Si la función de la política es construir el bien común, instalar la división y el enfrentamiento es su contrario. Una reflexión de Marcelo Gioffré en La Nación aporta elementos para oxigenar el debate político argentino, estancado en posiciones irreductibles que expresan un maniqueísmo retardatario, tan antiguo como irrelevante.
Coautor, interlocutor privilegiado y albacea del sociólogo y filósofo Juan José Sebreli, el abogado, conferencista, ensayista y crítico de arte Marcelo Gioffré publicó recientemente en La Nación una jugosa nota, “Una nueva versión de un viejo lema: cascadas sí, libros no”, que bien puede dar pie a una reflexión en sintonía crítica con sus intenciones superadoras de la vieja dicotomía peronismo-antiperonismo, que mantiene encarcelada a la Argentina en una situación de estancamiento secular, asumida erróneamente como inevitable.
Señalemos previamente que, dado lo enigmático de la palabra “cascadas” en el título, se trata de una referencia irónica a la instalación ornamental acuática que el cuestionado vocero presidencial y jefe de Gabinete, Manuel Adorni, habría instalado en su residencia de fin de semana en el country Indio Cuá, sin dejar de comprender que el verdadero descanso por su “deslome” suele tomarlo en Punta del Este, no tan lejos de estas ingratas playas, como para estar siempre a tiro del llamado del deber.
Manteniendo el tono de diversión, antes de pasar a cuestiones más serias, digamos que el sufijo “cuá” puede significar en guaraní tanto “agujero” como “montón”, de indios, se entiende. Hay afinidades electivas que hablan mucho más de lo que parecen a primera vista.
Volviendo a la interesante nota de Gioffré, digamos en principio que supone una superación del clásico enfoque gorila, esto es, la adjudicación de todos los males de la república al peronismo y, de un modo más amplio, a las pretensiones de la negrada. El autor trata de indagar en los enfrentamientos maniqueos que mantienen estancada la vida de la república.
La simplificación al uso —las limitaciones de espacio pueden ser dañinas para la fineza conceptual— consiste en asignar al mundo peronista una vocación distribucionista, irresponsable por no haber con qué responder a ese objetivo, mientras se reserva para el sector opuesto la seriedad en el manejo de la cosa pública, acción simbolizada explícitamente en el equilibrio fiscal, patrimonio cultural del republicanismo, opuesto, en el mundo de las ideas, al corporativismo.
Equilibrio fiscal y mirada binaria
Esa última denominación debe leerse como la descalificación de un amplio sector sindicalizado, cuando esa ha sido, precisamente, una condición de progreso en las sociedades avanzadas, al negociarse remuneraciones y condiciones de labor compatibles con el avance de la inversión y la producción, que son previas y causa del aumento de la productividad.
Si la cosa fuese tan sencilla como presupone una visión binaria —o, digamos, maniquea—, la cual al parecer Gioffré trata de eludir, bastaría con que el lado “malo” de la sociedad argentina, el peronismo, claro está, se convirtiese a la arraigada creencia en la moneda sana —denominación antigua— y, con ese pase mágico, dejaríamos de pelearnos como perros y gatos sin solución a la vista.
Moneda sana, en el viejo sueño de Raúl Prebisch, supone equilibrio fiscal, que es la consigna de moda y en cuyo altar se sacrifican hasta los números oficiales. Cabe recordar que el FMI, dando por cierto el anuncio exitista del gobierno argentino, señaló en una pudorosa nota al pie que, si se hubiesen computado todas las cuentas en las que el Gobierno gastó dinero, no existiría superávit ni equilibrio fiscal, sino déficit, en particular debido a los requerimientos monetarios de la deuda, tanto interna como externa.
Si se hiciese una encuesta entre la dirigencia peronista visible, es decir, aquella que aún no ha realizado su autocrítica sobre el punto al que llegó el país bajo su administración reciente, no debería extrañarnos que resultara mayoritaria la posición obediente hacia el equilibrio fiscal como panacea del orden y avance de la economía nacional. De hecho, Néstor Kirchner era devoto de esa necesidad y revisaba obsesiva y frecuentemente los números de las cuentas públicas.
