Con Magnifica humanitas, León XIV convirtió a la inteligencia artificial en la nueva cuestión social de la Iglesia. La encíclica actualiza a Rerum novarum: ya no mira solo la fábrica industrial, sino el algoritmo, los datos, las plataformas, la guerra automatizada y la concentración privada del poder digital.
Tal como adelantó Y ahora qué? el viernes 22 de mayo, el licenciado en Matemáticas por la Universidad de Pensilvania León XIV terminó publicando una encíclica que, para Javier Milei, podría rozar la instigación al delito. Así sería por la definición presidencial según la cual la justicia social no solo “no es justa”. Además, es “una idea intrínsecamente injusta porque es violenta”.
El problema es que, para el Papa, la justicia social no es un delito ni una desviación colectivista: es uno de los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia y una condición para pensar el mundo de la inteligencia artificial.
Símbolos y genealogías
La encíclica se titula Magnifica humanitas y lleva por subtítulo “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”. Fue firmada el 15 de mayo de 2026 y publicada el 25. Puede descargarse la versión en español emitida por el Vaticano haciendo click aquí. Realmente vale la pena su lectura completa.
El gesto de la fecha no es decorativo. El 15 de mayo de 1891, León XIII firmó Rerum novarum, la encíclica que fundó la doctrina social moderna de la Iglesia frente al capitalismo industrial, la cuestión obrera y las luchas socialistas. León XIV eligió su nombre en continuidad con León XIII y firmó su primera encíclica el mismo día en que aquel Papa había firmado la suya. La Iglesia ama los símbolos, pero no solo los símbolos: también ama las genealogías doctrinales.
Rerum novarum fue una respuesta al mundo de la fábrica. Magnifica humanitas es una respuesta al mundo del algoritmo. La primera discutía capital, trabajo, salario, sindicatos, propiedad privada y protección de los débiles. La segunda discute inteligencia artificial, datos, plataformas, automatización, desempleo tecnológico, armas autónomas, monopolios digitales y nuevas formas de colonialismo. Además, claro, de protección de los débiles. La continuidad es explícita: León XIV recuerda que la doctrina social no nació de improviso, sino que fue tomando forma ante las “res novae”, las novedades de cada época.
Nada es neutral
En 1891, León XIII dijo que “oprimir para su lucro a los necesitados y a los desvalidos” no lo permiten “ni las leyes divinas ni las humanas”. Y agregó una frase de una dureza difícil de domesticar: “defraudar a alguien en el salario debido es un gran crimen”. También escribió que el salario no puede quedar librado solo a la voluntad de las partes, porque existe una “justicia natural superior y anterior” al contrato.
León XIV retoma esa línea y la lleva al siglo XXI. La encíclica afirma que el desarrollo tecnológico no puede medirse solo por eficiencia, cálculo, velocidad o rentabilidad. “Las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales”, dice el Papa. Pueden aumentar la justicia o ampliar “las desigualdades, el control y la exclusión”. La tecnología, por lo tanto, no queda fuera de la moral ni de la política.
La nueva cuestión social
En la primera parte del documento, León XIV hace algo más que hablar de IA. Recupera y relee toda la doctrina social de la Iglesia para iluminar el cambio de época. Vuelve sobre el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social. No lo hace como un inventario doctrinal, sino como un criterio de lectura del presente. “Para custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA”, escribe, “debemos volver a reflexionar” sobre esos principios.
La justicia social, el delito perseguido por Milei, ocupa un lugar central en el texto. León XIV la define como “una forma concreta de seguimiento de Jesús y de fidelidad a su Evangelio”. Agrega que no se reduce al comportamiento individual, porque también se refiere al modo en que están organizadas “las estructuras de la convivencia”. Y remata: un orden social, económico y político justo es aquel que permite a todos, “en particular a los más frágiles”, vivir “de manera realmente humana”.
La frase es una respuesta indirecta, pero frontal, al clima ideológico de época, con enorme peso de las ideas de ultraderecha y de un sistema de poder que amalgama riqueza concentrada, sistemas de vigilancia y ataque de poblaciones enteras y libertad para los fondos financieros.
Para el Papa, la injusticia no nace solo de malas decisiones individuales. También surge de “estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente”. Esa idea contradice el corazón del discurso libertario, que suele reducir los problemas sociales a responsabilidad individual, interferencia estatal o fracaso personal.
En su primer discurso en el foro de Davos, en 2024, Milei había dicho que el mercado es un “proceso de descubrimiento” y que, si se castiga al capitalista exitoso, se destruyen los incentivos y se achica la torta. También afirmó que un empresario exitoso es “un héroe” y que “el Estado no es la solución. El Estado es el problema mismo”.
