

Hay otro rasgo saliente del sector agropecuario: se siente absolutamente discriminado. Y no tiene que ver solamente con las retenciones, aunque las retenciones son un impuesto claramente regresivo y con mucha historia para mostrar su impacto. Desde el retorno de la democracia, la Argentina perdió alrededor del 50 por ciento de sus productores. Eso tiene que ver con la linealidad de un impuesto regresivo, pero también con la falta de reglas de juego estables.

Si no se entiende la heterogeneidad del campo, no se puede construir un proyecto nacional. No existe “el campo” como bloque homogéneo. Hay grandes exportadores, productores medianos, pequeños productores, economías regionales, producciones intensivas, agricultura familiar, contratistas, cooperativas, acopiadores, trabajadores rurales. Son realidades distintas y muchas veces con intereses distintos.

El problema es que la política suele hablarle a un campo abstracto. Y cuando habla en esos términos, deja a muchos sectores afuera. Un proyecto nacional debería poder distinguir entre la concentración exportadora y las producciones que generan empleo, arraigo territorial, alimentos y valor agregado.

También hay que mirar la comercialización. En muchos sectores, el productor no captura el valor final. Hay cadenas donde el precio al consumidor sube y el productor sigue perdiendo. Hay costos logísticos, concentración comercial, reglas poco claras y una estructura que no siempre premia la calidad ni el trabajo.

Por eso, si vamos a discutir producción, hay que discutir institucionalidad, reglas de juego, impuestos, mercados, calidad, comercio exterior y mercado interno. Y hay que hacerlo sin prejuicios urbanos ni consignas simplificadoras.

Roberto Varga

Me parece que en esta reunión se tocó el tema internacional, que también es mi especialidad. Hay que revitalizarlo con mucha fuerza. Muchos de nosotros nos educamos políticamente en un mundo que era más fácil de entender. Venimos, en mi caso, de la cultura desarrollista, que tuvo un gran acierto: entender que el mundo era bipolar, que existía la coexistencia pacífica y que la Argentina debía moverse dentro de las coordenadas del capitalismo transformando sus estructuras productivas a partir de la industria pesada.

Ese era un concepto fuerte. Si lo hubiéramos podido resolver, seguramente la Argentina se parecería más a Australia o Canadá. Pero eso no pasó.

Después de la Guerra Fría, el mundo asumió una condición monopolar encabezada por Estados Unidos y por el Consenso de Washington. Pero ese mundo también está llegando a su fin. Hoy las fichas se están acomodando en términos multipolares. Es una crisis en desarrollo.

Hay avances y retrocesos. La caída de Orbán en Hungría hizo pensar que el ciclo ultraderechista empezaba a encontrar límites. Pero luego aparecieron otros resultados, como las elecciones municipales en Inglaterra, que mostraron nuevas fuerzas de derecha. Todo eso indica que no estamos ante un orden estable, sino ante un caos que todavía hay que descifrar.

La Argentina necesita entender ese nuevo orden. Si falla el marco internacional con el que elaboramos un proyecto nacional, la viabilidad política será muy difícil. Desde la Carta de San Francisco, las Naciones Unidas y la posguerra, existió un orden internacional. Hoy ese orden se está resquebrajando por todos lados. Como decía Saramago, el caos puede ser un orden a descifrar.

Los dos grandes movimientos nacionales y populares argentinos nacieron en momentos de ruptura del orden internacional. Con la Primera Guerra Mundial se abrió el marco para la democratización yrigoyenista. Con la Segunda Guerra Mundial apareció el peronismo. Los cambios en el orden internacional generaron condiciones para cambios en nuestra propia estructura nacional.

Hoy tenemos que preguntarnos qué nuevo orden puede establecerse y cómo se insertará la Argentina. Si no damos en la tecla con eso, cualquier proyecto nacional quedará desubicado.

José Amiune

Mi tema es lo internacional. Me gustaría hacer una sugerencia sobre el marco en el que se va a elaborar el proyecto nacional. Si falla el marco, la viabilidad política se complica.

Hoy el orden internacional está convertido en caos. Pero el caos no es solo desorden: es un orden a descifrar. La pregunta es si tenemos la imaginación y la audacia para pensar cuál es el nuevo orden que puede establecerse en el mundo.

Los cambios en el orden internacional generaron cambios en la estructura nacional argentina. La democratización que llevó adelante Yrigoyen y la industrialización que llevó adelante Perón no podrían haberse dado sin puntos de ruptura en el orden internacional y en los intercambios con ese orden.

Entonces, lo que propongo es poner mucho cuidado en ver qué está pasando en el mundo. No como un agregado decorativo, sino como una condición de posibilidad de cualquier proyecto nacional. La Argentina no se desarrolla en el vacío. Se desarrolla en un mundo que cambia, que disputa poder, que reorganiza cadenas de valor, que redefine alianzas y que vuelve a poner en juego la geografía, la energía, la tecnología y la seguridad.

También hay que recuperar una vocación nacional. Si la Argentina no recupera un proyecto con vocación nacional, todo lo demás pierde sentido. La vocación nacional no significa encerrarse ni negar el mundo. Significa tener una idea de los intereses propios, de la soberanía, de la producción, del territorio y de la inserción internacional.

Lo vemos en países y pueblos que resisten. Vietnam resistió porque tuvo vocación nacional. Después discutió las condiciones de su capitalismo y logró resultados exitosos para lo que era Vietnam. Pero primero hubo condición nacional. Sin eso, es muy difícil.