En rigor, no hay un partido del equilibrio fiscal. Existe, en cambio, una intensa y persistente acción de opinión pública para unir tan deseable objetivo con el no peronismo, como una parte clave de la necesaria visión republicana, opuesta al “corporativismo criollo” representado por el movimiento obrero organizado.
Finos analistas hablan de la estabilidad de los electorados en la Argentina y tal vez tengan razón, pero en todo caso quedan sin explicar las oscilaciones que llevaron a que en 2015 ganara la coalición no peronista que representaba Mauricio Macri —hecho más curioso ahora que la historia posterior de Daniel Scioli, su contendiente, lo sitúa del lado bueno, o sea como funcionario de Milei—; que en 2019 Macri perdiera su reelección a manos de Alberto Fernández; y que en 2023 volviera a ganar una versión conservadora, aunque caricaturesca, el libertario Javier Milei, dejando en el camino a los presuntos sucesores del macrismo.
Así, la polarización exacerbada entre pasiones, junto con un desembarco creciente de electores que no se sienten representados por la falsa opción de hierro entre peronismo y antiperonismo, dio como resultado, mediante la carambola del balotaje, el triunfo de un león vocacional empeñado en la demolición de estructuras estatales que merecían mejorarse en lugar de destruirse.
Milei, el ajuste y las contradicciones sociales
Acierta, sin embargo, Gioffré cuando describe que los núcleos duros de ambas partes en pugna se encerraron sobre sí mismos, sin buscar entendimientos razonables que permitieran avances generales no solo en la economía, sino también en la educación y la cultura, dimensiones claves que no han hecho otra cosa que retroceder con las gestiones de diverso signo que se sucedieron en la historia reciente.
Tal vez se deba afinar el análisis para determinar si ese repliegue sectario tiene la misma naturaleza en ambos términos antagónicos o si, más bien, se trata de una postura defensiva que no avizora vías fecundas de superación de una contradicción que mantiene paralizado al conjunto de la sociedad, donde la mayoría —de cualquier signo— resulta perdedora, mientras los ganadores son pequeños sectores que se enriquecen dentro de un dispositivo trasnacional que no acumula puertas adentro del país, no invierte y, por lo tanto, no eleva las condiciones de vida y de trabajo de la población.
Vemos en estos días cómo votantes de Milei padecen el ajuste perpetuo en las mismas condiciones que lo sufren quienes presumen ser sus antagonistas, con la particularidad de no dejar de creer que hay que hacer este sacrificio suicida para estar, alguna vez, mejor, aspiración tan compartida como defraudada.
La ideología, que siempre sirve a intereses y reporta en definitiva a una estructura de poder, tiene también esa característica de anclarse en las conciencias individuales e incluso grupales, aferrada a prejuicios que no pueden declararse abiertamente. Con ello, la contradicción entre convicciones y realidades es ignorada o explicada de manera diversiva.
Es el caso de quienes dicen que no les gustan las groserías de Milei ni los manejos de su hermana, pero afirman que el Gobierno está haciendo lo que se debe. Esto último es el problema principal; lo otro, lo secundario, cumple la función de encubrimiento.
Como quiera que sea, observadores ecuánimes como Gioffré, cualesquiera sean sus preferencias políticas, no pueden dejar de observar la desmesura de ciertas acciones destructivas llevadas a cabo desde el Gobierno. Eso los pone, paradójicamente, en el campo opositor o, al menos, en el espacio que podríamos definir como no comprometido, donde arraigan los ausentistas, cada vez en mayor número, a la hora de respaldar falsas opciones.
Una demanda social superadora
En la medida en que el sector que no se siente representado exija una superación de la dialéctica negativa que supone la persistencia del clivaje peronismo-antiperonismo, puede empezar a existir, por el lado de la oferta, una cierta posibilidad de que aparezca una vía superadora del maniqueísmo inconfeso que profesamos.
Nuestra impresión es que ello no ocurrirá espontáneamente, ni siquiera como acción autocrítica de las gestiones que nos llevaron a este punto de parálisis y daño social profundo.
Es decir, se requiere un fermento diferente por el lado de la demanda social. No estamos hablando de personas concretas, que siempre pueden revisar sus actitudes sectarias siguiendo ascesis o reflexiones sensatas, sino de grupos de interés que alarguen su visión en la perspectiva de su propia mejora, dejando de pertenecer a aquellos que, aun retrocediendo, van sacando provecho de la situación en deterioro.