Magnifica humanitas no niega la iniciativa privada. Por cierto, tampoco la negaba la Rerum Novarum. León XIV incluso dice que la iniciativa empresarial puede ser “una verdadera vocación” cuando genera riqueza y mejora la vida de todos. Pero introduce una condición que en el mileísmo no existe: la creación de empleo digno no puede ser una variable dependiente del beneficio. “La libertad económica no es absoluta”, afirma, y debe medirse por el bien común y la dignidad de cada persona. En el mismo tono hablaron en los Tedeum del 25 de mayo el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, y el de La Plata, Gustavo Carrara. Los dos, discípulos de Francisco y nombrados en esas diócesis por indicación suya.
El contraste se vuelve todavía más nítido cuando el Papa se refiere al mercado. “En la era de la IA y de la robótica, ya no es posible confiar únicamente en la ‘mano invisible’ del mercado”, dice. La política, agrega, debe orientar las dinámicas económico-tecnológicas hacia el bien común, el trabajo digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación.
Ahí está el punto. Milei interpreta a la justicia social como coacción. León XIV la convierte en condición de humanidad. Milei sospecha del Estado como enemigo de la libertad. León XIV dice que una sociedad justa requiere “un Estado presente” e instituciones capaces de superar la mera lógica de la eficiencia. Milei desconfía de las correcciones públicas al mercado. León XIV reclama “leyes justas” e instrumentos de redistribución que alivien la carga sobre los débiles y exijan más a quienes tienen más.
Thiel y la fuga de la democracia
La segunda contradicción fuerte es con Peter Thiel. El empresario de Silicon Valley ahora instalado en Barrio Parque y Punta del Este, fundador de PayPal y Palantir, escribió en 2009 en su libro La educación de un libertario una frase que se volvió programa: “I no longer believe that freedom and democracy are compatible”. Ya no creía, dijo, que libertad y democracia fueran compatibles. Su concepto de libertad no se refería a los derechos individuales sino a la libertad de mercado absoluta, sin regulación alguna.
León XIV se para en el lugar opuesto. No plantea una huida de la política, sino una recuperación de la política frente a poderes digitales que tienden a quedar fuera del control público. La encíclica advierte que, en el mundo digital, plataformas, datos, infraestructura y capacidad de cálculo ya no son necesariamente prerrogativa de los Estados, sino de “grandes actores económicos y tecnológicos”. Cuando ese poder se concentra en pocas manos, dice el Papa, se vuelve opaco, elude controles y produce dependencias, manipulaciones y desigualdades.
La contradicción con Thiel no es solo filosófica. Es institucional. Thiel desconfía de la democracia porque la ve como límite a la libertad de los más poderosos. León XIV desconfía de la concentración tecnoprivada porque puede vaciar de contenido la participación democrática. En la encíclica, el Papa advierte que “pequeños grupos muy influyentes” pueden orientar informaciones y consumos, condicionar procesos democráticos e incidir en la economía en beneficio propio.
Por eso reclama reglas, vigilancia independiente y responsabilidad. “No basta invocar genéricamente la ética”, dice. Se necesitan “marcos jurídicos adecuados”, controles, educación de los usuarios y “una política que no renuncie a su tarea”. Si no, el cambio será gobernado por quienes poseen datos, infraestructuras y capacidad de cálculo. Es decir, por los poderosos de Thiel. Entre ellos, el mismo Thiel con sus 23 mil millones de dólares de patrimonio y su Palantir con la Agencia Central de Inteligencia como primer inversor, según dijo aquí el estudioso Jonathan Taplin.
La palabra central de la encíclica es “desarmar”. Sin embargo, no hay ni rastros de un romanticismo antitecnológico. León XIV explica que desarmar la IA no significa rechazar la tecnología, sino sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, económica y cognitiva. “Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar”, escribe. En la presentación del documento, el Papa fue todavía más directo: “La inteligencia artificial debe ser desarmada”.
Esa frase golpea el corazón del imaginario tecnolibertario. Para Thiel y sus alrededores ideológicos, la tecnología aparece muchas veces como salida de la política, aceleración del poder privado y superación de los límites democráticos, drones bélicos incluidos. Para León XIV, en cambio, la IA debe hacerse discutible, refutable y habitable. No es salvación privada. Es un nuevo ambiente común que debe ser custodiado.
La encíclica incluso nombra el trasfondo transhumanista y poshumanista de los libertarios. León XIV describe corrientes que sueñan con superar la condición humana mediante biomedicina, dispositivos, algoritmos e hibridación con la máquina. El problema, dice, no es usar técnica, sino aceptar una visión en la que algunos seres humanos puedan ser considerados menos útiles, menos deseables o menos dignos.