Raquel Poblet

Quería sumar algo sobre los planes de saqueo que vienen de Macri y del experimento actual. Ambos proponen el mito del camino del héroe: el héroe llega al fondo, llega al reino de los muertos y después emerge. Eso es lo que le pasó a Ulises, a Edipo, a tantos relatos míticos. Esa es la propuesta: llegar al fondo para después salir.

Pero el problema es que llegamos al fondo y no hay playa para el colectivo. No hay playa para la comunidad. No hay una vocación heroica en sentido colectivo. Nosotros queremos vivir en una república, pero esa aspiración no se puede poner en práctica porque, aunque Milei pierda, la antipolítica todavía sigue triunfando.

El que no quiere votar más a Milei muchas veces apela a fuerzas divinas. El pensamiento mágico sigue predominando. Eso hay que atacarlo. Es la economía, pero también es la comunicación.

Yo milito en un barrio, reparto viandas. Los militantes hablamos de política, pero el resto no. El resto puede debatir con nosotros un rato, pero después va a la parada del colectivo, se sube al colectivo, mira TikTok y se olvida de todo lo que debatió. Hay un problema ahí que no sé cómo atacar. Hay una disputa por la atención, por el sentido, por la memoria inmediata, por la capacidad de sostener una conversación política en una sociedad saturada de estímulos.

También quería hablar del sistema de salud. El sistema privado está igual de mal. A los médicos no les pagan, no hay médicos en el sistema, los turnos son a seis meses en todo el país. Son sistemas paralelos, pero están atravesados por la misma crisis. La gente cree que pagando una prepaga se salva, pero después no consigue turno, no consigue especialista, no consigue atención.

Entonces, la crisis no es solo del Estado. Es del conjunto de la organización social. Lo público se deteriora, lo privado se encarece y tampoco responde, y la gente queda sola. Esa soledad también alimenta la antipolítica.

Noemí Brenta

Soy Noemí Brenta, economista. Quiero hacer una observación breve. Todas las grandes caídas del producto bruto que vemos a lo largo de nuestra historia tienen que ver, además de sus especificidades, con crisis de balance de pagos.

Son momentos que reflejan la vulnerabilidad externa de la Argentina, sea por el comercio, sea por las cuestiones financieras. Pero siempre, absolutamente todas las caídas importantes del producto bruto están ligadas con eso. Por eso me parece que habría que agregar como eje el sector externo y la vulnerabilidad externa de la Argentina.

El balance de pagos no puede quedar afuera de la discusión. Si queremos pensar un modelo de desarrollo, tenemos que mirar cómo se generan divisas, cómo se usan, cómo se fugan, cómo se condiciona el crecimiento por el estrangulamiento externo y cómo se financia el país. Cada vez que la Argentina crece, aparece la restricción externa; cada vez que se endeuda, aparece la subordinación financiera; cada vez que no puede sostener su cuenta externa, se precipita una crisis.

Por eso, la discusión sobre industria, trabajo, salarios, ciencia, tecnología y Estado tiene que estar conectada con la discusión externa. No alcanza con producir más si no se resuelve cómo se inserta esa producción en el comercio internacional, cómo se administran las divisas y cómo se evita que el crecimiento termine en una nueva crisis de balance de pagos.

La vulnerabilidad externa es una pieza central de la historia económica argentina. Si no la incorporamos, el diagnóstico queda incompleto.

Miguel Márquez

Soy militante político. Creo que hay un gran desorden en la Argentina, en todos los órdenes. Trabajo con pibes jóvenes de 14, 15 o 16 años, y muchas de estas discusiones están muy lejos de su realidad. No tienen conciencia de solidaridad ni compromiso comunitario.

En las aulas no hay autoridad. Cuando no hay autoridad en el aula, el pibe hace lo que quiere. Entonces, cuando aparece alguien como Milei, se siente representado por esa ruptura de toda autoridad. No estamos interpretando a los jóvenes. Si no lo hacemos, todo lo que discutamos queda en el aire.

La Argentina perdió el 24 de marzo de 1976 y desde entonces siguió un proceso de destrucción del aparato industrial. Ningún gobierno eliminó las leyes centrales del proceso. Tampoco se reconstruyó una educación patriótica. Muchos jóvenes no sienten que tengan que pelear por la patria; terminan la universidad y piensan en irse.

No podemos dejar de mirar eso. Si no interpelamos a los barrios y a los jóvenes, nos equivocamos.

Guido Aschieri

Soy Guido Aschieri, economista. Mucho de lo que se dijo está relacionado con el desarrollo nacional. Hablamos de proyecto, soberanía e identidad, pero a veces eso no aparece integrado con una problemática central: la superación del subdesarrollo.

El presente nos empuja a hablar de cómo salir de la emergencia. Pero tal vez esa salida consista solo en restaurar un Estado preexistente que ya tenía contradicciones y límites. Una Argentina con menos pobres seguiría siendo, si no cambia su estructura, una Argentina subdesarrollada.

Propongo incorporar al debate la responsabilidad de la dirigencia política no solo por lo que hizo mal, sino por lo que podría haber hecho mejor. Tenemos que discutir el desarrollo no como consigna, sino como la posibilidad de superar una estructura que reproduce pobreza, desigualdad y dependencia.

Rafael Prieto

Cerramos entonces. La idea es que estas discusiones sigan en las mesas de trabajo y que podamos convertir estos disparadores en una agenda de elaboración colectiva. No se trata solo de diagnosticar, sino de reconstruir un ámbito donde se pueda pensar el país con paciencia, con sentido federal, con participación de la inteligencia argentina y con una perspectiva de largo plazo.

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