La reacción superadora y constructiva, que para serlo realmente debe ser al mismo tiempo integradora y, por lo tanto, en lo tendencial, apuntar a formar una mayoría legítima proyectada al futuro, debería venir de los diversos sectores sociales que, asumiendo las trabas ideológicas persistentes, sean capaces de revisar las condiciones en que se mantienen la parálisis y el retroceso.
Supone encontrar vías para ver en cada compatriota a un hermano; es decir, iluminar las relaciones comunitarias con un mensaje de fraternidad.
Si ese espíritu fuera instalándose como una necesidad, en la medida en que más referentes sociales lo consideren útil y necesario, habrá lugar para que los debates sobre el contenido de las acciones políticas programáticas privilegien la solidaridad al mismo tiempo que apliquen medidas expansivas.
Producción, Estado y programa común
Hablamos de políticas que favorezcan la inversión productiva promovida desde el Estado y ejecutada por los particulares y por el propio sector público cuando correspondiere, tal como lo hacen todos los países del mundo que progresan. Y lo logran de un modo sistemático y programado aquellos que avanzan más sólida y velozmente.
Como condición, hay que salir del proceso de achicamiento de la estructura productiva argentina, resultado de políticas aplicadas durante al menos medio siglo, obviamente con diferencias entre sí, pero sin lograr impedir el estancamiento y el retroceso. Ello llevó a que exista una porción enorme de la población sin perspectivas ciertas de mejora social creciente y sustentable.
Devolverles la esperanza a esos sectores precarizados no es un tema declarativo, aun cuando requiere un mensaje y una convocatoria bien claros, que sumen a la participación en el esfuerzo común, el trabajo y la educación permanente. Eso es muy distinto de ofrecer solo sufrimientos, como postula la lógica del ajuste perpetuo.
Hay que escapar, en consecuencia, de la malsana concepción dominante de un liberalismo mal entendido, una caricatura individualista que solo engendra pobreza y violencia.
La división entre malos —ellos— y buenos —nosotros—, cualquiera sea quien la establezca, no tiene en cuenta lo fundamental: aquello que promueve la mejora sostenida del conjunto social en materia económica, educativa, sanitaria y cultural, sin dejar de lado las necesidades de defensa, en una perspectiva integral y creciente, en cooperación con nuestros vecinos y aliados, para combatir los flagelos globalizados del narcotráfico, la trata de personas y la venta de armas destinadas a generar brotes de violencia y militarismo.
Se requiere, pues, una visión de conjunto que inspire acciones de superación de las lamentables condiciones actuales. Generar esa visión compartida, en su diseño y ejecución, es una magna tarea política que hay que empezar ahora mismo, asumiendo que hay muchos tramos ya estudiados y que es preciso ensamblarlos en un programa común.
Todo lo cual no contradice el despliegue de la nota de Gioffré, rica en argumentos valiosos, junto a otros discutibles, como llamar “el gambito” a la sustitución de importaciones, que es una política tan denostada como aplicada a nivel mundial, oficialmente declarada prioridad por Donald Trump y de la que suele jactarse Vladimir Putin como resultado positivo para Rusia, producto de los embargos que le aplicaron los miembros de la OTAN. Tema para analizar históricamente y con más detalle.
Otro ejemplo es considerar una consecuencia inevitable, en el enfoque monetarista, sacrificar el consumo popular para conseguir el equilibrio fiscal, cuando abundan en nuestra historia los ejemplos de políticas restrictivas que fracasaron una y otra vez justamente por no expandir la producción y el empleo. A esto acaba de referirse, casi al pasar, el propio presidente Milei, en un destello sorprendente de lucidez que contradice sus clases académicas, no sin polémicas, en sentido contrario.
Para concluir, todo indica, siquiera provisoriamente, que hay que poner bajo análisis crítico las recetas que vienen alternándose en forma maniquea y excluyente, sin lograr evitar —sino ampliando— los padecimientos de sectores cada vez más amplios de la población. Para errores sucesivos, ya tenemos demasiados.