Trump y la religión de la fuerza
La tercera contradicción es con Donald Trump. No porque la encíclica lo mencione, sino porque el texto papal choca con la doctrina trumpista de dominio tecnológico, rearme y “paz a través del ejercicio de la fuerza”.
La Casa Blanca de Trump dice que Estados Unidos está en una carrera por el “dominio global” en inteligencia artificial. El sitio oficial de su política de IA afirma que quien tenga el ecosistema de IA más grande fijará los estándares globales y obtendrá beneficios económicos y de seguridad. Una orden ejecutiva de diciembre de 2025, algo así como un DNU argentino, sostiene que la política de Estados Unidos es sostener y ampliar su “dominio global de la IA” mediante un marco nacional “lo menos oneroso posible”.
León XIV habla otro lenguaje. No habla de dominio, sino de custodia. No habla de ganar una carrera, sino de impedir que la carrera destruya lo humano. La tecnología, dice, puede terminar sometiendo a la humanidad si se separa de la ética y de la responsabilidad. La IA no puede quedar en manos de una competencia geopolítica donde cada potencia corre para acumular más datos, más cálculo, más control y más capacidad de vigilancia.
El choque con Trump se vuelve más agudo en el capítulo sobre la guerra. León XIV ya recibió insultos de Trump por su oposición a la perpetuación de la masacre en Gaza y los bombardeos a Irán. Ahora, en la encíclica, conceptualiza doctrinariamente esa actitud que ya tomó en la práctica. El Papa dice que la revolución digital está modificando “la gramática de los conflictos”. A la guerra visible se suman ciberataques, manipulación informativa, campañas de influencia y automatización de decisiones estratégicas. La IA acelera esos procesos y vuelve borrosa la frontera entre protección y agresión.
Trump, por su parte, firmó en enero de 2025 otra orden ejecutiva. Proyecta construir un escudo antimisiles de nueva generación, bajo la lógica de “paz mediante la fuerza”. El decreto dice que Estados Unidos desplegará y mantendrá un sistema defensivo capaz de disuadir y defender al país de ataques aéreos y estratégicos.
La encíclica no niega la legítima defensa, pero advierte contra la normalización de la guerra como herramienta ordinaria. León XIV denuncia una “preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional” y dice que las narrativas mediáticas polarizadas, amplificadas por algoritmos, acostumbran a la opinión pública al enfrentamiento. También en este punto sintonizaron García Cuerva y Carrara.
El Papa también cuestiona el negocio bélico en sí mismo. “No podemos ignorar los enormes intereses económicos que están detrás de la guerra”, escribe. Las industrias armamentísticas y los países que venden armas, afirma, se benefician de un mercado que prospera gracias a los conflictos.
Ese punto aparece ligado al mensaje papal para la Jornada Mundial de la Paz, brindado este mismo año: la IA militar agravó la tragedia del conflicto armado y tiende a delegar decisiones de vida y muerte en máquinas. También el Papa venía alertando sobre la concentración de intereses económicos y financieros privados detrás de la militarización tecnológica.
El litigio con Trump no es abstracto. En abril, la revista Time informó que el presidente estadounidense acusó a León XIV de ser “débil ante el delito” y “terrible en política internacional” por sus críticas a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Trump escribió que el Papa debía dejar de complacer a la “izquierda radical” y concentrarse en ser “un gran Papa, no un político”. Nacido en Chicago, León XIV le respondió en un inglés de tono duro que seguiría hablando contra la guerra y promoviendo la paz, el diálogo y las relaciones multilaterales. “Multilateral” es mala palabra para Thiel, Milei y Trump.
Magnifica humanitas dice que la crisis del multilateralismo sustituye la fuerza del derecho internacional por el supuesto “derecho del más fuerte”. Y advierte que la simplificación “yo primero”, “amigo-enemigo” y “nosotros-ustedes” facilita decisiones irresponsables que destruyen la confianza entre naciones.
Trump llama a eso realismo. León XIV lo llama falso realismo. El Papa sostiene que lo verdaderamente irresponsable es una Realpolitik que acostumbra a las conciencias a la guerra inevitable y presenta la paz como ingenuidad. Para la encíclica, la paz no es una pausa entre guerras: es fruto de justicia y caridad.
El 7 de mayo, Marco Rubio se reunió con León XIV en el Vaticano. La publicación especializada Vatican News informó que la conversación incluyó países marcados por la guerra, tensiones políticas y situaciones humanitarias difíciles, y reiteró la necesidad de “trabajar incansablemente” por la paz. También se abordaron Irán y Cuba.
Una lectura desde la región
Aunque buena parte de la trayectoria pastoral de Robert Prevost transcurrió en Chiclayo, al norte de Perú, la encíclica no es un documento latinoamericanista. Pero leída desde América Latina adquiere otra densidad.
Esa historia no es un decorado en la región más desigual del mundo. La doctrina social católica, desde Populorum progressio de Pablo VI en 1967 hasta Fratelli tutti de Francisco en 2020, plena pandemia, se ocupó del desarrollo, la paz, la pobreza, la exclusión y el vínculo entre poder global y pueblos subordinados. En Magnifica humanitas, León XIV vuelve sobre esa tradición: recuerda que Pablo VI describió el desarrollo como el paso de condiciones “menos humanas” a condiciones “más humanas” y que el desarrollo integral atañe a “todos los hombres y a todo el hombre”.
El vínculo con América Latina puede desprenderse también de la advertencia contra las nuevas formas de colonialismo digital. León XIV escribe que los datos sanitarios, sociales y vitales de poblaciones enteras pueden convertirse en “las nuevas tierras raras del poder”. Quien posee esos datos puede moldear necesidades, mercados y decisiones. Si el conocimiento compartido no se transforma en bien común, advierte, “la era digital no será postcolonial, sino colonial bajo otra forma”.
Tres contradicciones y una misma pregunta
Thiel, Milei y Trump no son lo mismo. Uno encarna el poder tecnológico privado que sospecha de la democracia, o directamente quiere horadarla. Otro sostiene el dogma libertario que convierte la justicia social en violencia y el Estado en enemigo. El alicaído Trump, cada vez más impopular dentro de su país cuando se le vienen elecciones de medio término en noviembre, es el apellido de la potencia que busca dominio tecnológico y militar bajo la idea de fuerza como garantía de paz.
Magnifica humanitas tiene otra lógica. Es como si fuera Thiel el destinatario (¿no lo es?) cuando el Papa dice que los datos no pueden entregarse solo al sector privado y que la IA debe ser gobernada por un ensamble que contenga a la comunidad, se rija por el Derecho, esté sujeta a controles públicos y admita la participación ciudadana.
En una interlocución imaginaria con Milei, que será real en noviembre cuando visite la Argentina, Uruguay y Perú, sostiene León XIV que la justicia social debe estar en el diseño inicial y esencial de la economía y de la tecnología, no como una limosna posterior.
La interpelación implícita a Trump dice que la paz no se construye con dominio global, rearme permanente y algoritmos de instrumentación bélica, sino mediante el Derecho Internacional, el ejercicio constante de la diplomacia, el recuerdo de la memoria histórica y una dimensión moral del ejercicio del poder.
Bien lejos de una melancolía antitecnológica, León XIV reconoce que la IA puede aliviar sufrimientos, mejorar servicios públicos y ayudar en el trabajo. Pero insiste en que “más poderoso no significa necesariamente mejor”. Y esa frase vale para la IA, para el mercado y para la política exterior.
Magnifica humanitas es una encíclica contra la absolutización de tres cosas: el algoritmo, el mercado y la fuerza. Por supuesto, no es un panfleto contra Silicon Valley, contra Milei o contra Trump. Va más allá: es un documento doctrinal que busca devolverle límite moral, es decir político, a poderes que se presentan como inevitables.
En medio de la cuarta revolución industrial, la Santa Sede parece haber decidido que era necesario hablar otra vez acerca de las novedades. Rerum novarum. Aquella encíclica de 1891 tenía como subtítulo “Sobre la situación de los obreros”. Ésta, “Sobre la custodia de la persona humana en tiempo de inteligencia artificial”.
El jesuita Antonio Spadaro, una figura muy importante en el papado de Francisco, recibió la Magnifica Humanitas justamente con una reflexión sobre el momento exacto en que vivimos.
“El proyecto ya está en marcha, nos guste o no”, escribió en el portal Grand Continent. “La inteligencia artificial no llama a la puerta: ya está dentro de casa. Ya no es un simple conjunto de herramientas, sino un entorno mental, cultural y espiritual: el aire que respiramos, el código que estructura nuestra forma de pensar y de creer.”
Según Spadaro, la encíclica de León XIV nace de un análisis y una postura papal: “no se puede esperar a que los procesos se hayan completado para pronunciarse sobre ellos”.
El jesuita no lo dice, y vaya uno a saber si lo piensa, pero lo cierto es que León XIII habló de la condición de los obreros cuando la primera gran revolución industrial ya había terminado y León XIV lo está haciendo en medio de la tormenta.